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COLABORACIONES


Conciencia profesional y formación del traductor institucional del siglo XXI

A veces se cuestiona entre los traductores, o entre ciertos traductores, si su actividad es una profesión. El debate está ligado a la consolidación de la misma disciplina de la Traducción, a la evolución de los distintos perfiles de traductores en diferentes contextos, a la regulación o no de la actividad en esos contextos y a la propia percepción de la especificidad profesional.

Lo cierto es que, en el ámbito de las organizaciones internacionales, los funcionarios traductores constituyen una categoría profesional desde hace décadas y gozan de un reconocimiento oficial superior al de otros traductores en ámbitos privados o en instituciones nacionales. Ese reconocimiento ha sido tradicionalmente un modelo o una aspiración para otros traductores por las buenas condiciones laborales, por los servicios de apoyo al traductor y por los mecanismos de control de calidad que hacen de las organizaciones internacionales auténticos centros de excelencia en traducción. Además, los organismos internacionales contribuyen al desarrollo de los lenguajes de especialidad en distintas esferas de competencia y, en el caso del español, forjan compromisos de uso lingüístico de vocación panhispánica en un marco de creciente comunicación entre las dos orillas del Atlántico gracias a los nuevos medios digitales.

A pesar del respaldo oficial y del destacado papel de los profesionales de la traducción en la comunicación institucional y en la difusión y aplicación de políticas internacionales, ha persistido entre esos traductores un grado latente de falta de confianza frente a otros profesionales de las mismas organizaciones, e incluso cierta falta de autoestima profesional1. A continuación examinamos tres factores que sirven para entender y medir el mayor o menor grado de conciencia profesional del traductor institucional.

Perfiles y selección

En primer lugar, la visión tradicional de la traducción como actividad de personas con conocimientos de lenguas, pero no necesariamente con formación específica en una disciplina hasta cierto punto joven como es la Traducción, se ha venido reflejando en procesos de selección abiertos a todo tipo de egresados universitarios. Ese modelo pasa por demostrar la competencia traductora en exámenes, con la consiguiente necesidad de llevar a cabo una criba previa a las pruebas y adaptar debidamente estas a los perfiles buscados (algo que se ha ido afinando en la práctica, aunque no tanto en algunas organizaciones). Es bien sabido que, durante muchos años, sobre todo cuando escaseaban los programas de formación en Traducción, un número importante de funcionarios traductores procedía de distintos ámbitos de las humanidades y las ciencias sociales. Muchos de ellos consagrados traductores al cabo del tiempo, han ayudado precisamente al desarrollo del campo en el que se han desempeñado. No obstante, en paralelo a ese desarrollo progresivo, ha existido en los organismos internacionales un determinado perfil pulido a medida de las necesidades de traducción de «la casa», pero sin gran conciencia sobre la profesión de traductor más allá de los límites competenciales de la institución. Lógicamente, las diferencias de percepción de la propia actividad entre unos y otros perfiles vienen marcadas de manera crucial por los componentes de deontología que aportan la formación y la experiencia en una determinada esfera. El conocimiento de la realidad del gremio, la familiarización con las normas de calidad y el dominio del metalenguaje y los procedimientos y recursos argumentativos del traductor formado como tal favorecen, en efecto, la consolidación profesional.

¿Traductor funcionario o funcionario traductor?

En segundo lugar, los condicionantes característicos de la labor del traductor institucional invitan por lo general a proceder como un agente sin la capacidad de iniciativa del traductor en otros ámbitos. El carácter de funcionario dentro de una jerarquía institucional conlleva priorizar la productividad y la adecuación a las convenciones procedimentales y estilísticas de la organización, y el afán del traductor por mejorar esas prácticas internas no suele superar los confines que le marcan la premura y las expectativas del revisor o superior jerárquico. No se cuestionan soluciones que serían cuestionables sin la inercia del implacable «aquí lo decimos así» (afortunadamente, con muy buen criterio en la mayoría de los casos), por mucho que la pronunciada tendencia a la correspondencia formal entre textos e idiomas en el ámbito multilateral desemboque a veces en opciones más próximas al inglés (como lengua predominante de negociación y creación neológica) que a las peculiaridades de la lengua meta. Como señaló recientemente Miquel Vidal2 con acierto y buen humor, el traductor funcionario tiende a convertirse en funcionario «estricto» o «agente que hace de traductor», asumiendo los automatismos de su trabajo y evitando todo aquello que se le pueda reprochar. Por consiguiente, la innovación y la figura del «traductor creativo» acaban siendo la excepción a la norma. Las iniciativas de cambio y las decisiones de política de traducción corresponderán a los responsables del servicio. Un ejemplo de ello lo encontramos en las herramientas de traducción asistida por ordenador (TAO). Mientras que en algunas organizaciones está muy avanzada la integración de esas herramientas, en otras sobreviven aún al respecto posturas anacrónicas resistentes a la innovación, muy lejos de la realidad profesional fuera de esas organizaciones.

Interacción con otros profesionales

Un tercer elemento clave para entender la conciencia profesional del traductor dentro del entramado institucional radica en la interacción con otros profesionales. En general, se constata que, cuanta más colaboración existe entre traductores y otros funcionarios, sobre todo para el logro de objetivos compartidos, mejor es el entendimiento mutuo y la comprensión del valor añadido de cada profesional en las labores institucionales. El reconocimiento de la faceta de asesoramiento lingüístico del traductor adquiere su máxima expresión en la participación activa en comités de redacción. No obstante, la interacción más frecuente consiste en consultas del traductor a otros funcionarios (redactores o informantes sobre un tema) o en sugerencias del propio traductor para corregir documentos que presentan problemas de redacción o incoherencias flagrantes remediables. El uso cada vez más habitual del inglés como lingua franca por redactores que no dominan esa lengua ha hecho que se acentúe en los últimos tiempos el papel de control de calidad que desempeña el traductor. En esas situaciones, quienes no conocen de cerca la labor del traductor reaccionan a veces con escepticismo recurriendo de manera más o menos implícita al estereotipo de la subordinación del agente lingüístico. Por defecto, la tendencia clásica del traductor a magnificar la competencia del experto temático y la frecuente predisposición de este a minusvalorar al traductor contribuyen a perpetuar percepciones distorsionadas. En otras ocasiones, en cambio, se produce una gran revelación: se descubre que los traductores aúnan especialización lingüística y temática y, por una vía u otra, se convierten a menudo en auténticos especialistas en las materias sobre las que traducen. Con todo, puede darse la paradoja de que un traductor sin la suficiente confianza se sienta intimidado por esos otros funcionarios aun cuando estos tengan un grado profesional inferior al del traductor; o sencillamente puede que el traductor sienta la tentación de no corregir o mejorar lo mejorable cuando considere que esa inacción le va a ahorrar demoras y complicaciones.

Más delicadas resultan las discrepancias de criterio que cada cierto tiempo se producen entre los servicios lingüísticos y altos cargos o delegados de lengua materna española ante la preferencia de estos últimos (a veces muy permeables al inglés) por traducciones literales que supuestamente facilitan la concordancia interlingüística. El servicio de traducción vela por la coherencia de las soluciones más allá de presiones puntuales, y busca el equilibrio entre criterios temáticos y lingüísticos. En esa búsqueda, hay quienes otorgan un peso determinante a la máxima de «el cliente siempre tiene la razón»3, una posición cuestionable desde el prisma de la especificidad profesional del traductor. Obviamente, si un especialista discrepa, será porque tiene la convicción de que su opción es mejor. Ahora bien, el traductor debe cerciorarse de que eso sea realmente así y no se sobrepasen los límites de la corrección lingüística. De otra manera, estaría sacrificando la esencia de la responsabilidad lingüística a la que se debe.

¿Y si un médico o un abogado, en lugar de diagnosticar y asesorar, dieran simplemente la razón al paciente que no se limita a describir síntomas o al defendido que intenta imponer su criterio? Al fin y al cabo, siempre ha sido más fácil arrogarse competencias en cuestiones de lengua y traducción, por el hecho de hablar una lengua, que en cuestiones de medicina o derecho, que acaparan profesiones más consolidadas y acotadas... Además, en el supuesto que nos ocupa, un delegado tiene la última palabra sobre los textos que se le someten. Aun si entendemos que los delegados son «clientes» prioritarios, no hay que olvidar que los documentos tendrán en muchos casos una difusión más amplia, y que el compromiso con la organización y la lengua en general deberían pesar en su justa medida ante preferencias circunstanciales. El delegado contará con la legitimidad del voto y la especialización en la materia de la que se trate, pero no siempre tendrá conocimientos suficientes de los entresijos semánticos y gramaticales necesarios para valorar determinadas soluciones de traducción. Según hemos constatado en la propia práctica, un poco de humilde pedagogía ante el «cliente» puede bastar para superar la visión superficial de la que a veces parte y lograr la comprensión y el equilibrio buscados. En definitiva, este último supuesto de interacción, aunque poco habitual, suele ofrecer una radiografía muy reveladora del distinto concepto que de su actividad tienen unos traductores y otros, en contraposición con la percepción de otros profesionales.

Derroteros para la consolidación profesional

Del mismo modo que se da por supuesto que un traductor funcionario, por ley natural, debe asimilar el encorsetamiento y el componente repetitivo que se instalan en casi cualquier puesto de ese tipo, cabe presuponer también que las medidas de motivación y actualización profesionales son, junto con las medidas de control de calidad, el mejor antídoto contra el riesgo de atrofia asociado a los condicionantes antes descritos. La concienciación profesional puede proporcionar el eje en torno al cual articular todas esas medidas desde el comienzo hasta el final de la carrera, puesto que moldear esa conciencia entraña la interiorización de deberes y valores para el ejercicio responsable y el respeto de la profesión. Por un lado, ofrece la base cognitiva adecuada para entender los niveles de calidad esperados y esmerarse por colmar carencias, no solo en la fase de adaptación a «la casa». En ese sentido, resultan esenciales las políticas de fomento de la calidad y de formación continua que ya se promueven en muchas organizaciones. Por otro lado, la conciencia profesional permite afrontar la colaboración con otros funcionarios (empezando por el propio equipo de traducción) con expectativas de enriquecimiento mutuo y con la capacidad de dar a conocer y hacer valer la calidad que la pericia traductora imprime en las labores compartidas. Se contribuye así a la consolidación de la especificidad profesional del traductor institucional haciendo honor a su categoría oficial, algo nada baladí en los tiempos de cambio que vive el conjunto del mercado mundial de la traducción. La profesionalidad y los beneficios que esta reporta, si se fomentan con coherencia y convicción, están llamados a salvaguardar la traducción institucional con sus distintivos de calidad frente a la potencial fuerza «desprofesionalizadora» generada por la saturación de algunas franjas intermedias del mercado tradicional y por la banalización de ciertas formas de traducción en un contexto de mayor fragmentación y polarización de las crecientes necesidades (profesionales y no profesionales) de comunicación intercultural.

La defensa del valor agregado no puede mantenerse ajena a los avances de la práctica profesional en otros contextos, sino todo lo contrario: la traducción institucional debe mostrarse flexible ante los cambios que puedan enriquecerla si no quiere caer en el autismo autocomplaciente. Esa adaptación pasa por la explotación de las novedades tecnológicas que han ido sucediéndose últimamente, por el perfeccionamiento de los procesos de selección y por la comunicación con la disciplina académica de la que bebe y a la que nutre a la vez. Volvemos, por tanto, al elemento inicial de la reflexión: la formación específica.

En el más de medio siglo de expansión de los foros multilaterales, los programas universitarios en Traducción han experimentado un auge y una mutación espectaculares, lo que permitiría a las organizaciones internacionales no solo exigir la titulación más adecuada para ejercer la profesión, sino también afinar más en los requisitos para puestos de especialización concreta. El cambio generacional que se está produciendo en las instituciones demuestra la valía de esa formación, resultando hoy día simplistas las voces que en algún momento se han empeñado en restar crédito a las competencias (metodológicas, lingüísticas, temáticas, informáticas…) que muchos de esos programas permiten desarrollar con el aporte de profesionales de la traducción. Claro que, como en cualquier disciplina, el éxito en cada caso dependerá de la solidez del programa (y su sintonía con las necesidades profesionales), del talento individual para aprovechar la formación y del perfeccionamiento posterior. ¿Acaso se convierten en excelentes abogados, jueces o notarios todos los titulados en Derecho que salen de las facultades cada año? ¿Se deja por ello de exigir ese título cuando se trata de contratar a un jurista? ¿No se tiende más bien a la especialización adicional para aspirar a puestos de excelencia? Frente a quienes optan por el derrotismo coyuntural en lugar de apostar por mejorar las exigencias de formación, llaman la atención la sabiduría y la modestia con las que un maestro de la traducción (institucional y no institucional) como Miguel Sáenz subraya la idoneidad de los estudios de Traducción para emprender el camino profesional4. La generación emergente de traductores institucionales así formados tendrá la oportunidad de convencer con los hechos: conjugando la continuidad de las buenas prácticas con la superación de nuevos retos bajo la impronta de una renovada deontología profesional.

Fernando Prieto Ramos
ETI, Universidad de Ginebra
fernando.prieto@unige.ch

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

La visión presentada en estas páginas está basada en la propia experiencia previa como traductor institucional y no refleja la postura de ninguna organización con-creta.

2

Vidal, Miquel (2010), «Las tres caras del traductor institucional», puntoycoma nº 117, pp. 38-42.

3 Nóbrega, María (2008), «La traducción en las Naciones Unidas: la torre de Babel a orillas del East River», en: Pollux Hernúñez y Luis González (coords.), Actas del I Congreso Internacional «El español, lengua de traducción», Esletra, Madrid, pp. 135-142.
4 Sáenz, Miguel (2010), «Lo que se puede aprender se puede enseñar. Por ejemplo, traducir», puntoycoma nº 117, pp. 67-71.

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