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Flores, perlas..., algún cardo

En la portada de Le bouquet des expressions imagées de Claude Duneton (Seuil, 1990, 395 FF) detona un complicado florero. Más notable que la cursilería que, según la teoría clásica de Eco, derrocha el doble subrayado (bouquet-flores, imagées-volutas), es la persistencia con que asociamos las flores y las expresiones del lenguaje. En las lenguas latinas -y no sólo: «Blütenlese»-, una selección de párrafos logrados es un «florilegio» y, prácticamente en todas, una «antología» (de «άνθος», flor). En ocasiones se ha utilizado para lo mismo el término, ya pedestre, de «crestomatía» (de «χρηστός», útil), y un tipo de recopilación a granel sigue llamándose «tesauro». Otras apelaciones cifradas en la homologación de cualidad espiritual y valor contable tienen, aplicadas al lenguaje, connotaciones burlonas: «perla», aún mejor si es «cultivada» .

Pero como, al menos desde el «Fray Gerundio» del P. Isla, «florilegio» es en español sinónimo de «hojarasca» -opuesta a la sustantividad «suculenta» de que hablaba Montaigne-, olvidemos la portada del libro -si fuera irónica, demostraría, pues que el contenido del libro es serio, que del lenguaje no debemos hablar sin ambages: es, junto con Dios y la muerte, un largo ejercicio de eufemismo- y acojámonos a la definición de «expresión» propuesta en la cita prefacial de Montaigne aducida por Duneton: «parler qui frappe».

«Frappe». A quien la oye y a la lengua misma. Y, si es raro que los extranjeros se muevan con decisión por los recovecos de otra lengua, es porque -apunta Duneton- «la langue est la maison des peuples». Pero el hecho de que en esta definición resuene la «casa común» del extranjero Gorbachov, nos autoriza a aprender de los franceses. Le bouquet des expressions imagées es un tratado de antropología francesa, una especie de historia cotidiana del francés -a lo Duby- que, arranca hace 400 años y llega hasta la gran aglutinación de la lengua conseguida por la televisión. La francesa rezuma igual capacidad de persuasión que la reconocida por el lingüista Tullio Di Mauro a la televisión italiana.

En el siglo XVII, el afianzamiento del poder central consagra las diferencias entre clases. El francés «alto» de la Corte domina e ignora al pueblo «bajo», analfabeto y fragmentado. Sólo en la segunda mitad del siglo XIX emerge «del odio» de la clase obrera un argot organizado que Alfred Delvau somete a la atención culta en su Dictionnaire de la langue verte (1866). El lenguaje catódico de este final de milenio es, por primera vez, interclasista y unisexo.

Una lectura sincrónica del libro -que es mejor abordar por el índice pues el cuerpo de la obra sigue una clasificación temática y las clasificaciones obedecen a una ideología- confirma la facilidad de liderar palabras de «argent», «bois», «bouche», «casser», «chat», «cheval», «chien», «coeur», «COUP», «diable» (más que «Dieu»), «donner», «eau» (más que «vin»), «gueule», «jeter», «jouer», «largue», «main», «mal», «manger», «monde», «mouche», «nez» (casi tanta como «coup»), «oeil», «oeuf», «pain», «payer», «peau», «prendre», «quatre», «temps», «tenir»

«tête», «tirer», «tomber», «tour», «ventre», «vie», «voir», «yeux».

El examen diacrónico nos orienta sobre infinitas perplejidades. ¿Por qué, por ejemplo, desde hace prácticamente un siglo, no han surgido expresiones que contengan la palabra «muerte»?

Agustín Jiménez

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