capítulo precedentecapítulo siguientePágina principal

Lo que no entra por la puerta, entra por la ventana

Nadie mejor que un argentino para saber que toda lengua se va construyendo con préstamos, mezclas, apropiaciones, que una lengua aséptica e inmune a las influencias y los intercambios exteriores no es más que el sueño de puristas que, quizás incluso sin darse cuenta, practican una velada pero poderosa forma de xenofobia.

Por otra parte —también hay que reconocerlo— nadie mejor que un traductor para saber que toda lengua dispone a su vez de un corpus normativo que señala las formas «correctas» en el interior del idioma y pone en evidencia qué es lo propio y qué lo ajeno, que se propone de alguna manera establecer una identidad que, al menos ilusoriamente, se constituye fijando límites y fronteras.

Si el traductor literario (tanto como el escritor mismo) trabaja con una lengua poco ligada a las convenciones institucionales, en donde los diccionarios del buen uso importan saludablemente poco y en donde no sólo es lícito sino casi obligatorio jugar en ese siempre peligroso y apasionante límite de las Gramáticas, el traductor comunitario sabe que las reglas están claras y que todo «barbarismo» debe ser rigurosamente evitado. Y el peligro más evidente es, dadas las condiciones de trabajo, el de incurrir en los siempre molestos préstamos y calcos de lenguas extranjeras -en especial los galicismos-, el de utilizar estructuras que por el uso suenan a los oídos pero que están rigurosamente excluidas de la gramática española.

Pero si bien es cierto que en los textos traducidos el tenaz empeño por evitar estas «intromisiones» hace ver sus resultados, no lo es menos que, como reza el dicho popular, «lo que no entra por la puerta, entra por la ventana». Así es como ya nadie se sorprenderá ni notará ninguna extrañeza acústica al escuchar a los traductores afirmar que trabajan «en la traducción». Debo confesar que la primera vez pensé que se trataba de la elipsis de «unidad» (de todos modos sonaba raro pero no dejaba de tener su lógica), aunque después alguien me dijo que trabajaba «en el control financiero» y ya era imposible encontrar explicación alguna. Creo ahora que se trata de un galicismo, de uno de esos casos en los que el francés obliga a usar el artículo y el español, en cambio, prefiere omitirlo.

Habrá quien argumente que «trabajo en traducción», además de sonarle raro al oído acostumbrado a tantos años de la, presenta la dificultad de ser ambiguo, de referirse más bien a la profesión y no al lugar de trabajo. Y esto es cierto, sólo a medias. Porque por un lado, nadie diría en español «trabajo en traducción» para referirse al oficio, sino más bien simplemente «soy traductor», y por otro, se trata de un problema exclusivo de la lengua oral ya que por escrito la obligada mayúscula en «traducción» (se trata de un nombre propio en este caso) termina con cualquier ambigüedad.

Nadie que trabaje en un Ministerio de Economía, o de Justicia o de lo que fuera, diría «trabajo en la Economía» o en «la Justicia», sino «trabajo en Economía» o «en Justicia» a secas. Y queda bien claro que esto es muy distinto a afirmar que uno es economista o abogado.

Además, el «je travaille à la traduction», presenta en francés exactamente la misma falsa ambigüedad que parece solucionar en español. De todas maneras, y por esta razón, es claro que no se trata de un calco en el sentido estricto del término ya que en el paso de una lengua a la otra el artículo adquiere un valor semántico que no tiene en francés: este nuevo uso le confiere en español la facultad de designar espacios institucionales, facultad de la que carece absolutamente en su lengua de origen.

Lo que queda claro es que estamos ante un evidente galicismo. Ahora bien, si está bien o mal usarlo, ésa es otra cuestión.

Karina Galperín

capítulo precedentecapítulo siguientePágina principal