COLABORACIONES


América: metonimia en toponimia

Gracias a la lista de Estados y territorios y a la lista de NUTS1, consensuadas en su día por profesionales de las distintas instituciones de la UE, la inmensa mayoría de las dudas en cuestiones geográficas que asaltan actualmente a los traductores se limitan a topónimos menores (casi siempre, denominaciones de ciudades o provincias de países que no forman parte de la UE), por lo que no es nada común que haya problemas con la denominación de un continente. ¿Por qué América iba a suscitar vacilaciones, si África, Asia, Europa y Oceanía (e incluso la Antártida) no plantean ninguna?

Porque, desde los tiempos de George Washington, el nombre de ese continente se ha utilizado para denominar a una parte del mismo. En el siglo XIX, esta práctica se convirtió en sistemática y, hace más de cien años, Reclus podía escribir:

Les États-Unis de l'Amérique du Nord occupent dans le Nouveau Monde un rang d'une telle supériorité au point de vue de la puissance matérielle que le nom d'«Américains» a été confisqué, pour ainsi dire, par leurs résidants.2

El propio Reclus acostumbraba a referirse a los EE. UU. como la république nord-américaine (en aquel tiempo, sobraban dedos en una mano para contar las repúblicas europeas).

Los usos actuales van reafirmando la tendencia de que el nombre «América» se utilice cada vez más en un sentido restrictivo para referirse exclusivamente a los Estados Unidos. De hecho, ni tan solo es un uso incorrecto, desde el momento en el que la tercera acepción del adjetivo «americano» en el DRAE es «estadounidense». Y cuando hablamos de «fútbol americano», todos sabemos bien que no estamos refiriéndonos al argentino ni al brasileño, por muy americanos que sean Maradona y Pelé (que lo son).

En las publicaciones oficiales de la UE, para referirnos a los Estados Unidos debemos utilizar siempre el adjetivo y gentilicio «estadounidense», que es el que figura en nuestra lista toponímica oficial (anexo A5 del Libro de estilo interinstitucional), aunque también aparece a menudo el adjetivo «americano». En 2001, un eurodiputado holandés de la Izquierda Unitaria Europea acusó a la Comisión de querer sustituir el modelo económico europeo por el modelo americano: era evidente que no estaba refiriéndose al modelo de Fidel Castro. En 2002, un reglamento de la Comisión hablaba de restricciones a la importación en el mercado americano, pero también se refería aparte al mercado canadiense (que ya no era «americano»). Peor aún, a veces se habla del gobierno de los EE. UU. como gobierno federal americano, como si existiera una federación a escala continental. En 2012, un asunto en el Tribunal de Justicia de la UE se refería a una base militar americana en el Reino Unido, que obviamente no era argentina.

Podríamos llenar todas las páginas de esta revista con ejemplos de cómo el adjetivo «americano» va reemplazando a «estadounidense» en nuestras publicaciones, por mucho que nuestro manual de estilo solo reconozca esta segunda forma. No doy la batalla por perdida porque, para mí, el Libro de estilo interinstitucional es sagrado. Pero, en aras de la claridad y para evitar confusiones, quizá deberíamos buscar una solución en sentido contrario. Me explico: hay que defender a capa y espada estadounidense como adjetivo y gentilicio correspondiente a los EE. UU., pero, visto que se nos seguirán colando muchos «americanos», ¿por qué no defender otra denominación para todo el continente?

Vamos a dar un rápido repaso a diferentes formas que se han utilizado históricamente.

Las Indias. Es, indiscutiblemente, el nombre con más solera, el que utilizó Colón en 1492. El problema es que nace de un equívoco, pues el célebre navegante creyó haber desembarcado en algún archipiélago asiático: las Indias era entonces una denominación muy amplia, utilizada en Europa desde los tiempos de Alejandro Magno, para referirse al extremo oriental del mundo conocido.

Yslas e Tierra Firme del Mar Oçéano. Esta es la fórmula que utilizó Isabel I de Castilla en su testamento (1504), en el que disponía que los territorios que fueran siendo conquistados pertenecerían exclusivamente a la Corona de Castilla en detrimento de su marido, Fernando II de Aragón, que consideraba que el continente debería contabilizarse dentro de los bienes gananciales.

América. El nombre apareció en 1507, en la Universalis Cosmographia de Waldseemüller. Era la primera vez que un mapa presentaba América separada de Asia, y el navegante Amerigo Vespucci pasaba por ser el primero en mantener que las Indias no eran tales; de ahí el bautizo del continente a partir de su nombre (en latín, Americus)3.

Nuevo Mundo. Aparece en el título de la obra de Pietro Martire d'Anghiera De Orbe Nouo, cuya primera edición es de 1511; está claro que no es una denominación científica, porque el mundo tiene la misma edad en ambos hemisferios. Una variante posterior fue Nuevo Continente, pero pueden hacérsele críticas similares: si desde un punto de vista eurocentrista pudo llamársele «nuevo» fue porque en Europa nadie sabía que muchos pueblos llevaban miles de años habitando ese continente, al que habían llegado desde el extremo nororiental de Asia.

Nueva España. Esta denominación surge por primera vez en una cédula real de Carlos I (1535). Aquí el adjetivo no plantea problema alguno, y además sería coherente con lo que han hecho históricamente los europeos lanzados a la conquista colonial: bautizar la tierra «nueva» con un homenaje a su país de origen, como ocurrió con Nueva Bretaña, Nueva Brunswick, Nueva Caledonia, Nueva Escocia, Nueva Francia, Nueva Hannover, Nueva Inglaterra, Nueva Irlanda, Nueva Pomerania o Nueva Zelanda. El problema radica en que, cuando las posesiones americanas de Su Majestad Católica iban extendiéndose hacia el sur, no fueron consideradas parte de Nueva España, sino que, un poco antes de llegar a la línea equinoccial, se utilizaron, de norte a sur, los nombres de Nueva Castilla, Nueva Toledo, Nueva Andalucía y Nueva León, que más tarde cayeron en desuso, adoptándose las denominaciones definitivas de Nueva Granada, Perú y Río de la Plata. Por tanto, Nueva España solo se extendía del cabo de San Sebastián en California hasta lo que hoy es Costa Rica, y así fue hasta principios del siglo XIX. Por consiguiente, el término Nueva España de ningún modo puede utilizarse para el continente entero (del mismo modo que Nueva Inglaterra no equivale a todas las tierras americanas colonizadas por los ingleses, sino solo a los Estados de Connecticut, el Maine, Massachusetts, Nueva Hampshire, Rhode Island y Vermont).

Indias Occidentales. Denominación tradicional del continente según la RAE. Tiene la virtud de aclarar que esas Indias nada tienen que ver con el continente asiático, aunque existe una posibilidad de confusión con la traducción literal del topónimo inglés Western Indias, que solo se refiere a las Antillas (en sentido amplio, a saber, desde Cayo Grande, en las Abaco, hasta Trinidad, frente a la cosa de Venezuela, incluyendo a todas las del Caribe). Esa coincidencia crea una nueva polisemia que hace desaconsejar su utilización para referirse al continente entero.

Nuestra América. Este término fue acuñado por el independentista cubano José Martí en 1891. Él siempre se negó a que los estadounidenses se apropiaran del nombre del continente. Y así fue como su denominación, para referirse a América Latina, ha encontrado gran eco en ciertos sectores sociales: en general, los opuestos al imperialismo estadounidense (así, la ALBA, que se creó como alternativa a los tratados de libre comercio auspiciados por los Estados Unidos, se denomina oficialmente Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América). Está claro que este término no abarca a todo el continente; además, huelga decir que no puede utilizarse en el español de España, pues el posesivo plural de la primera persona se refiere exclusivamente a los habitantes de América Latina, en oposición tanto a la nueva potencia del norte como al viejo imperio colonial.

Américas. Es inconfundible, y presenta la ventaja de no obligarnos a decidir cuáles son esas «américas» (división puramente geográfica entre la septentrional, la central y la meridional, o bien división étnica entre la anglosajona y la latina). Ello evita también la confusión que provoca a menudo la separación tradicional entre Norteamérica y Suramérica, que además suscita equívocos entre quienes conocen bien la geografía física y la biogeografía, y sitúan a México en el norte, y aquellos que prefieren centrarse en la geografía humana y la geopolítica, y lo sitúan en el sur.

Conclusión

Para los EE. UU.: insistir en que la única forma correcta en los textos de las instituciones, órganos y organismos de la UE es la que establece la lista del Libro de estilo interinstitucional: los Estados Unidos como nombre usual y los Estados Unidos de América como nombre oficial (recuérdese que hay que proscribir siempre la forma errónea Estados Unidos de Norteamérica, que en documentos protocolarios podría provocar incluso una nota de protesta diplomática). Como adjetivo o gentilicio, solo estadounidense (o bien, de los Estados Unidos).

Para el continente: siempre que ello sea posible, preferir el plural las Américas al singular tradicional América, por la polisemia que sufre este término. También podría recurrirse, en su caso, a otras perífrasis inequívocas, como el continente americano o incluso el hemisferio occidental. Y así podría también introducirse como adjetivo o gentilicio la forma de las Américas.

Un ejemplo. A la pregunta: ¿cuáles son las tres mayores ciudades de América?, hay una doble respuesta: «México D. F., São Paulo y Buenos Aires», o bien «Nueva York, Los Ángeles y Chicago». Y esa confusión puede repetirse en miles de casos paralelos, y solo podría evitarse reformulando la pregunta: ¿cuáles son las tres mayores ciudades de las Américas?, o bien ¿cuáles son las tres mayores ciudades de los Estados Unidos?

Controversias recientes

Desde el hemisferio occidental, J. G. Moreno de Alba y G. A. Silva han abordado el tema. El primero lamentaba que el término americano «se vea hoy reducido a servir de gentilicio a uno solo de los países del continente»4. El segundo va más allá e intenta librar una batalla a favor de que «América» recupere su significado primitivo. Me parece curioso que, aun cuando reconoce explícitamente la primacía en español del uso en plural de las Américas, afirme que «hoy en día […] escribir las Américas en lugar de América es un anglicismo»5. ¡Curioso «anglicismo», pardiez, ojalá todos fueran como este!

 

Miquel Vidal
Comisión Europea
miguel.vidal-millan@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Las regiones NUTS son unidades territoriales creadas por la Oficina Estadística de la Unión Europea. Actualmente existen 98 NUTS de nivel 1 y 272 de nivel 2.
2 Reclus, Élisée: L'Homme et la Terre, Universelle, París, 1905, libro IV («Histoire contemporaine»), capítulo VI (Le Nouveau Monde et l'Océanie), tomo VI, p. 79.
3 Una copia del mapa de Waldseemüller, descubierta en 1901 en los archivos del castillo de Wolfegg (Württemberg), fue adquirida en 2003, tras ser autenticada por expertos independientes, por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (on behalf of the American people) después de arduas negociaciones, tanto de carácter financiero como diplomático; el precio final de la copia se fijó en 10 millones de dólares, lo que puede darnos una idea del alto valor simbólico que las autoridades estadounidenses confieren a «su topónimo».
4 Moreno de Alba, José G.: «El gentilicio americano», Donde dice… n.o 10, Fundéu-BBVA, Madrid, 2008, p. 1
http://www.google.com/urlsa=t&rct=j&q=&esrc=s&frm=1&source=web&cd=1&cad
=rja&ved=0CCoQFjAA&url=http%3A%2F%2Fwww.fundeu.es%2Frevista%2
Famericanismos%2F3Fdwnld3Drevista&ei=zNilUpPDAaOa0QWXloHICQ&usg
=AFQjCNFMpw45JS2nbPl8yG_IOSPpD-KAgA&bvm=bv.57752919,d.d2k
.
5 Silva, Gustavo A.: «America for the Americans: las consecuencias que una visión geocéntrica tiene para la traducción», El español, lengua de traducción para la cooperación y el diálogo, Esletra, Madrid, 2010, p. 553
http://www.uclm.es/actividades0708/congresos/esletra/Comunicaciones
_files/Silva%20-%20texto%20definitivo.rtf.

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