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DEBATES


Sexismo lingüístico

La opinión de un(a) traductor(a) independiente

La lucha contra el sexismo lingüístico se extiende como una mancha de aceite que puede acabar pringando a todos, detractores y partidarios(?) del mismo. La interrogación indica mi extrañeza ante la manera en la que los defensores del lenguaje políticamente correcto (entre los que los antisexistas son sólo un sector) pretenden plantear el debate.

Al hablar de sexismo lingüístico creo que se mezcla el verdadero uso sexista de la lengua (el que tiene que ver con la semántica: sexismo a secas, sin adjetivos) con un supuesto sexismo de la lengua, que se detecta en convenciones formales (por ejemplo el hecho de que el masculino sea el género, que no sexo, no marcado). Estas convenciones, sin ser histórica ni culturalmente neutras o "inocentes", tienen hoy su razón de ser más en la economía lingüística que en el prejuicio sexista. A muchos (entiéndase muchos y muchas) parece preocuparles más el sexismo DE la lengua, que el sexismo a secas (EN la lengua o CON la lengua). Algunos viejos luchadores (y luchadoras) que antes querían "cambiar la vida, cambiar la historia" ahora se contentan con "cambiar la lengua y dejar que la historia, que según algunos (y algunas) ya se ha acabado, siga su curso".

Algunas recomendaciones del Instituto de la Mujer son indiscutibles. Está claro que el lenguaje intencionadamente sexista debería desaparecer de textos institucionales, educativos, divulgativos, etc. Tampoco duda nadie de que debamos usar también el femenino para profesiones y oficios (pero "jueza" no, por favor). Creo que cada vez somos más los que no usamos la marca asimétrica de estado civil (y más cosas) de "señorita", otrora puede que ingenua, castiza y salerosa, pero hoy (al menos en España) más bien carca y rijosilla. Todo esto no quita que cada hablante sea muy dueño de hacer un uso sexista (o pedante, o grosero, o adulador) del lenguaje, que no se puede modificar por decreto (recordemos 1984 de Orwell), so pena de revisar y corregir cualquier texto (al fin y al cabo responsabilidad de su autor) en el que se detecte un atisbo de sexismo. Podríamos quedar entonces hipócritamente satisfechos con esta limpieza lingüística, pero no acabaríamos así ni con la discriminación salarial de las mujeres ni con la chulería y prepotencia sexista (esta sí, en gran medida exclusivamente lingüística) que cualquiera puede inadvertidamente oír en la barra de un bar.

Las medidas lingüísticamente represivas no parecen muy eficaces para combatir el sexismo semántico, al fin y al cabo expresión de determinadas opiniones y actitudes, por abyectas que sean. Por utilizar un ejemplo concreto de las recomendaciones del Instituto de la Mujer:

NO SI
Los nómadas se trasladaban con sus enseres, mujeres, ancianos y niños de un lugar a otro. Los grupos nómadas se trasladaban con sus enseres de un lugar a otro.

Pero puede que el autor tenga sus razones para escribir lo primero ¿Quién trasladaba a quién? ¿Y si los nómadas de que se habla, machistas a tope, consideraban a las mujeres, niños y ancianos, un "enser" más? De la corrección política a la manipulación puede haber sólo un paso.

Otra propuesta del Instituto de la Mujer nos aconseja sustituir las fórmulas de la columna izquierda por las de la columna derecha:

Los romanos, los franceses, los hispanoamericanos, etc. Las romanas y los romanos, las francesas y los franceses, las hispanoamericanas y los hispanoamericanos. El pueblo romano, español, hispanoamericano...

Imaginemos los resultados de tales sustituciones en los libros de historia: "Las romanas y los romanos, aguerridas y aguerridos luchadoras y luchadores, tras someter a sus vecinos y vecinas del Lacio... "

Por otro lado, para los que quieran combatir el sexismo morfológico del uso del masculino genérico, hay una solución realmente innovadora, si no revolucionaria, que además no va contra el principio de economía de la lengua: convertir el femenino en genérico. Me refiero a aquellas profesiones (las traductoras, las enfermeras) en las que abunda más el "género" femenino (observen aquí los partidarios de género frente a sexo, como esta palabra puede también tener connotaciones vergonzosamente machistas). Como traductor, yo no tendría ningún inconveniente en que se generalizase mi profesión en femenino, lo digo completamente en serio. Así, globalmente, yo formaría parte de las traductoras ¿Y qué? Cualquier cosa antes que esa retahíla de "electores y electoras, ciudadanos y ciudadanas, agricultores y agricultoras, mineros y mineras... explotados y explotadas, etc." Habrá a quien esta duplicidad, cada vez más "obligatoria", no le importe; pero me temo que a quienes intentamos trabajar asexualmente con la lengua, este fenómeno puede hacernos tirar la toalla. Si cunden estas consignas, serán cada vez más los originales políticamente correctos y, además, ante un original que no lo sea, tendremos la duda de si nuestro cliente desea una versión políticamente correcta por lo que deberíamos proceder a las citadas "sustituciones" en la traducción. En este caso (no hay mal que por bien no venga) los traductores podríamos cínicamente aprovecharnos -por cuestiones de rentabilidad, no lingüística, sino pecuniaria- de la bisexualización del masculino genérico, insistiendo en que se nos pague por palabra traducida, ya que el texto convenientemente "corregido" tendría, merced a unas simples reglas de sustitución (¿para cuándo una macro antisexista en nuestros tratamientos de textos?) muchas más palabras que el original.

(Mi hermana me acaba de pedir que le cuide al niño, porque tiene que asistir a una reunión de la AMPA de su colegio. ¿Que qué es la AMPA? Pues la Asociación de Madres y Padres de Alumnos. Será que los niños tienen ahora más de una madre y un padre (¿no eran padres los dos?). Empiezo a sentirme intranquilo. Me asomo a la ventana y veo que las tropas antisexistas tienen rodeada la casa. Antes de destruir estas líneas, os las envío por correo electrónico. Soy un hombre –perdón, una persona– sin futuro.)

Íñigo Medina
dgyot@geot-cr.uclm.es

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