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COLABORACIONES


Investigación historiográfica y el concepto «traducción»:  
¿caminos convergentes?

La investigación de carácter historiográfico resulta imprescindible para la constitución y consolidación de cualquier disciplina académica. La historiografía ofrece respuestas a la «tríada ontológica» de la filosofía («¿Quién soy?», «¿De dónde vengo?», «¿A dónde voy?»), elaborando una narrativa de origen y evolución y, consecuentemente, una identidad disciplinar, ya sea de la historiografía per se o de cualquier otra disciplina.

Como rama de los denominados «Estudios de Traducción»1, la historiografía de la traducción carece, paradójicamente, de mucha historia. Si bien la práctica de la traducción constituye una de las formas más antiguas de interfaz intercultural (contando como episodio fundacional en el ámbito occidental con la caída de la Torre de Babel), la juventud de los Estudios de Traducción como disciplina, por una parte, y la escasa atención que ha recibido la traducción como objeto de estudio en el conjunto de disciplinas académicas, por otra, hacen de la historiografía de la traducción un campo de investigación novedoso. Asimismo, la necesidad de asentar los Estudios de Traducción como disciplina autónoma independiente de la Lingüística, la Filología o la Literatura Comparada ha acrecentado el interés de los traductólogos por la vertiente historiográfica de la traducción.

A este respecto, aunque los Estudios de Traducción se han perfilado como interdisciplinarios e internacionales (mostrando una amplia variedad temática y metodológica e inspirando numerosos congresos y asociaciones internacionales a lo largo de los últimos años), la investigación de carácter traductológico permanece ausente del conjunto de disciplinas académicas. Basta recordar la pregunta con la que Julio César Santoyo concluye su estudio La traducción medieval en la Península Ibérica (siglos III-XV): «¿Hasta cuándo la historia de la traducción va a seguir ausente, como lo ha estado hasta ahora, de las respectivas historias de la literatura, de la ciencia, de la religión, de la cultura medieval peninsular en general, y de la catalana, castellana, gallega o portuguesa en particular?» (2009: 489).

En efecto, la aproximación a la traducción como actividad circunscrita a la transferencia semántica sigue gozando de una amplia aceptación en el ámbito académico, a pesar de los replanteamientos del concepto «traducción» que se han venido formulando en los Estudios de Traducción desde su fundación (por ejemplo, en los «estudios descriptivos», la Skopostheorie o teoría funcionalista, o el «giro cultural»). Desde esta perspectiva, la contribución de la traducción, como objeto de investigación empírico, a los estudios disciplinares es fundamentalmente cuantitativa (es decir, se reduce al cómputo de textos catalogados como traducciones, los cuales denotan casos específicos de contacto interlingüístico), dado que el análisis cualitativo de traducciones resulta problemático: si se asume la tesis de la «indeterminación» de la traducción, la transferencia semántica como objeto de estudio resulta infructuosa; si se adopta un enfoque prescriptivo, la investigación traductológica se torna, citando al poeta Baudelaire, en grand miroir de mon désespoir o, dicho de otro modo, en un compendio de errores de traducción. ¿Dónde cabría situar, entonces, la investigación traductológica en el marco de las disciplinas académicas?

A pesar de que, como he mencionado, la traducción constituye una de las prácticas de interfaz intercultural más arraigadas históricamente, la definición del concepto «traducción» permanece incompleta y, por lo tanto, resulta insatisfactoria. Partiendo de la propia traducibilidad del concepto «traducción», cabe preguntarse por el significado del vocablo «traducir» (del latín traducere, «hacer pasar de un lugar a otro») y, en función de dicho significado, qué se considera como «traducción» (y qué no). Al mismo tiempo, cabe examinar términos «equivalentes» en otras lenguas y analizar las divergencias conceptuales existentes. Por ejemplo, Maria Tymoczko (2005b: 1087-1088) apunta que los vocablos hindúes rupantar (cambiar de forma) y anuvad (hablar después, seguir), carecen de la idea de fidelidad al texto de origen, que se instauró en la India con la cristiandad. Por otro lado, tarjama en árabe (que también significa «biografía» y «definición») vincula la práctica de la traducción con la narración (principalmente de carácter hagiográfico) y con la introducción y reformulación de conceptos científicos y matemáticos, lo cual secunda el argumento de Santoyo sobre la importancia de la historiografía de la traducción para el conjunto de disciplinas académicas.

Asimismo, cabe examinar el concepto «traducción» desde una perspectiva «intralingüística diacrónica», es decir, examinar las distintas fases de evolución del concepto en una misma lengua. Sin ir más lejos, Santoyo (2009: 300-376) aporta varios ejemplos del «metalenguaje traductor» que se desarrolló en los distintos romances de la península ibérica medieval (particularmente en castellano y en catalán), con vocablos como «sacar», «interpretar», tornar y rescriure. De forma similar a los mencionados más arriba, estos términos presentan divergencias conceptuales respecto del término estándar «traducción», en el que predomina la dimensión espacial (es decir, el tránsito de un lugar a otro) y que está inspirado, como apunta Tymoczko (2005a), en el traslado de reliquias sagradas en la Edad Media. Así, el concepto «traducción» surgió, con carácter metafórico, en estrecha relación con la cosmología cristiana (la idea de tránsito se ve reflejada en la metamorfosis del texto de origen en texto meta o de llegada). Por supuesto, el «metalenguaje traductor» no desapareció con la introducción de traducere, y la consolidación de «traducción» como término estándar no se dio sino a largo plazo2. A este respecto, cabe preguntarse: si el término «traducción» resulta inadecuado para la propia investigación traductológica en vista de la diversidad de concepciones existentes, ¿de qué modo pueden contribuir los Estudios de Traducción y, más específicamente, la historiografía de la traducción a la investigación de dichas concepciones y, por extensión, al conjunto de disciplinas académicas?

Más que la falta de adecuación del término «traducción», la historiografía muestra las limitaciones del término para la investigación de prácticas traductológicas conceptualmente divergentes. Si bien es cierto que la investigación fundamentada en el concepto traducere ha generado (y seguirá generando) importantes hallazgos en torno a la comunicación interlingüística, una reflexión exhaustiva sobre los postulados ideológicos del objeto de investigación de los Estudios de Traducción y sus limitaciones epistemológicas está a la orden del día; más si cabe en el contexto actual de globalización cultural y discursiva, en el que la intensificación de la interfaz intercultural requiere de una mayor atención no solo hacia la traducción como forma de comunicación interlingüística sino también hacia la participación de la traducción en la configuración de relaciones asimétricas de poder3.

Así las cosas, opino que la historiografía de la traducción puede contribuir significativamente a la redefinición y el enlargement ('ampliación'), como lo plantea Tymoczko (2005a), del concepto «traducción». Como he argumentado, incluso la perspectiva de carácter interlingüístico sincrónico requiere de la investigación historiográfica para dilucidar las convergencias y divergencias conceptuales existentes entre términos «equivalentes», como los incluidos más arriba. Por otra parte, la perspectiva intralingüística diacrónica muestra las convergencias y divergencias conceptuales entre los términos que conforman el «metalenguaje traductor» de una lengua, constituyendo el castellano y el catalán medieval ejemplos significativos. Asimismo, la redefinición del concepto «traducción» repercutirá en el conjunto de disciplinas académicas inspirando nuevas líneas de investigación en las que, más allá de como actividad circunscrita a la transferencia semántica, la traducción figure como forma de interfaz intercultural arraigada históricamente a través de la que se han constituido no únicamente el conjunto de disciplinas académicas, sino también los sistemas de creencias, valores y prácticas que subyacen a la constitución de dichas disciplinas académicas.

Obras consultadas

Burdeus, María Dolores (1997), «Traducción y diversidad. Estado de la cuestión», 265-272 en: María Dolores Burdeus / Manel García Grau / Joan Peraire eds. La diversitat discursiva, Área de publicaciones de la Universitat Jaume I, Castelló de la Plana.

Cronin, Michael (2003), Translation and Globalization, Routledge, Londres / Nueva York.

Pym, Anthony (2010), Exploring Translation Theories, Routledge, Oxford / Nueva York.

Santoyo, Julio César (2009), La traducción medieval en la Península Ibérica (siglos III-XV), Área de publicaciones de la Universidad de León, León.

Tymoczko, Maria (2005a), «Enlarging Translation Theory: Integrating Non-Western Thought about Translation», 13-32 en Theo Hermans ed., Translating Others vol. 1, St. Jerome, Manchester.

Tymoczko, Maria (2005b), «Trajectories of Research in Translation Studies», 1082-1097 en: Meta: Translator’s Journal, 50.4.

Jorge Jiménez Bellver
Becario de la DGT, Comisión Europea
jorgejimenezbellver@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 La denominación de la disciplina no ha estado exenta de un acalorado debate (para una introducción, véase Burdeus 1997).
2 La invención de la imprenta contribuyó de forma determinante a la consolidación del concepto «texto de origen» como entidad homogénea, dado que el proceso manual de copia con frecuencia comportaba la incorporación de cambios y correcciones por parte de los copistas (Pym 2010: 22).
3 Para un estudio de la traducción en el contexto del paradigma de la globalización, véase Cronin 2003.

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