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BUZÓN


En defensa de «monomarental»… y más allá

Was immer du sagst, sag es nicht zweimal.

Bertolt Brecht

Sigue el debate y nuestro neologismo va extendiéndose. Al hallarlo en Innovation People for Societal Change, programa de la UE en el que colaboran el Sureste de Inglaterra, Andalucía, el Véneto, la Pequeña Polonia, el Brabante Septentrional, Estocolmo y Timiş, me pregunto dónde se escondería el supuesto catalanero que les habría endilgado tamaña catalanada.

Los gendarmes de la pureza contraatacan. Jordi Parramon (puntoycoma nº 116, p. 23) se lamenta de que no se consulte a los expertos cuando se ponen en circulación unos términos que no le gustan, pero no aporta nada nuevo a lo que ya dijo F. Navarro. Cabe recordar que, mientras que este es «Traductor médico. Salamanca. España» y difícilmente tendrá que enfrentarse en su trabajo cotidiano con familias monomarentales (o, según él, «uniparentales femeninas»), J. Parramon es «Asesor lingüístico del Parlamento de Cataluña» y, visto lo visto, va a tener un problema (o más, si se encarga de todas las lenguas oficiales de esa comunidad), pues los funcionarios de los parlamentos deben ajustarse a los términos que usan sus políticos, aquí y en China.

Frecuencia en la red y neologismos alternativos. Parramon alega que «monomarental» sale poco en la red. Ignora que, si al introducir esa palabra en un buscador hubieran aparecido millones de documentos, este debate sería superfluo. También parece descubrir que Navarro proponía alternativas: ya di mi opinión (puntoycoma nº 115, p. 10), y podría añadir que la comunidad científica denomina «uniparental» a la reproducción asexual en la que el hijo es genéticamente idéntico a su progenitor, es decir, a la reproducción que produce clones; poco favor hace este solapo a los partidarios de esa propuesta, que en el BOE sigue sin aparecer, mientras que «monomarental» no solo sale en textos del Ministerio de Igualdad, sino también del de Educación (¿querrán también suprimir este?).

La ignorancia nutre la ignorancia. Parramon señala que los ignorantes nunca dudan. ¡No sabe cuánta razón tiene! Nada menos que un mediático académico se negó a hablar de «género» afirmando que solo era un eufemismo mojigato para evitar hablar de sexo: mostró así ignorar la diferencia entre lo biológico (el sexo) y lo social (el género), lo que no obsta para que, en el otro extremo, haya otros ignorantes (¿más?) que hablan de género pensando que realmente hablan de sexo (espero que no sepan que en la redacción de puntoycoma hemos dedicado reuniones enteras a hablar de «género»). Me tengo por un profesional paciente, pero al final me aburre tener que repetir lo mismo: así como una etimología estricta de «homofobia» sería la famosa «fobia a lo igual», su significado actual (que no solo consta en el DRAE, sino que también figura en la legislación vigente) es «aversión obsesiva hacia las personas homosexuales», y así debe utilizarse ese término, y lo mismo sucederá con «monomarental», que surge de la evidencia de que, como reconoció Navarro en su aportación al debate (puntoycoma nº 114, p. 23), en más del 90 % de las familias con un solo adulto, ese adulto es una mujer. «Monomarental» les confiere esa visibilidad y bien poco importa su etimología si el término cumple su objetivo.

La vida social de las palabras. Esta visibilidad es la que hace que se utilice «jueza» en lugar de «juez», en contra de lo que dictaban las antiguas gramáticas, pues no deben estar las personas al servicio de la norma, sino esta al servicio de la comunidad; es así como hay términos que nos llegan del pasado y que, en función de cómo los utilicemos en el presente, se proyectarán en el futuro con un significado totalmente nuevo. La evolución social provoca el cambio lingüístico; los gendarmes de la pureza han aborrecido siempre las nuevas acepciones: desde hace siglos hemos visto cómo se llevaban las manos a la cabeza la primera vez que se llamó «gobernador» a alguien distinto del marino que llevaba el gobernalle, y cómo se mesaban las barbas cuando algún atrevido hizo bajar del cielo astral la palabra «revolución» para aplicarla a acontecimientos más terrenales.

Los insultos de siempre. Parramon contesta mis alusiones a la caverna machista, pero ahí están los hechos: lo primero que se ve al buscar «monomarental» en Google es: «aberrante, artificial, ignaro, paleto, engendro progre, majadero, bobalicón, oportunista», etcétera. No han evolucionado nada: cierto aragonés bajito ya me dedicó alguno de esos rebuznos en los setenta, mucho antes de convertirse en el locutor favorito de la carcundia.

Ya que no voy a repetir lo dicho, aprovecharé la extrema indulgencia que ofrece este número especial de puntoycoma para presentar diversos ejemplos amenos e instructivos, extraídos de la vida misma.

El notopiteco que nunca existió. Cuando Raymond Dart vio el cráneo del «niño de Taung» en Sterkfontein (Sudáfrica) se dio cuenta de que estaba ante el homínido más antiguo entonces conocido, un hallazgo que iba a revolucionar la antropología. Su descubrimiento encontró una feroz oposición; no solo la que cabía esperar de los creacionistas de todo pelaje, sino también de la mayoría de evolucionistas de la época (estamos hablando del año 1924), convencidos de que la cuna de la Humanidad solo podía hallarse en Europa, y en todo caso en el Asia Occidental, pero jamás en tierras de «salvajes». Una de las críticas que tuvo que sufrir era que, habiéndole dado el nombre de australopiteco, había «demostrado su ignorancia» al mezclar raíces latinas y griegas (¡la maldición de los híbridos!).

Significados contrarios del antisemita. Los primeros semitas que conocemos se establecieron en Acad (en el actual Iraq) en el cuarto milenio antes de nuestra era. Pero hoy nadie llamaría antisemita a alguien que acusara a los acadios de invasores o criminales. «Antisemita» tiene otro significado, a pesar de su etimología, y además hoy es totalmente distinto del que tenía hace cien años. En efecto, afirmar entonces que los judíos, a causa de su origen, eran un pueblo extranjero, habría sido tildado ipso facto de «antisemita»; ahora, muchos denominan así a quienes niegan que los judíos formen una nación: el término tiene un significado diametralmente opuesto.

Y se acuñó un término nuevo para otro racismo. El neologismo «islamófobo» me parece delirante, no por ser híbrido de árabe y griego, sino porque el racismo poco tiene que ver con la religión (caso similar al de Irlanda del Norte, donde se desglosaba a los ciudadanos en católicos o protestantes tanto si eran creyentes como si no). Pero la confusión interesada entre «árabe» y «musulmán» da réditos políticos, y eso sin hablar de la ignorancia que se fomenta en Europa sobre ese mundo, como lo probó una política que criticó a «los musulmanes» por llevar la gorra al revés y hablar en argot, mostrando así no saber nada de lo que es ser musulmán (ni de lo que es ser joven: cuando era adolescente, mi hijo solía llevar la gorra al revés y hablar en argot, y tiene de musulmán lo que yo de artotirita).

Paranoia contra lo políticamente correcto. Parramon advierte contra los «guardianes de lo políticamente correcto». ¿Cómo no? Si la moda es odiar lo políticamente correcto y empezar cualquier declaración con la frase «Ya sé que decir esto no es políticamente correcto, pero estoy a favor de…». En lugar de los puntos suspensivos puede ponerse cualquier cosa: «que se abran las fosas de la Dictadura», «que se canonice a Franco», «la unidad de España», «la independencia de Cataluña», «el Estado de las autonomías», «el diseño inteligente», «la teoría de las cuerdas», etcétera: aquí cabe todo, su contrario y lo del medio mientras se anteponga siempre el sonsonete de moda. No se define lo «políticamente correcto», que está claro que debe ser algo infame que siempre defiende el contrario (en general, el político, para seguir la demagogia populista de moda) mientras nosotros alardeamos de rebeldes e insumisos. Pues a mí me gusta ir con la verdad por delante y, aunque ya sé que decir esto no es políticamente correcto, a mí me parece bien lo políticamente correcto, aunque solo sea para que ya nadie pueda decir con impunidad que «afortunadamente, todos los muertos viajaban en tercera». Eso sí, para ser políticamente correcto, como para todo, hay que tener dos dedos de frente: véase a continuación un último ejemplo, increíble pero cierto.

Al final, siempre hay una tribu que paga el pato. Hace once años, una noticia desató mi ya de por sí fértil imaginación. Quise suponer cómo se habría originado. Pienso en un joven estudiante en prácticas en un periódico al que le habrían encargado leer los teletipos que iban llegando y escribir unas gacetillas. Una tarde, el redactor jefe debió de pegarle un rapapolvo. Supongo que se produciría un diálogo así:

He leído tu borrador de esta mañana y tengo que decirte cuatro cosas: ¿cómo ha podido ocurrírsete decir que unos indios «andan desnudos, viven de la caza y nunca tuvieron contacto con el hombre civilizado»? ¿Pero tú te das cuenta de lo que significa esto? ¡Los estás tratando de salvajes! Ellos también tienen una civilización, aunque distinta de la nuestra. ¿No has leído a Lévi-Strauss?

―Oh, perdone jefe, no sé en qué estaría yo pensando. Le juro que no volverá a ocurrir.

―Más te vale: recuerda siempre que este es un periódico serio, democrático y progresista, y que no podemos permitirnos estos deslices. Ah, y quita también lo de «hombre», que tiene marca de género: hay que poner «persona», «ser humano» o algo así, ¿lo entiendes?

―Claro, claro, tranquilo jefe, pierda usted cuidado que ahora mismo le arreglo este desaguisado.

Yo hubiera dicho lo mismo que el redactor jefe, pero habría revisado el resultado, porque lo que al día siguiente salió realmente publicado en El País hablaba de unos indios que «andan desnudos, viven de la caza y nunca tuvieron contacto con el ser humano».

Y es que hay algo incomparablemente peor que la ignorancia: la ausencia de inteligencia.

Miquel Vidal
Comisión Europea
miguel.vidal-millan@ec.europa.eu

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