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| N° 43 - Noviembre 2004 |
INVESTIGACIóN AGRONóMICA - Los cultivos y los árboles
¿Sería posible una metamorfosis de los campos europeos en un futuro próximo? Eso es lo que podrían anunciar los resultados prometedores del proyecto SAFE (Silvoarable Agroforestry For Europe), que reunió durante cuatro años a 70 investigadores de ocho países. Sus trabajos a cuestionan una tendencia que funciona desde hace décadas en la carrera hacia el productivismo de nuestra agricultura: la eliminación de los árboles. Una pista seria en la evolución de la Política Agrícola Común.
El fin de las ideas preconcebidas Los resultados del proyecto SAFE sugieren que esta evolución, llevada a cabo en nombre de la productividad, es sin duda una aberración. Contrariamente a las ideas recibidas, los investigadores establecieron que si se alternaban las plantaciones de líneas de árboles y de cultivos, con especies y variedades cuidadosamente escogidas y con técnicas de gestión específicas, se podían aumentar los rendimientos (hasta el 30%) tanto agrícolas como silvícolas. Esta mezcla de árboles y cultivos es el principio fundamental de la agrosilvicultura. Por ejemplo, los investigadores de SAFE han mostrado que la producción de una hectárea de mezcla de chopo/ trigo es equivalente a la producción de una superficie de 1,3 hectáreas separada en dos parcelas, una parcela agrícola de trigo de 0,9 hectárea y una plantación de chopos de 0,4 hectáreas. A condición, por supuesto, de tomar en cuenta un ciclo completo para los árboles (20 años para los chopos) y adoptar en agrosilvicultura una densidad de árboles menor que en los bosques de chopos tradicionales, lo que hará posible el mantenimiento del cultivo de trigo con resultados satisfactorios hasta la cosecha de los árboles.
“De forma natural, la competencia con el cultivo obliga al árbol a tener raíces más profundas”, explica Christian Dupraz, investigador en el INRA (Instituto nacional de investigación agronómica) de Montpellier (Francia), coordinador de SAFE. “Los árboles acaban por formar una malla de raíces que pasa bajo las capas superficiales del suelo ocupadas por los cultivos. Esto les permite recuperar el agua y los nutrientes que escapan a estas últimas, lo que explica principalmente la mejora de la productividad desde el punto de vista silvícola. Igualmente, se acelera el crecimiento de cada árbol, con respecto a una parcela que esté enteramente sembrada de árboles, ya que los árboles no están en competencia los unos con los otros. Además, los árboles tienen un efecto protector sobre los cultivos. Cortan el viento y atenúan las lluvias o la exposición excesiva a los rayos solares”. El interés de los agricultores Nos responderán que tales mezclas de árboles y de cultivos son incompatibles con el paso de la maquinaria agrícola cada vez más voluminosa y rápida. Y no obstante, operaciones de demostración llevadas a cabo dentro del marco del proyecto han demostrado que este tipo de asociación es compatible con los medios mecánicos comúnmente utilizados, a condición de espaciar a intervalos de 15 a 40 metros las líneas de árboles según los cultivos y de podar los árboles de forma racional y adecuada.
En términos europeos, es decir, en el ámbito de la Política Agrícola Común (PAC), uno de los grandes puntos fuertes de la agrosilvicultura es que puede dar lugar, a escala local, a una casiinfinidad de combinaciones, diferenciando las especies, las variedades y las técnicas culturales. Por lo tanto, ha sido interesante, dentro del marco de SAFE, asociar a países tan diferentes como los Países Bajos, Grecia, el Reino Unido y España para confrontar situaciones muy diversas, tanto en el plano de las condiciones naturales (suelo, clima, etc.) como en el entorno cultural y legislativo. Vuelta a la naturaleza Además de las ventajas agronómicas comprobadas en la agrosilvicultura, sacadas a la luz por el proyecto, los investigadores destacan también las ventajas medioambientales de esta práctica. En lo que se refiere estrictamente al valor paisajístico (y la valorización turística que se deriva de ello), es evidente que la introducción de árboles, eventualmente de especies distintas, constituye una mejora estética, particularmente en las grandes extensiones de cultivos de cereales. De igual modo, al favorecer la penetración del agua en el suelo, los árboles y sus raíces ayudan a luchar contra la erosión. Contribuyen en la prevención de inundaciones al limitar la escorrentía responsable de los picos de crecida de los ríos, y en la reducción de la contaminación de las capas freáticas por los abonos agrícolas. Igualmente, los árboles agroforestales fijan una cantidad nada despreciable de carbono, tanto en su madera, como en el suelo que se ve enriquecido en profundidad por materias orgánicas, gracias a la descomposición continua de sus raíces finas, año tras año. Y finalmente, parece fundamental el impacto sobre la biodiversidad. Se observa muy rápidamente, que gracias a los árboles, todo tipo de animales, insectos y plantas vuelven a las parcelas. Algunos investigadores piensan que este enriquecimiento puede acompañarse de efectos agronómicos favorables. Ya han identificado diversas especies auxiliares (en otras palabras, depredadores de los devastadores), que han aparecido en las parcelas agroforestales: pájaros insectívoros, murciélagos, o ciertos insectos como las moscas sírfidas, cuyas larvas devoran grandes cantidades de pulgones. “No obstante, no hay que excluir que este aumento de la biodiversidad conlleve también efectos negativos, como favorecer la vuelta de los roedores, de las babosas o de otros animales dañinos. Por ahora, ninguna observación negativa va en ese sentido”, precisa Christian Dupraz. Los efectos (positivos o perjudiciales) de la biodiversidad son difíciles de sacar a la luz porque hay que establecer protocolos que permitan comparaciones rigurosas. La agrosilvicultura se inscribe fundamentalmente en la aspiración general a una agricultura menos unidimensional y productivista, menos situada bajo la dependencia a los fertilizantes, herbicidas, insecticidas u otros cócteles químicos. Christian Dupraz concluye: “Lo que me gusta de esta vía de investigación, es que nos conduce a analizar la calidad de los modelos inventados por la propia naturaleza. Cuando se observan los espacios de decenas (o incluso centenas) de hectáreas explotadas únicamente con cultivos, con los mismos genomas que se repiten hasta el infinito, se está contemplando exactamente lo contrario de lo que hace la naturaleza. Al contrario, intentamos reintroducir la lógica del ecosistema natural diversificado en el agrosistema cultivado. Es una forma de hacerlo más estable y autónomo, menos agresivo para el medio ambiente y paradójicamente (es el resultado al que llegamos), más productivo”.
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