COLABORACIONES


Periplo nesonímico en el Pacífico occidental

En el siglo XX tuvieron lugar varios enfrentamientos bélicos en la parte occidental del Pacífico (o, lo que es lo mismo, la costa y los archipiélagos de extremo oriente). Sus protagonistas eran potencias coloniales locales o foráneas: guerra entre Rusia y Japón, agresión japonesa contra China, segunda guerra mundial, conflictos de Corea y Vietnam, etcétera. Hoy sigue siendo una zona de tensión (sin ir más lejos, en noviembre de 2012, Filipinas y Vietnam amenazaron a China con no reconocer sus pasaportes porque estaban ilustrados con mapas que incluían algunas islas que aquellos reivindicaban).

Muchos países de la zona están rearmándose a marchas forzadas (recordemos que el 25 de septiembre de 2012 China procedió a desplegar su portaaviones Liaoning, extremadamente útil para defender unos arrecifes en los que no puede aterrizar ni un helicóptero de bolsillo) y se declaran dispuestos a considerar casus belli unos desacuerdos territoriales que a veces se centran en pequeños islotes deshabitados, o incluso en entidades geográficamente inexistentes. Está claro que los esperpentos no solo suceden en Perejil.

Vamos a darles un repaso a todas estas islas para recordar cuáles son los topónimos que debemos emplear y cuáles los que hay que evitar, sabiendo que para algunos de ellos (neutralidad obliga) será necesario recurrir a los sufridos dobletes o a algún exotopónimo acuñado por los europeos. Indicaré en negrita las denominaciones (ya sean topónimos o etnónimos) que considero más recomendables y señalaré en cursiva las que no me parecen apropiadas en el español actual.

Bajo el estrecho de Bering: las Aleutianas

Forman una cadena de islas entre Siberia y Alaska. Sus habitantes, parientes cercanos de los esquimales, se denominan a sí mismos unangan, pero en las lenguas europeas se les conoce por aleutianos, exoetnónimo procedente del término aliat, que significa «islas» en chukoto. En cambio, el topónimo «Alaska» es genuinamente aleutiano.

En 1741 llegaron al archipiélago los primeros europeos, conducidos por Vitus Bering, explorador danés a sueldo de la zarina Ana. Este, siguiendo las más rancias costumbres coloniales, «bautizaba» las islas a las que arribaba, pero esos exotopónimos (como St Makarius) no tuvieron ninguna continuidad, y hoy conocemos a cada isla por su endotopónimo aleutiano (Unimak, Unalaska, Umnak, etcétera).

Ocupadas por los rusos, estos debieron sofocar durante el siglo XVII varias revueltas de los naturales, hasta que, en 1867, el zar Alejandro II vendió el archipiélago a los Estados Unidos, incluido en el «paquete Alaska» (de 7,2 millones de dólares). El Japón imperial, en su sueño de reinar sobre todo el Pacífico occidental, ocupó algunas islas en 1942, pero tuvo que retirarse al cabo de un año.

Ningún Estado contesta actualmente la soberanía sobre este archipiélago; posiblemente existan movimientos autonomistas aislados, pero no han trascendido. El mayor conflicto suscitado en las Aleutianas no tuvo su origen en ningún contencioso territorial, sino que fue provocado por varios ensayos nucleares en pozos subterráneos en los años sesenta y setenta (cabe señalar que fue a partir del movimiento antinuclear creado entonces en los EE. UU. cuando nació la conocida organización ecologista Greenpeace).

Komandorski: la tumba de Bering

Esas islas estaban deshabitadas a la arribada de Bering; lógicamente, carecían de nombre. Así, su topónimo es el que les dieron los europeos: isla Bering e isla Medny (en la primera falleció el navegante danés junto con otros veintiocho marinos, víctimas del escorbuto).

Aunque en 1943 fue el escenario de una dura batalla entre navíos japoneses y estadounidenses, todos reconocen la soberanía rusa sobre ese archipiélago, cuyo nombre aparece a veces traducido, islas del Comandante (en algunos viejos atlas, islas del Comendador), y que hoy cuenta con una pequeña población permanente formada por descendientes de aleutianos llegados en el siglo XIX.

Sajalín: entre tres imperios

Hay que aclarar que Sajalín es el topónimo ruso (que procede de una palabra manchú que significa «negro»); en japonés la isla se llama Karafuto, y en chino, Kuye. No hay endotopónimo, pues sus pobladores pertenecen a dos grupos étnicos bien distintos: nivjis al norte (también conocidos como giliacos, término derivado del exoetnónimo japonés) y ainús al sur. Hacia el siglo XVII se estableció en el centro de la isla una población de etnia tungús. En la actualidad cuenta también con una minoría coreana.

Desde el siglo XIII, los habitantes de Sajalín sufrieron varias agresiones militares de la China de los Yuan, a la que debieron rendir tributo. No fue hasta 1679 cuando se establecieron en ella los primeros colonos japoneses. Poco después llegaron los rusos, que pactaron con Japón una partición de la isla para quedarse cada uno con la mitad; huelga decir que China seguía considerando a Sajalín parte de su imperio, pero el final de la segunda guerra del opio la obligó a abandonar la isla, entre muchos otros territorios que pasaron a las potencias europeas. Japón cedió su parte a Rusia en 1875 a cambio de la soberanía sobre todas las Kuriles (Tratado de San Petersburgo), pero esto solo duraría hasta la guerra ruso-japonesa, que devolvió a Japón el sur de Sajalín. Su derrota en la segunda guerra mundial le hizo abandonar la isla y renunciar a todos sus derechos.

Entre Kamchatka y Hokkaido: las Kuriles

Este archipiélago, cuyos primeros pobladores fueron los ainús (autoetnónimo que significa «ser humano»)1, fue explorado por navegantes japoneses, que lo denominaron Chishima («las mil islas»). Los primeros europeos que lo avistaron fueron holandeses (1634); a principios del siglo XVIII llegaron ahí los rusos, cuya presencia era mayor en las islas del norte, mientras que en las del sur predominaban los japoneses. En 1855, el Tratado de Shimoda fijó la frontera entre las islas de Etorofu (de ahí al sur para Japón) y Urup (de ahí al norte para Rusia).

Como acabamos de ver, en 1875 Japón abandonaba sus derechos sobre Sajalín y a cambio se apropiaba de todas las Kuriles, subiendo la frontera hasta Kamchatka. Al final de la segunda guerra mundial, la Unión Soviética ocupó a su vez la totalidad del archipiélago, desplazando el límite hasta Hokkaido.

Japón aceptó renunciar a las islas del norte, que solo le habían pertenecido setenta años, pero nunca reconoció la soberanía soviética (y luego rusa) sobre las islas del sur; los principales objetos de litigio son Shikotan, que se denomina igual en ruso y en japonés (cada cual usando su escritura, como es lógico), Kunashir o Kunashiri y Iturup o Etorofu.

Unos peñascos disputados desde el siglo VI

En el mar que unos llaman «del Este» y otros, «del Japón» se encuentran un par de islotes reivindicados por ambas Coreas y Japón. Unos los denominan Dokdo («islas solitarias») y otros, Takeshima («islas del bambú»). Siguiendo esta lógica, cada islote también recibe dos nombres: así, los coreanos los llaman Seodo y Dongdo («isla occidental» e «isla oriental»), y los japoneses, Otokojima y Onnajima («isla macho» e «isla hembra»). Mucho nombre para tan poca tierra: Seodo u Otokojima tiene solo 8,9 ha y Dongdo u Onnajima, 7,3 ha; sin embargo, han hecho que Corea y Japón se hayan enzarzado en interminables disputas durante siglos. Tras la capitulación japonesa en 1945, los islotes fueron utilizados repetidamente para ejercicios de bombardeo por la aviación militar estadounidense, lo que provocó fuertes críticas de Corea, que llegó a denunciar «daños colaterales» sobre ciudadanos civiles.

Actualmente, los islotes cuentan con un cuartelillo de la policía surcoreana. Japón ha propuesto varias veces someter el caso al arbitraje de la Corte Internacional de Justicia (la última, en agosto de 2012), pero Corea del Sur siempre se ha negado a ello. Si repasamos los neotopónimos que han recibido, los ingleses los llamaron Hornet en 1855; los rusos, Manalai y Olivutsa en 1854, y los franceses, Liancourt en 1849. Siguiendo el principio de precedencia, este último topónimo (que procede del nombre de un barco ballenero) puede servirnos hasta que se resuelva el litigio.

A 50 kilómetros de Japón y Corea

Hablando del estrecho de Corea, cabe señalar que Japón lo denomina «estrecho de Tsushima», pues justo en medio del mismo se halla la isla de Tsushima, japonesa desde el siglo VI. No obstante, hacia el siglo XIII la isla se convirtió en un nido de piratas, lo que llevó en 1419 a la Corea de los Chosón a enviar contra Tsushima una flota de nada menos que doscientos veintisiete buques, cuya victoria la convirtió en dueña completa de la isla; luego acordó con Japón que quedase en manos de este, previo compromiso firme de lucha contra la piratería.

En 1861, la armada del zar intentó establecer en Tsushima una base naval rusa, pero los británicos le disuadieron. Aun así, la isla fue escenario de una batalla naval durante la guerra ruso-japonesa de 1905.

Un siglo más tarde, Corea del Sur, con el pretexto de la invasión del siglo XV por la dinastía Chosón, reivindicó la soberanía de la isla, a la que denominó Daemado (pronunciación coreana de los logogramas del nombre de Tsushima). El litigio no pasó a mayores, pero envenena periódicamente las relaciones coreano-japonesas.

El Imperio del Sol Naciente

La primera entrada en el archipiélago japonés tuvo lugar hace 35 000 años, cuando una población de protoainús efectuó el trayecto Siberia-Sajalín-Hokkaido-Honshu. Japón fue el primer territorio en donde se utilizó la cerámica, hace más de 16 000 años (periodo Jomón). Llegados por el sur, los antepasados de los japoneses entraron en contacto con los ainús y los fueron empujando hacia el norte. Los pocos que hoy sobreviven están en la isla más septentrional, Hokkaido (cuyo endotopónimo ainú es Mosir).

Debajo de Hokkaido («vía del mar del norte», en japonés) está Honshu (que significa «la provincia principal»), que no solo es la isla más grande del archipiélago, sino también la séptima del mundo y, claro está, la mayor de todas las que estamos citando en estas páginas. Además, Honshu cuenta con más de cien millones de habitantes, lo que la convierte en la isla más populosa del planeta después de Java. Las otras dos grandes islas de Japón son Kyushu («las nueve provincias») y Shikoku («las cuatro provincias»).

El Japón feudal del shogunato no se preocupó mucho de delimitar bien las fronteras imperiales. En 1845 llegó a la bahía de Tokio una escuadra de carracas y fragatas estadounidenses2 que Japón denominó kurofune («los barcos negros»). Siguiendo la conocida «política de la cañonera», los norteamericanos obligaron a Japón a renunciar a su aislamiento (Tratado de Kanagawa), lo que llevó a los japoneses a estructurar el país copiando los modelos occidentales. Así, entre 1855 y 1875 se dedicaron a trazar meticulosamente sus fronteras y, en su caso, a celebrar los tratados pertinentes con sus vecinos.

La gran expansión territorial del Japón de Mutsuhito e Hirohito se quebró con su derrota en la segunda guerra mundial: los restos del imperio serían la semilla de litigios territoriales todavía sin resolver.

El codiciado islote que nunca existió

La denominada «roca de Socotra» está totalmente sumergida (su punto culminante se halla a 4,6 m ¡bajo el nivel del mar!). Con arreglo al Derecho marítimo internacional, nadie puede pretender la soberanía sobre una roca sumergida, que ni tan solo puede declararse terra nullius, porque no hay ninguna tierra a la vista. Y sin embargo…

La reivindican tanto los coreanos (que la denominan Ieodo) como los chinos (que la llaman Suyan). Tras ser pretendida por los japoneses a partir de 1938, la llamémosle roca fue «anexionada» por Corea en 1951, aunque la República Popular China jamás lo reconoció. En 1987, Corea del Sur plantó una baliza en la cumbre de la roca (cabe suponer que con la inevitable bandera) para darle un mínimo de «visibilidad». El topónimo Socotra procede del nombre de un buque mercante británico que dijo descubrirla en 1900, y tal vez sería el que deberíamos utilizar en aras de la neutralidad, pero ¿hay necesidad de nombrar algo inexistente?

El límite oriental del mar del Este de la China

Entre Kyushu y Taiwán se despliega un rosario de islas: el archipiélago de Ryukyu (que carece de endotopónimo único, pues hay varias lenguas riukiuanas; las principales lo denominan Ruuchuu o Duuchuu). Sus habitantes, los riukiuanos, parientes cercanos de los japoneses, constituyeron a principios del siglo XV un reino independiente que en diferentes periodos fue tributario de China (que, con arreglo a su pronunciación del nombre escrito, lo denominó Lu-Chu, término que originó los exotopónimos ingleses Loochoo y Lewchew). El reino logró mantenerse hasta 1879, cuando fue anexionado por Japón. Aclaremos que el término japonés Ryukyu Shoto se refiere solo al grupo meridional (el del norte lo llaman Satsunan Shoto, y el exotopónimo japonés para el archipiélago entero es Nansei Shoto).

La mayor isla del archipiélago (y capital de la prefectura de Ryukyu Shoto) es Okinawa (que los naturales denominan Uchinaa), sede de nada menos que treinta y dos bases militares estadounidenses: la ocupación del archipiélago por los EE. UU. al final de la guerra provocó el surgimiento de un movimiento independentista riukiuano que llevó a la creación del partido Ryūkyū Dokuritsutō, cuyo objetivo es proclamar la República de Ryukyu.

Guerra de banderas en siete kilómetros cuadrados

El archipiélago que los japoneses denominan Senkaku y los chinos, Diaoyu (o Tiaoyu según el gobierno de Taiwán, que no acepta el sistema pinyin) está formado por unas pequeñas islas, totalmente deshabitadas hasta finales del siglo XIX; las mayores son Uotsuri o Diaoyu Dao y Kuba o Huangwei Yu (las demás no llegan ni a un kilómetro cuadrado). Fueron anexionadas por Japón en 1895, a petición de un empresario de Kyushu que quería explotar el guano; de hecho, cuando entre 1945 y 1972 las ocuparon los Estados Unidos, pagaron religiosamente un alquiler a los herederos de ese empresario, reconociéndolos así como propietarios legítimos. En consecuencia, cuando se fueron las devolvieron a Japón.

China alega que, durante los cincuenta años de ocupación japonesa, esas islas formaban parte de la prefectura de Taiwán, por lo que debían serle restituidas. Japón no solo hizo oídos sordos a las reivindicaciones chinas, sino que, para más inri, en 2012 compró las islas a sus propietarios privados por 2 000 millones de yenes, con lo que pasaron a ser propiedad del Estado. Para China fue una provocación: el 13 de diciembre de 2012, cazas chinos y japoneses sobrevolaron el archipiélago y elevaron la tensión hasta unos límites que podrían haber llevado a gravísimas e imprevisibles consecuencias.

Los chinos han efectuado varios desembarcos para plantar sus estandartes, símbolo de su soberanía. Casualmente, el día 7 de octubre de 1996 coincidieron ahí barcos de la China Popular y de Taiwán, que enviaron sendos abanderados a intentar plantar la bandera entre los peñascos solitarios y a competir entre sí a ver cuál la tenía más grande.

Taiwán: una isla tan formosa

Los primeros habitantes de esta isla eran pueblos protoaustronésicos, que la denominaban Taiyuán y que en los siglos XIV y XV fueron arrinconados en la región oriental por la llegada de colonos chinos hakaneses, que la llamaron Lui-kiu. Algo más tarde, carabelas portuguesas avistaron la isla, que recibió el poético nombre de Formosa.

Taiwán contó con la presencia más o menos esporádica de portugueses, españoles y holandeses hasta mediados del siglo XVII. En 1683, el almirante Shi Lang la conquistó para la China de los Qing (la isla ya estaba poblada mayoritariamente de chinos), que la conservó hasta 1895, cuando pasó a manos de Japón, aunque en el ínterin se proclamó un efímero Estado Democrático de Taiwán, que duró cinco meses y también se conoció en Europa como República de Formosa. Japón conservaría la isla medio siglo, hasta la capitulación de 1945, que llevó al Tratado de San Francisco, por el que tuvo que renunciar, entre otras posesiones, a Taiwán. Problema: ese tratado no entró en vigor hasta 1952, y entre tanto había habido mucho movimiento en China.

En efecto, concluido el frente táctico contra el ocupante, los ejércitos comunista y nacionalista se habían enzarzado en una guerra civil, que terminó en 1949 con la derrota de estos últimos, que solo conservaron el control de algunas islas, la principal de las cuales era… Taiwán. Quedaba claro que, a pesar de no haberse firmado aún el tratado entre los Estados Unidos y Japón, este ya no estaba en condiciones de afirmar su soberanía sobre la isla, que en aquellos momentos se llenaba de chinos anticomunistas y veía instalarse el gobierno nacionalista, que establecía ahí su cuartel general y proclamaba la ley marcial.

Así, la población de Taiwán se desglosa desde entonces en cuatro grupos: el más importante es el chino de etnia han, que también es el más reciente; le sigue el de los minnan, presentes desde el siglo XVII; en tercer lugar, el de los primeros chinos que llegaron a la isla, de etnia hakka (llamados quejiá por los han), que se consideran «nativos», y el último, muy minoritario, es el de los auténticos aborígenes, austronésicos, que la administración desglosa en dos grupos: los «sinizados» y los «salvajes». China considera a Taiwán como su «vigésima tercera provincia»; por su parte, el gobierno taiwanés sigue pretendiéndose «gobierno legítimo» de China y reivindica todo el territorio continental (¡Mongolia incluida!).

La entidad política taiwanesa incluye también otras islas: Matsu (Mazu según el sistema pinyin), cuyos habitantes son de etnia minbei (min del norte) y que nunca fue ocupada por el Japón; Pescadores (exotopónimo portugués utilizado corrientemente en español), poblada por chinos de etnia han desde hace siglos, llamada Penghu por ellos y Hokoto por los japoneses, pues esta sí formó parte del Imperio del Sol Naciente en virtud del Tratado de Shimonoseki (1895); Quemoy (denominada Kinmen por los chinos), poblada por gente de la etnia minnan (min del sur, llamados también min del litoral) y ocupada por Japón de 1937 a 1945, y las Pratas (llamadas Dongsha por los chinos), que carecen de población permanente. Todas ellas, claro está, reclamadas por la República Popular China.

Una región muy especial

La isla de Hong Kong pertenece a China desde la época de los Qin (siglo −III). En 1842, por el Tratado de Nankín, que ponía fin a la primera guerra del opio, China tuvo que cederla al imperio británico a perpetuidad; en años sucesivos, la colonia fue ampliándose con territorio continental, pero el convenio de 1898 fijó un plazo de cien años a cuyo vencimiento debería ser devuelta a China. En efecto, en 1997 los británicos abandonaron el territorio, que fue declarado por China «Región Administrativa Especial» en el marco de las reformas de Deng Xiaoping en favor del régimen de los dos sistemas («da igual que el gato sea blanco o negro mientras cace ratones»). Curiosamente, este estatuto tan especial ha hecho que Hong Kong conserve por el momento su grafía tradicional, pues su nombre (que significa «el puerto perfumado») se escribe Xianggang con arreglo al sistema pinyin.

El mar de todos los conflictos

El mar del Sur de la China (también conocido como mar de la China Meridional) comunica los océanos Pacífico e Índico: por él circulan todos los productos manufacturados que China, Corea y Japón exportan a Europa y, en sentido contrario, el petróleo que necesitan sus industrias. Es una zona sensible que vigila muy de cerca la VII Flota de los EE. UU. y que conoce litigios territoriales entre nada menos que seis Estados: Brunéi, China, Filipinas, Malasia, Taiwán y Vietnam.

La mayor isla de este mar tiene una población original daica (próxima a los tailandeses y laosianos), los li, y en ella se había establecido ya una guarnición china en el siglo −II. Los chinos la bautizaron Hainán, que significa «al sur del mar». En 1939 fue ocupada por los japoneses, que encontraron gran resistencia, tanto por parte de los chinos como de los li. En 1945, la administración estadounidense la entregó a los chinos nacionalistas, que se mantuvieron en ella hasta mediados de 1950, cuando fueron expulsados por la acción conjunta de la guerrilla y el Ejército Popular. Desde entonces no hay más litigio territorial que el habitual entre las autoridades de Pekín y Taipéi. Unas cuatro quintas partes de la población son ya de origen chino.

Más al sur encontramos las islas Paracelso, deshabitadas pero frecuentadas desde tiempos inmemoriales por pescadores vietnamitas y chinos. En 1932, la Tercera República francesa las anexionó a Indochina; siete años después fueron ocupadas por Japón. Tras la derrota de este, Vietnam del Sur recogió la herencia colonial en 1956 (y llamó al archipiélago Hòang Sa). Sin embargo, los survietnamitas fueron expulsados en enero de 1974 por la China Popular (que lo denomina Xisha); esta ha seguido conservándolo hasta ahora, frente a las reivindicaciones de Taiwán y Vietnam.

El banco Macclesfield es un atolón prácticamente sumergido del que solo sobresalen algunos arrecifes coralinos. Tras el abandono de su reivindicación por parte de Filipinas, su soberanía corresponde a los chinos, que lo denominan Zhongsha («las arenas centrales»). Subsiste, claro, el litigio entre cada una de ambas Chinas.

Las islas Spratly se denominan así en memoria de un capitán inglés que las bordeó a mediados del siglo XIX. Para Vietnam constituyen el distrito de Truòng Sa («las arenas largas»), de la provincia de Khánh Hòa; para China forman la prefectura de Nansha («las arenas meridionales»), perteneciente a la provincia de Hainán; para Filipinas son las islas Kalayaan («libertad»), dentro de la provincia de Palawán; para Malasia forman parte del Estado de Sabah; para Taiwán, de su municipio de Kaohsiung, y para Brunéi, de su zona económica exclusiva. Para complicar aún más las cosas, en los años setenta del siglo XIX, el capitán del buque británico Modeste proclamó en las Spratly la República de Morac-Songhrati-Meads (Meads era su apellido). Como era de esperar, ningún país de la zona lo tomó en serio, aunque los descendientes de Meads han formado un sedicente «gobierno en el exilio» y siguen reivindicando el archipiélago. En la actualidad los seis Estados demandantes ocupan algunas islas (la mayor, Itu Aba3, está en poder de Taiwán), aunque la parte del león se la lleva China. Ante este desbarajuste, creo que lo más práctico es conservar provisionalmente el topónimo Spratly hasta que las partes lleguen a un acuerdo.

Entre Zhongsha y Luzón se halla un grupo de arrecifes, llamados Huangyan por los chinos y Panatag por los filipinos, y que en Europa conocemos como Scarborough (que es el nombre de un buque mercante que embarrancó ahí en el siglo XVIII). En 1935 fueron anexionados por la República de China, pero Filipinas jamás lo reconoció, alegando que sus pescadores ya faenaban ahí antes de la llegada de los europeos. Para China forma parte de la provincia de Hainán, mientras que Filipinas (que en 1947, tras recobrar su independencia, expresó su reivindicación oficial) las incluye en el municipio de Masinloc. En abril de 2012, el apresamiento de unos pesqueros chinos por la armada filipina suscitó una rápida respuesta de China, que actualmente tiene los arrecifes bajo su control. De todos modos, como en los casos de las Paracelso y las Spratly, creo que lo mejor es seguir utilizando el topónimo Scarborough a título provisional.

Filipinas: las últimas de Magallanes

Este gran archipiélago de siete mil islas incluye ocho de las cien mayores del planeta (y cuenta dos entre las veinte primeras). Habitado desde hace unos 50 000 años por poblaciones australoides de etnia aeta (que los españoles «bautizarían» con el pintoresco nombre de negritos), acogió a los primeros austronesios salidos de Taiwán hace unos 4 000 años, cuando iniciaron la gran expansión malayo-polinesia. Los principales grupos étnicos son los tagalos, los cebuanos y los ilocanos.

A mitad de camino de su inacabada vuelta al mundo, Magallanes4 desembarcó en la pequeña isla de Mactán con un batallón de soldados para apoyar las pretensiones de su aliado, el rajá de Cebú, pero fue derrotado y muerto por el rey califa Lapu-Lapu, quien hoy se celebra como primer héroe nacional filipino (y cuyo nombre ha pasado a enriquecer la toponimia, pues en 1961 se rebautizó Lapu-Lapu a la localidad de Opón).

Se puede considerar que el año 1565 (expedición del guipuzcoano López de Legazpi) marca el inicio de la colonización española; de ella queda sobre todo el macrotopónimo Filipinas, llamadas así en honor de Su Majestad Católica. El archipiélago puede dividirse en tres regiones: de norte a sur, Luzón, las Bisayas y Mindanao. Las Bisayas incluyen muchas islas, como Bohol, Cebú, Leyte, Negros, Palawán, Panay y Sámar. La mayoría de estos topónimos coincide con el nombre que ya tenían a la llegada de los españoles (una excepción evidente es la isla de Negros, cuya denominación anterior era Buglas).

Por el Tratado de París de 1898, España cedió el archipiélago contra 20 millones de dólares a los Estados Unidos, y así estos consiguieron una presencia terrestre en la zona. Durante la segunda guerra mundial, los estadounidenses fueron expulsados por los japoneses; cerrado ese paréntesis, los vencedores de la guerra vieron que la oportunidad que se les abría de asentar bases militares en muchos países vecinos hacía innecesaria su presencia colonial en Filipinas, que conoció así su independencia en 1946. De todos modos, el gobierno filipino sigue siendo aliado fiel de los EE. UU., con quienes realizan a menudo maniobras militares conjuntas.

Periferias filipinas: norte disputado y sur independentista

La tierra más septentrional de Filipinas son las islas Batanes, que cuentan con una población malaya de etnia ivatán y que, lógicamente, fueron las primeras que ocuparon los japoneses en 1941. Un poco más al sur se hallan las islas Babuyanes, de tipo volcánico. Al parecer, la población de las Babuyanes se ha dedicado históricamente a la cría de ganado porcino, y de ahí el topónimo, procedente del término babuyes, que significa «cerdos». Unas y otras habían sido reivindicadas por los chinos.

Al sur, el conflicto es totalmente distinto. Cuando los españoles ocuparon el archipiélago vieron que había una importante población musulmana: los llamaron moros. Esa ha sido una de las raras ocasiones en las que una colectividad colonizada se ha apropiado del exoetnónimo despectivo con el que les había denominado el ocupante. Así, cuando a finales de los sesenta (tras la masacre del Corregidor) nació una organización de resistencia, esta se denominaría ¡Frente Moro de Liberación Nacional! Y en los años ochenta, que vieron el ocaso del nacionalismo laico en África y Asia, su escisión correspondiente se denominó Frente Moro de Liberación Islámica. Incluso se acuñó un topónimo a partir de ese etnónimo: Bangsamoro («la tierra de los moros»); la escisión más radical del FMLI, que tuvo lugar en 2011, cuando este aceptó el estatuto de autonomía del Mindanao musulmán, se denomina Combatientes por la Libertad del Ejército Islámico de Bangsamoro.

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He decidido finalizar este artículo en Bangsamoro, porque seguir bajando por la Insulindia nos apartaría del Pacífico occidental: los numerosos litigios territoriales que afectan a Indonesia empiezan en Aceh (norte de Sumatra, en el océano Índico) y terminan en Papuasia (oeste de Nueva Guinea, en Oceanía), lo que los sitúa claramente al margen del ámbito que nos hemos marcado en el presente estudio.

Quisiera aclarar las razones que mueven a esos Estados a reivindicar algunos ínfimos peñascos, para no dar la impresión de que todos sean locos nacionalistas. El motivo hay que buscarlo en las peculiares disposiciones jurídicas surgidas de la controvertida Convención sobre el Derecho del Mar de Montego Bay de 1982, que entró en vigor en 1994 (aunque la UE no lo ratificó hasta 1998) y que concede a un Estado propietario de un islote minúsculo, en el que no quepan ni dos personas de pie, unos derechos soberanos sobre una zona económica exclusiva descomunal de más de 430 000 km2 (que es la superficie de un círculo cuyo radio mida 200 millas marinas), lo que lleva aparejado el consiguiente disfrute de recursos pesqueros, la posibilidad de explotar yacimientos submarinos de gas o petróleo ¡e incluso el derecho a crear islas artificiales!5 A finales de noviembre de 2012, Hillary Clinton aconsejó a los EE. UU. que ratificasen la Convención, a fin de disponer de instrumentos jurídicos para contrarrestar la progresión china.

Soy consciente de que la mayoría de lectores de estas líneas son traductores institucionales. Huelga decir que, si la Unión Europea hubiera tomado partido en alguno de estos litigios, nosotros estaríamos obligados a servirnos de los topónimos propugnados por la parte correspondiente. No es este el caso, ya que la UE siempre se ha declarado neutral y se ha limitado a defender la libre navegación y a apoyar las soluciones negociadas de los conflictos (especialmente en el marco de organizaciones supranacionales, como la ASEAN).

Por último, aunque sé que es una cuestión polémica, me gustaría aclarar que no he creído conveniente recomendar formas antiguas con mayor o menor tradición histórica en español, como Curiles, Hondo, Lequeos, Nipón, Palaguán6 (algún atlas antiguo registra incluso la curiosa forma Paragua), Sicotán o Yeso.


 

Miquel Vidal
Comisión Europea
miguel.vidal-millan@ec.europa.eu

 

 

 

 

1 Obsérvese el parecido con la palabra inuit, que significa «ser humano» en esquimal.
2 En esa bahía se halla la ciudad de Yokosuka, actual base de la VII Flota de los Estados Unidos.
3 Nombre de etimología discutida, aunque probablemente del malayo itu apa? («¿qué es esto?»). Los chinos la denominan Taiping (nombre del acorazado que la ocupó en 1946, tras la retirada japonesa); los vietnamitas, Ba Bình, y los filipinos, Ligaw (de donde procede un paleotopónimo español: Ligao). Paradójicamente, Ba Bình significa «ola de la calma» y Ligaw, «isla salvaje».
4 Uno de los pocos navegantes que ha protagonizado bautizos extraterrestres, pues las dos nebulosas que descubrió (que han resultado ser galaxias del Grupo Local) aún se conocen hoy como «las Nubes de Magallanes».
5 La cifra de 430 000 km2 es el máximo ideal, que se aplicaría a una roca aislada que no tuviera ningún vecino. En los archipiélagos repartidos entre varios Estados, las ZEE deben ajustarse a un juego de mediatrices a los segmentos que señalan la distancia entre cada punto (por ejemplo, un par de islotes separados por una distancia de 200 millas tendrían cada una una ZEE algo inferior a los 350 000 km2, debido a un traslapo de 165 000 km2).
6 De todos modos, «Palaguán» ha subsistido en el ámbito de la ornitología. En efecto, el ave que se denomina Palawan Peacock-Pheasant en inglés y éperonnier de Palawan en francés, se sigue conociendo en español como faisán real de Palaguán: se trata de la especie Polyplectron napoleonis Lesson (1831).

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