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BUZÓN


«Com-unitario» y sin embargo «unitario»

Comenzaré sin más preámbulos, animada por la publicación de un artículo de Alberto Rivas en puntoycoma (nº 116), esa revista que tanto apoya a intérpretes y traductores, para dar mi opinión sobre la propuesta que hace el autor con respecto a la creación de un adjetivo que corresponda al sintagma nominal Unión Europea.

Como en cualquier innovación, en la que propone Alberto Rivas que se haga existe un doble proceso: por una parte, que el neologismo se adecue de la mejor forma posible a las posibilidades formativas de la lengua; por otra, que sea aceptado por una buena parte de los hablantes cultos. Con respecto a lo primero, establecer las reglas formativas de una voz nueva no es, a mi juicio, tarea académica, sino de los hablantes, pues conocen implícitamente las reglas derivativas (y, ante la duda, podrán recurrir a los gramáticos; con respecto a esto los académicos como tales no cuentan con un carisma especial para acertar en estas cosas de la morfología). Y en cuanto a lo segundo, es decir, a propiciar desde la Academia ––o, si se prefiere, desde la Asociación de Academias–– la difusión de un adjetivo que se relacione con el sintagma nominal Unión Europea, ello se da de bruces con una realidad en la que la sociedad no le concede a esta institución ––ni ella misma pretende tenerla–– la capacidad de determinar qué creaciones han de difundirse y cuáles no, en el ancho mar de la lengua española. El éxito de los cambios en nuestra sociedad se debe a las diferentes formas de poder que se reparten entre los hablantes. De ahí que repetidamente los académicos se refieran a que su tarea suele reducirse, con respecto a problemas de este tipo, a incluir un neologismo en su diccionario cuando se encuentra suficientemente documentado en el uso.

Por lo tanto, dejemos a la Academia al margen de estas preocupaciones nuestras y aviémonos nosotros, con el rigor de los argumentos, a buscar qué adjetivo podríamos acuñar para el sustantivo Unión Europea. Del modo de difundir luego la que nos parezca la mejor opción no voy a tratar, porque carezco de ideas al respecto: ni siquiera sé si, como traductores e intérpretes especializados que somos, tenemos la fuerza suficiente para que se difunda, fuera del marco en que trabajamos, una de esas creaciones que hacemos con el fin de facilitar nuestras tareas.

Ha sido buena idea ––y por eso me he decidido a escribir a puntoycoma–– no tratar de imponer nada, sino animarnos a convencernos de cuál podría ser la mejor medida que podríamos tomar ante lo que se percibe como una falla del sistema. Restringiéndome en el caso presente al aspecto formativo de conseguir un adjetivo para el sustantivo Unión Europea, mi idea es que el problema no existe como tal y que podemos, por tanto, seguir relacionando ese sintagma nominal con el adjetivo comunitario, tal y como llevamos haciendo ya desde hace un tiempo. Porque si bien es cierto que en los documentos oficiales «de la Unión Europea» ha sustituido a «comunitario», también lo es que no es inaudito que en cabina o en los medios de comunicación se siga recurriendo a menudo a este último. Entiendo que se intenten aprovechar coherentemente los procedimientos derivativos del español para logar que sustantivo y adjetivo sean de la misma familia; pero, por muy razonable que esto resulte, no es algo imprescindible. Es más, si la situación actual no me parece problemática, quizá sí lo sería acuñar un término que tendría muchas posibilidades de no generalizarse y podría posiblemente mantenerse hibernando entre nosotros, a contrapelo del uso común de los hispanohablantes. ¿Sería fácil que estos rompieran con el uso ya tradicional de comunitario, que han adquirido a machamartillo? No veo el modo de alcanzar el consenso que propone el artículo ante este que se presenta como un problema designativo de nuestra lengua cuando la mayor parte de los hispanohablantes, fuera del reducto de las instituciones comunitarias, no creo que lo perciban como tal.

Y esto es así porque no es el presente un caso aislado en que nuestra lengua haya recurrido a un adjetivo que no pertenece a la misma familia que el sustantivo. Así, el adjetivo correspondiente a niño es infantil; a mujer, femenino; a hombre, viril o humano (según sus sentidos). Es algo parecido a lo que nos ocurre en España (no en México) por haber huido de computador o computadora arrojándonos en brazos del francés, que tuvo la ocurrencia de llamar ordinateur (ordenador) a este artilugio con el que estoy escribiendo. ¿Se ha quejado alguien porque el adjetivo que le corresponde al sustantivo ordenador sea computacional, máxime cuando dos sustantivos, ordenador e informática, han de compartir este mismo adjetivo? ¿Tenemos algún problema para entendernos cuando nos referimos a ciencias computacionales, que tienen que ver con la informática? ¿Lo tienen los informáticos cuando hablan de un proceso computacional, porque puede ser tratado mediante ordenadores?

Con independencia de su etimología, comunitario se está usando como adjetivo referente a una realidad que ha ido cambiando de denominación (y de contenido) a medida que se avanzaba en la integración europea: hoy la Unión Europea ha sustituido a la Comunidad Europea de ayer, pero a esta nueva realidad de contenido podemos seguir haciendo referencia por medio del adjetivo comunitario, creado a partir de la designación anterior. A pesar del cambio de tratado y de tercio, no es improbable que, incluso por escrito, se siga leyendo «comunitario». Por poner un ejemplo, en el ámbito de la futurible patente comunitaria (en virtud del también aún en mantillas Reglamento de la patente comunitaria) es justamente este el adjetivo que se utiliza para diferenciarla a su vez de la «patente europea»1, de ámbito más amplio y amparada por el Convenio de Munich.

Asimismo, y quitándonos el corsé que de lunes a viernes usamos los que en las instituciones traducimos o interpretamos, encontramos otras designaciones de un determinado territorio que no mantienen una relación genética con el adjetivo correspondiente: el adjetivo británico se refiere a lo que unos españoles llaman Reino Unido y otros Inglaterra; igual que, junto al adjetivo francés referente a Francia, contamos también con galo; del mismo modo que aplicamos al reino de Marruecos el adjetivo alauita o, tratándose de quienes son de Ciudad Rodrigo, los llamamos  mirobrigenses.

Son ejemplos que nos explican que no todo en la lengua se adapta a las necesidades de la economía (en el sentido que le daba el pensamiento estructuralista), pues a menudo rompemos con ella, a causa de la mera expresividad o por otros mil motivos. Si bien hoy resultaría razonable dotar al sustantivo Unión Europea de una pareja adjetiva, cómodamente formada, el hecho es que los hablantes no sufren al referirse a esa realidad con el viejo término de comunitario. Es más, ni siquiera, al preguntar a algunos amigos españoles, durante las pasadas vacaciones de Semana Santa, estos veían un problema en la referencia a «la política comunitaria actual», pues entienden que se trata de la política de la Unión Europea, de forma que no entenderían que se creara un tecnicismo para un caso en que la lengua común y la especializada no requieren ampliar el vocabulario para adjetivar el concepto a que se refiere el sintagma Unión Europea. Cuando se creó el adjetivo comunitario aplicado a la Comunidad Europea no fue para trasvasar algo del sentido en que comunidad se distingue de unión, sino que se trataba de la forma más cómoda de formar un adjetivo partiendo del primer elemento de un compuesto sintagmático; cambiar ahora la base de derivación para formar el adjetivo no le aporta a este ningún significado especial, pues, aunque arrancado de una parte de esa combinación de palabras, hace referencia al sintagma completo, en un sentido que no correspondía antes a la suma de los semas de comunidad más los de europea ni en el presente a la de los semas de unión más los de europea. Estos términos se crearon para designar una realidad determinada, que, con todos los cambios que la Historia le ha dado, sigue siendo esencialmente la misma: la que se fragua con el proyecto de integración europea, cada vez más amplio, cada vez más avanzado, cada vez más incluyente. Una realidad que no por haber cambiado su designación necesita que demos también la vuelta al adjetivo, y después ––y no deja de ser un problema–– a los derivados de este.

¿Qué pasaría si dejáramos las cosas como están? Las lenguas son como los edificios antiguos, que sirven para vivir si vamos cerrando cuidadosamente las grietas que se abren en ellas. Claro que los podemos restaurar con cambios más radicales; pero hemos de tener cuidado al hacerlo, no nos vaya a ocurrir como con aquellos pisos de antes en los que, al tomar algunos como una «laguna» que tuvieran techos altos, los bajaron para adaptarlos a la de los pisos modernos. Algo parecido ocurre en este edificio que es nuestra lengua, cuando nos entra la idea de que podemos, llenos de voluntarismo, corregir sus desórdenes, tanto en lo referente a la economía lingüística, como es este caso, o, pensando en otros ámbitos, el de lo políticamente correcto, que daría –está dando– que hablar largo y tendido. Aunque no soy tan osada como para entrar en ello.

Lo que importa es que desde el observatorio de puntoycoma se está demostrando una gran atención a nuestra lengua y a los problemas con que nos hemos de enfrentar a diario. Pensé por ello que la mejor forma de expresar mi agradecimiento era por medio de este texto, discrepante solo en las soluciones, no en la atención que se ha dado a este asunto. Pase lo que pase ––que logremos introducir un término nuevo o que nos resignemos al que nos ha acompañado hasta ahora––, lo importante es romper con la inercia en el uso, que es lo que se ha logrado una vez más en puntoycoma.

 

Marina Pascual Olaguíbel
Intérprete del Tribunal de Justicia de la Unión Europea
marina.pascual_olaguibel@curia.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

http://europa.eu/legislation_summaries/internal_market/
businesses/intellectual_property/l26056_es.htm
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