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TRIBUNA


Discurso pronunciado por Miguel Sáenz en la primera reunión de la Red EMT (European Master's in Translation), celebrada en Bruselas el 8 de diciembre de 2009.

Lo que se puede aprender se puede enseñar. Por ejemplo, traducir

No son los títulos académicos los que justifican mi presencia aquí. Ni tampoco los muchos años que llevo traduciendo. La única razón por la que he aceptado intervenir es porque, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar, mi vida ha estado dedicada siempre a actividades relacionadas con la traducción, en las que hay elementos que podrían figurar en cualquier programa de un máster europeo. Pido disculpas de antemano por referirme solo a mi experiencia profesional.

Nací en Marruecos de padres españoles y la lengua española ha sido siempre la mayor preocupación de mi vida. De mis otros idiomas no creo necesario decir mucho. Mi francés lo aprendí de niño en el Liceo Francés y, sobre todo, en las calles y los cines de Tánger. Mi griego (casi inexistente) y mi latín se deben al deficiente pero ambicioso bachillerato español de la época (estoy hablando de hace medio siglo), lo mismo que mi inglés, afortunadamente mejorado luego por años de lectura casi exclusiva en este idioma. Mi alemán es un amor tardío: realmente no comencé a aprenderlo en serio hasta pasados mis veinticinco años. Incidentalmente, debo decir que estoy casado con una alemana, intérprete de conferencias, pero no creo que el arte de convivir con un o con una colega pueda aprenderse en ningún centro universitario de formación de traductores.

Estudié Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, en la que hice mi doctorado, y tengo que decir, ya desde el comienzo, que considero el Derecho como uno de los pilares de la formación de un traductor. Y no solo desde el punto de vista de los conocimientos jurídicos en sí (sobre todo el Derecho internacional en todas sus ramas) sino como disciplina intelectual y, sobre todo, como forma de aprender a valorar la importancia de la palabra. Hace ya años que Robert Wechsler, en su ameno libro Interpretar sin escenario. El arte de la traducción literaria1, afirmó que la mejor forma de prepararse para ser traductor era estudiar en una facultad de Derecho y ejercer la abogacía. Simplemente como anécdota, mi primera traducción fue el Derecho municipal (Gemeinderecht)2 de Otto Gönnenwein, un clásico del Derecho administrativo alemán de lectura poco fascinante.

Mi vida cambió cuando, a mediados de los sesenta, aprobé, deportivamente, un examen de traductores de las Naciones Unidas. En la Sección Española de la Secretaría de Nueva York, donde estuve dos años, aprendí muchas cosas. La primera, que el español no era solo la lengua de España sino la de cientos de millones de personas y veintitantos países. Luego, que mis colegas eran de un alto nivel intelectual y procedían de los campos profesionales más diversos (los servicios españoles de las Naciones Unidas se han alimentado siempre de los diferentes exilios: España, Cuba, la Argentina y el Uruguay, Chile...). Y aprendí a trabajar en equipo, colectivamente. Aprendí rigor y responsabilidad. Me di cuenta de que una diferencia de matiz en una resolución del Consejo de Seguridad podía afectar a vidas humanas, y de que a veces había que trabajar bajo auténtica presión. Y en el Manual de instrucciones para los traductores de la Sección había tres principios que me siguen pareciendo plenamente válidos para los traductores de cualquier organismo internacional: «uniformidad terminológica, claridad sintáctica y concisión estilística».

Me di cuenta también de que aquellos documentos que me ocupaban, a veces áridos, eran también literatura. Y de que, si había tiempo, valía la pena dar una lectura final a mi traducción, simplemente para que «sonara» bien. Y comprobé con sorpresa que entre los muchos profesores, médicos, sociólogos, juristas, economistas, etc. que me rodeaban, había muchos poetas, famosos o no. Ya dijo Octavio Paz que la traducción está muy cerca de la creación. Recordé igualmente, más de una vez, un viejo proverbio español que citó Antonio Machado en un legendario Congreso Internacional de Escritores de 1937 en Valencia: «Nadie es más que nadie»... Yo podía aprender de todos mis colegas, que, todos juntos, eran mucho más que una simple suma de conocimientos. Por ello mi conclusión ahora, para cualquier programa de estudios de un centro de formación, es que la traducción colectiva, la traducción en colaboración, en todas sus formas, es fundamental. No hay mejor modo de aprender a traducir.

Después de Nueva York, siempre con las Naciones Unidas, me trasladé a Viena, donde estuve algo más de dos años. Para entonces era ya «revisor» y podía beneficiarme no solo de las correcciones que antes hacían en mis traducciones traductores más experimentados, sino también de los hallazgos, a veces increíblemente acertados, de los traductores más jóvenes a quienes revisaba. Mi abanico de materias traducidas (que en Nueva York se había centrado sobre todo en el Derecho internacional) se amplió mucho: traducía no solo Derecho mercantil o Derecho del espacio, sino también documentos sobre temas industriales, estupefacientes, radiaciones atómicas...

Volví a España y obtuve por concurso un puesto de profesor en el Instituto de Lenguas Modernas y Traductores de la Universidad Complutense. Se trataba de un máster de dos años, para licenciados universitarios de cualquier procedencia, y mi asignatura llevaba el nombre de «Teoría de la traducción». El primer día de clase dije a mis alumnos que, a partir de entonces, la materia se llamaría «Teoría y práctica de la traducción». Me parecía evidente, sin necesidad de citar a Mefistófeles («Estimado amigo, toda teoría es gris, y verde el árbol dorado de la vida»), que la teoría sin práctica servía de poco. Como en aquella época la bibliografía sobre teoría de la traducción no había alcanzado las dimensiones que hoy tiene, y no encontraba en Mounin, García Yebra, Steiner, Vinay/Darbelnet, etc. ningún manual que cumpliera mi propósito de enseñar la traducción en todos sus aspectos, me dediqué a fabricarlo. Mis textos no tenían nada de originales, pero eran útiles para mis fines y, una vez más, demostraban la verdad de la vieja máxima de que no hay mejor forma de aprender algo que enseñarlo. Hoy, mi actitud hacia la teoría ha cambiado. Me parece absolutamente necesaria para cualquier traductor, y solo el abuso por parte de los filólogos puede haber llevado a los alumnos, a veces, a rechazarla. Pienso que es muy posible que, en la misma línea de Walter Benjamin, nunca lleguemos a tener una teoría de la traducción válida para todas las formas de traducir, pero ello no impide que cada nuevo avance se traduzca (y nunca mejor empleada la palabra) en un nivel más alto de las traducciones. Por ello, como dice Anthony Pym en un reciente libro, Exploring Translation Theories, literalmente «Explorando teorías de Traducción»3, hay que animar a los alumnos a elaborar su propia teoría. Nada sería más útil que lograr que cada centro tuviera su revista, sobre papel o en formato electrónico, en la que cada alumno (y, por descontado, cada profesor) pudiera verter sus reflexiones. Se habla mucho de estrategias de traducción, pero habría que empezar a hablar de tácticas.

A principios de los setenta, mi contacto esporádico con las Naciones Unidas (y con muchos otros organismos internacionales) no cesó. Traduje para la Organización Mundial de Comercio, para la FAO, para los Países No Aliados, para la CSCE (ahora OSCE)... Y los años ochenta fueron, como es sabido, la edad de oro de la temporería, de los free-lancers. Recorrí el mundo de conferencia internacional en conferencia internacional y aprendí a trabajar en condiciones a veces difíciles, con falta de medios, personal mal capacitado y plazos estrictos. Hay algo que quizá debería aprenderse también en los centros de formación: a traducir cuando el ordenador se rompe.

Mi regreso a España significó asimismo, no solo la reanudación de mis actividades jurídicas (básicamente en la judicatura y en la Fiscalía General del Estado), sino también mi encuentro con la literatura pura. Nunca podría sobrestimar la importancia que para mí ha tenido la traducción literaria, a pesar de ser la peor pagada del mundo. Cuando, tras una jornada laboral de ocho horas como jurista, volvía a casa, traducir literatura (es decir, interpretar musicalmente una partitura de palabras que tenía ante los ojos) era un placer inmenso. Por otra parte, la mayoría de las formas de traducción tienden a producir el automatismo del traductor: el vocabulario se empobrece, se olvida la riqueza de la lengua. Y traducir literatura es el mejor remedio para evitarlo, siempre que pueda hacerse sin plazos perentorios.

Además, en este mundo globalizado, el gran peligro que acecha al traductor es la soledad. Esa soledad supone que la continuidad de su formación (que ha de durar toda su vida) queda confiada a él mismo, y también que su estabilidad emocional peligra. Traducir literatura, sobre todo gran literatura, le permite dialogar con las mentes más claras que ha producido la Humanidad, y vivir en mundos que nada tienen que ver con el real, pero suponen una bienvenida evasión. Mi recomendación de que todo traductor, siempre, tenga algún texto literario de su agrado para traducir no podría ser más entusiasta. Y en los centros de formación se debería inculcar a todos los alumnos ese amor por la literatura... que por otra parte el traductor suele sentir. Son muchas las veces en que algún traductor o traductora joven se me ha acercado en los pasillos de la sede de algún organismo para decirme que, en realidad, lo que querría sería traducir literatura, pero le daba miedo. Después de advertirle de que, económicamente, haría un negocio ruinoso, mi respuesta invariable era: de todas formas, si puedes traducir esos documentos infernales que tienes entre manos podrás traducir sonetos de Shakespeare: te resultará mucho más fácil.

Dicho sea de paso, mi experiencia con los traductores españoles surgidos en los últimos años es muy positiva. Conocen sus idiomas extranjeros, tienen un dominio considerable del español y hasta saben derecho y economía. Lo único que se les puede reprochar en ocasiones es falta de cultura general. Es evidente que no es esa cultura la que debe enseñarse en los centros universitarios de traducción, pero estos pueden y deben inculcar a los alumnos la curiosidad intelectual. Un buen traductor será culto... o no será.

La revolución de la informática de los noventa es quizá el hecho que más ha trastornado el mundo de la traducción. El traductor es hoy un investigador, una especie de nexo entre las «dos culturas» de que hablaba hace muchos años C. P. Snow. Ningún traductor puede permitirse hoy ignorar las ciencias, y si Snow se refería a Shakespeare y la segunda ley de la termodinámica para mostrar el abismo existente entre científicos y hombres de letras, que habían dejado de comunicarse, hoy se podría hablar quizá del gato de Alicia en el país de las maravillas (un gato sin sonrisa o una sonrisa sin gato) y del gato de Schrödinger, cuya vida depende en definitiva del principio de incertidumbre. Un traductor no puede permitirse ignorar la fantasía literaria, pero tampoco por completo la física cuántica. Y es bueno que así sea. Una vez, mientras trabajaba en algún organismo internacional, calculé que el ochenta por ciento de mi tiempo lo dedicaba a investigar y solo un veinte por ciento a traducir en sentido estricto. Hoy tengo la convicción de que la informática avanzada y la apertura continua a sus avances son indispensables en todo programa de formación de traductores.

Hay algunas experiencias en mi vida que quizá no sean transplantables. Durante los años setenta y ochenta formé parte de la delegación de España en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del mar, que culminó en 1982 en la Convención hoy vigente. Trabajar como delegado y participar en comités de redacción (encontrando a veces a colegas traductores de mi época de las Naciones Unidas) supuso un gran enriquecimiento. Creo que los alumnos de traducción comprenderían mucho mejor para quién y para qué van a trabajar si los centros universitarios les brindaran la ocasión de asistir (o de seguir a través de los documentos) al proceso de elaboración de normas de la Unión Europea o de convenciones internacionales (las actas resumidas de la Comisión de Derecho Internacional son, como travaux préparatoires, uno de los elementos interpretativos de los tratados según la Convención de Viena).

Por último, quisiera hacer alusión a un aspecto que quizá se descuide a veces en los centros de formación: el de la ética profesional. Hablar de moral hoy es difícil, no está de moda. Es cierto que casi todas las asociaciones de traductores tienen sus decálogos y mandamientos, en ocasiones absorbidos, aunque sean algo muy distinto, por los «códigos de buenas prácticas». Sin embargo, creo que los principios morales no deben ser solo una asignatura, unas horas dentro de un programa de estudios, sino algo que debe inspirar toda la formación de un traductor. Sin ánimo de pretender militarizar a los traductores, me atrevería a citar las Ordenanzas del rey Carlos III de España para sus ejércitos, de 1768. El párrafo 12 del artículo primero de su título XVII dice: «El oficial cuyo propio honor y espíritu no lo estimulen a obrar siempre bien vale muy poco para mi servicio». El traductor que no haga su trabajo lo mejor que pueda, no por conseguir una remuneración o un ascenso, o para evitar una censura, será siempre un mal traductor. No hay instancia más alta que uno mismo.

Quizá la frase más conocida de John Donne sea «Nadie es una isla» (No man is an island). Tampoco debería serlo ningún centro universitario de formación de traductores. Por ello, mi recomendación final sería la colaboración entre los centros: nadie es más que nadie y todos podemos aprender de todos. Y, tras haber mencionado a John Donne, no me resisto a citar otro pasaje que siempre me ha impresionado:

Toda la humanidad es de un solo autor y es un solo volumen: cuando un hombre muere no se arranca un capítulo del libro sino que se traduce a un lenguaje mejor; y todos los capítulos serán así traducidos...4

No quisiera acabar mi intervención en un tono tan metafísico. «Lo que se puede aprender se puede enseñar» ha sido mi título, y sinceramente lo creo. No hablemos del sentido común, cualidad que casi todos los profesores echan en falta en sus alumnos, aunque probablemente «sentido común» sea solo otra forma de decir «experiencia». Yo mismo quizá podría considerarme autodidacta, pero, pensándolo bien, nunca me he enseñado nada; todo lo he aprendido de otros. Y puedo asegurar que, si tuviera cincuenta años menos, no vacilaría un instante en inscribirme, como alumno, en alguno de los centros universitarios aquí representados, para volver a comenzar desde el principio.

Miguel Sáenz
Traductor
msaenz99@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
1 Robert Wechsler (1998), Performing Without a Stage. The Art of Literary Translation. Catbird Press, North Haven, Connecticut.
2 Otto Gönnenwein (1963), Gemeinderecht, Mohn, Tubinga: (1967), Derecho municipal alemán, traducción de Miguel Sáenz, Instituto de Estudios de Administración Local, Madrid.
3 Anthony Pym (2010), Exploring Translation Theories, Routledge, Londres / Nueva York.
4

John Donne (1987), Devotions Upon Emergent Occasions, Oxford University Press, Nueva York.

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