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Exposición de motivos para una nueva lista de países

Con motivo de la elaboración de la lista de países de uso interno en la Comisión (lista que sirva también a continuación como documento de trabajo para negociar una lista unificada con los servicios lingüísticos de las demás II.CC.), me parece oportuno reflexionar no sólo sobre el porqué (motivos propiamente dichos) sino también sobre el cómo de la elaboración; y, en este sentido, sobre dos cuestiones que a mi modo de ver tienen una importancia determinante: la cuestión de los criterios utilizados y la cuestión del eventual orden de prioridad de los mismos.

Mediante estas reflexiones quisiera aportar mi criterio personal al respecto.

Por qué

  1. En primer lugar, se habían producido muchos cambios en la realidad geopolítica desde que se elaboró la anterior lista de uso interno.
  2. Se habían producido algunas discrepancias o vacilaciones en el uso de nombres tanto nuevos como antiguos.
  3. Se ha producido un consenso prácticamente generalizado en torno al uso, en las demás II.CC., de la lista oficial de las Naciones Unidas, lo cual hace preciso un replanteamiento para tratar de unificar posturas.

Por ello, era urgente proceder a la actualización de la lista de países. En ello hemos estado trabajando una serie de personas.

Cómo

Como criterio previo, y ante la imposible sistematización, dada la multiplicidad de criterios que entran en juego -en el intento por resolver la variada problemática que nos ocupa (denominación habitual/denominación oficial, presencia/ausencia de artículo, variada procedencia de los alfabetos de origen, nombres simples/nombres compuestos, países de reciente creación, influencia de otras lenguas intermedias, como antes el francés y en la actualidad el inglés, etc.)-, hemos tratado de armonizar los propios criterios bajo un denominador común. El resultado, creo que es obligado constatarlo, obedece a un cierto eclecticismo. Eclecticismo que parece desprenderse de manera lógica de la aceptación de los siguientes dos criterios básicos:

  1. 1º (y primordial) el de la coherencia, fundamentalmente lingüística (sobre todo en lo que se refiere a topónimos), en la que prima el respeto del uso consagrado;
  2. el de la flexibilidad, con el que matizamos el de la coherencia lingüística (y aquí se agrupan una serie de criterios, de no menor importancia aunque de índole diversa, que podríamos convenir en denominar de la siguiente manera: coherencia jurídica, semántica y de cercanía/lejanía).

Criterios utilizados y orden de prioridad de los mismos

Con arreglo a mi criterio, son los siguientes:

  1. Coherencia:
    1. coherenia lingüística en el sentido de castellanizar las grafías en función de la correspondiente pronunciación (ejemplos: "Bahráin", "Brunéi", "Bután", "Lesoto", "Ruanda", "Taiwán" o "Tayikistán"), dando sin embargo prioridad al uso consagrado allí donde lo haya, como en el caso de "Rumanía", "Tanzania" o "Vilna";
    2. coherencia jurídica en el sentido de respetar las denominaciones oficiales que los propios países propugnan (ejemplos: "Unión de Myanmar", en el caso de "Birmania", y "República Checa", en el caso de "Chequia").
  2. Flexibilidad:
    1. coherencia lingüística:
      1. uso consagrado: "Nueva Zelandia" se aparta ostensiblemente del mismo sin causa que parezca justificarlo debidamente;
      2. respeto de la transcripción oficial internacional de los arabismos (tanto "Iraq" como "Qatar");
      3. por más que a los checos les despierte recuerdos desagradables el uso del topónimo alemán "Tschechei", en castellano es lógico que prospere el uso de la denominación habitual "Chequia" (que traduce el original "Cesko"), en un claro ejemplo de coherencia lingüística;
      4. coherencia lingüística, pero sin desfigurar ("Ghana");
    2. coherencia jurídica, pero respeto del uso consagrado:
      1. atender a la petición oficial formulada por las autoridades de "Côte d'Ivoire" para documentos oficiales, no obsta para seguir utilizando la denominación habitual "Costa de Marfil" en otros contextos, pues una cosa es una lista de nombres oficiales y otra cosa distinta es una lista de denominaciones habituales; lo mismo ocurre con los dobletes "Birmania"/"Unión de Myanmar" y "Laos"/"R.D.P. Lao"; en otros casos no hace falta ni siquiera recurrir al doblete, al no existir razón que lo justifique en castellano (como ocurre en los ejemplos de "Bielorrusia" o "Moldavia");
      2. por otra parte, el criterio de coherencia jurídica ni puede ser ni es, a mi modo de ver, criterio seguro del que nos podamos fiar, ya que, por ejemplo, ni siquiera el mismo servicio de la ONU encargado de la versión española de la lista oficial de países se ha guiado siempre por dicho criterio: o ha cambiado de criterio (ahora acepta "Tayikistán") o quizá es que adolece de él, ya que no tiene ningún rubor en remitir al criterio de la versión inglesa (el Manual de Instrucciones para los Traductores de las Naciones Unidas, citado por Mayoral, dice: "Como regla general, y salvo en el caso de que ya exista un uso bien establecido en español, conviene ajustarse, en los idiomas no romanizados, a la grafía inglesa.");
    3. coherencia semántica: "Burkina Faso", "Sri Lanka" y "Viet Nam" son nombres compuestos cuyo significado posiblemente se ignora; ¿qué autoriza, pues, a preferir "Vietnam" a "Viet Nam"? (ejemplo también de coherencia de similitud del entorno: FR: "Viêt Nam", EN: "Viet Nam"); por la misma razón, ¿por qué no "Burkinafaso" o "Srilanka"?;
    4. cercanía/lejanía: el artículo determinado, por su característica de individualización del nombre al que acompaña ("el Japón", "el Líbano", "El Salvador"), tiende a alejarlo, al hacer necesaria una marca de individualización que aleja al objeto de esa individualización, o lo hace más solemne. Es ése un uso subjetivo más que discutible a mi entender, probable reminiscencia del uso del francés en el lenguaje diplomático. Puede decirse que su uso parece condenado a la desaparición. La prueba está en que prácticamente ha desaparecido ya en las denominaciones habituales ("China", "Japón", "Líbano") o está en trance de desaparecer ("Congo", "India"), al parecer por influencia del inglés. Por ello, no parecería lógico conservar el artículo más que en la denominación oficial de aquellos países de habla hispana de los que forma parte ("República del Ecuador", "República del Paraguay", "República del Perú" y "República Oriental del Uruguay"). No obstante, es obligado constatar que, hoy por hoy, el artículo se resiste a desaparecer de la denominación oficial del femenino en el caso de "India" ("República de la India") y de algunas islas (por ejemplo, "República de las Islas Marshall"), así como del masculino de alguno de aquellos países cuyo nombre se refiere a un accidente geográfico ("Camerún", "Chad", "Congo", "Níger", "Senegal" y "Zaire"), pertenecientes todos ellos, curiosamente, al África de influencia francófona; ¿qué decir sin embargo de los topónimos "República Popular de China", "República de Maldivas" y "Reino de Nepal", respectivamente? Probablemente nos ayudaría en este debate el concluir que la problemática planteada por el artículo es una cuestión tan sólo tangencial.

Esperaría haber contribuido a clarificar el debate.

Bruselas, junio-septiembre de 1995.

Anexo

Miguel Ángel Sánchez Férriz
JECL 5/52
Tel. 66 260

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