TRIBUNA


El académico Miguel Sáenz pronunció la conferencia titulada «Traducir es mayormente traducir» en la Dirección General de Traducción de la Comisión Europea en Luxemburgo el 26 de septiembre de 2013. Al día siguiente participó en Bruselas en un coloquio público sobre «Traducción y lengua materna», organizado con motivo del Día Europeo de las Lenguas. He aquí los textos de ambas intervenciones.

Traducir es mayormente traducir

Lo malo de pronunciar conferencias es que lo primero que te piden es, lógicamente, que des un título. Quieren saber sobre qué vas a tratar. Y uno se inventa un título cuando todavía no sabe muy bien de qué va a hablar, procurando que sea lo suficientemente vago para poder hablar luego de lo que sea.

No es ese el presente caso. Cuando propuse el título (en inglés, que queda mejor) «Translating is mostly translating», tenía al menos una idea en la que creo firmemente y que intentaré demostrar: traducir es siempre, o casi siempre, lo mismo. Da igual que se traduzcan textos científicos o técnicos, jurídicos, económicos, financieros, o simplemente literarios.

Ese «casi siempre» me obliga ya a traducir el propio título elegido: «Translating is mostly translating». Mostly plantea problemas: podría ser «sobre todo», «principalmente», «la mayoría de las veces», «esencialmente», «en general», «mayormente»... Yo he elegido «mayormente» porque la palabra me gusta, a pesar de que (o precisamente porque) Manuel Seco dice que es de nivel popular, pero la traducción hubiera podido ser también «en gran parte», «a menudo», «la mayor parte del tiempo», etc. Lo que indica, creo, que, aunque traducir pueda ser siempre lo mismo, nunca es fácil.

Puestos a exagerar, podría traer a colación a George Steiner, el cual escribe en Errata que I. A. Richards solía decir que un acto de traducción del chino clásico al inglés moderno puede ser el proceso más complejo conocido del planeta.

Pero no hay que asustarse. Aunque traducir sea casi siempre igual, la traducción de cada texto es distinta y debe abordarse limpia y deportivamente, elaborando tácticas sobre la marcha. La estrategia vendrá al final. Y, desde luego, no hay que temer a la traducción literaria, que cada vez se parece más a la institucional o documental... a la de los organismos internacionales, para entendernos.

Los géneros literarios están desapareciendo y hay autores cuya traducción requiere tanta o más investigación que la del documento más técnico. Personalmente, creo cada vez menos en la división de géneros. La novela se nos ha desbordado por todas partes, engullendo el ensayo, las memorias, los diarios, la historia... El teatro se convierte, en definitiva, en un «solo» de algún director de escena de ego hipertrofiado. Y la poesía, que siempre mantuvo disputas territoriales con la prosa, ha decidido últimamente hacer caso omiso de esos límites... Cuando, no hace mucho, traduje el libro Del natural (Nach der Natur) de Winfried Georg Maximilian Sebald (más conocido por W. G. Sebald y a quien sus amigos, comprensiblemente, llamaban Max), no hubiera sabido decir realmente si estaba traduciendo prosa o verso.

Quizá sea Austerlitz, la historia de un niño judío recriado en Inglaterra, la obra de Sebald más famosa. Él no la llama novela, sino «un libro en prosa de forma indefinida». Y traducir Austerlitz (lo que hizo admirablemente al inglés Anthea Bell) requiere conocer de primera mano la estación central de Amberes y el «Nocturama» adjunto, con su profusión de jerbos, zarigüeyas, lirones y lémures... Luego hay que documentarse profusamente sobre la construcción de fortalezas militares de los siglos XVIII y XIX. Para lo cual tuve que recurrir al Vocabulario militar del brigadier D. Luis Dorsini, de 1848, que (cito) «comprende las definiciones elementales del arte de la guerra, y la tecnología especial de las diversas armas que le constituyen, de la táctica peculiar a cada una, de la sublime, de la estrategia, de la logística, y de la fortificación, castrametación y equitación». Ese vocabulario me permitió utilizar con soltura palabras como «escarpa», «falsabraga», «reducto» o «glacis».

Por otra parte, al traducir Austerlitz, además de hacerme un experto en mariposas nocturnas y cartografía lunar, tuve que averiguar, por ejemplo, quién fue Lucas van Balkenborch (1536-1597), discípulo de Brueghel el Viejo y autor, por cierto, de una famosa Torre de Babel que hoy está en Fráncfort, y buscar en Internet reproducciones del cuadro que Sebald describe minuciosamente y que representa el río Escalda helado y a los «Signoren» de Amberes patinando sobre él.

Por no hablar del estilo de Sebald. Pablo D'Ors ha señalado las influencias de Sebald en ese campo: Kafka en el destierro del personaje, Montaigne en la ironía, Hesse en el amor a la naturaleza, Bernhard en la sintaxis, Sarraute en el culto a los objetos, Sterne en el ir y venir del narrador, Goethe en el afán por el viaje y el romanticismo no barroco... Y lo llama el hijo más importante de Robert Walser.

Lo mismo ocurre con otros libros de Sebald: el primero, ya citado, Nach der Natur (Del natural, chuscamente traducido una vez por un periódico como «Contra Natura»), es lo que su autor llama un Elementargedicht (poema rudimentario) con tres partes: la primera dedicada a Grünewald, pintor del que, sorprendentemente, se sabe bastante poco, la segunda a un explorador ártico, Georg Wilhelm Steller, que acompañó a Vitus Bering en su último viaje, y la última a una historia familiar del propio autor, que culmina en el sueño de una visita del protagonista a la Pinacoteca de Múnich para contemplar el fabuloso cuadro de Albrecht Altdorfer La batalla de Alejandro (la de Issos o la de Arbela, no está claro). Cualquier traductor de Sebald con un poco de curiosidad puede pasarse meses saltando de una página de Internet a otra y sintiéndose muy culto, pero con escasos resultados prácticos. (Sin ir más lejos, la contemplación apresurada del cuadro de Alejandro Magno hace que en la versión inglesa del libro se hable de «cipreses» cuando el original se refiere claramente a «Zypern», la isla de Chipre, cuyo perfil resulta perfectamente visible en el cuadro).

En cualquier caso, tengo que decir que aunque estuve casi cinco años en las Naciones Unidas traduciendo documentos a veces difíciles o delicados, nunca tuve que hacer investigaciones tan detenidas como para poder traducir a W. G. Sebald.

Por si fuera poco, habría que plantearse también qué es la literatura y si existirá mucho tiempo aún. Recientemente, Luis Goytisolo, Félix de Azúa y otros respetables escritores han levantado acta de la defunción de lo que en otros tiempos se llamó literario. Por lo que se refiere a Luis Goytisolo, su elegía, en Naturaleza de la novela, es más limitada, porque se refiere a un género concreto: la novela. Señala que hay géneros que, por su propia naturaleza y por la relación de esta con los hábitos sociales imperantes en cada época, se han quedado no ya sin cultivadores sino también, prácticamente, sin público: el teatro medieval, la epopeya, los autos sacramentales, esos libros de caballerías que ya solo leía don Quijote... Otros, en cambio —el teatro griego, la poesía provenzal o la de Petrarca—, mantienen toda su vigencia ante un público, minoritario si se quiere, pero constante y firme. Por no hablar de la poesía de Safo de Lesbos, ajena al paso del tiempo, o de la obra de Homero o de Virgilio, leídas hoy con ojos distintos a los de la época, pero leídas.

«En mi opinión —dice— este será también el destino de la novela. Su duración como género habrá sido similar a la de otras formas de arte...». Goytisolo teme que los nuevos cultivadores de la novela acaben siendo «solitarios nostálgicos de un mundo que ya no existe».

Terry Eagleton, el famoso crítico inglés, en El acontecimiento de la literatura, ha subrayado que muchas veces se emplean palabras como «literatura», «ficción», «poesía» o «narración» sin saber de qué se habla. Hasta el XVIII, la literatura abarcaba sencillamente todos los libros impresos. Su construcción como categoría especializada y selectiva, aupada sobre las nociones de «gusto» y «sensibilidad», y asociada a un fundamento social de clase, emergió como forma de resistencia a un orden cada vez más prosaico y utilitario, sirviéndose de la crítica como mecanismo principal de legitimación. No solo escritores, editores, críticos y lectores, sino también profesores y estudiantes de letras emplean palabras como «literatura», «ficción», «poesía», «narración» y otras semejantes sin ir en absoluto bien pertrechados para embarcarse en la discusión de lo que significan.

No obstante, como dice Eagleton, los estudiosos de la literatura no han sido siempre consecuentes. En Inglaterra, a fines del XVI y principios del XVII, tanto los sucesos reales como los que no lo eran podían encuadrarse dentro del género novela. No existe nada que constituya la «esencia» de la literatura. Hoy se considera a las Geórgicas de Virgilio como literatura, a pesar de ser un manual agrícola (a veces de dudosa fiabilidad) que no tiene casi nada que decir sobre creencias, motivos, pasiones humanas, etc. Se incluyen como literatura en parte por su forma y lenguaje, y en parte porque han sido escritas por la misma pluma que escribió la Eneida. En realidad, «las grandes obras literarias son las que se parecen a otras grandes obras literarias».

Por mi parte, no creo que haya que ser pesimista. Sigue habiendo autores que creen en la literatura y, lo que es más sorprendente, que creen en la traducción. En una traducción que quizá no se parece mucho a lo que antes se llamaba así, pero que merece respeto. Y parece haber un hecho indudable, que subraya Simon Leys: «Para apreciar un texto, releerlo es mejor que leerlo, aprendérselo de memoria mejor que releerlo, pero solo se posee un texto cuando se traduce».

Un representante destacado de la nueva traducción es Adam Thirlwell. Su libro Multiples es un experimento probablemente fracasado, pero válido como tal experimento.

Se trata de 12 historias, escritas en 18 idiomas por 61 autores. Parte de la base de que «la historia de la literatura existe necesariamente mediante traducciones» y la única instrucción que se dio a los autores que aceptaron actuar como traductores fue «ofrecer una copia exacta que fuera también una historia viva». Algunos lo interpretaron como prestar la atención más minuciosa al detalle lingüístico; otros como una reescritura más o menos total.

El propio Adam Thirlwell reconoce lo problemático del resultado: hacer traducir (no solo originales sino también otras traducciones) a personas que apenas conocen las lenguas de origen puede tener consecuencias escandalosas. Thirlwell quería que la singularidad de cada historia original se transformara en una serie de singularidades, aprovechando las múltiples posibilidades creadas por el estilo de cada novelista. Por ello prefirió recurrir a autores antes que a traductores profesionales. Y en un momento dado confiesa: «Siempre he creído en el estilo como el ideal supremo, la unidad básica de la literatura».

Yo vacilaría en recomendar el libro de Thirlwell, escritor superdotado pero con las ideas un tanto confusas. Quien quiera conocerlo mejor y ame profundamente la literatura puede leer The Delighted States, en donde se muestra más moderado, culto y personal. Sin embargo, lo que me ha interesado sobre todo es que, para Thirlwell, precisamente lo traducible no es el contenido sino el continente, lo importante para él es traducir el estilo.

David Bellos, profesor de la universidad de Princeton, cuenta cómo, en 1753, George-Louis Leclerc, conde de Buffon, entró en la Académie Française y pronunció lo que se conoce desde entonces por Discours sur le style, en el que trató de tranquilizar a los académicos, que habían elegido a un científico, pronunciando su célebre frase: «Le style est l'homme même». Para él, «estilo» era sinónimo de elegancia y distinción en la palabra.

Sin embargo, Adam Thirlwell estima que más adelante, en 1857, cambió el significado de la palabra «estilo», que pasó a ser en realidad un elemento secundario de la prosa: la frase o el encadenamiento u ordenación de las frases. El culpable fue Flaubert, que, en las cartas a su amante Louise Colet, había hablado de su deseo de conseguir un estilo «tan rítmico como el verso y tan preciso como la ciencia». Flaubert quería crear un objeto en el que la distinción entre forma y contenido careciera de importancia.

El estudio de la estilística se desarrolló luego en el siglo XIX y la idea del estilo como «estética de la frase» se mezcló con las investigaciones universitarias, que culminaron en los ensayos de Leo Spitzer, el cual dijo que el lenguaje de un escritor es realmente su esencia, y que su estilo es inimitable por definición. Por eso la traducción es imposible.

Hace unos años, concretamente en 1994, un suplemento literario del Berner Zeitung, conocido periódico suizo, hizo un experimento parecido al juego infantil, llamado «teléfono descompuesto» o «teléfono escacharrado», en que se va pasando un mensaje de boca en boca, para comprobar al final las deformaciones que inevitablemente se han producido. La revista encargó al escritor Urs Widmer que escribiera un relato, para su traducción sucesiva a todos los idiomas de las Naciones Unidas. Efectivamente el relato, titulado «Primer amor. Una costumbre» (Erste Liebe. Ein Brauch), fue pasando del alemán al español, chino, inglés, ruso y francés, antes de volver al alemán (por alguna razón que desconozco se dejó fuera al árabe) y el resultado fue notable. El texto original describe cómo los hombres y mujeres de un caserío suizo que llegan a la pubertad emprenden todos los años, en el mes de junio, un viaje alrededor de la Tierra (los chicos hacia el este, las chicas hacia el oeste), para llegar seis meses más tarde al otro extremo del mundo y aparearse allí. Los que no lo consiguen, mueren, pero los amantes, que entretanto conocen todos los idiomas del mundo, emprenden juntos el viaje de regreso. El relato es bello y el único reparo que yo le haría es que fue escrito expresamente para el juego, y tendía algunas «trampas» a los traductores, en las que naturalmente cayeron.

Me pregunto si Thirlwell quiso hacer algo parecido con sus Multiples, pero las reglas que se inventa son absurdas. Sus textos (de Kierkegaard, Kafka, Danilo Kiš, Richard Middleton, Carlo Emilio Gadda...) van y vienen pasando por cinco o seis idiomas, en traducciones a veces disparatadas hechas por escritores en general muy conocidos (Cees Noteboom, J. M. Coetzee, Colm Tóibín, Péter Esterhházy, Jeffrey Eugenides, Jonathan Lethem, John Banville, Zadie Smith, Rodrigo Fresán, Javier Marías, A. S. Byatt...) que se prestaron a traducir los textos, a veces de lenguas que prácticamente desconocían. Lo mejor del libro son, sin duda, las observaciones y comentarios de los propios traductores, y lo peor, en ocasiones, unos resultados obtenidos por traductores improvisados que, en alguna ocasión, llegan a recurrir para ayudarse al programa traductor de Google.

La verdad es que la traducción hecha por traductores que apenas conocían la lengua original tiene una larga tradición en la historia. Simon Leys menciona el caso paradigmático de Lin Shu (1852-1924), cuya traducción de La dama de las camelias (Alejandro Dumas, hijo) tuvo un éxito asombroso. Lin Shu tradujo también a Hugo, Shakespeare, Tolstói, Goethe, Dickens, y además a Walter Scott o Stevenson, Anthony Hope o H. Rider Haggard.

Por otra parte, en el libro de Thirlwell hay una frase de John Wray, el autor de la novela Lowboy, publicada en España por Anagrama, que traduce aquí del alemán al inglés (su madre es austríaca) una historia de Kafka, una frase con la que quisiera quedarme:

El impulso traductor es una forma de perversión... pero en el mejor de los casos, un impulso glorioso, la locura más necesaria que tenemos. Se debería poner el nombre de traductores a parques, calles y barcos de vela.

¿Estamos entrando en una nueva era de la traducción, en la que todo el mundo traducirá desde lenguas que ignora a otras que, en el mejor de los casos, no ignora tanto?

Yo creo que podemos estar tranquilos. Traducir siempre será, mayormente, traducir. Hay otras palabras para designar la fabricación de textos, literarios o no. (En el fondo, ¿qué importa cómo llamemos a nuestros textos? Y la palabra «literatura» —buena o mala— seguirá sirviendo mientras no encontremos otra mejor). Para Alberto Manguel, «literatura es aquello que nombramos con la palabra literatura».

Bibliografía

Azúa, Félix de (2013): Autobiografía de papel, Mondadori, Barcelona.

Bellos, David (2011): Is that a Fish in your Ear? (Translation and the Meaning of Everything), Faber and Faber, Inc., Nueva York. [Un pez en la higuera (Una historia fabulosa de la traducción), traducción de Vicente Campos González, Ariel, Barcelona, 2012].

Eagleton, Terry (2012): The Event of Literature, Yale University Press, New Haven y Londres. [El acontecimiento de la literatura, traducción de Ricardo García Pérez, Península, Barcelona, 2013].

Goytisolo, Luis (2013): Naturaleza de la novela, Anagrama, Barcelona.

Leys, Simon (2013): «The Experience of Literary Translation», The Hall of Uselessness (Collected Essays), New York Review Books, Nueva York.

Sebald, W. G. (2001): Austerlitz, Carl Hanser Verlag, Múnich/Viena. [Austerlitz, traducción de Miguel Sáenz, Anagrama, Barcelona, 2002].

(1989): Nach der Natur (Ein Elementargedicht), Fischer, Fráncfort del Meno. [Del natural (Poema rudimentario), traducción de Miguel Sáenz, Anagrama, Barcelona, 2004].

Steiner, George (1997): Errata (An Examined Life), Yale University Press, New Haven y Londres. [Errata (el examen de una vida), traducción de Catalina Martínez Muñoz, Siruela, Madrid, 2011].

Thirlwell, Adam (2010): The Delighted States, Picador, Nueva York.

(ed.) (2013): Multiples, Portobello Books, Londres.

 Miguel Sáenz
Traductor y miembro de la Real Academia Española
msaenz99@hotmail.com

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