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El espíritu de Toledo

Transcurrido ya mes y medio desde que concluyeron las Jornadas de Toledo, me veo en el brete de esbozar un balance de lo que allí se dijo. Se me antoja que resumir las intervenciones de los oradores sería un esfuerzo baldío ya que está previsto publicar las actas. Por ello, lo que sigue es una visión necesariamente fragmentaria y sin duda subjetiva de las Jornadas. Dado que al unir los vocablos Toledo y traducción corre uno el riesgo de adentrarse por la dudosa vereda del "crisol" y de acabar en un sonoro ridículo por falta de los necesarios pertrechos intelectuales, me remito a las valiosas colaboraciones del nº 36 de este boletín para que los lectores se formen una idea más cabal sobre los cimientos históricos de la Escuela y sobre el origen de esta iniciativa.

En Toledo se expusieron problemas tangibles del oficio de traducir, del día a día más crudo, como, por ejemplo, la situación por la que atraviesan los traductores literarios o nuestros compañeros de la administración pública española, que sufren las excentricidades de un escalafón profesional más que espeluznante; se volvió a plantear la proverbial ignorancia del público en general -pero, aún peor, también de sectores directamente interesados- de que el trabajo de intérpretes y traductores no es idéntico; se mencionó la paradoja que supone la proliferación de bases de datos y de instituciones que investigan en terminología pero que carecen de la más mínima coordinación, hasta tal punto que el usuario no sabe a quién dirigirse para resolver sus dudas.

"Vínculo de culturas" era el subtítulo de las jornadas, y habría que decir que se trataba también de establecer vínculos entre traductores venidos de diversos sectores profesionales, así como entre traductores y docentes. No hay que olvidar que ya hay licenciados en traducción e interpretación por universidades españolas y que, próximamente, su número aumentará de forma considerable. Precisamente, al hablar de la formación de traductores, de planes de estudios -parece ser que ratificados en su día por quien los criticaba- y de nuevos licenciados, los asientos de la sala crujieron de forma más perceptible -y eso que estaban acolchados-, los turnos de palabra se sucedieron sin tregua, y los puños de las camisas se desabotonaron con más rapidez.

En Toledo se hicieron cábalas sobre cuál será el futuro del traductor: hubo quien apostó por emplear un término como "gestor de recursos lingüísticos", es decir, un cibernauta con habilidades de crupier para moverse entre la tupida maraña de información y para "comunicar" con celeridad con el destinatario.

Pero, a veces, vale tanto lo que se dijo como la forma en que se dijo. Si se me permite utilizar una palabra maltraída y maltratada, diré que en Toledo también hubo pasión, en ningún caso exenta de rigor profesional. Por pasión me refiero a la que se desprendía de la experiencia única que nos dejó adivinar Malika Embarek en sus palabras sobre las dos orillas del Mediterráneo; me refiero a la apasionada razón con que Sofía Álvarez presentó "una enmienda a la totalidad" al discurso del orador que planteaba la presunta facilidad de la traducción científica y técnica; me refiero a la pasión con que Hassan Sahraui nos transmitió su experiencia cotidiana como intérprete ante los tribunales; y también a la pasión irónica con que desgranaba sus palabras sobre la terminología y los diccionarios Ángel Martín Municio. Hablo, en definitiva, de ese amor al oficio que estos veteranos dejaron caer modestamente en una sala caldeada además por aquel veranillo loco de octubre.

No está mal que alguien nos recuerde de vez en cuando que este oficio no puede ni debe regirse solamente por los criterios de la productividad, la estadística seca y las prietas filas de los organigramas. A fin de cuentas, qué queréis, toda empresa de renombre debe labrarse su zócalo mítico, su parte de leyenda. Apuesto a que de Toledo se seguirá hablando dentro de mucho tiempo; ojalá que ello se deba a que, de verdad, se "tendieron" los consabidos puentes y a que se inició la auténtica cooperación que se pretendía instaurar. Los organizadores de las Jornadas tal vez no lo saben, pero el verdadero trabajo empieza ahora: lograr que no hayan sido en vano la energía y el empeño que pusieron al prepararlas.

Miguel Ángel Navarrete
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Parlamento Europeo

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