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COLABORACIONES


Digitalizando el péndulo de Foucault

Elegí este título con la intención de guiñarles el ojo a aquellos lectores de El País que se hayan fijado en la breve noticia aparecida en su número del 1 de diciembre de 2009 sobre el proyecto de «nube digital» en Londres que, con motivo de los Juegos Olímpicos de 2012, ha lanzado un equipo internacional en el que figuran Umberto Eco, Google y el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Hace cosa de diez años leí unas reflexiones de Eco sobre las características no siempre positivas de la era internet. De forma que me sorprendió descubrirlo patrocinando proyectos codo con codo con Google. Pero lo cortés no quita lo valiente. El presunto oscurantismo digital de Eco tan solo apuntaba a que, a veces, en el ciberespacio, los rumores suplantan de forma incontrolada la objetividad informativa. Sus palabras, en aparente discordia con el optimismo reinante acerca de las bondades de la cibersociedad, no quitan mérito alguno a las oportunidades que la tecnología ofrece a la democratización política, al flujo transversal de la información y a la transfiguración positiva de la sociedad.

Y si no, que se lo pregunten a los millones de alumnos y estudiantes que echan mano a diario de Wikipedia para preparar sus proyectos académicos y que luego corresponden enriqueciendo la enciclopedia con sus propios trabajos. O que se lo pregunten al sinfín de usuarios, incluidos los intérpretes de conferencias, que acuden con no menos frecuencia a los motores de búsqueda, donde desde hace unos meses se puede encontrar además una herramienta de «traducción simultánea» en más de cincuenta idiomas. El secreto como siempre está en la medida, en la capacidad de discernir y en el ojo clínico sobre la veracidad de la información.

El futurista Alvin Toffler, conocido por sus ideas sobre la revolución digital y tecnológica, dijo en una ocasión que los analfabetos del siglo XXI no serían aquellos que no supiesen leer y escribir, sino los que fuesen analfabetos científicos, informáticos y tecnológicos. Y ningún intérprete que se precie querría eso para sí. Aunque fuera para utilizar las herramientas del presente y el futuro con el objeto de abordar mejor el pasado, por muy paradójico que suene este «viaje a la semilla». Me explico.

Nuestra globalización posmoderna a menudo se compara con la Edad Media. Ya no se nos hace raro que en alguna reunión del Grupo de Reflexión sobre el futuro de Europa tengamos que acuñar en nuestros respectivos idiomas términos como «medievalización» de la justicia, de la universidad, de la ciudad, o incluso del modelo federal europeo, o bien buscar el equivalente de «glocalización», palabro que designa la dialéctica de globalizar la economía y los patrones culturales realzando al mismo tiempo los localismos, la diversidad y el afianzamiento de identidades.

Y esta correlación es justamente la que responde al planteamiento de Umberto Eco de que «La Edad Media ha comenzado ya; no sé si se trata de una profecía o de una comprobación». Podemos rastrearla en más de un ámbito: en la dimensión internacional que cohesiona e integra los estados-nación tan emblemáticos de la época moderna; en la regionalización de los países; en lo vulnerable de la tecnología que alimenta las metrópolis posmodernas; en la fragilidad de la propia ciudad henchida, tecnificada y siempre pronta a colapsarse, llevándose por delante el google nuestro de cada día.

Así, sumergiéndonos en la Edad Media —no la histórica sino la otra, la eterna, que vive en todas las épocas y embrolla el mundo en las telarañas de la magia y el misterio—, de repente nos vemos solos y tiritando ante una especie de vacío intemporal, marcado por el crac de las grandes ideas. En este mundo, ya de por sí opaco e ininteligible, se va exacerbando cada vez más la esperanza de encontrar soluciones rápidas, fáciles y mágicas. Resulta pues, que el hombre moderno está interiormente dispuesto a creer en milagros y prodigios.

Desde que unas tablillas de arcilla recogieran hace cuatro mil años las aventuras del héroe sumerio Gilgamesh, todas las historias que hacen las delicias de la Humanidad giran en torno a unos cuantos mitos recurrentes: el Apocalipsis; el mundo del más allá y el diluvio universal; la predeterminación y el fatalismo; los desamparados y el héroe salvador, libertador o redentor; y no en último lugar el popular motivo del final de la historia que encontramos, cómo no, en la apasionante simbiosis erudito-novelesca de Umberto Eco, El péndulo de Foucault.

Veamos ahora cuáles son los mitos ausentes... A diferencia del siglo XX, que tenía bien consagrados a sus iconos culturales, el primer decenio del siglo XXI parece carecer de ellos. Las redes sociales van abriendo nuevos cauces para recabar información o reaccionar a los acontecimientos y puede que no tarden en suplantar a los medios como factor que moldea la opinión pública. El mundo del famoseo, los concursos de la tele, la gran pantalla, el deporte y hasta la política no hacen más que fabricar estrellas de usar y tirar. La teoría del polisistema de Even-Zohar, de los no tan lejanos Translation Studies de los años 80, se ve de repente cuestionada por el nuevo reparto de papeles entre el canon del centro cultural y la periferia.

La iconografía cultural moderna es más visual que conceptual y está influida por la mercadotecnia y sus cortinas de humo, bulos, globos sondas y desinformación por aplastamiento informativo. El espectáculo se ha fusionado de forma duradera con el quehacer de periodistas y publicistas. Como suele ocurrir en períodos de crisis económica —y financiera para más inri—, el gusto por la telerrealidad y los índices de audiencia son los mandamases.

En consecuencia tenemos pues, un continente que es más importante que el contenido, que es el mensaje mismo. Y de ahí que su traducción sobre papel o en cabina plantee nuevos retos, nuevas decepciones y nuevas satisfacciones.

El capítulo de la «estanflación» y la «electrolinera», que ya hemos leído en las páginas de puntoycoma, seguirá escribiéndose con «infotenimiento», «infoversión», «divermación» (por infotainment = information + entertainment); con freeconomics (la economía de los productos gratis, la economía de la gratuidad, la economía de costo cero y precio cero), concepto puesto a la orden del día por un artículo de Chris Anderson de principios de 2008; o con Freakonomics, el libro políticamente incorrecto de Steven Levitt y Stephen J. Dubner que explora el lado oculto de lo que nos afecta, y que fue traducido al castellano en 2006.

Todos estos hallazgos, bien reflejados en las memorias de traducción y los glosarios terminológicos, o atrapados en el maremagno cibernético a través de Google, tienen un valor añadido que de pronto adquiere una nueva dimensión gracias a la vehicularidad del español en las instituciones de la UE-27. Los miles de reuniones que tienen lugar en Bruselas se celebran con la ayuda de traductores e intérpretes, en cuya combinación lingüística el español está cada vez más presente, sobre todo después de las dos olas de la quinta ampliación (2004 y 2007).

La interpretación simultánea ha recorrido un largo camino desde el proceso de Núremberg y el entorno de su prestación también. Y, cuando digo entorno, no me refiero solo a los avances técnicos, sino también a la democratización y la transparencia en el funcionamiento de las instituciones europeas, por ser este el caso que nos ocupa.

Citemos el ejemplo de las sesiones plenarias del PE, que se transmiten por internet en tiempo real. A los ojos y oídos de la opinión pública europea, esta circunstancia convierte automáticamente a los intérpretes en la «voz de la historia en vivo y en directo», la historia de la lengua incluida, pues gracias a nuestro trabajo las ideas y las palabras —antiguas y nuevas— toman cuerpo y cobran vigor. Un gran honor y una gran responsabilidad.

Después de las sucesivas ampliaciones, muchos de estos intérpretes trabajamos en retour, y cada vez más en retour hacia el español, con el doble desafío de aventurar nombres nuevos de realidades nuevas tanto en nuestro idioma materno como en el de adopción. El amor es lo que crea y mantiene junta a una familia, sea natural o recompuesta, y el amor ha de ser el credo de todo comunicador de mensajes y mediador lingüístico, en alusión a las palabras del traductor Miguel Sáenz de que no siempre traducimos lo que queremos, pero podemos querer lo que traducimos.

Es esa querencia la que hace que los intérpretes que trabajamos en dos idiomas activos nos comportemos como una partícula en un campo eléctrico atraída por la fuerza de dos culturas, y que no dejemos de codiciar la comodidad en la «otra» lengua, que para nosotros tiene mucho de portento. Y parece que no somos los únicos, por cierto. Vean, vean:

Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es,
—dijo, torciendo el mostacho—,
que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo, y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho».

Este epigrama «Saber sin estudiar» de Fernández de Moratín, fue rescatado por Niña Pastori en su primer disco de 1995, y su título «Entre dos puertos» nos viene como anillo al dedo a aquellos que tengamos que guardar una casa con dos puertas.

Comprender una lengua aún no es ningún comprender real, y no encierra todavía ningún proceso interpretativo, es más bien una realización vital. Pues se comprende una lengua cuando se vive en ella.

En palabras de Julia Kristeva1:

sientes que la nueva lengua es tu resurrección; una nueva piel, un nuevo sexo. Pero la ilusión se desvanece cuando te escuchas, en una grabación por ejemplo, y notas que la melodía de tu tono es extraña, de ninguna parte, se encuentra más cercana de los balbuceos de antes del código actual [...] y comprendes que «nunca serás de los suyos», que «no vale la pena» y que «en eso, al menos, nadie se engaña». Tú tampoco te engañas.

No obstante, has conseguido marchar hacia donde tú querías, te has zambullido en un mundo único por su atractivo para ti.

La persona que se sume en una lengua y cultura extrañas, o bien traspasa el punto de no retorno, o bien mantiene la libertad de volver y estar simultáneamente «aquí» y «allí». De vuelta al seno de su lengua materna, el viandante transcultural lleva consigo la mochila de las experiencias adquiridas y regresa cargado de un doble bagaje cultural. Y de aquí a ser intérprete-traductor ya solo hay un paso, porque qué es la traducción sino el deseo de compartir lo aprendido en los peregrinajes culturales. Si no se comparte, la originalidad es estéril y, como cualquier afán vanidoso, nace muerta.

La metáfora medieval de la globalización posmoderna, con la que empezábamos estas reflexiones de una intérprete búlgaro-hispana, es un marco estupendo que nos permite concluir con una cita del sacerdote Juan Exarca, insigne escritor y traductor de la época áurea de las letras búlgaras: «Aun vertiendo el mensaje en hormas diferentes, lo dotamos del mismo sentido. Porque guardamos el sentido, mas no las palabras».

Cinco siglos después del célebre non verbum de verbo, sed sensum exprimere de sensu de San Jerónimo, Juan Exarca encauzaba la labor de sus cofrades proporcionándoles la primera reflexión teórica sobre el ejercicio de la traducción. Esta actividad se encontraba en plena ebullición en el Primer Reino Búlgaro (siglos IX-X), que vio una lengua vernácula erigirse en oficial y constituirse en un vehículo de sofisticada expresión literaria, capaz de medir fuerzas con las demás lenguas y culturas del Medioevo. El zar Simeón el Grande había concentrado en la capital Preslav a estudiosos, hombres de letras y de ciencias, a escritores y traductores que fueron la Escuela de Bagdad o la Escuela de Toledo del mundo eslavo de rito ortodoxo. En este proceso de dinamismo y plétora, la traducción cumplía un papel vertebrador, y sus normas las iban forjando traductores que la consideraban su deber cívico y comulgaban con la idea de crear una cultura propia, fecundada por los logros del acervo común.

El Prólogo de Juan Exarca a su traducción de Fuente del conocimiento de san Juan Damasceno, se convirtió en toda una Carta Magna, avalada incluso por el más alto poder, pues el zar Simeón, quien a su vez también se dedicaba a la traducción, fue el paladín de una traducción que diera cuenta cabal del rigor de las ideas.

Diríase una premonición de nuestra época actual donde, en palabras de Umberto Eco «la lengua de Europa es la traducción».

Denitza Bogomilova
Parlamento Europeo
denitza.bogomilova@europarl.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
1 Julia Kristeva (1988), Extranjeros para nosotros mismos, traducción de Xavier Gispert, Barcelona, Plaza & Janés, 1991, pp. 24-25.
 

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