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NEOLÓGICA MENTE


De glial y lymphatic, glymphatic: ¿«glinfático» también en español?

Casi todos los tejidos corporales poseen vías linfáticas que drenan el exceso de líquido directamente desde los espacios intersticiales a la sangre. Entre las excepciones a la norma general, cabe mencionar el endomisio muscular, las capas más superficiales de la piel, los huesos y, de forma muy llamativa, todo el sistema nervioso central (SNC: encéfalo y médula espinal). Desde antiguo, en efecto, llamó poderosamente la atención que, siendo el SNC extraordinariamente activo desde el punto de vista metabólico, careciera de linfa y vasos linfáticos, que en el resto del cuerpo se encargan de regular el equilibrio homeostático del líquido intersticial y las proteínas que transporta.

Sabíamos, sí, que la circulación del líquido cefalorraquídeo (LCR) desempeña un papel fundamental, y que desde él líquidos y solutos pueden pasar directamente de nuevo a la sangre. Pero no estaba nada claro cómo fluye el líquido intersticial hacia el LCR, siendo así que este último no tiene contacto directo con el parénquima del SNC. Además, la distancia entre los espacios intersticiales y el LCR contenido en el espacio subaracnoideo y en los ventrículos encefálicos es demasiado grande como para que las proteínas y otras macromoléculas puedan llegar al LCR por un mecanismo de difusión simple. Se ha calculado, por ejemplo, que una macromolécula como la albúmina tardaría unas cien horas en atravesar por difusión un solo centímetro de tejido encefálico. Este mecanismo resulta, pues, demasiado lento, incompatible con la intensa actividad metabólica cerebral. Y hacía sospechar la existencia de pequeñas vías anatómicas intersticiales específicas para la circulación del líquido intersticial, pendientes de demostrar.

La confirmación de esta hipótesis llegó solo muy recientemente: en agosto de 2012, con la publicación de un artículo en la revista Science Translational Medicine, firmado por el grupo de Jeffrey J. Iliff y Maiken Nedergaard, de la Universidad de Rochester1 (Nueva York, EE. UU.). Estos neurocientíficos usaron la novedosa técnica de la microscopia bifotónica —que permite estudiar la actividad funcional de las redes neuronales in vivo con marcadores fluorescentes— para estudiar el flujo del LCR subaracnoideo y su entrada y salida del parénquima encefálico en ratones vivos. Demostraron así la existencia de una circulación paravascular del LCR, con una vía de entrada a través de los espacios pararteriales y otra de salida a través de los espacios paravenosos. Y demostraron también que en la regulación de esta circulación paravascular del LCR interviene asimismo el sistema neuroglial; más concretamente, la acuaporina 4, una proteína transmembranaria que regula la entrada y salida de moléculas de agua en los astrocitos.

Para dar nombre a este mecanismo recién descubierto, Iliff y Nedergaard echaron mano de un recurso muy socorrido en inglés, la contracción de glial y lymphatic (por entender que desempeña funciones semejantes a las del sistema linfático y cuenta con la participación de las células gliales), para formar el neologismo glymphatic2, normalmente en las formas complejas glymphatic system o glymphatic clearance pathway.

Digo bien que este recurso es muy socorrido en inglés porque glymphatic es solo uno de los últimos en sumarse a la miríada de neologismos por contracción que ha venido incorporando el inglés en los últimos decenios: botox, brainbow, chinplant, cosmeceuticals, cremains, cybrid, diabesity, droptainer, drunkorexia, exciplex, globesity, infomercial, medicrat, obetension, pharmaccine, phasmid, plantibodies, rhupus, sextortion, stanine, sterule, theranostics, virtopsy, etcétera.

En español, en cambio, el recurso a la contracción es mucho menos productivo, por varios motivos:

a) En primer lugar, nuestra lengua no es tan propensa a la contracción porque el español cuenta con muchos menos monosílabos que el inglés; así, a partir de monosílabos como back (espalda) y cap (apócope jergal de capsule, cápsula), el inglés forma con facilidad neologismos como backne (para el acné en la espalda) y caplet (para el comprimido de forma oblonga), ambos de difícil contracción equivalente en español.

b) En segundo lugar, incluso cuando en español podamos crear un neologismo manejable por contracción, su incorporación al uso general se ve frenado a menudo por la resistencia de los propios hablantes. Compárese, por ejemplo, la facilidad con la que entraron en inglés términos como smog (por contracción de smoke y fog) y brunch (por contracción de breakfast y lunch) con el ritmo al que están entrando —no están entrando, más bien— sus equivalentes españoles «brumo» y «comiyuno», pese a ser prácticamente igual de manejables que sus modelos ingleses.

c) Y en tercer lugar, nuestra lengua es mucho más reacia que el inglés a forzar el sentido de uno de los dos componentes de la contracción solo para facilitar el juego de palabras. En inglés, por ejemplo, no sienten ningún reparo en llamar tanorexia a la obsesión por el bronceado (pese a que no tenga nada que ver con la anorexia, y ni tan siquiera sea un trastorno psicógeno de la conducta alimentaria), o llamar workaholism a la ergomanía o adicción al trabajo (pese a que tampoco tenga nada que ver con el alcoholismo). Entre nosotros, en cambio, la precisión semántica suele primar sobre el mero juego de palabras, máxime cuando se trata del lenguaje científico y de un registro especializado.

Algo parecido pasa ahora con este glymphatic recién acuñado por el grupo de Rochester. En español, podemos generar directamente, mediante calco, el término análogo «glinfático», pero el neologismo de marras nos plantea un problema de consideración: y es que en el «sistema glinfático» recién descubierto no interviene en absoluto la linfa. El sistema nervioso central —lo explicaba ya al principio del artículo— es una de las poquísimas partes del cuerpo humano que carece de linfa. Tendríamos, pues, un neologismo que se presta a confusiones graves.

Para mí, es evidente que Iliff y Nedergaard deberían haberlo llamado en inglés paravascular glial clearance pathway, pero, claro, eso tiene mucho menos gancho para la prensa, y el inglés es una lengua —lo hemos visto— que se pirra por los juegos divertidos de palabras, también en el lenguaje científico y en el registro especializado. Dado que en este sistema de aclaramiento de las proteínas extracelulares no interviene la linfa, creo que en español sería sin duda más claro e informativo hablar de sistema glioparavascular (o sistema paravasculoglial). Habrá que estar atentos, en cualquier caso, para ver cómo evoluciona el término en los próximos años; de momento, como era de prever, la prensa se ha limitado a calcar del inglés, y en estos dieciocho meses de vida que tiene glymphatic system, ha venido usando de forma preferente el calco «sistema glinfático».

Fernando A. Navarro
Traductor médico. Cabrerizos (Salamanca, España)
fernando.a.navarro@telefonica.net

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Iliff, J. J. et al.: «A paravascular pathway facilitates CSF flow through the brain parenchyma and the clearance of interstitial solutes, including amyloid β», Science Translational Medicine, 2012, vol. 4 (n.o 147), p. 147ra111.
 www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3551275/.

2

Copio literalmente la argumentación que ofrecen en su artículo:

We have identified a brain-wide pathway for fluid transport in mice, which includes the para-arterial influx of subarachnoid CSF into the brain interstitium, followed by the clearance of ISF along large-caliber draining veins. Interstitial bulk flow between these influx and efflux pathways depends upon trans-astrocytic water movement, and the continuous movement of fluid through this system is a critical contributor to the clearance of interstitial solutes, likely including soluble Aβ1–40, from the brain. In light of its dependence on glial water flux, and its subservience of a lymphatic function in interstitial solute clearance, we propose that this system be called the «glymphatic» pathway.

 

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