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BUZÓN


Consideraciones sobre la expresión cloud computing y el argot informático

Acepto encantado la invitación hecha por Luis González en uno de los últimos números de puntoycoma a los especialistas en informática para que aportemos nuestra opinión acerca de la mejor traducción de la expresión cloud computing.

Creo que con la expresión cloud computing hemos llegado a una de las peores elecciones lingüísticas, producto tanto del vértigo en el desarrollo tecnológico como del afán indisimulado de utilizar términos más o menos llamativos y nuevos con el propósito, no de denominar e indicar un producto o una idea, sino de llamar la atención y causar ciertas expectativas e inquietud para, sencillamente, generar negocio, vender, ganar dinero: el abuso de la lexicalización mal fundamentada.

Apenas hay actividad humana, ni entre las más científicas, que esté exenta en mayor o menor grado de irracionalidad. A poco que uno observe durante unos pocos años el mundo de la informática podrá apreciar, junto a los indudables avances tecnológicos y conceptuales, esta dosis de irracionalidad: se abandonan estándares y arquitecturas por otras peores y más inseguras, se generan modas efímeras de manera artificial, triunfa entre el público el peor ordenador personal o no cuaja el mejor sistema operativo, etc. En mi opinión, la causa reside en el hecho de que buena parte del desarrollo de la informática, el que repercute en mayor número de personas, no reposa en el mundo académico (demasiado lento para generalizar sus creaciones), sino en el empresarial. Y el objetivo principal de las empresas consiste en ganar dinero (para sus accionistas y ejecutivos), no en el avance conceptual y tecnológico de una disciplina. Si a esto se le añade la alta competencia entre las empresas del sector, la rápida creación, destrucción (recuérdense las empresas denominadas «punto com»
—otra aberración de expresión— de hace unos diez años, por ejemplo), absorción y fusión de muchas de ellas (y sus tecnologías correspondientes) y el inexistente celo que los especialistas informáticos ponemos en el uso del idioma propio (tanto del inglés como del castellano) para denominar los productos de esta industria, se comprenderá que, no ya en la traducción, sino en el original, muchas expresiones resultan desafortunadas, poco acertadas y, en mi opinión, injustificables: hasta ahora cloud computing es de las peores entre ellas.

La única explicación que se me ocurre a la elección del término cloud reside en el hecho de que comúnmente los especialistas informáticos en nuestras ilustraciones y diagramas hemos dibujado una nube para representar la noción de red y evitar detallar su topología, protocolos, etc., o sea, para simplificar; resulta cómodo y seguimos haciéndolo desde mucho antes de que internet existiera para uso civil. Así pues, y dadas las razones anteriormente citadas, sobre todo el prácticamente inexistente empeño por parte de las empresas del sector en mimar el idioma, ¿por qué no emplear el término cloud para designar una arquitectura donde la red constituye un componente esencial en vez de diseñar una expresión nueva y ejercer un poquito la creatividad? Si se hubiera hecho, hasta podría ser igual de rentable económicamente (llamaría igual la atención a sus posibles compradores). Peor aún, la expresión cloud computing se ha ido extendiendo sin que nadie haya llegado a ningún consenso sobre su contenido. Por eso parece que hemos llegado al colmo en el mal uso del idioma con cloud computing: creamos una expresión sin dotarla de suficiente significado.

No hace mucho representé a mi empresa en unas jornadas organizadas por la International Data Corporation (IDC) en Lisboa en torno a cloud computing: indicio de lo afirmado en el anterior párrafo fue el hecho de que prácticamente todos los ponentes empezamos por reconocer en nuestras intervenciones el que no se supiera bien lo que significa la expresión. Ahora bien, sí existe un relativo acuerdo sobre lo que evoca o caracteriza a cloud computing, y con ello ya abandono mis consideraciones sobre la frivolidad lingüística del sector informático para procurar dar pistas sobre lo que la mencionada expresión puede llegar a denotar.

1.  Desde el punto de vista del usuario final de la tecnología cloud computing, bien sea dada por una entidad externa o por la propia en la que el usuario desarrolla sus actividades (distinción recogida en la dualidad public cloud frente a private cloud), este no verá (casi) nada instalado en su infraestructura (en su ordenador, por ejemplo) cuando solicita el servicio ofrecido por esa entidad.

A modo de ejemplo sencillo, considérese un editor de textos o cualquier paquete ofimático: la mayoría de los usuarios tienen uno instalado en su ordenador; muchas empresas y organismos los instalan y actualizan en todos los ordenadores de sus empleados. Cuando se preste este servicio mediante cloud, el usuario lo utilizará sin necesidad de instalarse nada, accederá a él, por ejemplo, mediante un navegador para internet.

Lo mismo se puede aplicar para cualquier otro software, para los sistemas operativos o para el almacenamiento; todo «se sirve», no se instala en hardware del usuario solicitante del servicio. A ello hay que añadir el matiz de rapidez (o eso es a lo que aspiran quienes venden las tecnologías y servicios relacionados) en la obtención del servicio.

2.  Desde el punto de vista de quien brinda servicios basados en tecnología cloud, aquellos deben estar virtualizados para así optimizar la infraestructura subyacente y reducir o eliminar la compra del hardware que cada usuario precisaría si en vez de un servicio fuera un producto lo que demandara (uno de los argumentos económicos subyacentes) y ser susceptibles de automatizarse para cumplir con el supuesto de la rapidez esperada.

Para lo que aquí nos atañe, creo que basta con indicar que con «virtualización» se alude a un elemento en informática (un sistema operativo, un disco, un producto de software) que funciona prácticamente igual que otro no virtualizado (físico, real), pero que no se conecta o ejecuta sobre el hardware para el que pudo estar originalmente pensado, sino a un componente (habitualmente llamado «hipervisor») que lo independiza del hardware y permite su ejecución múltiple para, posiblemente, dar servicio a usuarios distintos. Así, varios sistemas operativos virtuales se ejecutan en paralelo y de manera independiente sobre el mismo hardware.

Aquí también hay que añadir un matiz: el servicio cloud suele caducar, tiene un periodo de vigencia y, cuando termina, se retira automáticamente la infraestructura asignada para así quedar disponible para otros solicitantes de los servicios.

Todo este planteamiento no hace uso de ninguna tecnología o arquitectura verdaderamente nueva creada ex profeso, realmente reutiliza la que ya existía. Es más: todo ello ya existía antes de que la expresión cloud computing se colara en nuestro argot. ¡Qué poco pintan en todo esto las nubes!

Ni siquiera en el sentido más amplio del concepto 'nube' veo justificación verdadera para su aplicación en este contexto. Eso sí, suena nuevo, «emergente», ningún director de cualquier centro de proceso de datos o ningún técnico podrá ignorar, dentro de un orden, ninguna tecnología nueva que afecte a su manera de trabajar (a riesgo de que se pueda considerar que no está informado). Los consultores realizarán estudios sobre los planes a corto y largo plazo que los directores de los centros de cálculo tengan al respecto; se ofrecerán servicios de asesoría, formación, instalación, etc. Tendremos la necesidad de traducirlo.

Ahora bien, temo que no haya nada que hacer (al menos en el mundo de la traducción no institucional): como tantas veces llevo visto durante los más de veinticinco años que ejerzo la traducción, los especialistas castellano-hablantes incorporarán la palabra «nube» sin el menor escrúpulo en su discurso hablado o escrito y, salvo a minorías estadísticamente despreciables, a nadie le importará. Si bien el artículo aparecido el día 14 de enero en El País ya me contradice (mencionado en el artículo original de puntoycoma), lo que no creo que incorporen los hablantes españoles es el término «computación» con el que generalmente se alude (en España) a la capacidad de cálculo y no a las prestaciones de una arquitectura como a la que acabo de referirme.

No obstante, se me ocurren algunas alternativas, prácticamente todas condenadas al fracaso:

·         servicios virtuales bajo demanda (del término «demanda» ya se ha abusado mucho en el sector durante los últimos años: los fabricantes de productos cloud no lo querrán utilizar, no denotaría novedad tecnológica),

·         virtualización a la carta,

·         virtualización transparente,

·         virtualización de quita y pon (¿quién se atrevería con una expresión tan castiza? Son las que más me gustan y nadie acepta; aquí va otra que solo utilizo en la «intimidad»: «correveidile» para traducir broker).

¡Lo que cuesta introducir la traducción de una expresión que no incluya de manera explícita el término clave del original (en nuestro caso «nube»)! Y me refiero sobre todo a la resistencia ofrecida por los especialistas que trabajamos en el sector, el grupo más numeroso de usuarios de la jerga aquí discutida, quienes rehúsan también de manera comprensible pero irracional adoptar una traducción más elaborada

FERNANDO ARRIBAS UGUET
Arquitecto en Cloud Computing, IBM
83810323@es.ibm.com

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