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Introducción


La Escuela de Traductores de Toledo

Dentro de los actos de la Presidencia española de la UE, el Servicio de Traducción de la Comisión Europea y la Diputación Provincial de Toledo organizan, con el patrocinio del Ministerio de Cultura, una exposición sobre la Escuela de Traductores de Toledo, que se inaugurará en Bruselas y visitará Luxemburgo, Toledo y otras ciudades españolas.

Se ha dicho que la Escuela fue una de las mayores aportaciones de España a la cultura occidental. Cabría añadir que también lo es de nuestro "oficio", "artesanía" o "arte" de traducir, que, como pretende esta exposición, es además elemento de convivencia, factor de integración europea y herramienta indispensable para la transmisión de cultura y conocimientos técnicos.

Se ha querido, pues, que la exposición trace un paralelismo entre la Escuela y la labor de los traductores actuales, porque dicha aportación fue fruto del abrazo, tal vez legendario, que las tres religiones del Libro se dieron en Toledo, porque en ella tuvieron un papel fundamental traductores venidos de Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, Flandes y otros lugares europeos, y porque su repercusión resultaría a la postre decisiva para el alumbramiento de la ciencia moderna y el Renacimiento europeo.

Naturalmente, los paralelismos históricos son un malabarismo peligroso. Las semejanzas entre lo que ocurrió en Toledo durante los ss. XII y XIII, y lo que representa la traducción en nuestros días -lo que representa la traducción de la instituciones europeas, ¿por qué no?-, pueden servir, sin embargo de excusa para hablar de nosotros mismos.

La "aldea global" que, según se nos dice, habitamos, hunde sus raíces en el terco cimiento de la torre de Babel. Por eso, en nuestra Unión Europea, la traducción es para muy diversas naciones, empeñadas hasta fechas recientes en luchas fratricidas, garantía de respeto de su identidad nacional y los derechos de sus ciudadanos.

Al mismo tiempo, aunque parezca contradictorio, es factor de integración europea: las naciones de la Unión hablan y se entienden con la voz que les presta la traducción; se encuentran en el puente que ésta les tiende. Puente por el que también discurren el conocimiento y la cultura, permitiendo a unos apropiarse -en el buen sentido- de los avances científicos y morales de otros, y progresar más rápido.

En épocas como la nuestra en que prevalece el criterio de eficacia económica, es preciso, para terminar, formularse la siguiente cuestión: ¿cómo se pueden cuantificar los beneficios que la Escuela reportó a la cultura occidental? o, expresado con otras preguntas, ¿fue rentable a los príncipes, eclesiásticos y mecenas de la Edad Media la inversión que realizaron en sus traductores? y, quizá, ¿cuánto debería haber pagado Copérnico por utilizar las Tablas Alfonsíes? Sin duda, estas preguntas pueden trasvasarse a nuestros días. Así, por ejemplo, no sería exagerado inquirir por el coste a pagar para que los ciudadanos puedan leer las leyes en su propio idioma.

Esperamos que el lector avisado encuentre respuesta a estos interrogantes tanto en la exposición, como en las magníficas colaboraciones que presentan algunos de nuestros compañeros en este número extraordinario de PUNTOYCOMA.

Joaquín Calvo Basarán
JMO A3/70

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