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COLABORACIONES


El español, entre la inconsciencia, la consciencia y el azar: un análisis (semi)serio desde una perspectiva italiana

Es posible que tomara la decisión de aprender español por pura inconsciencia juvenil. Al empezar mis estudios universitarios con el objetivo de ser intérprete de conferencias, sin duda alguna subestimé lo que suponía alcanzar un nivel adecuado con dos idiomas como el alemán y el francés.

 Probablemente sobre mi decisión de empezar también con el español influyó el prejuicio positivo con el que el hombre de la calle de mi ciudad, en el nordeste de Italia, valora el idioma de Cervantes: «¡Basta con añadir una s al plural de las palabras de nuestro dialecto, y ya lo tienes en español!». Esta creencia impulsa a muchos conciudadanos míos a lanzarse en largas discusiones sobre lo que piensa que es el español, o a elegir las Baleares o las Canarias como lugar predilecto de veraneo. Más en serio, cabría decir que tal actitud no es más que una manera, basada en el sentido común, de explicar lo que hoy científicamente se define como el fenómeno de la «intercomprensión» entre idiomas con una raíz común, como el español, el italiano y sus dialectos, por ejemplo.

 Lo cierto es que tal fenómeno me fue de gran ayuda para aprobar mis primeras asignaturas sin mucha dificultad, pero no tanto como para obtener el diploma de español, lo que habría requerido un esfuerzo más serio por mi parte. De este modo se acabó la primera fase de mi relación con el español, la que se podría calificar de «inconsciente», por subestimar lo que significa dominar realmente un idioma, y caracterizada por un aprendizaje natural, espontáneo y sin esfuerzo.

 Mi retorno al español se debió fundamentalmente al azar. Recuerdo todavía mi primer trabajo como intérprete de consecutiva: a la hora de abrir la sesión, el presidente de la organización que me había contratado dijo de repente: «¿Puedo hablar castellano?» Yo estaba tan preocupada por el desarrollo de la sesión que no me atreví a decirle que no, que solo estaban previstos alemán y francés. Y de esta forma podría decirse que el español tuvo un papel protagonista en el estreno de mi vida profesional.

 Esto sirvió para convencerme de que en realidad el español podría resultar muy provechoso para mi carrera, y decidí que no podía seguir dejándolo en manos de la inconsciencia y el azar. Así comenzó una etapa más consciente de aprendizaje, en la que utilizaba el material que iba acumulando en las distintas oportunidades de trabajo para resistir a los falsos amigos, las estructuras similares pero de valor diferente y las demás trampas derivadas del parecido entre ambos idiomas.

 Como sucede a cualquier lingüista, la preparación de cada reunión me permitía enriquecer mi vocabulario tanto activo como pasivo, que, sin embargo, a la postre se ha quedado más bien limitado a los sectores en los que más he trabajado: asuntos europeos, sindicales y, hoy en día, administrativos del sector de las licitaciones, donde, incluso si el español no se utiliza oficialmente, la conversación entre colegas me permite cultivarlo un poco más, eso sí, otra vez al azar.

Precisamente en lo que respecta a las licitaciones me ha llamado la atención un comentario de Joaquín Calvo Basarán en puntoycoma bajo el título «A contratante muerto, contratista puesto y otras cosas de contratos»1 en el que el autor hace referencia a las múltiples traducciones de pouvoir adjudicateur en español, de las que «órgano de contratación» parece ser la mas correcta2. Para comprender cuál es el resultado de un aprendizaje poco sistemático y demasiando centrado en las necesidades contingentes, debo admitir que, si bien entiendo perfectamente el sentido del artículo y el análisis lexicológico del autor, algunas frases tales como «Asaz farrucos como somos por estos pagos traductoriles, tiré de DRAE y hallé cobijo en la Docta Casa» me exigen media hora de consultas, precisamente en el DRAE, así como otra media de preguntas y aclaraciones con mis compañeros españoles... Tengo que decir que, simultáneamente al entusiasmo que despierta en mí el poder conversar en español con mis colegas, o tratar con relativa facilidad los textos legislativos o administrativos, me invade un cierto complejo de incapacidad y un sentimiento de culpabilidad por no haberle dedicado más tiempo a un idioma tan rico.

Trabajando de intérprete descubrí también la variada retórica de los distintos hablantes de diferentes niveles culturales u orígenes geográficos de España, muy dispares entre sí y con respecto a los textos que se utilizaban en la universidad. Aprendí entonces a elaborar estrategias para no dejarme contagiar por la manera de expresarse (el español hablado puede ser muy redundante y conviene simplificar).

En los tres años que trabajé como traductora en el Comité Económico y Social Europeo, traduciendo por escrito documentos, dictámenes y enmiendas de ponentes sobre los temas más variopintos, volví a darme cuenta de lo fácil que es dejarse llevar por el original y dar como resultado un híbrido, lo que significa fracasar en una misión, a mi modo de ver, fundamental del traductor, la de cuidar y respetar el idioma de llegada. Es por ello por lo que, traduciendo entre idiomas del mismo grupo, es necesaria una labor continuada de observación, de reconocimiento de las tentaciones, y de resistencia a las mismas.

Llegados a este punto, cabe preguntarse introspectivamente cuáles son los resultados después de tantos años intentando apropiarme del alma verdadera de este idioma, tan similar a otros que utilizo. No cabe duda de que los conocimientos pasivos me permiten trabajar, pero no así aprovechar la buena literatura. En cuanto a mis conocimientos activos debo admitir que, a pesar de mi buena voluntad, continúo peleándome con el «ser» y el «estar» en sus diversas utilizaciones y con el «llevar» y el «traer», y no sé cuantas veces me han tenido que repetir que link es «enlace» y no «lienzo», en fin... Claro, si pudiera concentrarme solo en el español y trabajar desde él y hacia él (tal vez en colaboración con algún compañero que lo tiene como idioma materno) podría mejorar mucho, pero... tan encomiable propósito parece anunciarse más bien como una cosa para la próxima vida.

 Si hay algo bueno en esto de trabajar con los idiomas es que, dicho sea en plan más personal, uno puede utilizar su herramienta de trabajo también en otras situaciones de la vida cotidiana. Hubo una temporada en la que el azar seguía enviándome a trabajar como intérprete en España, lo que me permitió conocer el país y profundizar el contacto con su gente. Desde este punto de vista, el hecho de que el español sea un idioma internacional añade, por supuesto, un gran aliciente, y estoy pensando en las agradables charlas que este idioma me permitió desarrollar en Cuba, o en el alivio que sentí al entrar en un supermercado americano gestionado por hispanos, tras diez días peleándome con el inglés de Estados Unidos: ¡por fin, algo que se entiende así, de entrada, espontáneamente y sin esfuerzo!

Concluyendo, del mismo modo que se haría con un matrimonio que empieza, al italiano que se proponga hacer un uso profesional del español se le recomienda aprovechar el impulso de la inconsciencia inicial pero, eso sí, añadiéndole una cantidad suficiente de consciencia para poder continuar, y confiar en los empujoncitos siempre imprescindibles del azar.

Lorella Cattaruzza
Comisión Europea
lorella.cattaruzza@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
1 http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/50/pyc5011.htm.
2

Para los italianistas: en la legislación italiana se utiliza el críptico término stazione appaltante, un sintagma curioso que siempre me hace pensar en el señor que el domingo va a la estación a comprar cigarrillos en el único estanco abierto (ya que appalto significa, en su utilización regional, también el estanco donde se compra tabaco…).

 

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