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COLABORACIONES


La traducción en los Servicios Conjuntos del CESE-CDR

Dos patrones, un enfoque

En la famosa comedia Arlecchino servitore di due padroni, de Carlo Goldoni, se cuentan las correrías de Truffaldino, un criado astuto y hábil —que pasa más hambre que Carpanta— que por circunstancias de la trama literaria y de los guiños de la commedia dell'arte se encuentra a las órdenes de dos amos. Servir a ambos e intentar saciar a la vez su hambre se convierte en una tarea llena de complicaciones, enredos y disparates. A lo largo de la obra, Truffaldino recibe profusas notas, cartas y mensajes que debe entregar con la simple indicación de «esto es para tu amo», sin especificar de qué amo se trata. De ahí proviene la mayor parte de los equívocos.

Las peripecias de este personaje nos sirven para presentar el tema que nos ocupa: la traducción en los Servicios Conjuntos del Comité Económico y Social Europeo y del Comité de las Regiones. Aunque ciertamente no da lugar a situaciones hilarantes, dentro de la traducción institucional trabajar para dos patrones a la vez también puede crear conflictos de inte­reses, de prioridades y de gestión. O, cuando menos, suscitar temores de que ello ocurra. Cuando, al comienzo de la década de los años noventa, se confirmó la creación del Comité de las Regiones y se supo que este nuevo órgano consultivo y su «homólogo» Comité Económico y Social contarían con un único servicio de traducción, empezaron a sonar voces de alarma entre el personal del Comité (a la sazón el único «comité», llamado «económico y social» a secas, sin el apelativo de «europeo» que después se le añadiría). Pese a la especificidad de sus respectivos ámbitos de competencia, pese a su autonomía fundacional y funcional, los dos órganos contarían con unos Servicios Conjuntos. Pero todas las demás instituciones tenían su sede propia y su servicio de traducción propio. ¿Por qué no también los Comités? ¿Qué era eso de los «servicios conjuntos»? ¿Cómo afectaría al servicio de traducción esta novedosa estructura?

Al fin y al cabo, el CESE tenía el rango y la experiencia que da la antigüedad: fue instituido por el Tratado de Roma de 1957, llevaba muchos años en funcionamiento, contaba con unos métodos de trabajo afianzados, que veía peligrar por tener que acomodar sus estructuras al recién llegado, al «nuevo». Por su parte, el CDR, instituido por el Tratado de Maastricht de 1991 como asamblea de los entes territoriales, tampoco era muy proclive a ceder autonomía. Sus miembros eran representantes de rango político y, desde el principio, sus aspiraciones eran ambiciosas: llegar a convertirse con el tiempo en una segunda cámara europea, en una asamblea democráticamente elegida de representación territorial.

Pero se imponía el pragmatismo. Los Comités son instituciones pequeñas (jurídicamente reciben la denominación de «órganos» y no de «instituciones») y se limitan a desempeñar una función consultiva dentro del proceso decisorio comunitario. Difieren en cuanto a sus objetivos (defensa de la cohesión económica y social, defensa de la cohesión territorial) y destinatarios (medios económicos y sociales, entes regionales y locales), pero se asemejan en su naturaleza, en sus estructuras y en su funcionamiento. Los aglutina su función consultiva y su estructura de asamblea representativa de la ciudadanía. El uno hace hincapié en que abandera la voz de la sociedad civil, la defensa de la llamada «democracia participativa»; el otro alega en su favor que sus miembros son representantes de entes democráticamente elegidos. Las dos instituciones representan dos dimensiones de la vida política: la socioeconómica y la territorial, y aspiran a colmar —o, más humildemente, a contribuir a reducir— la distancia entre las instituciones y los ciudadanos. Asimismo, desde que comenzó su andadura común, las dos instituciones han querido reafirmar su europeidad. El CES, con el añadido de «Europeo» en su denominación para resaltar esta dimensión, que engloba y supera la de los consejos económicos y sociales e instituciones afines de ámbito nacional. El CDR, con su reciente lema: «El Comité de las Regiones es la Asamblea de la UE de los representantes regionales y locales», en el que se fuerza un tanto el orden sintáctico para reforzar la voluntad europeísta de sus componentes.

Y como se imponía el pragmatismo, la creación del CDR estuvo desde el principio ligada a la creación de los Servicios Conjuntos (SC) en virtud de un Acuerdo de Cooperación suscrito por los dos Comités. Su finalidad era utilizar con la máxima eficacia los recursos humanos y presupuestarios de las dos instituciones y compartir las cargas administrativas para mayor beneficio político de ambas partes, pero manteniendo a la vez su autonomía institucional y política. Es decir, los SC no constituyen en sí mismos un órgano interinstitucional y su gestión se rige por el principio de igualdad entre instituciones. Su estructura administrativa es bicéfala y su dotación de personal procede de ambos Comités1. Su función es prestar servicios especializados, principalmente en tareas de traducción2, coordinando las solicitudes de ambas partes en el programa de trabajo, fijando las prioridades y estableciendo un equilibrio que respete la identidad y la autonomía de ambas instituciones, sus necesidades y prioridades respectivas. Tal como establece el acuerdo, «sobre la base de una cultura de servicio, los Servicios Conjuntos se fijan el objetivo de constituir un servicio público europeo modélico y ofrecer un ejemplo de buena cooperación interinstitucional».

Tal cultura de servicio se refleja en el modo de trabajo. El servicio de traducción, para ofrecer calidad a sus patrones, no puede actuar simplemente como una agencia que recibe páginas originales y vierte páginas traducidas. Su deseo es formar parte integrante de la cadena de producción de los documentos, en beneficio de las instituciones a las que sirve y sus objetivos respectivos. Ahora bien, este papel «activo» de la traducción no es siempre fácil de poner en práctica —debido a la complejidad de los procedimientos, el multilingüismo, los plazos, etc.— ni se considera obvio, pues, en efecto, no es el que tradicionalmente le ha sido asignado.

Nuevos tiempos, ¿nuevas prácticas?

Desde que empezara a hablarse del «déficit democrático» de la Unión, tanto el CESE como el CDR han insistido en que, gracias a su particular posición en la estructura institucional europea y a su naturaleza misma, pueden contribuir a acercar Europa al ciudadano. Ambos comités son asambleas representativas, y si hay algo que ambas representan en el entramado institucional de la Unión, más desde luego que la Comisión o el Consejo, e incluso que el Parlamento, es la pluralidad de inte­reses socioeconómicos y de identidades territoriales de la sociedad europea.

En el terreno que nos ocupa, el de la lengua, esta pluralidad y esta proximidad al ciudadano deben traducirse en un reconocimiento y hasta un fomento del multilingüismo, aun cuando este complique en cierta manera el trabajo cotidiano de los Comités. Evidentemente, como ocurre en mayor o menor medida también en otras instituciones, se impone encontrar una vía intermedia entre este multilingüismo tan democrático como complejo y el pragmatismo. Así, el grueso de los documentos administrativos y de los documentos de información y divulgación, redactados «en la casa», están escritos en inglés y francés y no siempre se traducen, mientras que los documentos fundamentales de la actividad de los Comités, a saber, los dictámenes que elaboran para responder a las consultas de la Comisión, el Consejo o el Parlamento y los dictámenes que emiten por iniciativa propia, que están escritos por los propios miembros, se redactan de preferencia en la lengua materna del ponente3 y se traducen a las demás lenguas de trabajo. Es más, desde hace un par de años, la Dirección de la Traducción (DT) distribuye a los nuevos miembros un documento de presentación de sus servicios con la siguiente recomendación: «¿Cuál es la mejor manera de trabajar en un contexto multilingüe? Lo mejor es redactar los documentos, siempre que sea posible, en la lengua materna del autor, o darlos a revisar a un hablante nativo de esa lengua antes de enviarlos al Servicio de Traducción.»

De hecho, esta breve recomendación encierra una idea que de tan obvia se nos olvida en nuestra cotidianeidad multilingüe europea: los administradores y —todavía más— los representantes (políticos o de la sociedad civil) cuya actividad se desarrolla tanto en el contexto europeo como en el nacional, como es el caso de los miembros de los Comités, no siempre son, ni tienen por qué ser, especialistas en lenguas. En efecto, puede costarles expresarse en otra que la suya, e incluso puede ocurrir que, apremiados por los plazos o acostumbrados a un cómodo monolingüismo en sus respectivos contextos nacionales, no sean conscientes de las exigencias de un ámbito multilingüe. Y por ello producen muchas veces textos que funcionarían, probablemente, en un contexto nacional, pero que plantean numerosos problemas cuando deben ser traducidos.

Por eso se habla tanto, en las instituciones, de la insuficiente calidad de los originales: insuficiente por estar redactados con premura en una lengua que el autor no domina, o por contener, aun en la lengua materna del autor, imprecisiones apenas perceptibles que se revelan solo en el momento de la traducción. En la Unión Europea, un original mal redactado es fuente de múltiples males para el engranaje institucional: veintidós traductores que penarán bien que mal para esquivar baches, veintidós versiones lingüísticas estigmatizadas con pasajes incómodos y esquivos, a lo que se añaden las decenas de intérpretes y representantes de veintisiete países que utilizarán esos textos de base en las reuniones, y los votarán, por no hablar ya de sus usuarios finales, en el caso de los documentos destinados a un público más o menos amplio.

Además, si la coherencia de las diferentes versiones lingüísticas depende en parte de la calidad del original, el multilingüismo viene a complicar aún más las cosas. En efecto, desde las últimas ampliaciones resulta imposible disponer de servicios de traducción que cubran las 462 combinaciones lingüísticas, por lo que se ha impuesto, aquí como en otras instituciones, un sistema de lenguas «pivote». En el caso de los Comités, las unidades inglesa, francesa y alemana cubren de momento, entre las tres, todas las otras lenguas y las demás unidades, en caso necesario, trabajan a partir de esa versión «puente». Además está previsto que en el futuro todas las unidades estén capacitadas para traducir a partir del español, italiano y polaco. Sin embargo, en los Comités el recurso a la lengua pivote no es obligatorio; es más: se recomienda utilizar la lengua original en lo posible4, y esto podría dar lugar a situaciones donde, por poner un ejemplo, la versión española de un original griego se base en una traducción directa, mientras que la versión portuguesa parta de la versión pivote inglesa.

En el contexto multilingüe de los Comités se otorga mucha importancia a la coherencia entre las versiones lingüísticas como elemento de calidad, pero para conseguirla los traductores de los SC debemos torear, todos los días, esos baches que son la calidad insuficiente de los originales y la necesidad de utilizar lenguas pivote. A esto se añade un tercer aspecto, una curiosa paradoja de la administración multilingüe unieuropea que, por su reducido tamaño, los Comités ilustran a la perfección: la brecha existente entre traductores y administradores. Trabajamos cerca, simplemente en otro piso, o en el edificio de enfrente, pero mentalmente, y a pesar de todas las posibilidades de la comunicación real y virtual, nos hallamos en dos niveles separados por un espacio extraño, tan indefinible como palpable: ellos allí (arriba), realizando una labor bien visible, y nosotros aquí (abajo), desempeñando nuestra función, como dice Martín Ruano en estas mismas páginas5, de «peones anónimos al servicio de la institución». Una brecha que no deja de ser curiosa, pues ¿no trabajamos todos con un mismo objetivo?

En el convencimiento de que superar esta brecha es esencial para la mejora de la calidad de la traducción se han instaurado recientemente en los SC una serie de prácticas para concienciar a los administradores de las particularidades del multilingüismo, aumentar la visibilidad de la traducción y mejorar tanto la coherencia de las versiones lingüísticas, en el caso de los textos consultivos o internos, como su adecuación a los diferentes contextos y públicos europeos en el caso de otros textos. Presentaremos aquí brevemente tres de estos nuevos instrumentos.

El primero, de carácter administrativo, son los dos «puntos de contacto», uno por cada Comité, creados en virtud del Acuerdo de Cooperación de 2008 y cuyas funciones se detallan en uno de sus anexos, el denominado «Miniacuerdo sobre la traducción». Tienen un papel de interlocutores entre sus administraciones respectivas y la traducción en sentido amplio. Su función primera es mejorar la comunicación y la transparencia, y son una especie de «negociadores» que clasifican los documentos por orden de prioridad o de urgencia, negocian plazos y fijan límites para las solicitudes urgentes. Así, el punto de contacto establece un filtro entre la solicitud de una traducción por parte del servicio solicitante (CESE o CDR) y la aceptación por parte del servicio de planificación (SC).

En segundo lugar citaremos la creación de la figura del lead translator o chef de file, que es una especie de traductor en jefe de todos los traductores encargados de un expediente consultivo (es decir, los diferentes tipos de dictámenes elaborados por los comités). Se designa como tal a un traductor de la unidad de traducción de la lengua original del documento que puede ser consultado por los demás traductores para la interpretación de pasajes oscuros y, en caso necesario, se encarga de ponerse en contacto con el responsable del documento para solicitar las clarificaciones necesarias o proponer modificaciones. Ya antes los traductores de la lengua original hacían la relectura de estos originales, y los otros podían, a título individual, plantear sus dudas a un compañero de pasillo o ponerse en contacto con los administradores, pero aunque esta nueva figura todavía está en fase de prueba, la diferencia reside justamente en esa visibilidad, en la autoridad que da una función reconocida y en el hecho de que este «traductor en jefe» represente a un equipo de veintidós traductores.

Otro método instaurado recientemente es el Notebook: una especie de miniforo vinculado a cada ficha de traducción en el que participan los veintidós traductores y, en su caso, los revisores encargados de la ficha, los responsables del servicio solicitante y el Help Desk de la traducción. Los traductores pueden introducir preguntas y comentarios y el Help Desk puede intervenir cuando las respuestas tardan en llegar o los administradores olvidan otra nueva norma: su obligación de enviar una versión modificada del documento para que cualquier eventual corrección —la más mínima— sea tenida en cuenta por los traductores.

Es obvio que estas novedades presentan algunas desventajas —sobre todo el riesgo de «sobrecarga», la multiplicación de funciones y mensajes o la obligación para los servicios solicitantes de crear versiones modificadas para detalles nimios—, por lo que también han sido objeto de algunas críticas. Pero parece que, a pesar de todo, estas iniciativas empiezan a dar fruto.

Podemos mencionar, como colofón, un proyecto reciente del CESE: el Glosario europeo de la bicicleta6. Esta pequeña publicación, que contiene más de un centenar de términos en las veintitrés lenguas oficiales de la UE, fue la tarjeta de visita del CESE en la edición 2009 de Velo City (la principal conferencia europea para el fomento de la bicicleta como medio de transporte urbano) que tuvo lugar en Bruselas en mayo de ese año. En un principio, los SC mostraron cierta reticencia a aceptar esta iniciativa inusitada de la Sección TEN (Transportes, Energía, Infraestructuras y Sociedad de la Información) con un plazo corto en un momento de mucha carga de trabajo, y se requirió la intervención del punto de contacto del CESE. Curiosamente, en el curso de un año, el Glosario se ha convertido en una de las páginas más visitadas del sitio internet del Comité, y ha sido incluido en las páginas web de ministerios de transporte y organizaciones ciclistas de toda Europa, mientras que la versión en papel, un librillo de 60 páginas, es regularmente solicitada por particulares, grupos de ciclistas y asociaciones de cicloturismo de todo el continente. Ante este éxito inesperado urgía preparar una nueva versión revisada, esta vez sí, con menos prisas y teniendo en cuenta las dificultades que planteaba la traducción de ciertos términos novedosos a lenguas de países con tradiciones ciclistas muy diferentes. Y tanto la excelente colaboración entre el servicio solicitante y el de traducción como el animado foro sobre piñones, catalinas y un largo etcétera en que se convirtió el Notebook resultaron esenciales para llevar el proyecto a buen puerto. Es un ejemplo modesto de cómo, en el día a día, la brecha entre administradores y traductores puede reducirse lentamente, en beneficio, en última instancia, de la visibilidad y la comunicación.

Isabel Carbajal / Isabel López Fraguas
Comité Económico y Social Europeo / Comité de las Regiones
isabel.carbajal@cor.europa.eu
isabel.lopezfraguas@eesc.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

1 Los SC se organizan en dos grandes apartados: la Dirección de la Traducción y la Dirección de la Logística.
2

El servicio de traducción se compone de veintidós unidades lingüísticas (de las veintitrés lenguas oficiales de la UE, solo el irlandés no es lengua de trabajo).

3

Lenguas en que se redactaron los proyectos de dictamen (cifras aproximativas de 2008): 30 % en inglés, 15 % en francés, 15 % en italiano, 8 % en castellano, 7 % en alemán, 3 % en portugués, 22 % en otras lenguas.

4 La DT volvía a insistir, en un documento de julio de 2009, en que les traducteurs et les réviseurs doivent normalement travailler sur la base du document en langue originale. [...] La procédure susceptible d'optimiser la cohérence entre les différentes versions linguistiques des avis et des rapports d'information des deux Comités dépend, en grande partie, de la langue originale.
5

«Teorías y utopías: hacia nuevos vocabularios y prácticas de la traducción institucional», infra, p. 72.

6 http://www.eesc.europa.eu/documents/publications/index_en.asp?details=1&id=181

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