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COLABORACIONES


Política lingüística: la ley de lenguas propias de Aragón

Els pobles tenen una memòria, més llarga i més fonda que la història oficial; és la petita història feta de figures aparentment insignificants, de moments aïllats i irrepetibles, que si no fos perquè algú els guarda al fons d’ell mateix i en un moment impensat, anys després, quan tota una vida s’amuntega en un pilot d’imatges viscudes com a protagonista, com a espectador o com a receptor de les alegries i les penes col·lectives, les desenterra i les torna a la vida, es perdrien definitivament.

Emili Teixidor (*1933), Els convidats (2010)

Hay amores que matan. El 17 de diciembre de 2009, al final del día mismo en que se produjo la noticia en las Cortes de Aragón, un amigo catalán me remitió una nota de prensa de Europa Press, ampliada con comentarios de otros medios de comunicación, que llevaba el título siguiente: «Aprobada la Ley de Lenguas Propias que inicia la dignificación del aragonés y el catalán». Yo comprendí que mi amigo quería decirme, más o menos: «¡Alégrate, fíjate qué noticia más buena para nuestras lenguas oprimidas!» Sin embargo, no conseguí alegrarme.

Ahora quiero, como aragonés y como entusiasta de los idiomas, hacer unas reflexiones sobre el contenido de la noticia y sobre los sentimientos que despertó en mí. No entro a comentar el articulado completo de la ley, que recogen el Boletín Oficial de las Cortes de Aragón de 21 de diciembre de 20091 y el Boletín Oficial de Aragón de 30 de diciembre de 20092. Los epígrafes entrecomillados proceden de la nota de prensa.

«Aprobada la Ley de Lenguas Propias que inicia la dignificación del aragonés y el catalán»

Este título da a entender que, hasta ahora, los aragoneses habíamos vivido en la indignidad, cuando menos lingüística. Menos mal que ahora, gracias a los políticos, estas dos lenguas van a iniciar su dignificación.

Las lenguas tienen como misión primerísima servir de vehículo de comunicación. Aragón tiene una población aproximada de 1 327 000 habitantes (censo de 2008). Se calcula que el número total de hablantes de una u otra de las variantes dialectales del aragonés es de unos 10 000, lo que representa aproximadamente un 0,75 % de la población, mientras que los habitantes de la Franja de Aragón que tienen el catalán como lengua habitual son unos 30 000, es decir, en torno al 2,25 % de la población aragonesa.

Todos los hablantes de estas lenguas propias de Aragón hablan, además, castellano, y no me parece percibir entre la población aragonesa un clamor popular por sacarlas de su marco actual, pero soy consciente de que en Aragón nadie pone en tela de juicio mi lengua materna, el castellano. Podría decirse que juego con ventaja. En cambio, eso mismo se convierte en un grave inconveniente: me falta sensibilidad hacia las lenguas minoritarias.

También comprendo que el presidente de la Diputación General de Aragón, Marcelino Iglesias, ribagorzano, es decir, minoritario él mismo (su pueblo es de habla catalana), prometió una Ley de Lenguas ya en su primera legislatura. Ahora, no lejos del final de la segunda, tenía que cumplir. Y a partir de ahí («con la iglesia hemos dado, Sancho») entra en acción el tira y afloja político, con lo que la ley no es sino el resultado de las componendas que han sido necesarias para sacarla adelante. Así que me hago Sancho para decir: «plega a Dios que no demos con nuestra sepultura».

«La Ley reconoce la existencia del aragonés y el catalán en Aragón»

En primer lugar, «el aragonés» no existe como lengua única. Históricamente existen en Aragón, de siempre, diversas hablas herederas del romance medieval y no necesariamente comprensibles entre sí. Por ejemplo, el ansotano del valle pirenaico de Ansó, frente al cheso del vecino valle de Hecho (o Echo, en las toponimias aragonesista y catalana) y a otras variantes más distantes3.

Tal vez llegue un día a crearse una lengua unificada, basada en alguno de los dialectos con incorporaciones de los demás.

Este es precisamente uno de los actuales puntos de desacuerdo tanto entre lingüistas como entre políticos locales, desacuerdo aireado en diversos artículos aparecidos en el diario de mayor difusión en la región, el Heraldo de Aragón4, en el primer trimestre de 2010.

Por ejemplo, la asociación «Estudio de Filología Aragonesa», que preside Manuel Castán, quiere (30 de enero) dotar a las distintas variedades del aragonés de elementos comunes (ortografía y neología), aunque sean convencionales, si bien aboga por una enseñanza en cada una de las variedades locales.

Otros, como la profesora Marisa Arnal, del departamento de Lingüística General e Hispánica de la Facultad de Letras de la Universidad de Zaragoza, consideran (21 de enero) que las diversas lenguas que perduran en el Alto Aragón son un legado cultural histórico, mientras que no es tal el «neoaragonés» que podría llegar a crearse al ir homogeneizándolas.

El profesor Francho Nagore, del mismo departamento, se exaspera (2 de febrero): «¿Tan difícil es admitir que una lengua —cualquier lengua— tiene derecho, y aun necesidad, de desarrollar y afianzar una variedad común?»

Responde a ello su colega José Luis Mendívil (13 de febrero): «[…] la pregunta tiene trampa, pues parece que no hay más remedio que apoyar la tesis del autor (esto es, que hay que diseñar y fomentar una variedad aragonesa común), so pena de negar a los hablantes de variedades aragonesas lo que a otros se les otorga.

El meollo de la cuestión no es si los hablantes de variedades aragonesas tienen los mismos derechos que los demás (nadie lo duda), sino a qué se refiere la expresión «aragonés» en la nueva ley de lenguas. Tanto Arnal como yo mismo defendemos que se debe referir a las lenguas aragonesas actualmente habladas. Nagore les añade el llamado «aragonés común», la supuesta norma común que los hablantes de las variedades patrimoniales deberían compartir (y que él mismo ha contribuido a diseñar, mezclando retazos de diversas variedades aragonesas).

Los hablantes de variedades aragonesas ya vienen usando desde al menos el siglo XV una variedad común, que comparten con unos cuatrocientos millones de personas. Pretender que la fueran a abandonar por una norma común aragonesa es ilusorio. Al contrario, añadir la competencia de otra norma común tendría como efecto precipitar la desaparición de las variedades aragonesas supervivientes: frente a dos normas comunes (castellano y neoaragonés), el aragonés real moriría.»

* * *

Precisamente en Ansó tuve ocasión, a mediados de los años setenta, de hablar con un abuelo que todavía iba vestido de ansotano, con sus alpargatas de suela de cáñamo, medias negras, calzón, faja, camisa y chaleco, pañuelo a la cabeza y sombrero encima. Cuando le pregunté si por ahí se hablaba aragonés, se me enfadó y contestó así:

—¿Usted de dónde es?

—De Zaragoza.

—O sea, que los dos somos aragoneses. ¿Y en qué estamos hablando?

—Pues… en español.

—¡Pues eso es el aragonés!

En cambio, he podido leer en internet el informe de un viaje a Ansó organizado en 1984 por el Ligallo de Fablans de l’Aragonés, en el que charlaron con José Aznárez, uno de los dos últimos ancianos que todavía se vestían a diario de ansotano. Él les dijo entonces:

En charran muitos l’ansotano. Yo agora lo charro mejó que nunca porque antis bajabai t’a Ribera y tenebai que charrá d’otra manera y agora como no salgo de casa por viejo que soy, aquello ya se m’olvida y ya charro otra vegada como aquí.

En el primer caso, un ansotano de siempre hizo una apasionada defensa del castellano como vehículo de comunicación. En el segundo, otro ansotano de siempre hizo una apasionada defensa del ansotano (que no «aragonés»), al tiempo que reconoció que para comunicarse fuera de su pueblo tenía que «hablar de otra manera».

Sea como fuere, la pluralidad lingüística de mi tierra (las fablas aragonesas, el catalán de Aragón y el castellano) data de hace siglos, sin la intromisión ni el «reconocimiento de su existencia» por parte de los políticos de turno.

«Las bases de la Ley son la voluntariedad, la territorialidad y, expresamente, la no cooficialidad»

La Ley de Lenguas Propias reconoce, pues, la existencia del aragonés y el catalán, aunque precisa que solo el castellano es lengua oficial en Aragón, mientras que las otras dos son «lenguas propias originales e históricas» de Aragón.

A mí me parece estupendo hacer oficial únicamente la lengua común, esto es, la que, de hecho, hablamos todos. Como es común el sistema métrico decimal, aunque haya otras varas de medir. En cambio, en su artículo «Debate lingüístico» (9 de enero), la diputada autonómica Rosa Plantagenet señala con acierto que la ley recientemente aprobada considera lenguas propias e históricas de Aragón el aragonés y el catalán, mientras que el castellano solo es lengua oficial, «lo que parece invocar un posible origen extraño, ajeno o, si se quiere, casi colonial».

Así como en el tango Volver «veinte años no es nada», diríase que cinco o seis siglos de presencia ininterrumpida del castellano en Aragón tampoco dan para considerar que sea propio de esta tierra. De este modo, lo que actualmente parece una posición de salida favorable (como única lengua oficial) podría convertirse, de aquí a unos años, en lo inverso: «es que esto no es lengua propia, sino solo oficial». Es decir, una lengua en la que van redactados los documentos oficiales y poco más. Supongo que no ocurrirá, porque las lenguas, por suerte, viven de que la gente las hable y no porque lo dispongan las leyes.

Ahora bien, si la promoción de estas lenguas es voluntaria, si se circunscribe a los territorios en que tradicionalmente coexisten con el castellano y si en ningún momento van a ser cooficiales en Aragón, casi nada cambia con respecto a la situación previa a esta ley. Así pues, y sin querer ser hiriente, yo diría que la nueva ley es superflua.

«Se creará un Consejo Superior de las Lenguas de Aragón»

Este órgano colegiado asesorará a las instituciones públicas e impulsará la creación de una Academia de la Lengua Aragonesa y una Academia Aragonesa del Catalán, que serán las autoridades lingüísticas de ambas lenguas en Aragón. El ponente de la ley, Carlos Álvarez, defendió la creación de estas autoridades lingüísticas y subrayó que «científicamente» está comprobado que las hablas locales de la Franja forman parte del catalán, «la palabra maldita». (¡Qué le habrían dicho antes, para que él tuviera que dar tal explicación!)

Vamos pasando de lo superfluo a lo aberrante. Veamos:

En cuanto a la unificación y promoción de las hablas aragonesas, ya en 1976 se creó el Consello d’a Fabla Aragonesa5, asociación cultural reconocida legalmente en 1978. Sus fines son la defensa, promoción y extensión de la lengua aragonesa en todas sus variantes locales y comarcales. Es de hecho la asociación de referencia de la lengua aragonesa dentro de Aragón, y órgano de consulta obligado por parte de las instituciones en cuestiones de normalización del aragonés. Habría bastado con encomendarle ahora al Consello esta nueva función asesora. ¿No estarán las Cortes de Aragón descubriendo el Mediterráneo?

Además, los quince miembros del Consejo Superior de las Lenguas de Aragón serán nombrados a propuesta de las Cortes de Aragón, del Gobierno de Aragón y de la Universidad de Zaragoza. Está, pues, asegurada la politización de su composición.

Por lo que respecta al catalán, lo que dice el ponente es una perogrullada. No sé qué experimentos científicos hay que hacer para darse cuenta de semejante evidencia. En cambio, sé algo que Álvarez y sus contrincantes parecen ignorar: que las fronteras lingüísticas casi nunca coinciden con las fronteras políticas. Un viajero que comience a caminar en el Algarve, cruce Portugal y España en diagonal, atraviese Aragón y Cataluña, después Francia y Luxemburgo y termine, digamos, en Tréveris, nunca encontrará dos pueblos contiguos que no se comprendan. Sin embargo, habrá pasado del portugués al alemán. O, con más precisión, de Portugal a Alemania, pues las fronteras son nacionales, no lingüísticas.

Y la lengua catalana, afortunadamente, tiene autoridades lingüísticas que velan por ella desde Cataluña, sin esperar a la Academia Aragonesa del Catalán.

«Se reconoce a todos los ciudadanos el derecho a comunicarse con las Administraciones públicas en la lengua que elijan»

Es de suponer que con esto quiera hacerse referencia a las Administraciones locales, donde tal vez los funcionarios comprendan la lengua usual. Pero en el trato con otras administraciones aragonesas o españolas, me parece un retroceso recurrir a la famosa «lengua propia», por más que no sea muy distante del castellano.

Por lo que toca al aragonés, el propio Consello d’a Fabla Aragonesa acoge la llegada de la ley con cierta distancia, cuando no escepticismo:

O 17 d’abiento as Cortes aragonesas han aprebato a Lai de Luengas. A dentrata en bigor d’ista Lai se ferá efeutiba o 17 de chinero. Yéranos asperando ista lai dende fa añadas. Caldrá comprebar en qué queda y cómo se desembolica en a prautica. Por agora tampoco no ye ta brincar emplitos de goyo, ya que o testo diz bien claro que a unica luenga ofizial d’Aragón ye o castellano.

En cuanto al catalán de la Franja, uno de allí se comunicará fluidamente en su propia lengua con otros catalanohablantes, pero mucho más difícilmente con un funcionario de Zaragoza que le dirá a las primeras de cambio que le «hable en cristiano». ¿Acaso el propio ponente no se hace eco de esa actitud tan extendida por Aragón, al mencionar «el catalán, la palabra maldita»?

«Se impartirán clases de aragonés y catalán en los centros educativos con alumnos hablantes de ambas lenguas»

En realidad, ya la Ley 3/1999, de 10 de marzo, del Patrimonio Cultural Aragonés, establece en su artículo 4 que «El aragonés y el catalán, lenguas minoritarias de Aragón, en cuyo ámbito están comprendidas las diversas modalidades lingüísticas, son una riqueza cultural propia y serán especialmente protegidas por la Administración». Tal vez esta oferta actual de clases de lenguas minoritarias sea una manera de entender la «protección» a que hace referencia la Ley 3/1999. Pero entonces, ¿qué se ha hecho en los once años transcurridos? ¿O está también la ley actual destinada a convertirse en papel mojado?

El derecho a la enseñanza reglada del aragonés y el catalán se circunscribe a las zonas de uso habitual y siempre será voluntario. No se recoge la utilización del aragonés y el catalán como lenguas vehiculares en la enseñanza reglada.

Me parece bien que se impartan dichas clases, pero me resulta insuficiente que esto se haga solo en los casos concretos de poblaciones o de comarcas bilingües, y con tantas cortapisas. Me parecería mejor que la oferta existiese en todos los centros de secundaria de Aragón, como optativa. Y que también se abriesen las puertas de par en par a las demás lenguas cooficiales de España: catalán, euskera y gallego. No a la endogamia.

«Se promocionarán la historia y la cultura aragonesas en toda la Comunidad Autónoma»

Salvo la voluntad política de hacernos diferentes, no veo qué cabida tiene recoger la promoción de la historia de Aragón en una ley sobre lenguas. Llegaremos así a generalizar sesgos estúpidos como este que se encuentra en el apartado «Historia de Aragón» del artículo sobre Aragón en Wikipedia: «Durante casi 40 años, Aragón vivió bajo la dictadura militar del general Francisco Franco». Redactar así no es sino tergiversar la realidad. Partiendo de esas premisas, en geografía podremos un día enseñar que el río Ebro nace en Gallur (provincia de Zaragoza) y desemboca en Mequinenza (ídem). El resto no cuenta.

Yo preferiría que se promovieran la historia universal y la cultura en Aragón, más bien que «aragonesas».

¿Por qué, si no es por incultura, los alumnos de una clase de secundaria de casi cualquier instituto de Aragón tienen el reflejo de mofarse en cuanto el profesor de lengua menciona no sé qué de «literatura catalana»? ¿Por qué, si no es por incultura, sigue siendo «palabra maldita» la de «catalán»?

La denominación de «baturro» ha llegado a adoptar matices despectivos en aquellos contextos en que se utiliza como sinónimo de rusticidad o incultura. Yo quiero que en Aragón se promocione la cultura, no el baturrismo. No al ombliguismo.

«Los aragoneses tienen derecho a conocer ambas lenguas, a usarlas en su relación con las Administraciones públicas, a estudiarlas, y a utilizarlas en la vida económica y social»

Dudo mucho de la viabilidad de la utilización de estas lenguas ante las administraciones públicas aragonesas o españolas. En cuanto al «derecho a conocerlas», no me parece necesario tener que recogerlo en una ley. Mientras la actividad no sea expresamente ilegal, también tenemos «derecho» a conocer y estudiar cualquier otro idioma. En la vida social ya se utilizan estas lenguas, en sus respectivos ámbitos. Y la vida económica se rige desde siempre por otros cánones: quien vende un producto suele adaptarse al régimen lingüístico de sus posibles compradores. ¿De qué sirve, pues, tanta palabrería legislativa?

Durante el debate parlamentario, el diputado Miguel Navarro, contrario a la nueva ley, negó que el aragonés y el catalán sean lenguas propias, originales e históricas de Aragón, y proclamó que «la Ley establece de forma encubierta que como una mancha de aceite se extienda el uso del catalán en Aragón». Surge una vez más el fantasma del catalán, de «lo catalán». Y ya se sabe que las manchas de aceite son temibles, imparables.

En el artículo antes mencionado, Rosa Plantagenet también apunta la posibilidad de que el futuro nos depare en Aragón una situación como la ya existente en otras Comunidades Autónomas: favoritismo profesional so pretexto de adecuados conocimientos lingüísticos. La práctica imposibilidad de que un castellanohablante monolingüe acceda, en su propio país, a determinados puestos (administración, profesorado).

Yo espero que sea inviable implantar en Aragón aquello que resulte extremadamente artificial, y deseo que se mantenga cierto sentido común en favor de la lengua asimismo común. Ya veremos.

¿Y la protección del patrimonio lingüístico?

¿Proteger las lenguas? Si la gente las habla, las lenguas se mantienen. Dejó de hablarse el latín («¡y aquello sí que era una lengua!»), pero nos legó su nutrida descendencia de lenguas romances y su marcada presencia en el registro científico de otras. Es decir, el latín sigue viviendo, aunque de otra manera. Celebremos eso, en lugar de estar eternamente mirando hacia atrás.

Me cuesta sintonizar con los conversos. Por ejemplo con jóvenes descendientes de Orés, el pueblo de mi madre, situado en la comarca de las Cinco Villas, cuyas familias son de habla castellana desde hace incontables generaciones, y que argumentan que hay que recuperar la fabla por ser «lo nuestro». No, mira, «lo tuyo» no es. Sí me parece legítimo que te guste, te apasione y te lo quieras apropiar, pero no me vengas con el cuento de que eso es «lo nuestro»... porque lo tuyo, y lo mío, y lo del 96 % de los aragoneses es el castellano.

El padre de mi abuela Encarnación (1882-1961), Joaquín López Cativiela, era de Ansó, y recaló en las Cinco Villas. Cabe preguntarse en qué lengua se entendió con su mujer, Rosa Auría Flor, de Orés. Ellos nunca dispusieron de documentos bilingües. El padre de mi abuelo Antonio (1873-1955), Salvador Berges Luis, era de Uncastillo, y se casó en Asín con Miguela Burguete. Todos, pues, oriundos de la zona de influencia del «aragonés», y todos hablándose en la lengua esa del asqueroso centralismo opresor... en mi lengua.

«Nadie podrá ser discriminado por razón de la lengua»

Yo creo que José Aznárez, el ansotano entrevistado en 1984, no deja ni siquiera entrever que se sintiera «discriminado» en otros sitios. El hombre se limitaba a describir la situación: en su pueblo hablaba ansotano; fuera de él, no.

Y es bueno que así sea, añado yo. El idioma en que nos comunicamos desde hace siglos es el castellano.

Sin ir más lejos, el Consello d’a Fabla Aragonesa emitió el 13 de julio de 2009 su opinión sobre la proposición de ley (que había sido presentada en las Cortes el 2 de julio), y lo hizo lógicamente en castellano6, para que se entendiera. Como queríamos demostrar.

«Se reformará el Reglamento de las Cortes autónomas para regular el uso de ambas [lenguas propias] en la institución parlamentaria»

Si la lengua oficial única sigue siendo el castellano, déjense sus señorías de resolver problemas que no existían hasta que ustedes los inventaron y sigan legiferando en el idioma común.

Eso sí, me encantó ver el videoclip7 de la respuesta parlamentaria que el 12 de febrero dio, primero en catalán y luego en aragonés, la consejera de Cultura del Gobierno de Aragón, María Victoria Broto, a una pregunta que se le hizo sobre esta ley, ante la mirada entre atónita y desamparada de su interlocutor.

El recurso a la Historia

Conocer lo propio no necesariamente excluye lo universal, y es enriquecedor para quien se pone a ello de buena fe. Pero yo sospecho que en ocasiones falta esa buena fe, con lo que recurrir a la paleontología tal vez no significa inocentemente acercarse a «lo nuestro», sino que refleja una voluntad política de mirar solo la parte de la Historia que nos conviene para sustentar una opinión.

En su artículo «Una ley de lenguas catalanista», del 30 de diciembre de 2009, la diputada autonómica María Herrero expone que «nuestro monarca Pedro IV», en una carta real escrita en 1372, ordena lo siguiente:

Que ha de entregar al seu procurador el llibre «Suma de las Historias» traduit a l’aragonés, […] y per ultim que li envie el llibre que li va a deixar el Rey de Franca para ferlo aixi mateix traduit a l’aragonés.

Afirma que, con esa mención al «aragonés», se refería el rey a lo que hoy la Ley de Lenguas Propias llama «catalán». Y se pregunta por qué la nueva ley consagra «el catalán» en vez de reconocer «el aragonés oriental y sus modalidades lingüísticas».

«Nuestro monarca…» (!) Aunque ostentara el título principal de Rey de Aragón, aquel señor no fue mi monarca, ni el de la diputada Herrero, por la sencilla razón de que a ambos nos faltaban unos seiscientos años para nacer. Además, yo me niego a retrotraerme al siglo XIV y al feudalismo. No quiero hacer mías las intrigas y las urdimbres de aquellos déspotas ególatras, que no solían frenar ni ante el asesinato. No los quiero como ejemplo, ni veo en ellos reflejada mi condición de aragonés. De ninguna manera.

Volviendo a la cuestión lingüística, Pedro IV nació en zona de habla catalana; la cita de él está en catalán (supongo que ellos mismos ya lo llamaban así entonces); en su reinado se instituyó el impuesto de la generalidad (con el fin de recaudar dinero para sostener la guerra con Castilla), lo que a la vez marcó el nacimiento de la Generalitat de Catalunya; y murió en Barcelona. Así pues, políticamente fue Rey de Aragón, pero ese monarca «nuestro» fue tanto o más Pere IV el Cerimoniós o el del Punyalet que «Pedro IV». ¿Y qué más da?

Para reivindicar la denominación de «aragonés oriental» recurre María Herrero a argumentos sobre el tronco común occitano-lemosín de todas estas variantes lingüísticas, catalán incluido. Lo cual, aun siendo cierto, son las mismas cantilenas que emplean determinados sectores mallorquines y valencianos que también se escandalizan de que a sus lenguas respectivas se les dé el nombre genérico de «catalán».

Voy a dejar que les responda indirectamente el cantautor valenciano Raimon. Estaba yo viendo una entrevista que le hacían en la televisión valenciana hace unos años, cuando surgió la pregunta tópica: «Entonces, ¿tú en qué lengua cantas?», a lo que él hizo espontáneamente un gesto como de hastío, de «¡ya estamos otra vez con eso!»… Pero no llegó a alterarse y respondió: «yo canto en catalán de Xàtiva». La periodista no se dio por vencida, e insistió en que se definiera. Raimon repuso: «El caso es que cuando canto en Oslo me traducen, y cuando canto en Barcelona no me traducen». Esa es una actitud pragmática que comparto. Es la de «hablando se entiende la gente».

«La toponimia será la de uso histórico, en cualquiera de las tres lenguas, pero será única»

Loable intento, esto de que sea única. Pero, por tomar un solo ejemplo, los castellanohablantes de la Franja de Aragón la seguirán llamando así, o simplemente, «la Franja», mientras que para sus habitantes catalanohablantes difícilmente será otra cosa que «la Franja de Ponent», y para los aragonesistas convencidos será probablemente «a Francha de Lebán» (galimatías geográfico o cuestión de punto de vista, según se mire).

El 30 de diciembre apareció también un artículo del escritor de la Franja José Miguel Gràcia Zapater, titulado «Aragón ya tiene ley de lenguas». A él la nueva ley se le queda corta; hubiera preferido que se hubiesen declarado cooficiales las tres lenguas de Aragón y que las dos en litigio fueran de estudio obligatorio en sus respectivas zonas de utilización. No obstante, valora positivamente que obligue a las instituciones a garantizar los derechos de los hablantes de cada una de ellas.

Mucho tendrán que cambiar nuestras mentalidades para que tales derechos se hagan realidad. De momento, la cuestión me parece utópica, en su sentido más etimológico («lugar que no existe»): plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.

Recuerda José Miguel Gràcia que la nueva ley no impone a nadie el uso o el aprendizaje del aragonés ni del catalán. A mí me parece que si eso se respeta a rajatabla, será prácticamente imposible que un hablante de estos idiomas encuentre en Zaragoza funcionarios que le atiendan en su lengua. Por el contrario, si se empieza a hacer obligatorio dicho aprendizaje para ciertos puestos de la administración, con vistas a ofrecer un día a todos los ciudadanos un verdadero servicio lingüísticamente no discriminatorio, nos encaminaremos hacia la discriminación de profesionales.

Dos ejemplos de otra manera de hacer las cosas

1.    La «lengua personal adoptiva»

Con vistas a la celebración, en 2008, del Año Europeo del Diálogo Intercultural, la Comisión Europea creó un grupo de trabajo, denominado ‘Grupo de Intelectuales’ y liderado por Amin Maalouf, para reflexionar sobre la contribución del multilingüismo al diálogo intercultural. Este grupo, que mantuvo tres reuniones en 2007, presentó en enero de 2008 un informe, que lleva por título «Un reto provechoso. Cómo la multiplicidad de lenguas podría contribuir a la consolidación de Europa»8. En el informe se presentan propuestas sobre la manera en que las lenguas pueden fomentar el diálogo intercultural y la comprensión mutua, y se establece un vínculo claro entre la diversidad lingüística y la integración europea.

Lo más novedoso del informe es, a mi modo de ver, el concepto de lengua personal adoptiva:

Según este concepto, se animaría a todos y cada uno de los ciudadanos europeos a elegir libremente una lengua distintiva, diferente tanto de su lengua identitaria como de la lengua internacional de comunicación.

Tal como nosotros la concebimos, la lengua personal adoptiva no sería una segunda lengua extranjera, sino más bien una segunda lengua materna.

Con la introducción de una distinción clara a la hora de elegir entre una lengua de comunicación internacional y una lengua personal adoptiva, se incitaría a los europeos a que, por lo que se refiere al aprendizaje de lenguas, tomaran dos decisiones separadas: una determinada por las necesidades de una comunicación más amplia y la otra guiada por un conjunto de motivaciones personales vinculadas a la situación individual o familiar, a las relaciones afectivas, al interés profesional, a las preferencias culturales, a la curiosidad intelectual, etc.

Para mí, lo más atractivo de la propuesta del Grupo de Intelectuales es la invitación que se nos hace a que salgamos al encuentro del interlocutor, la llamada a que nos acerquemos al idioma del otro, a que vayamos más allá de nuestra lengua identitaria, de nuestra lengua propia. Fíjense bien en la formulación: «una lengua distintiva, diferente tanto de su lengua identitaria como de la lengua internacional de comunicación».

El espíritu que da vida a este planteamiento es exactamente el contrario al de la Ley de Lenguas Propias de Aragón. Esta última se centra obstinadamente en «lo nuestro». En cambio Amin Maalouf, que sabe mucho de identidades asesinas, nos invita a establecer un vínculo afectivo con «el otro».

Pese a ciertas generalizaciones y a muchos deseos piadosos que contiene, yo me sentí rápidamente en sintonía con esa propuesta. Hasta tal punto que decidí hacer del catalán mi lengua personal adoptiva y lo estudio desde entonces.

2.      Luxemburgo

Luxemburgo, el país en que vivo, maneja su pluralidad lingüística de modo ejemplar. Aquí se practican y están reconocidas como lenguas oficiales el luxemburgués, el francés y el alemán. Este trilingüismo lleva siglos enraizado aquí, de maneras diferentes en función de la lógica histórica. Su último fundamento jurídico lo constituye la ley de 4 de febrero de 1984 sobre el régimen lingüístico, cuyos tres primeros artículos se resumen así:

Artículo 1. Lengua nacional
La lengua nacional de los luxemburgueses es el luxemburgués.

Artículo 2. Lengua legislativa
Los actos legislativos y sus reglamentos de ejecución se redactan en francés. Cuando van acompañados de una traducción, el texto francés es el único auténtico.

Artículo 3. Lenguas administrativas y judiciales
En materia administrativa, contenciosa o no, y en materia judicial, pueden emplearse las lenguas francesa, alemana o luxemburguesa, sin perjuicio de las disposiciones particulares relativas a determinadas cuestiones.

Hasta los años ochenta, solo el alemán y el francés eran lenguas oficiales, entre otras cosas porque el luxemburgués no estaba suficientemente desarrollado como lengua escrita. En 1984 se incorporó el luxemburgués (que es «lengua nacional», o sea, «lengua propia») al carro de las lenguas oficiales. Hasta julio de 1999 no quedaron fijadas las reglas ortográficas de la lengua nacional. Que el francés siga siendo el idioma de la legislación (artículo 2) se debe a la aplicación del Código Civil napoleónico.

Las tres lenguas coexisten perfectamente porque todos los luxemburgueses las han estudiado con bastante intensidad. Casi todas las familias luxemburguesas hablan luxemburgués en casa, es decir, lo transmiten a sus hijos. El paso del luxemburgués al alemán no es mayor problema, porque ambas lenguas son muy cercanas (situación comparable a la de las hablas aragonesas y el castellano). De hecho, los niñitos autóctonos, que desde la cuna y el preescolar hablan luxemburgués, cuando llegan a la escuela primaria son alfabetizados directamente en alemán. Aprenden a leer en lo que, desde el punto de vista puramente lingüístico, es la lengua estándar; no en su lengua propia.

Después, a partir de 2.º de primaria, les meten el francés en intravenoso, hasta que terminan el bachillerato. Momento en el que también les habrán dado ya un buen barniz de inglés. Las asignaturas de secundaria se imparten unas en francés y otras en alemán, mientras que la vida cotidiana, tanto escolar como extraacadémica, transcurre en luxemburgués. Más adelante, esto hace posible que los estudiantes accedan a universidades de cualquier país de habla francesa, alemana o inglesa. También conlleva que los extranjeros residentes aquí, los trabajadores transfronterizos y los visitantes siempre encuentran una lengua de comunicación con los indígenas. Es admirable la convicción con que los luxemburgueses, por cultura y por lengua tan germánicos, proclaman: «¡somos francófonos!»

Las películas de cine suelen proyectarse en versión original subtitulada. Las originales en alemán o en francés no se subtitulan. Por lo general, con vistas a una difusión en todo el Benelux, los subtítulos aparecen en francés y en neerlandés.

Al llegar por carretera a cualquier localidad, el visitante se encuentra el cartel con el topónimo en dos idiomas, el «administrativo» (que tiende a ser alemán en las zonas limítrofes con Alemania y francés en las cercanías de Francia o Bélgica) y el luxemburgués. Jamás he visto un solo nombre grafiteado.

Nadie habla de arrinconar el francés o el alemán en beneficio del luxemburgués. Y ello a pesar de que muchas familias perdieron un miembro cercano durante la ocupación y posterior anexión de Luxemburgo por los nazis. La importancia del francés y el alemán no es solo política, sino que también representa la identidad nacional, forjada en la coexistencia de los mundos romano y germánico. Al mantener ambas lenguas, Luxemburgo simboliza la convergencia de ambas culturas, a las que hoy se suman muchas otras de todo el mundo. (En la ciudad de Luxemburgo ya tenemos representadas más de ciento cincuenta lenguas.)

La situación lingüística aquí es distendida. Incomparablemente mejor que en otros países o territorios presuntamente plurilingües, en los cuales las diversas comunidades lingüísticas están a matar, se ignoran, o se mofan unas de otras.

Recapitulando

Por supuesto, en Aragón no tenemos la exclusividad de la incultura, del ombliguismo o la endogamia, de la tergiversación ni de la malevolencia. Me he centrado en Aragón porque a ello me dio pie la noticia de esta nueva ley de lenguas.

Recientemente, leyendo unas cosas en el sitio web de la asociación de escritores en lengua catalana9, me encontré estos párrafos relativos a la federación de asociaciones de escritores GALEUSCA (acrónimo de galego-euskera-català), que reúne a la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana, la Asociación de Escritores en Lingua Galega y la Euskal Idazleen Elkartea:

La Federació vol ser un pas endavant, una nova etapa en les relacions i complicitats entre les tres associacions que representen els escriptors de les llengües minoritzades de l’Estat espanyol. [...]
L’altre repte de la Federació és l’actuació comuna davant l’Estat —Ministeris de Cultura i Exteriors, Institut Cervantes— en la reclamació dels drets que ens pertoquen com a llengües i literatures integrades —de grat o per força— en la realitat estatal, i […] creiem que és essencial treballar en paral·lel amb les literatures amb què tenim tants problemes en comú pel marc estatal que ens condiciona.

Lenguas «minorizadas». Hermosa y falaz variante de la expresión «lenguas minoritarias».

Ya ni las matemáticas sirven. España tiene cerca de 47 millones de habitantes. Como lengua materna o cotidiana, en España hablan catalán cada día unos 6 millones de personas; gallego, unos 3 millones; y euskera, algo menos de 1 millón. Eso deja a unos 37 millones de hablantes de castellano. Pongamos 36, descontando todas las lenguas extranjeras u otras.

Pues resulta que ni 6, ni 3 ni 1 son «minoritarios» frente a 36, sino que son «minorizados».

Lo que yo leo en este neologismo de «lenguas minorizadas» es que se nos quiere convencer de que alguien las está oprimiendo. Y eso no es así. Ciertamente no es en Madrid donde nos obligan a que 6 > 1, 12 > 1 y 36 > 1.

Me duele la cuña que introducen los escriptors al reclamar los derechos que les corresponden «como lenguas y literaturas integradas de grado o por fuerza en la realidad estatal». Me duele ese «por fuerza», pues querría que se sintieran a gusto formando parte de España, y veo que no es el caso.

A la inversa, me gustaría que los españoles aceptáramos de buen grado la construcción de una España plural, plurilingüe y plurinacional. Que contribuyéramos sin cerrilismo a que quienes se sienten genuinamente otra cosa que españoles pudieran vivir su sentir sin que los excomulgáramos. Que hiciéramos evolucionar el concepto de España.

En un terreno más concreto, me gustaría que los aragoneses nos alegrásemos de que en Aragón también se hable catalán, en vez de ir escocidos porque esa lengua no lleve aquí la denominación de «aragonesa». O que con un simple «clic» en el televisor pudiéramos sintonizar una cadena vasca desde Alcañiz.

A los nacionalistas no les voy a pedir que reivindiquen lo español, que vayan contra su sentir. Pero sí les recuerdo que la sola mención de España, que ellos eluden, la convierten en ignominioso sinónimo de fascismo. Eso es ridículo. A mí, que me encuentro perfectamente con mi etiqueta de «español», me molesta, en cambio, que me degraden a simple «realidad estatal».

Y en cuanto a que tengan tantos problemas «por el marco estatal que los condiciona», les recuerdo que toda nuestra realidad circundante nos condiciona. Basta de victimismo.

Conclusión

La lectura de la nota de prensa, primero, y de la propia ley, después, me hace pensar que, una vez más, nuestros políticos ponen el énfasis en lo que separa, y no en lo que aúna; que corremos de nuevo hacia los reinos de taifa. ¿Es lo mío nostalgia del califato de Córdoba, o simple imperialismo debido a que mi lengua materna es el castellano?

El castellano es la lengua española oficial del Estado.

Los aragoneses tenemos como lengua propia (en el sentido de «materna»):

  • el castellano, el 96 % de la población
  • un habla aragonesa, el 0,75 %
  • una variante del catalán de la Franja, el 2,25 %.

Para mí es un contrasentido pretender imponer en Aragón, por ley, un vehículo de comunicación distinto del castellano, que es nuestra norma común.

¿En qué ha de consistir, pues, la protección de las lenguas autóctonas minoritarias?

La protección del catalán de Aragón requiere urgentemente un cambio de mentalidades: yo encuentro insultante que un castellanohablante se indigne si alguien se dirige a él en catalán.

La protección del aragonés debe ir por la vía que indica el profesor Mendívil Giró: preservar y fomentar sus modalidades vivas allá donde existen, y no introducir el neoaragonés como nueva norma común.

A más largo plazo (músicas celestiales), hay que profundizar en lo que propugna Amin Maalouf. Ir dando pasos hacia «el otro»: fomentar el estudio del catalán y de una fabla aragonesa entre quienes no las tienen como lengua propia. Abrir las puertas, a nivel estatal, a una interpenetración de las lenguas de España. Y ampliar la base de lo que consideramos «nuestro».

Miguel Turrión10
Comisión Europea
miguel.turrion@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
1 http://www.cortesaragon.es/Boletin_Oficial.300.0.html. BOCA n.º 187. Aprobación por el Pleno de las Cortes de la Proposición de Ley de uso, protección y promoción de las lenguas propias de Aragón.
2

http://www.boa.aragon.es/. BOA n.º 252. Ley 10/2009, de 22 de diciembre, de uso, protección y promoción de las lenguas propias de Aragón.

3 Jaqués, panticuto, bergotés, belsetán, chistabín, fobano, alto ribagorzano, bajo ribagorzano, patués, grausino, ayerbense, etc.
4 http://www.heraldo.es. Todas las citas al respecto provienen de este diario. Solo indico la fecha.
5 http://www.consello.org.
6 http://www.consello.org/pdf/opinion_leylenguas.pdf.
7 http://www.avui.cat/cat/avui-tv.php?video=246.
8 http://ec.europa.eu/education/policies/lang/doc/maalouf/report_es.pdf.
9

http://www.escriptors.com/.

10 Agradezco a mi hermano Javier, lúcido observador de la situación sobre el terreno, sus pertinentes aportaciones.

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