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COLABORACIONES


La lección que me han enseñado los mazapanes

Si tuviera que resumir estos últimos tres años que he pasado traduciendo varios textos al rumano, lo haría con una sonrisa pícara cuando se trata de los textos en español. Resultó ser una experiencia exquisita y muy, muy diferente de lo que me esperaba. En tres palabras: una grata sorpresa. Esperaba tener que usar mis pinceles de Dâmbovitza para dar sabor de petit Paris a algunas frases políticas bien sentidas en castellano e incluso soñaba con la chance de forjar el rumano «institucional», aprovechando los moldes acogedores del idioma cuasi hermano. Y ¡menuda sorpresa! cuando me encontré con textos que más que mis dones lingüísticos parecían requerir un amplio currículum vítae de cocinera y un sinfín de conocimientos de técnica de cocina —mazapanes, turrones, postres, pimientos, arroces, lentejas—; una miniversión de Europa contada por texturas y sabores protegidos. Y esto sin mencionar que una aparentemente inocente «publicación de solicitud de modificación con arreglo al artículo 8, apartado 2, del Reglamento (CE) nº 509/2006 del Consejo, sobre las especialidades tradicionales garantizadas de los productos agrícolas y alimenticios» podría resultar altamente peligrosa dietéticamente. Comprendí entonces la importancia de haber tenido una abuela que además de contarme cuentos de hadas me enseñó los efectos que tiene en una receta cambiar las claras de huevo por huevos enteros y por qué. La importancia de haber estudiado física en la universidad para tener incluso una explicación científica del fenómeno relacionado con el comportamiento de los gases perfectos y la ley de Boyle-Mariotte. Y cómo devolver todo aquello gratamente en mi idioma para que las abuelas rumanas puedan comprenderlo. La importancia de tener sus propios recuerdos sobre lo que quiere decir «rebozar con azúcar bolas de pastel», una noche de invierno preparando la cena de Navidad. Luego, todo aquello requiere dones para reconocer dentro del horno lo que quiere decir «el color dorado tostado», me pregunto si habrá manera de pillarlo en castellano sin haberlo probado antes en rumano… ¿Sería lo mismo traducir «montículos rústicos y puntiagudos de 25 g de peso aproximadamente» sin dominar sin fallo la manera de hacerlos que requiere la preparación artesanal de los panellets de coco? No sé, no sé… Me he convencido de que es preciso haberlo probado todo, haberlo saboreado, tocado.

Háganme caso: si desconocen la técnica sutil de triturar la corteza de naranja confitada, olvídense de traducir la receta de panellets con naranja; si nunca se han estremecido delante de la belleza de un pimiento, del «escaso espesor de la pared y la fina textura, suavidad y jugosidad al paladar de su carne», vayan primero a comprobarlo, recomiéndenselo a los jóvenes traductores, hagan un training específico en la Comisión. Desde que traduzco documentos sobre indicaciones geográficas protegidas vuelvo de mis viajes a España con la maleta llena de mazapanes y turrones, de pimientos y arroces varios. Me resulta mucho más fácil explicar a mi familia qué es lo que hago todo el día en un despacho en Luxemburgo y qué es Europa. Se quedan con buen sabor de boca y resulta que por fin he logrado traducir la parte más importante.

También me pregunto a veces: ¿qué sería de mis traducciones de no saber distinguir entre los mazapanes, de no emocionarme delante de algunas legumbres reales?

¿Comprenden Uds. qué es lo que les intento decir? Una cosa tan sencilla y natural que incluso pasa inobservada: el oficio de traductor se ejerce con todo tu ser y con toda tu historia personal.

Daniela Simionescu
Comisión Europea
daniela.simionescu@ec.europa.eu

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