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El español en el periodo alfonsí: de lengua puente a primera lengua románica de la ciencia y la tecnología


Se dice que el didactismo de Alfonso X le hizo inclinarse por el uso del romance. "Vulgarizar" quería decir traducir al romance o lengua vulgar. Pero también las razones políticas fueron determinantes. El mundo musulmán tenía, y tiene, una lengua sólidamente codificada: la lengua de la religión, el derecho, la literatura y la administración, que garantizaba una gran unidad cultural por encima de los diferentes orígenes territoriales. El rey sabio utilizó, según Ángel López García, la koiné lingüística que surgió como medio de comunicación entre los habitantes de reinos fronterizos (en un principio la Corona de Aragón y el reino de Navarra) y la nacionalizó. De esta manera, ese romance de mediación -lengua de comunicación diaria y práctica entre gentes de hablas próximas, pero distintas- pasó a ser lengua nacional, es decir la principal lengua del reino de Castilla y la primera lengua románica destinataria de todo el conocimiento científico clásico y oriental atesorado por los árabes.

Los traductores del periodo alfonsí de la llamada Escuela (a la que hoy podríamos llamar más modernamente "taller") fueron un elemento importante de fijación de la lengua. El uso del romance castellano como lengua puente entre los originales árabes y los textos finales latinos en la época raimundiana supuso un buen ejercicio para que el castellano pudiera recibir y expresar convenientemente el caudal de conocimientos vertidos de una lengua mucho más desarrollada y consoliada como era el árabe.

Para lograr esta hazaña los traductores de la Escuela tuvieron que recurrir, lógicamente, al árabe; de ello dan fe la multitud de arabismos de la terminología científica y técnica que se incorporaron al castellano a partir de las traducciones. Términos como álgebra, algoritmo, cifra, proceden de las traducciones al latín de Al Juarizmi, científico bagdadí de origen persa, que se hicieron en la primera etapa de la Escuela. De disciplinas como la alquimia y la medicina, señala García Yebra, "pasaron al español y a otras lenguas europeas muchas palabras, como álcali (al-qali), antimonio (ítmid), bórax (bawraq), rejalgar (rahch-algar), alambique (al-ihnbiq), aludel (al-utal), alcohol (al-khul), arrope (ar-rubb), julepe (chulab), jarabe (xarab). Otras se calcaron sobre sus equivalentes árabes, como dura mater y pia mater, deal-umm al-chafiya ("madre gruesa") y al-umm al-raqiqa ("madre delgada")". La astronomía fue también un campo fecundo para la transmisión de términos: además de numerosos términos técnicos, proceden del árabe algunos nombres de estrellas (Altair, Aldebarán, etc.). Según los especialistas Vernet y Márquez Villanueva, estos arabismos neológicos se incorporaban al castellano casi naturalmente, pues el romance vulgar de las áreas que habían sido conquistadas por el Islam estaba impregnado, como nos muestra la toponimia, del influjo árabe, debido no solamente a la dominación política o militar, sino a la superioridad de la cultura transmitida por los conquistadores musulmanes.

Algunos ejemplos de las 1000 palabras, aproximadamente, de origen árabe en las que la primera sílaba en "a" o "al" indica la presencia del artículo: alberca, alcoba, alféizar, alfombra, acelga, adobe, ajuar, albricias, algarabía, aljibe, albacea, albañil, albacea, alcantarilla, alfalfa, algodón, almacén, almohada, alquimia, añagaza, arroba, azul, almíbar, almirez, alubia, arrope, azahar, azulejo, azúcar.

En total hay en el español actual más de 4.000 arabismos y unos 1.500 topónimos de origen árabe: Alcázar (<al-qasar: el palacio), Alhambra (< al-hamra: la roja), Murcia (< participio árabe mursah: fortificado), nombres de los ríos que comienzan por Guad (< wad: río).

Terminología medieval en romance

Los traductores de la Escuela fueron también los primeros lexicógrafos o terminólogos -puesto que traducían sobre todo textos técnicos y científicos- en lengua española. Por la voluntad de claridad y llaneza que caracteriza al periodo alfonsí, son numerosas las explicaciones y definiciones de términos. Así, miles y miles de palabras, árabes, griegas, sirias, latinas y españolas, señala en su tesis doctoral Herbert A. Van Scoy, fueron definidas tan claramente que provocarían la envidia de los lexicógrafos modernos.

José Sangrador Gil da, en su libro La Escuela de Traductores de Toledo y sus colaboradores judíos, algunos ejemplos de definiciones hasta en cuatro lenguas:

" A esta otra figura que uiene despues del genuflexu dizen en latin testudo siue uultur cadens, et en castellano galápago, et en aráuigo a tres nombres: el primero es azulafe, et el otro zuliava, et el tercero alsanja. La primera es la luziente que es en el oído de este mismo galápago. Et dízenle en arauigo alnars alceke, que quier dezir boeytre cayente, et dízenle otrossi Allausa, que es almendra. " (Espera, Astronomía, II,31)

Esta actividad terminológica y lexicográfica, labor obligada por la ausencia de diccionarios y glosarios, abarcaba también la creación (y difusión) de neologismos; pues los traductores debían escoger términos para nombrar nuevos conceptos si se trataba de ciencias o nuevos instrumentos u objetos cuando se trataba de tecnología. Más ejemplos, citados por José Sangrador, sacados del Libro del relogio del aoga:

" Et faz una pila aparte, et ponerle hemos nombre el vaciador " (Astronomía IV, 38).

"....et desso pon ell agua en la tinaía por el logar al que possiemos nombrar beuedor (Ibid. IV, 39) "

La prosa alfonsí contribuía de esta manera a la exposición clara y adecuada de las ciencias expresada en el lenguaje empleado por el pueblo.

Hoy, siglos más tarde, la importancia de la traducción especializada, esta vez mayoritariamente del inglés, vuelve a ser vital para la cohesión de nuestra lengua y la transmisión del conocimiento científico y tecnológico.

Nota: Las obras de los autores citados aparecen en la recopilación bibliográfica que figura al final del número.

Luis González
Terminología

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