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Del correl y otras historias1

Considero acertada la propuesta de Miguel Candel para traducir el inglés e-mail por «correl», neologismo que permitiría crear a partir de él muchos otros derivados, como corrélico, correlo o correlar (PUNTOYCOMA, nº 49). De todas las propuestas que he conocido, es sin duda la mejor, y puede contar con mi humilde respaldo.

Me gustaría únicamente llamar la atención de los lectores de PUNTOYCOMA sobre un aspecto que se olvida con frecuencia. No es en absoluto obligado acuñar una nueva palabra en español para cada palabra que exista en inglés u otros idiomas. Como tampoco es necesario crear un neologismo para cada nuevo invento. En el terreno de la informática, por ejemplo, la mayoría de las veces nos ha bastado con añadir una nueva acepción a una palabra de uso habitual. Que yo sepa, nadie ha tenido problemas para aceptar las nuevas acepciones informáticas de palabras como ratón, archivo, carpeta, ventana, icono o documento. ¿Por qué? Pues, según parece, porque así se hizo también en inglés. Pero si los anglohablantes hubieran decidido crear, simplemente porque sí, neologismos como e-mouse, e-file, e-folder, e-window, e-icon o e-document, ¿estaríamos obligados nosotros, sólo por eso, a introducir en nuestro idioma con calzador los engendros «ratonel», «archivel», «carpetel», «ventanel», «iconel» o «documentel»?

Si alguien me dice que considera más cómodo el ratón que el teclado, nunca pensaría que hace referencia al simpático roedor de los cuentos infantiles; pero es que incluso cuando hay problemas de confusión, basta con especificar sencillamente que se trata de un ratón de ordenador, sin necesidad de crear una palabra nueva. Igual sucede si alguien, sentado frente a la pantalla de un ordenador, me dice que va a archivar tal o cual documento; nadie con dos dedos de frente pensaría que va a levantarse y bajar hasta el archivo central de la empresa, situado cinco plantas más abajo. ¿Por qué habríamos de tener problemas para entender a quien nos pide que encendamos el ordenador para ver si hemos recibido ya el mensaje que nos envió hace diez minutos?

Si los informáticos de lengua inglesa hubieran decidido llamar al correo electrónico mail a secas, ¿quién hubiera sido el guapo que osaría insistir para que en castellano aceptáramos «emilios», «ismaeles» o «correles»?

Existe, además, otro problema adicional. El inglés es, quién lo duda, una lengua de concisión envidiable, pero cuya precisión deja mucho que desear. La expresión e-mail, sin ir más lejos, se está utilizando al menos con cinco sentidos distintos: 1) correo electrónico como sistema (p. ej.: e-mail is the fastest way to communicate); 2) mensaje electrónico, o carta electrónica si es más formal o más larga (p. ej.: I have received an e-mail from Brussels); 3) dirección electrónica (p. ej.: my e-mail is fernando.navarro@roche.com); 4) buzón electrónico (p. ej.: did you open your e-mail this morning?), y, como verbo, 5) enviar un mensaje electrónico (p. ej.: we will e-mail you back within 24 hours). Si el neologismo propuesto «correl» va a utilizarse para traducir las cuatro primeras acepciones (la quinta correspondería a «correlar»), flaco favor le estamos haciendo a la riqueza de nuestro idioma. Tratemos de imaginar tal situación: (he abierto el correl esta mañana, pero no estaban los tres correles que me enviaste ayer por correl; ¿estás seguro de que anotaste bien mi correl?( Es un problema este de la polisemia de los neologismos técnicos que está alcanzado cotas preocupantes en los últimos tiempos. Antes distinguíamos perfectamente entre un disco y un tocadiscos, pero ahora nadie sabe a ciencia cierta qué ha adquirido exactamente quien nos dice que acaba de comprarse un cassette, un vídeo o incluso un CD. Antaño, los médicos hacían electrocardiogramas, pero hubiera sido impensable hacer una electrocardiografía o un electrocardiógrafo; hogaño, nadie se extraña de que le hagan una ecografía (que es, en realidad, un método diagnóstico por ultrasonidos) o incluso, ¡horror de los horrores!, un «escáner» (que es, en realidad, un aparato; vamos, como si un cirujano dijera al paciente que le va a «hacer un bisturí» cuando piensa efectuar un corte en la piel). Antiguamente, la gente se compraba un teléfono, pero nunca una telefonía; pues ahora ya casi nadie compra un televisor; todo el mundo se compra una televisión (¿¡cómo es posible comprar la televisión!?).

En fin, veo que ando ya por los cerros de Úbeda, y no era esa mi intención. Retomo, pues, el asunto que me llevó a sentarme ante el teclado. Si los coches siguen llamándose coches a pesar de que ya no van tirados por caballos; si las impresoras imprimen sin necesidad de prensa; si navegamos por el espacio interestelar y por Internet sin naves; si nadie tiene problemas para distinguir entre correo postal (¿«correpós»?), correo urgente (¿«correur»?) y correo aéreo (¿«correar»?), por lo general sin necesidad alguna de especificar, ¿qué dificultades plantea el correo electrónico? Si las cartas se llaman igual cartas tanto si las trae una paloma mensajera como el cartero, tanto si están escritas en papiro como si lo están en papel cebolla, ¿por qué no habría de llamarse carta la que envío a través de mi ordenador a Luis González acompañando a estos comentarios?

Como he apuntado al comienzo, un idioma no tiene por qué, necesariamente, acuñar un vocablo para cada uno de los vocablos que se utilizan en todos los demás idiomas; y no por eso pierde en riqueza ni en capacidad expresiva. El inglés, sin ir más lejos, no distingue entre ser y estar, carece de género gramatical y tiene un sólo tiempo verbal para nuestro pretérito imperfecto y nuestro indefinido; ¿tiene por eso menos capacidad para expresar tales conceptos? Los alemanes, es bien sabido, distinguen entre un vaso de plástico (Becher) y otro de vidrio (Glas); más de una vez me han preguntado cómo nos las arreglamos en español para distinguir uno de otro si ambos se llaman vaso. La respuesta es, claro, de cajón; en la mayoría de los casos, nos bastan el contexto y el sentido común; y cuando hay posibilidad de confusión, pues decimos «vaso de plástico» y «vaso de cristal», y tan campantes. Igual sucede al contrario, por supuesto, ya que en alemán disponen de una misma palabra, Schnecke, para el caracol, la caracola y la babosa, y duermen tan tranquilos.

No quisiera terminar sin antes insistir en que no se me interprete mal. Nada tengo en contra del correl, neologismo admirable, pero sí en contra del hecho de que veamos el mundo a través de las lentes del inglés, como si nada de aquello para lo que el inglés carece de palabras existiera y nada pueda existir si no se le otorga un nombre con idéntica categoría gramatical que en inglés.

Fernando A. Navarro
fernando.navarro@roche.com







1. Por motivos de espacio, este artículo no pudo publicarse en el anterior número de PUNTOYCOMA.






















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