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COLABORACIONES


Reflexiones sobre el oficio de traductor

Así pues, soy de dictamen que un buen
traductor es acreedor a los mayores aplausos,
a los mayores premios y a las mayores estimaciones.

José Francisco de Isla
Historia del famoso predicador
Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes

El oficio de traductor tiene algo de mágico. Las palabras poseen un enorme poder porque consiguen que las cosas existan cuando son nombradas. Sin el poder que otorga la nominación, las cosas podrán existir en nuestros pensamientos, en nuestro interior, pero no cobrarán realidad hasta que no tengan un nombre.

Al traductor se le exige destreza en el manejo de la lengua materna, capacidad y conocimientos para captar los matices y significados más ocultos de la lengua que traduce y maestría para transmitir esos significados ya convertidos en algo propio y cercano al lector.

Cada lengua tiene su propia idiosincrasia y sus propios recursos para designar la realidad circundante. El traductor debe conocerlos para dominarlos y conseguir que sus elementos se conviertan en componentes sustantivos de la otra lengua, la de destino, en la que ha de verter lo que consiguió desentrañar. En esto reside el poder del traductor, el poder de su magia, un poder que, como cualquier otro, ha de ser empleado con la exactitud, la cautela y la profesionalidad necesarias para sortear las sutiles trampas que a veces tiende el lenguaje; solo así se podrá evitar el descalabro de una traducción aquejada de males que podían haber sido remediados.

La responsabilidad del traductor reside, precisamente, en el poder que ejerce sobre las palabras. Su trabajo no consiste tanto en transformar la realidad como en hacerla sustantiva y moldearla de manera tal que, al verterla en una lengua distinta, continúe siendo la misma y significando lo mismo y, a la vez, suene de modo diferente.

Las lenguas se nutren de las palabras y son estas las que les otorgan su razón de ser, pero en cada una de ellas subyacen significados que unas veces devienen precisos y otras, oscuros y confusos. El buen traductor hará que las palabras y sus significados afloren del bosque de las letras con personalidad propia y definida, desde la lengua de origen a la lengua de llegada, sin fiar a la improvisación el devenir de su trabajo y sin cejar en el empeño hasta encontrar los resultados más precisos y ajustados al fin que persigue.

Cuando se está menos comprometido con el oficio no es extraño pasar sin mayor detenimiento sobre significaciones entreveradas que pueden inducir a error, bien por descuido o por una formación desarreglada y poco ajustada a la que ha de ser propia del traductor. Quien se desempeña bien no se dejará seducir por facilones comodines, fatuos archisílabos, falsos amigos o redundantes pleonasmos con su demasía viciosa de palabras.

Un buen traductor sabe que no se hacen proyectos de futuro, sino simplemente proyectos; que todos los nexos son de unión; que los crespones son siempre negros; que los caminos no se bifurcan en dos direcciones sino que se bifurcan; que no se puede barajar una posibilidad; que los brazaletes negros no se lucen, sino que se llevan; que las capillas ardientes no se celebran ni tienen lugar, sino que se instalan, se disponen; que no se dice de motu propio, sino motu proprio; que no es urbi et orbe ni veni, vidi, vinci, sino urbi et orbi y veni, vidi, vici; que todos los accesos son de entrada; que las leyes, las órdenes y las normas se infringen, no se inflingen; que todos los accidentes son fortuitos; que se exhuman los cuerpos, los restos, no las fosas; que el erario siempre es público; que además de realizar, las cosas se pueden hacer, efectuar, ejecutar, llevar a cabo, elaborar, construir o practicar; que no todo se inicia sino que se puede comenzar, principiar, empezar o inaugurar; que aunque los asuntos finalizan, también terminan, concluyen, acaban, se rematan, se clausuran o se cierran; que un edificio o un monumento, además de emblemático, puede ser destacado, relevante, significativo, importante o señalado; que un evento puede ser un acto, celebración, acontecimiento, presentación o competición; que especulación puede ser sustituido por cábala, cálculo, presunción, rumor, indicio, sospecha, suposición o comentario; que es mejor decir exceso o ampliación que sobredimensionamiento; que es más elegante hablar de muchos, varios o diversos que de una amplia variedad de; que se entiende mejor reflexionar que abrir un período de reflexión, y que los escritos terminan con el punto final y no con el punto y final.

La traducción institucional tiene algunas peculiaridades. El traductor no solo ha de enfrentarse a los muchos problemas propios del oficio sino que, además, ha de ajustarse a unas exigencias de procedimiento que no permiten, por ejemplo, dejar resquicios para matices interpretativos, algo que en otro tipo de traducción no solo es admisible sino que, en ocasiones, resulta incluso conveniente para lograr una mayor fidelidad al texto traducido.

Las veintitrés lenguas oficiales y de trabajo de las instituciones de la Unión Europea tienen el mismo valor, aun cuando, por razones operativas, se recurra a las llamadas «lenguas procedimentales», esto es, el inglés, el francés y el alemán. El texto de una ley vertido del inglés al letón, por ejemplo, debe decir exactamente lo mismo que si se vierte al finés o se hace desde el lituano al español. En esto reside la importancia y la singularidad de esa gran Babel que es la Unión, en la que el puente entre las diversas culturas que la integran es, precisamente, la traducción, que garantiza la unidad en la diversidad del actual mapa comunitario.

Las leyes que emanan del Parlamento Europeo deben significar lo mismo en cualquiera de esas veintitrés lenguas. Esa labor de precisión es la que compete al traductor institucional, obligado a extraer de la lengua de partida los significados que le son propios y a moldearlos y verterlos en la lengua de llegada de modo tal que los textos resultantes digan exactamente lo mismo pero con distintas palabras. Cambiarán estas, serán otros los sonidos, pero no se mudarán los significados: una tarea de transmutación que es casi un proceso alquímico en el que los hornillos de atanor y los alambiques han sido sustituidos por las herramientas propias de la traducción, herramientas que el traductor institucional debe manejar con la pericia y el conocimiento de un nominador, de un experimentado mago ejercitado en el arte de domeñar las palabras y sus significados.

Francisco Muñoz Guerrero
Secretario General de la Fundación del Español Urgente
fmunoz@fundeu.es

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