COLABORACIONES


América: grande, pero solo una

Me gustaría hacer algunas observaciones sobre la colaboración de Miquel Vidal, «América: metonimia en toponimia»1, que me ha parecido un texto bien documentado además de interesante en su argumentación, en el mejor estilo de las aportaciones que suele hacer Miquel a nuestro boletín.

Es bien cierto que tanto el topónimo «América» como el gentilicio «americano» albergan históricamente cierta polisemia que en teoría podría conducir a ambigüedad o confusión. La polisemia arranca de la propia fundación de los Estados Unidos. Si bien parece que no está nada claro cómo se eligió la denominación oficial, United States of America, frente a otras que por entonces se barajaban, sí se sabe que aparece por primera vez en la Declaración de Independencia de 1776, por lo que se supone que la acuñó Thomas Jefferson2.

Quizás lo que los fundadores quisieron expresar con el sintagma of America fuera precisamente algo así como «este país es una unión de estados que se encuentra en el continente llamado América», refiriéndose al todo sin ánimo de exclusividad. Lo cierto es que, con el tiempo, el uso se fue deslizando en el sentido metonímico (la parte por el todo) «confiscativo» que nos indica Miquel con la expresiva cita de Élisée Reclus. Y ahora los propios estadounidenses toman indistintamente de la denominación completa la primera (United States) o la segunda mitad (America) para referirse abreviadamente tanto a su país como a sí mismos (United States en función adjetiva y el adjetivo american).

Esto responde a lo que Gustavo Silva denomina la visión geocéntrica3 que hoy en día tienen de su país los habitantes de los EE. UU. Ellos consideran legítimo este sistema denominativo y el hecho de que utilicen America/american para el todo y para la parte no parece plantearles demasiados problemas. ¿... o sí? Porque, como recuerda Gustavo Silva, son precisamente los estadounidenses (y, claro está, los hispanohablantes que viven en los EE. UU.) quienes han adoptado el plural the Americas para denominar al continente en general4. Por eso él habla de anglicismo.

Que el resto de los habitantes del planeta hagamos lo mismo ya es otra cosa. Porque, si bien es cierto que aceptar o interiorizar las visiones del mundo de los demás siempre es una opción, tenemos que saber qué ganamos y qué perdemos con ella5.

Pese a que en español los continentes se denominan habitualmente en femenino singular (Europa, Asia...), «las Américas» hubiera podido ser, por qué no, una opción denominativa acertada. Las Américas estarían así compuestas por América del Norte, América Central y América del Sur. Pero este nombre plantea toda una serie de problemas que desaconsejan su utilización.

En primer lugar: el uso. «Las Américas» no es una opción que los hablantes hayan adoptado mayoritariamente a lo largo de la historia, sino solo en una época bastante alejada. Se pueden resucitar usos arcaicos, claro, pero  —una vez más— hay que saber para qué.

Segundo, la coherencia teórica de esta denominación en plural queda rota por completo si a la vez se denomina «América» a una parte de una de las tres Américas (es decir, a la parte central de Norteamérica), que es lo que hacen los propios estadounidenses y quienes adoptan sus usos.

Por otra parte, el plural «las Américas» tampoco elimina (sino todo lo contrario, que para eso es un plural) la necesidad de seguir distinguiendo entre las distintas regiones geográficas o culturales del continente (norte, sur, hispana...). Es decir, que los solapamientos y ambigüedades entre Norte-, Centro- y Sudamérica, Latino-, Ibero- e Hispanoamérica y otras análogas seguirían existiendo, al no corresponderse entre sí con precisión los criterios de clasificación.

Además, con arreglo a la representación de la realidad que se han ido construyendo los hispanohablantes en su idioma, América es un solo continente, no tres. Una expresión como «Centroamérica» viene a significar «la parte central de América», como «Italia meridional» significa «la parte sur de Italia» y no «aquella de las Italias que se halla al Sur».

Por lo que respecta al adjetivo-gentilicio, y tras haber defendido inequívocamente que se mantenga «estadounidense» para los habitantes de los Estados Unidos6, Miquel propone el sintagma «de las Américas». Ahora bien, pese a que en español cualquier adjetivo puede formarse correctamente por este método, con arreglo a las reglas de adjetivación tampoco podría proscribirse «americano» para «las Américas»7, con lo que el problema persistiría. En efecto, quienes hoy llaman «americanos» a los estadounidenses no iban a dejar de hacerlo porque el continente se llamase «las Américas» en lugar de América. Y difícilmente sería defendible reservar «americano» para «América» cuando significa «Estados Unidos» y «de las Américas» para «las Américas» cuando significa el continente.

En mi opinión, desde un punto de vista puramente lingüístico, la adopción del topónimo «las Américas», lejos de conseguir una mayor claridad y evitar confusiones, aumentaría la cacofonía semántica. El caso es que tenemos ya un topónimo que ha demostrado sobradamente su utilidad. La funcionalidad de «América» en español ha sido rica, coherente y adecuada desde el punto de vista interno de la lengua:

  • Ha producido su gentilicio y su adjetivo, «americano».

  • Ha producido sus compuestos culturales o políticos («Iberoamérica», «Latinoamérica», etc.) además de los geográficos («Norteamérica», «Centroamérica», etc.).

  • No parece que haya planteado ninguna dificultad expresiva ni de comprensión: el español de América, la Organización de Estados Americanos, Europa y América, la emigración europea a América...

  • Tiene a estas alturas un uso mayoritariamente arraigado, pese a ciertas desviaciones polisémicas.

No me parece buena solución el dar al traste con un uso lingüístico asentado solo porque se dan desviaciones del mismo, especialmente si estas son de alcance limitado. En la práctica, de todas formas, el contexto ayuda a deshacer muchas ambigüedades.

Hay además otra dimensión en este problema, que me parece aún más importante que la puramente lingüística, y es la política. Miquel menciona la «apropiación indebida» o «confiscación» del nombre del continente por parte de una porción minoritaria de sus habitantes. A menos de asumir conscientemente los presupuestos geoculturales de los propios estadounidenses, es más claro y más equitativo mantener el uso tradicional, seguir denominando «América» al continente y «americanos» a los habitantes de cualquier parte del mismo, y seguir considerando un uso divergente de la norma el que atribuye ambos términos al país y a los habitantes de los Estados Unidos.

No hay que olvidar que en Europa sabemos ya algo de esto. Existe, sí, un uso despreocupado del adjetivo «europeo» para denominar lo que se refiere a la Unión Europea («países europeos», «ciudadanos europeos», «leyes europeas»...). Y es cierto que cada vez hay menos países europeos fuera de la UE. Pero, quizás justamente por ello, es importante evitar utilizar este adjetivo con un sentido restringido, y esto lo solemos tener bastante presente quienes trabajamos con textos oficiales de la UE. Es una cuestión de diplomacia, de respeto y de fidelidad a la geografía y a la historia. ¿Cómo decirles a un suizo o a un noruego que no son europeos8? Otra cosa es que en la Unión Europea no hayamos sido capaces hasta ahora de acuñar un adjetivo-gentilicio propio, pese a varios intentos ya no tan recientes9.

En definitiva, hay que resignarse al hecho de que en la traducción existe la asimetría y que está mucho más extendida de lo que nos pueda resultar cómodo aceptar. Máxime cuando nos encontramos en terrenos en los que la interculturalidad está muy marcada y es también asimétrica. El paralelismo formal entre equivalencias de traducción no es más que una posibilidad de entre tantas, por lo que no habría que perseguirlo con demasiado empeño. Por lo que a América respecta, mantengamos los usos que han demostrado ser útiles para expresar nuestra realidad, y dejemos que otros expresen la suya a su manera.

MARÍA VALDIVIESO BLANCO
Consejo de la Unión Europea
maria.valdivieso@consilium.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1  puntoycoma n.o 135.
2

Safire, William: «On Language; Name That Nation», The New York Times Magazine, 5.7.1998, http://www.nytimes.com/1998/07/05/magazine/on-language-name-that-nation.html?ref=onlanguage.

DeLear, Byron: "Who coined the name «United States of America»? Mystery gets new twist", The Christian Science Monitor, 16.8.2012, http://www.csmonitor.com/USA/Politics/The-Vote/2012/0816/Who-coined-the-name-United-States-of-America-Mystery-gets-new-twist.

3 Véase el artículo citado por Miquel Vidal: Silva, Gustavo A.: «America for the Americans: las consecuencias que una visión geocéntrica tiene para la traducción», El español, lengua de traducción para la cooperación y el diálogo, Actas del Congreso Esletra, Madrid, 2010, pp. 553-566, http://cvc.cervantes.es/
lengua/esletra/esletra_04.htm
.
4 Este uso parece presentar alguna que otra excepción. Por ejemplo, el semanario The Economist tiene una sección denominada «The Americas»; pero esta no abarca la totalidad del continente, sino que exceptúa los Estados Unidos (que tienen su sección particular, «United States»).
5 Otro caso distinto, obviamente, es el de los funcionarios del gobierno estadounidense, que lógicamente estarán justificados si traducen literalmente «América» y «americano», reflejando así la visión geopolítica de la organización para la que trabajan.
6 «... hay que defender a capa y espada estadounidense como adjetivo y gentilicio correspondiente a los EE. UU., pero, visto que se nos seguirán colando muchos «americanos», ¿por qué no defender otra denominación para todo el continente?».
7 A riesgo de romper la correspondencia entre sustantivo y adjetivo.
8 A un ruso de San Petersburgo tampoco le haría mucha gracia.
9 Recuérdense los debates sobre el adjetivo de la Unión Europea que acogieron estas páginas hace cierto tiempo.

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