TRIBUNA


Texto de la conferencia pronunciada en la Dirección General de Traducción de la Comisión Europea (Bruselas y Luxemburgo) los días 14 y 15 de marzo de 2012

Buenas prácticas en terminología

Intuitivamente y de manera general, el término buenas prácticas nos remite a dos interpretaciones:

a) buenas prácticas como forma de hacer recta, en el sentido moral y ético del término y, por tanto, contrapuesto a malas prácticas o prácticas perversas, malintencionadas, engañosas, etc.

b)      buenas prácticas como forma de actuar siguiendo sistemáticamente unas pautas establecidas, reconocidas y aceptadas por un colectivo profesional o social suficientemente representativo.

En primer lugar, y tomando la primera acepción de la expresión, el término buenas prácticas es moral, ético. El adjetivo buena representa un juicio de moralidad. Presupone que hay prácticas que no lo son y ello puede ser por varios motivos. Desde esta perspectiva se interpreta como una manera de hacer honesta, recta, acorde con principios morales propios del Derecho natural. Las prácticas se consideran buenas en su aspecto intrínseco. Como puede suponerse es imposible, con excepción de casos muy extremos, objetivar lo que entendemos por bueno negando que nuestro juicio depende de variables culturales e ideológicas.

En segundo lugar, el término buenas prácticas nos remite a la recta aplicación de reglas o instrucciones predeterminadas como adecuadas en un determinado campo y para una determinada actividad. Desde esta acepción, las prácticas se consideran buenas por su aplicación recta y sistemática. De hecho serán buenas aquellas prácticas que, siguiendo las reglas establecidas, permitan alcanzar los objetivos que inicialmente se ha previsto alcanzar.

Lo cierto es que el término buenas prácticas ha hecho fortuna y son poquísimos los organismos, instituciones o empresas que se muestran críticos ante ellas, y menos aún las rechazan. Las buenas prácticas se han asociado actualmente a lo que un organismo debe hacer no solo por responsabilidad social, sino también para ser considerado innovador y moderno.

En este artículo me propongo explorar el concepto de buenas prácticas y aplicarlo al trabajo terminológico en dos escenarios:

a)  en la elaboración de glosarios monolingües y multilingües y

b) en la resolución de problemas terminológicos en traducción especializada.

Los objetivos de la aplicación de las buenas prácticas en organismos, instituciones o empresas para que las técnicas, métodos de trabajo, procesos, actividades y medidas resulten más eficientes (que reclaman menos esfuerzo), más eficaces (que producen mejores resultados) y más simples que otras para obtener un resultado son la consecución de:

  • fiabilidad

  • calidad

  • eficiencia

  • eficacia

  • equidad

  • productividad

  • sistematicidad o consistencia.

1. La noción de calidad como precedente de buenas prácticas en terminología

¿Cómo la noción de buenas prácticas que hasta aquí hemos presentado incide en la terminología?

Como sabemos, la terminología es al mismo tiempo un campo de conocimiento y un campo de aplicaciones destinadas a cubrir distintas necesidades, llevadas a cabo por distintos colectivos profesionales, con finalidades distintas y estrategias de trabajo también distintas, aunque compartiendo todas ellas, en el mejor de los casos, una visión unitaria de los fundamentos de la materia y de las características de sus unidades.

Es en el terreno aplicado donde las buenas prácticas tienen su papel. Como práctica, la terminología es un proceso de trabajo que, como cualquier otro proceso, puede ser regulado por orientaciones preestablecidas que se pueden considerar códigos de buenas prácticas. Estas orientaciones existen en terminología tanto de forma explícita como de forma implícita. Vamos a intentar aclarar esta diferencia y ver en qué aspectos del trabajo se materializan.

Sabemos que un trabajo aplicado no se lleva a cabo nunca sin unos supuestos de base que lo nutren. De lo contario, cualquier actividad en este trabajo sería arbitraria. El trabajo terminológico tiene su anclaje en una serie de fundamentos teóricos que constituyen sus bases y sin los cuales no se podría garantizar un mínimo de calidad.

Al lado de este aspecto teórico, el trabajo terminológico práctico es un proceso organizado, una cadena de decisiones y acciones organizadas que conducen a la producción de un recurso o a la solución de un problema. El proceso de trabajo, sin embargo, no es uno, sino que se trata de diversos procesos, en función de las necesidades a cubrir y del contexto en que se lleva a cabo.

Hurgando en el pasado, podemos decir que, de hecho, lo que actualmente conocemos como buenas prácticas ya se recogía en los años ochenta y noventa bajo la etiqueta de calidad. En 1998 el Conseil international de la langue française editó un número especial de la revista La Banque des mots dedicado a la calidad, bajo la responsabilidad de Elizabeth Blanchon, en la época miembro del Centre de terminologie et de néologie de Francia. Era el momento de la emergencia de las normas ISO 9000 dedicadas a la calidad.

El término calidad, como ahora el de buenas prácticas, era una etiqueta necesaria para dar prestigio a cualquier empresa, organismo, actividad o producto, pero entonces, como ahora, se trataba de un término ambiguo del que podían desprenderse interpretaciones distintas.

Myriam Bouveret y Valérie Delavigne, en su artículo «L’analyse des besoins: un préalable à la qualité de la terminologie»1, afirman que la calidad consiste en explicitar para una actividad dada el conjunto de procesos que se llevan a cabo en la elaboración de un producto. Esta actividad dinámica se expresa en dos fases: en una primera fase se elabora una metodología que permite desarrollar un producto o una acción de calidad; y en una segunda fase se pone en pie un sistema de control de la puesta en práctica de esta metodología. Se trata pues de una actividad metodológica de carácter evaluativo.

Este mismo enfoque aplicado hoy a la terminología se conoce como buenas prácticas. Se trata de asegurar que el trabajo terminológico se realice a partir de una metodología, y para ello hay que establecer la metodología y buscar mecanismos de seguimiento y control de que esta metodología se ha aplicado rectamente.

En este mismo número de La Banque des mots hicimos un análisis de la noción de calidad en terminología y revisamos algunos de los aspectos metodológicos en los que podía tener sentido hablar de calidad. En este artículo, titulado «À propos de la notion de qualité en terminologie»2, llamábamos la atención sobre la falta de flexibilidad metodológica que en aquellos años presidía la terminología. La razón era clara: solo las normas ISO sobre terminología se consideraban doctrina para llevar a cabo un trabajo de calidad. Ya en aquel momento nuestra posición era que no se podían establecer estándares de calidad aisladamente, fuera de contexto, sino que solo podíamos hacerlo teniendo en cuenta las características de cada trabajo en cuanto a tema, contexto, finalidad y situación. La noción de adecuación ya era para nosotros entonces una noción clave para la calidad.

Además de este principio, distinguíamos en el artículo entre indicadores explícitos de calidad e indicadores implícitos. Decíamos entonces que formaban parte de los indicadores explícitos las marcas de uso (códigos de fiabilidad de la fuente del término, o del término en sí, o valor del término en relación a la norma de uso o a la norma prescrita). De los múltiples indicadores implícitos analizamos en aquel momento cuatro: la explicitud de la metodología de trabajo, la necesaria y adecuada documentación de los datos terminológicos, la composición del equipo de trabajo para la producción de un glosario y el respeto a las normas internacionales en los casos adecuados.

Terminábamos el artículo proponiendo una serie de criterios a tener en cuenta para la validación de un glosario, los agentes que debían llevar a cabo esta validación y los objetivos que la validación se proponía. Pero, por encima de todos los factores, la idea esencial era que los criterios de evaluación debían tomar en consideración las diferencias entre la terminología puramente representativa y útil en la comunicación internacional en temas muy formalizados e internacionalmente consensuados, y la terminología destinada a la comunicación humana en el contexto de una lengua y una cultura, o entre lenguas y culturas en temas fuertemente marcados por una tradición.

En relación con los datos terminológicos en sí mismos, las condiciones que se les debían suponer para ser considerados de calidad eran dos: la fiabilidad y la sistematicidad. Debían ser fiables en el sentido de responder a usos reales y, en el caso de que constituyeran propuestas nuevas, debían presentarse explícitamente como tales con el aval de comisiones suficientemente representativas dentro de cada ámbito de especialidad. Debían ser sistemáticos, en el sentido de estar siempre representados de la misma manera y siguiendo, a ser posible, las propuestas más consensuadas, eso sí, adaptándolas a cada contexto.

En estos casi veinte años desde la publicación de este monográfico sobre la calidad de la terminología, el panorama y las propuestas han cambiado relativamente poco. Durante las dos últimas décadas la terminología ha apostado principalmente por dos aspectos:

a)  el establecimiento y la profundización de su marco teórico y

b) el desarrollo y aplicación de las tecnologías al trabajo.

En el primer punto se ha avanzado en la línea de aclarar que los principios establecidos por Eugen Wüster no eran suficientes para describir y explicar los hechos terminológicos. En el segundo punto se han desarrollado sistemas automáticos para la detección, extracción y gestión de información terminológica a partir de corpus textuales de gran envergadura, construidos esencialmente a partir de Internet.

En el ámbito de la traducción y con relación a la terminología también se ha avanzado, no únicamente en la asunción de una teoría de base textual y pragmática, sino también en el uso de programas informáticos de gestión de la terminología sobre la base de las memorias de traducción.

2. Buenas prácticas en terminología: aspectos que determinan buenas prácticas

Vamos a entrar a continuación en la noción de buenas prácticas aplicada a la práctica terminológica. Para ello, aunque son muchas las actividades profesionales en las que esta práctica tiene una incidencia particular, en esta ocasión seleccionaremos para nuestros propósitos dos:

a)  la elaboración de glosarios monolingües y multilingües, también para la traducción, y

b) la resolución de problemas terminológicos de la traducción.

En ambas actividades hay aspectos de buenas prácticas que son comunes, y otros específicos de cada actividad. Los primeros tienen que ver con los fundamentos de la terminología, con las competencias necesarias para resolver el trabajo y con principios generales que afectan a la puesta en práctica del proceso de trabajo. Seleccionaremos de entre los muchos posibles cinco aspectos:

  • Conocimiento y respeto de los fundamentos de la terminología, como base de una buena práctica.

  • Necesidad de reunir las competencias necesarias para resolver un trabajo.

  • Importancia de adecuar la metodología y la resolución de problemas a las características y condiciones de cada trabajo.

  • Necesidad de disponer de una documentación fiable y seleccionada con criterios explícitos.

  • Uso de las tecnologías para dar acceso a la información.

A. Los fundamentos mínimos de la terminología

El primer elemento importante para el desarrollo de una buena práctica terminológica tanto en traducción como en terminografía es saber claramente qué tenemos entre manos, es decir, con qué material estamos trabajando. Y en esta línea, los supuestos mínimos que, con independencia del tipo de trabajo, contexto y situación, consideramos que deben respetarse en el trabajo terminológico son los siguientes:

a)  Hacer terminología supone aplicar una metodología específica para detectar y recopilar los términos de especialidad.

b) Un término es la asociación de una forma y un contenido.

c)  La forma y el contenido de los términos presentan una doble sistematicidad: con relación a la lengua general y también dentro de cada ámbito de especialidad.

d) Los términos son siempre temáticamente específicos, de forma que no hay término sin ámbito de especialidad, sin que esto suponga que los términos solo se usen en una materia.

e)  Dentro de cada ámbito los términos están conectados entre sí por diferentes tipos de relación. Las relaciones basadas en los conceptos permiten establecer, por un lado, la estructura conceptual de un ámbito y, por otro lado, su sentido.

f)  Todo trabajo terminológico es, por lo menos inicialmente, descriptivo. Hacer terminología significa recopilar los términos usados efectivamente en la comunicación especializada. Solo posteriormente a la descripción, si existe una reducción de posibilidades que conduce a la propuesta de una forma de referencia eliminando las demás, o a la preferencia de una forma sobre otras, un trabajo pasa a ser prescriptivo, porque su finalidad ya no es la de reflejar el uso, sino la de orientarlo.

g)  Los términos recopilados en un trabajo descriptivo tienen una fuente real, es decir, han sido recogidos en textos especializados, en discursos orales de especialistas o en encuestas terminológicas.

h) Todos los términos sin excepción están asociados a una categoría gramatical.

i)   Todos los términos admiten una definición, que se concreta con precisión solo dentro de un ámbito determinado y nunca en abstracto.

j)   Los términos pueden admitir valores pragmáticos de distinto orden.

k) Un término puede tener variantes denominativas en relación de sinonimia.

l)   Un trabajo terminológico conduce siempre a una aplicación: una lista de términos, un glosario, un diccionario, la resolución de una consulta, un listado normalizado, etc.

B. La organización del proceso de trabajo y las competencias necesarias para llevarlo a cabo

También en este aspecto una buena práctica en el trabajo terminológico aplicado supone contar con unos mínimos de competencia para su correcta resolución. Como se ha descrito en numerosas ocasiones, la práctica terminológica presupone el dominio de cuatro grandes competencias: cognitiva, lingüística, sociofuncional y metodológica.

a)  La competencia cognitiva corresponde al conocimiento del ámbito especializado que va a ser objeto de trabajo.

b) La competencia lingüística abarca el conocimiento de la lengua o las lenguas sobre las que se investiga.

c)  La competencia sociofuncional se refiere a las características que debe tener un trabajo terminológico para ser eficiente en relación con los fines que persigue y adecuado a los destinatarios a los que se dirige. Y, en el caso de la traducción, se refiere a saber qué variante es la más adecuada para un texto de condiciones pragmáticas determinadas.

d) La competencia metodológica está relacionada, no con los fundamentos de la materia, sino con las habilidades de su aplicación.

C. La adecuación a las necesidades y a los contextos

El tercer aspecto importante a nuestro entender en las buenas prácticas en terminología en general tiene que ver con la adecuación del trabajo terminológico a las condiciones específicas de cada situación, tanto para producir glosarios como para resolver un problema terminológico en la traducción.

Los recursos terminológicos que pueden producirse pueden tener características muy variadas y servir a finalidades distintas. Producir un glosario presupone como buena práctica analizar previamente la situación y características del proyecto a producir y a continuación diseñarlo y planificarlo de acuerdo con estas características. Esta manera de actuar puede resumirse diciendo que se trata de aplicar el principio de adecuación, según el cual el trabajo terminológico aplicado no es monolítico, sino variado en función de las circunstancias temáticas, sociolingüísticas, funcionales y contextuales en las que va a desarrollarse.

Paralelamente, en la traducción cada problema terminológico tiene su contexto específico tanto por el concepto que vehicula, como por las condiciones de las lenguas en juego y por las finalidades y características de la traducción que se debe llevar a cabo. Resolver un problema terminológico de la traducción presupone tomar en consideración qué traducción se está haciendo, sobre qué tema, en qué circunstancias, dónde y para qué finalidad.

D. La documentación: selección y fuente

Uno de los fundamentos de la metodología terminológica es el respeto del principio de que todo término tiene una fuente real y que hacer terminología no es hacer neología, ni tampoco hacer traducción. La consecuencia de este principio es que la búsqueda y selección de una buena documentación es una de las piezas clave para la realización de un trabajo terminológico usando buenas prácticas. La descripción de los usos debe siempre preceder a las decisiones, tanto en el trabajo sistemático como en el puntual en la traducción.

El análisis de la documentación en la que se basa la extracción terminológica debe llevarse a cabo con rigor y con criterios evaluativos que permitan dar a cada opción un valor fiable.

E. El uso de las tecnologías y el acceso a la información

Como es obvio, todo proceso de trabajo conduce a la producción de conocimiento nuevo. El trabajo terminológico no es ninguna excepción. Un glosario es una herramienta de información valiosa para la comunidad profesional implicada en el tema del que trata. La resolución de problemas terminológicos para pares de lenguas y sobre un tema determinado es también un conocimiento que puede servir a otros profesionales.

En nuestra opinión una buena práctica terminológica es poner a disposición de la comunidad profesional, siempre que sea posible, el conocimiento generado por el trabajo: ya sea en forma de glosario, ya sea en forma de resolución de una consulta o problema terminológico de una traducción. Las tecnologías nos facilitan el acceso a los datos y nuevas plataformas como Wikipedia, la puesta a disposición de la información a toda la comunidad. Los foros de discusión entre terminólogos y traductores especializados en un tema son otra de las vías para cooperativizar la información acumulada y el conocimiento adquirido.

3. El concepto de buenas prácticas aplicado a la terminología en la traducción

Al margen de las orientaciones que dan las normas ISO hay de hecho una serie de aspectos relativos a la resolución de cuestiones terminológicas de la traducción que inciden en las denominadas buenas prácticas.

En el proceso de traducción especializada la terminología, como se sabe, juega un papel fundamental. Tanto en la etapa relativa a la comprensión del texto a traducir como en la fase de redacción del texto de traducción surgen numerosos problemas terminológicos que hay que resolver.

Para empezar, el traductor debe tener claro cuándo un problema es terminológico, es decir, debe saber discriminar los problemas terminológicos de los que no tienen este carácter. Son problemas terminológicos solo los que tienen que ver con las unidades léxicas de sentido preciso en un ámbito de uso especializado.

En la fase de comprensión del texto de partida plantearán problemas terminológicos aquellas unidades léxicas (detectadas o reconocidas como terminológicas) cuyo sentido el traductor desconoce, pero también en caso de que desconozca los posibles valores pragmático-comunicativos que tienen asociados estas unidades.

Ante estos problemas un código de buenas prácticas debería explicitar:

a)  Que solo se puede considerar terminológica una unidad si se conoce la estructura conceptual del ámbito al que pertenece o en el que se usa. Y que este conocimiento o lo adquiere el traductor a través de la formación en la especialidad o debe contar con el asesoramiento de un especialista.

b) Que solo podemos avanzar en el proceso de trabajo de traducción si conseguimos conocer el sentido preciso de cada una de las unidades terminológicas y, para ello, precisamos ubicar cada una de estas unidades en un sistema de conceptos propio del ámbito.

c)  Que debemos contar con una buena documentación de consulta que cumpla los criterios de evaluación pertinentes sobre actualidad, fiabilidad, autoría, pertinencia temática y nivel de especialización. Sabemos que la documentación de consulta pueden constituirla recursos lexicográficos, terminológicos y textuales, y que los criterios de evaluación de las fuentes para resolver problemas terminológicos en la traducción cambian en función del tipo de recurso y de los objetivos que se persiguen en la consulta.

En la fase de traducción, una vez se han resuelto los problemas de comprensión del texto original, establecido el sentido de los términos y conocidas sus condiciones pragmáticas, se suscitan una serie de problemas terminológicos, todos ellos relativos a la búsqueda y establecimiento de equivalentes. Hay que tener en cuenta que un equivalente léxico en el texto especializado es otra unidad léxica con el mismo sentido y los mismos valores pragmático-funcionales y usada por los especialistas en esta lengua.

Es evidente que este ideal solo se da en algunos casos, pero no en la totalidad de las situaciones. Con mucha frecuencia el traductor se encuentra ante casos como los siguientes:

  • en la lengua de traducción no existe un equivalente;

  • en la lengua de traducción no existe un equivalente exacto, sino solo aproximado;

  • en la lengua de traducción existe un equivalente exacto o aproximado que tiene un valor pragmático distinto;

  • en la lengua de traducción existe solo el préstamo, es decir, existe un equivalente, pero este no pertenece a la lengua de traducción aunque sí al uso de los especialistas.

¿Qué hacer ante estas situaciones? ¿Qué acciones serían indicativas de buenas prácticas en la resolución de estos problemas en traducción?

Un intento de respuesta a este interrogante desde el concepto de buenas prácticas podría resumirse en los puntos siguientes:

En primer lugar, hay que reconocer, como se ha dicho tantas veces, pero hay que recordar sistemáticamente, que hay problemas de falta de correspondencia entre las lenguas: no solamente tienen realidades distintas, sino que además organizan la realidad de forma distinta y la verbalizan lingüísticamente de manera también distinta. En consecuencia, puede ser que los sistemas conceptuales de una misma disciplina difieran en una u otra lengua y que los recursos léxico-denominativos de los conceptos de estos sistemas se superpongan.

En segundo lugar, debemos reconocer que las comunidades están en niveles de desarrollo económico, científico y tecnológico diferente, partiendo de la base de que hay sistemas de conceptualización dominantes en el mundo actual, y, en consecuencia, no en todas las lenguas se ha desarrollado de manera espontánea un sistema de términos para cada ámbito de especialidad de acuerdo con este sistema de conceptualización dominante.

En tercer lugar, hay que tener en cuenta que los tipos de problemas terminológicos con que se encuentra un traductor o traductora son de tipo distinto, de lo que se deriva que a cada tipo de problema hay que darle la solución más adecuada. Así, como hemos escrito en otras contribuciones, ante la ausencia de equivalentes se deben tener en cuenta:

  • las propuestas y criterios neológicos de los organismos de normalización;

  • la estructura general de la lengua;

  • los recursos neológicos, léxicos y discursivos disponibles;

  • la viabilidad lingüística de la propuesta;

  • la posibilidad de aceptación social.

Ante la proliferación de equivalentes, habría que:

  • considerar la conveniencia de la diversidad;

  • considerar la pertinencia de la diversidad en relación con un ámbito;

  • ponderar cada variante.

Y únicamente cuando se han considerado estos elementos podremos decidirnos por una de las siguientes opciones posibles:

  • respetar la variación, usando indistintamente las variantes;

  • ponderar las variantes y usar una u otra en función de cada contexto;

  • eliminar las variantes seleccionando una sola unidad.

En cualquier caso, para decantarse por una de las vías, habrá que tener en cuenta tres tipos de criterios:

Criterios de conveniencia, como el alcance geográfico de una lengua, los niveles de variación geolectal y la voluntad de mantenerla, la diversidad pragmática de las variantes, el esquema de planificación de la lengua y su terminología, la amplitud del ámbito de especialidad, la interdisciplinariedad y multidisciplinariedad del ámbito, etc.

Criterios de pertinencia, como el nivel de precisión del tema, la exigencia de precisión funcional, las características del escenario de uso, etc.

Criterios de ponderación de orden semántico, pragmático, normativo, frecuencial y social (su viabilidad).

En cuarto lugar, hay que mantener que un traductor o una traductora no pueden inventar términos sistemáticamente ni tomar los préstamos directamente de la lengua de origen cuando no encuentran fácilmente un equivalente en la lengua de traducción. Tampoco pueden recurrir a la traducción directa, que llenaría de calcos (como pasa tan frecuentemente) la lengua meta. Por responsabilidad con la lengua, antes de hacer una nueva propuesta o de recurrir al préstamo o al calco hay que hacer una búsqueda en profundidad en gran número de fuentes y contando con los expertos.

Poder proceder responsablemente con la terminología presupone una buena formación del traductor como usuario de la lengua, como lingüista y como terminólogo. El traductor deviene un creador de lengua y es responsable de la calidad de la lengua, porque con sus traducciones introduce nuevas fuentes de las que procederán propuestas de términos, sobre todo en aquellas comunidades en las que el conocimiento se introduce a través de las traducciones de textos originales.

4. A modo de síntesis

En este artículo hemos intentado presentar el tema de las buenas prácticas aplicado al trabajo terminológico. Para ello, hemos partido de una reflexión sobre qué se quiere decir cuando se habla de buenas prácticas en distintos sectores de actividad y hemos concluido que de hecho, y a pesar del carácter valorativo moral del adjetivo buenas, se trata de normas que regulan una actividad, un producto o un servicio y que se materializan formalmente en un documento.

En el caso de la terminología, la entidad promotora de buenas prácticas suele ser un organismo. Este organismo pretende ser en el ámbito internacional el Comité 37 de ISO. No obstante, cada entidad que es responsable de trabajo terminológico suele emitir sus directrices con la finalidad de asegurar la sistematicidad en la aplicación de las consignas de trabajo y la forma de presentación de los datos. Solo así, se dice, se asegura la calidad del recurso que se produce. El objeto pues de las buenas prácticas en terminología es doble: por un lado, la información y, por otro lado, el método con que se recogen, representan, editan y gestionan los datos sobre todos los temas de los ámbitos de especialidad.

Los destinatarios de estas directrices, que suelen formalizarse en una norma, en un protocolo de funcionamiento o en una metodología, son los propios terminólogos, que son quienes llevan a cabo el trabajo con ayuda de expertos en el seno de un organismo o a título individual. Y tales orientaciones en terminología dicen buscar todas y cada una de las finalidades que antes hemos mencionado: la fiabilidad de los datos, la calidad del recurso producido, la eficiencia del método, la eficacia de la actividad, la equidad entre lenguas por cuanto se dota de recursos especializados a las que no disponen de ellos, y la sistematicidad y consistencia de la información.

Pero aun asumiendo que hay que disponer de directrices para el trabajo terminológico para asegurar los objetivos que acabamos de mencionar, la «regulación» de modos de funcionar se puede llevar a cabo de muchas maneras, y sería una mala práctica pretender uniformizar mecánicamente la diversidad de la realidad terminológica, diversidad que afecta a las lenguas, las situaciones, las temáticas y las finalidades del trabajo.

Para ello creemos que a la noción de buenas prácticas debería asociársele la noción de adecuación, para llamar la atención de los terminólogos sobre la diversidad real y la necesidad de tenerla en cuenta para producir un trabajo de calidad no únicamente en cuanto al proceso seguido y a la representación formal de los datos, sino también en la utilidad del recurso para una situación sociolingüística dada.

Es indiscutible que disponer de directrices para el trabajo terminológico y seguirlas rectamente facilita el intercambio de datos y la internacionalización de los resultados, pero la mesura debe aplicarse con la vista puesta en el hecho de que uniformizar solo es adecuado en determinados escenarios y para determinados fines y que, en muchos casos, una armonización respetuosa con la diversidad puede ser un indicio de buenas prácticas, preferible a la aplicación ciega de directrices descontextualizadas.

M. Teresa Cabré
Institut Universitari de Lingüística Aplicada
Universitat Pompeu Fabra (Barcelona)
teresa.cabre@upf.edu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1  La Banque des mots, n.o especial 8, CILF, 1998, pp. 35-54.
2 La Banque des mots, n.o especial 8, CILF, 1998, pp. 7-34.

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