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En defensa de la revisión

La coincidencia en el nº 58 de puntoycoma de dos respuestas tan divergentes como las de Jesús Martínez y Alfonso Torrents al artículo de Ramón Garrido sobre la revisión (aparecido en el nº 57) constituye una invitación inmejorable para proseguir el debate sobre un asunto que, a mi juicio, reviste una importancia capital para el ejercicio de la traducción en una institución supranacional como la nuestra.

Si Jesús Martínez sostiene que lo más frecuente en el mundo de la traducción es que los traductores firmen sus documentos «sin revisión de terceros», Alfonso Torrents afirma, por el contrario, que «la revisión se halla presente en casi todas las actividades de traducción». Imagino que a ambos asiste, en parte, la razón y, a falta de datos estadísticos, prefiero no detenerme en este asunto. Lo que, en cambio, está fuera de duda es que los servicios de traducción de las grandes instituciones y organizaciones internacionales disponen, por regla general, de un cuerpo de revisores y sus textos suelen ser sometidos a revisión antes de hacerse públicos, circunstancia que se explica fácilmente -como bien advierte Torrents- por las «grandes consecuencias políticas y económicas» que entrañan los documentos traducidos por estas instituciones.

Por esta razón, considero que en un entorno institucional como el nuestro, en el que a menudo nos enfrentamos a la delicadísima tarea de traducir textos legislativos, no son pertinentes los ejemplos del sector privado aducidos por Jesús Martínez para cimentar su convicción de que la revisión es innecesaria. Son de sobra conocidas las condiciones de precariedad en que suelen trabajar los traductores autónomos y esa falta de medios nos brinda la explicación obvia de por qué estos profesionales no someten sus textos a una instancia de revisión propiamente dicha1. Pero las carencias del sector privado no pueden servir en ningún caso de argumento para que nosotros renunciemos a ese «control de calidad» del que habla Torrents y que, a mi entender, constituye un privilegio del que tenemos que sacar el máximo provecho para ofrecer un producto más cuidado y elaborado que justifique mínimamente las condiciones ventajosas en que trabajamos. No veo razón alguna para que renunciemos a ese privilegio, máxime cuando tal sacrificio no nos viene impuesto desde fuera y cuando tenemos la suerte de trabajar en unas condiciones que permiten conciliar valores a veces tan antagónicos como la calidad y la rentabilidad.

Tampoco creo que la manera en que han venido trabajando estos años atrás las unidades españolas de la Dirección General de Traducción constituya un caso especial por haber ejercido los revisores, en palabras de Jesús Martínez, «una labor de "formación" [...] a la que se llamó revisión porque ésta tenía un encaje administrativo». Por una parte, y mientras no se demuestre lo contrario, lo habitual en nuestro servicio es que los documentos sean sometidos a revisión -supongo que si se dio un «encaje administrativo» a ésta fue precisamente para que se hiciera uso de ella- y los españoles, al llegar aquí, no hicimos otra cosa que adoptar el modelo vigente en la casa: traducir, revisar y dar salida a los textos. Tal vez deberíamos tomar ejemplo de otras secciones lingüísticas más consolidadas que la nuestra -por más antiguas- en las que, a pesar de la enorme experiencia acumulada a lo largo de tantos años, se sigue revisando para garantizar un máximo nivel de coherencia y calidad de los textos. Por otra parte, la revisión bien hecha siempre tiene el muy saludable efecto secundario de enseñar algo al traductor, de hacerlo partícipe de los conocimientos atesorados por el revisor. La revisión puede considerarse una especie de formación permanente que casa a la perfección con una labor temáticamente tan vasta e inabarcable como la nuestra y que actúa, además, como antídoto contra la rutina y el ensimismamiento que acechan al traductor recluido en su despacho.

Las razones por las que deben mirarse con lupa la mayoría de los textos que traducimos en la Comisión me parecen tan evidentes e incontrovertibles que me resisto a desgranarlas. Me limitaré a ilustrar la importancia y la necesidad de la revisión con dos ejemplos muy concretos. En primer lugar, un instrumento como SdTVista2 es la prueba irrefutable de que, en el terreno de la coherencia terminológica de nuestras traducciones, aún nos queda un gran esfuerzo por hacer. En segundo lugar, los gazapos que con mayor frecuencia de la deseada se deslizan en el Diario Oficial -escaparate de nuestro trabajo donde los haya- deberían convencernos de que todos los filtros son pocos, y no tanto para cuidar y, en lo posible, mejorar la imagen de nuestro servicio, sino sobre todo para evitar la inseguridad jurídica que causa un texto legal mal redactado o mal traducido. Para subsanar esas deficiencias es imprescindible que hagamos un mayor y mejor uso de la revisión.

Lo que me ha movido a poner estas reflexiones por escrito es el convencimiento de que a un profesional la autocrítica siempre le resulta más productiva y provechosa que la autocomplacencia. Claro que se nos deben exigir traducciones «perfectas» y por supuesto que tenemos la preparación y los medios para responder a esa exigencia. Pero todos sabemos lo que es traducir con y sin revisión, todos sabemos que una traducción siempre es mejorable y todos sabemos, en fin, que una traducción revisada siempre es mejor que una traducción sin revisar.

José Luis Vega
jose-luis.vega@ec.europa.eu

 

 

 

 

1. En la práctica, el traductor que trabaja por cuenta propia suple la falta de revisión, hasta donde puede, consultando a los expertos que tiene a su alcance (juristas, médicos, informáticos, lingüistas, etc., de su sufrido círculo de amistades y conocidos).
2. Archivo electrónico de las traducciones de la Comisión. Permite recuperar el texto original y las diversas versiones lingüísticas de un documento y realizar búsquedas terminológicas.

 

 

 

 

 

 

 

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