BUZÓN


Evolución terminológica: cocos y bacilos

Solo puedo estar de acuerdo con el artículo de M. J. Aguilar sobre la tinción de Gram (puntoycoma n.o 133, p. 7), ya que siempre he defendido (y utilizado) los adjetivos gramnegativo y grampositivo (p. ej., en puntoycoma n.o 120, p. 6), así como los sustantivos neguibacteria y posibacteria (puntoycoma n.o 122, p. 13). Sin embargo, mi pasión por la cladística hizo que no pudiera evitar un respingo al leer que ambos términos pudieran aplicarse a bacilos y estafilococos. ¡Todas las bacterias del orden de las bacilales son grampositivas! Y la familia de las estafilococáceas forma parte de dicho orden, por lo que tampoco hay «estafilococos gramnegativos».

Enseguida me di cuenta del origen del malentendido. Ese ejemplo citaba bacilos y estafilococos en su acepción no filogenética, es decir, la que nos habían enseñado en el colegio a quienes ahora intentamos aproximarnos a la edad de la jubilación. De hecho, todavía podemos encontrar vestigios de esa antigua clasificación en obras ya de la segunda mitad del siglo XX, como el volumen de la colección «Que sais-je?» dedicado a las bacterias, publicado en 1966. Huelga decir que los diccionarios «generalistas» conservan esa acepción (son las definiciones que da el DRAE de «bacilo», «diplococo», «estafilococo», «estreptococo», «micrococo» o «vibrión»).

Los diccionarios especializados modernos señalan la diferencia entre la acepción antigua y la nueva: «Con frecuencia, se da el nombre de bacillus (bacilo) a cualquier bacteria de forma alargada, aunque no pertenezca al género Bacillus; […] se desaconseja […] el uso de los términos anticuados»1.

Esa confusión nació porque, cuando nada se sabía acerca del genoma bacteriano, el primer intento de aproximación taxonómica fue meramente morfológico, limitado al aspecto que ofrecían las bacterias observadas al microscopio óptico. Así, todas aquellas con forma de bastoncillo se denominaron «bacilos»; todas las que tenían forma curva, «vibriones»; y todas las esféricas, «cocos» (o «micrococos»); y estas últimas se desglosaron en varios subniveles: si aparecían en parejas eran «diplococos», si se juntaban en forma de racimo se llamaron «estafilococos», si formaban cadenas, «estreptococos», etcétera (la mayoría de esos neologismos se basaron en raíces griegas: κόκκος, «grano»; στρεπτός, «curvo»; σταφυλή, «racimo», con la salvedad de bacillus, de origen latino, pues la palabra griega para «bastoncillo» ya estaba ocupada para designar a las… βακτηρία).

Así pues, un bacteriólogo de hace cien años (como cualquier taxonomista de los tiempos anteriores al desciframiento del código genético) quedaría muy sorprendido si viera que ahora clasificamos los estafilococos dentro de los bacilos, en flagrante contradicción con su sistemática fundamental.

No obstante, ya hemos visto que aún perviven esas antiguas acepciones: no es raro oír hablar, incluso en medios especializados, del «bacilo del botulismo», el «bacilo de la difteria», el «bacilo de la peste», el «bacilo del tétanos», el «bacilo del tifus», el «bacilo de la tos ferina» o el «bacilo de la tuberculosis» (este último es el célebre «bacilo de Koch»). Ninguna de estas bacterias patógenas pertenece al orden de las bacilales; un bacilo auténtico es el bacilo del carbunco: Bacillus anthracis. El «bacilo de la difteria» (Corynebacterium diphtheriae) y el «bacilo de Koch» (Mycobacterium tuberculosis) son actinobacterias; el «bacilo del botulismo» (Clostridium botulinum) y el «bacilo del tétanos» (Clostridium tetani) son endobacterias; por último, el «bacilo de la peste» (Yersinia pestis), el «bacilo del tifus» (Salmonella enterica enterica) y el «bacilo de la tos ferina» (Bordetella pertussis) son proteobacterias (los dos primeros son gammabacterias, y el tercero, una betabacteria): es decir, estos tres últimos sí que serían «bacilos gramnegativos» (véase la clasificación filogenética presentada en el glosario de puntoycoma n.o 122, pp. 11-14).

Como para el resto de los seres vivos, la clasificación actual de las bacterias (puede consultarse a este respecto el manual de Bergey: www.bergeys.org) se basa en el análisis genético, sobre todo en el del gen 16S del ácido ribonucleico presente en sus ribosomas, que es el que ha demostrado la monofilia de las posibacterias.

Actualmente, para citar una bacteria determinada, la comunidad científica recomienda evitar el uso de términos como «bacilo», «coco» o «vibrión» en su vieja acepción y, así, en caso de que no quiera utilizarse el nombre científico, se prefiere la fórmula agente del tifus en lugar del impropio «bacilo del tifus».

Miquel Vidal
Comisión Europea
miguel.vidal-millan@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Navarro, Fernando A.: Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, 2.a ed., McGraw-Hill, Madrid, 2005, pp. 90-91.
   

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