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CABOS SUELTOS


Killing me softly with your power

Algunos, y no los más jóvenes, recordarán que en la edad de hierro de la informática cada vez que se usaba la palabra software los enterados se sentían obligados a añadir una nota a pie de página sobre ferreterías y quincallerías. Ya antes se había hablado de soft sell para lo que no deja de ser propaganda encubierta. No hace tanto empezó a aparecer en documentos de la UE el término soft law, que se ha intentado traducir por «legislación no vinculante».

Todos estos sintagmas, más o menos metafóricos, son paradigma de la admiración reverencial que suscita la lengua inglesa y sus impactantes acuñaciones en las minorías cultas de sus zonas de influencia, protectorados, Estados vasallos e incluso entre sus propios rivales porque, como señala Robert Nye Jr. en The Paradox of American Power:

[…] the more the French embrace America the more the
resent it.1

Y me refiero a este autor porque pasa por ser el autor del nuevo neologismo blando: soft power. La acuñación ha tenido éxito y ya surge en algunos documentos de la UE traducida a veces crudamente como «poder blando».

Aun sabiendo que las traducciones más estudiadas y razonadas suelen cuajar menos que los calcos que obtienen periodistas y políticos en Google Translate, cabe preguntarse si no sería necesario ofrecer alguna alternativa.

Como ejemplos de soft power Nye se refiere a la creación de la Alliance française tras la derrota francesa ante Prusia, a la importancia de la radio en la Alemania de la época nazi y al hecho evidente de que los estudios de Hollywood no solo venden filmes sino una cultura y valores, en tanto que Bollywood produce el triple de películas, que solo se ven en la India.

Si lo hispánico no tuviera tan escaso soft power, Nye se hubiera remontado al siglo XVII y a las representaciones operísticas promovidas por la monarquía: La púrpura de la rosa (primera ópera que se representó en América, en Lima, en 1701) o Celos aun del aire matan, con la que, muchos años antes, el modesto Rey Planeta trató de impresionar al Rey Sol.

En suma, el soft power debe entenderse como el prestigio o la proyección que una cultura ejerce sobre las demás.

La lectura de Tácito —en su librito sobre cómo Agrícola sojuzgó a los britanos— nos recuerda que no hay soft power sin hard power.

Después empezó a gustarles nuestro modo de vestir [...]. Paulatinamente fueron aficionándose a nuestros vicios y costumbres, a acudir a los baños y a los manjares de nuestros banquetes. En su ingenuidad [la de los britanos] llamaban civilización a lo que constituía un factor de su esclavitud.2

Podría traducirse como poder cultural, poder no coactivo o de cualquier otra manera, pero no como «poder blando». Para eso ya está Google (que, he de reconocerlo, me ha ayudado no poco para redactar esta nota).

Guillermo Lorenzo
Comité Económico y Social Europeo
guillermo.lorenzo@eesc.europa.eu

 

 

 

 

1  The Paradox of American Power: Why the World's Only Superpower Can't Go It Alone. New York: Oxford University Press, 2002, p. 71.
2 Tácito, Agricola, 1, 21 [Trad. Guillermo Lorenzo].

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