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COLABORACIONES


México lindo y querido1

Hay acontecimientos en nuestra vida que parecen casuales y sin importancia pero que luego, con los años, resulta que fueron decisivos en la formación de nuestra manera de ser, de nuestra mentalidad, de cómo hacemos frente a la vida.

Muchas veces amigos o compañeros de trabajo españoles o hispanoamericanos me preguntan por qué me apasionó tanto España y más aún México.

Tuve que buscar en mi memoria y recordé que a finales de los 50, muy niña todavía, oía en la radio un programa musical con el título Ritmos y melodías de América Latina (Μελωδίες και ρυθμοί της Λατινικής Αμερικής), que presentaba Jacques Menachem, muy probablemente sefardita.

A principios de los 60, una hermana de mi madre que se preocupaba de mi entretenimiento, me llevó a ver dos o tres películas de Joselito. Ese fue el seudónimo de José Jiménez, nacido en Jaén en 1946 y lanzado a la fama a los diez años por el director de cine Antonio del Amo.

Joselito antes de su debut cinematográfico ya había dado recitales con Luis Mariano, que le gestionaba actuaciones en radio y televisión. Algunas de las películas con este muchachito, quien realizó importantes giras por Latino­américa y el mundo árabe y que en la X Mostra de Cine Infantil de Venecia consiguió varios premios por El ruiseñor de las cumbres, llegaban también a Grecia, donde se proyectaban con subtítulos que los padres se empeñaban en leer en voz alta para que sus hijitos de edad preescolar pudieran seguir las aventuras del pequeño ruiseñor.

En el cine de verano Kypselaki, en una azotea de la calle Kypselis, a la edad de cuatro años, calculando por la fecha de la película, tuve mi primer contacto visual con el mundo hispano. La película se llamaba Escucha mi canción (1958). Hubo luego una o dos más cuyos títulos no recuerdo, y ahí se acabó la cosa.

A los catorce años, conociendo más o menos bien el italiano, fui a ver otra de aquellas películas: Las aventuras de Joselito en América. Ahí en la llantina de la emoción por las crueles aventuras del supuesto huerfanito, me di cuenta de que —¡oh milagro!— entendía el español. Se me aumentó la emoción y lloré muy a gustito.

Unos días después compré un método autodidacta de español (Η Ισπανική άνευ διδασκάλου) de Andreas Dalezios, el único que existía en el mercado (vale decir que en aquella época la única publicación en lengua española que existía en el mercado griego eran las Selecciones del Reader's Digest), y empecé a estudiar con mucho empeño, hasta que llegué al subjuntivo. Ahí paró la cosa y se me quitaron las ganas.

En 1974 abrió Silva Pandu la primera academia de español de Grecia en la calle Kumbari, en Kolonaki. Yo dejé sin terminar el Proficiency que seguía en el British Council dos calles más abajo —de lo cual nunca me arrepentí— y empecé mi historia de amor en la misma acera tres puertas más abajo.

Silva recién había llegado de México y traía México consigo. En las fiestas de su academia vi por primera vez a un cierto Guillermo bailar el jarabe tapatío y todos los tsámicos y calamatianós quedaron cortos frente a tal coqueteo.

En 1976 fui a París para hacer un curso intensivo de francés. En el Instituto de Fonética, donde se empeñaron en corregir mi castiza pronunciación griega en el idioma de Molière, nos ponían a los griegos junto con los hispanohablantes por la comunidad de nuestros problemas fonéticos. Ahí había un mexicano a quien me acerqué por el barniz mexicano que había adquirido en la academia de Silva. Días después de que me dijera lo tres enchanté que estaba de me konetr me dijo ke y'eté tré yolí (más le valía, tenía solo veintidós años) y ke m'imbité de prendre un café dan sa chambr. Pensé que se había enamorado de mí (y ustedes también habrán pensado: qué historia de amor tan sosa). Mentira, después me di cuenta de que fue un piropo no más, porque luego hubo inflación: «luz de mis ojos», «flor de mi corazón», «chamaquita linda y preciosa» y muchos más.

Cuando en 1993 leí el capítulo «La dama y la santa», en el ensayo sobre amor y erotismo La doble llama de Octavio Paz, se me aclaró que no era más que la supervivencia del amor cortés nacido en Provenza, en Francia, en el siglo XII, difundido en todo el entonces mundo latino y trasladado a América por los españoles. Esa caballerosidad en nuestro país sobrevivió solo en la periferia ocupada por los venecianos y no tuvo incidencia alguna en el continente. Para los españoles e hispanoamericanos la caballerosidad es un rasgo cultural. Para mí lo que fue cultural fue el choque. Dejé la Casa de Marruecos en el Barrio Latino y me mudé a la Casa de México en la Ciudad Universitaria abandonando toda esperanza de practicar el francés, razón por la cual había ido a París.

Viví el año más feliz de mi vida y eso no lo digo a posteriori. Tuve plena conciencia de ello mientras lo vivía. Se combinó lo intelectualmente estimulante que era para mí la capital de Francia con la nueva experiencia vital que me procuraba el medio mexicano. Notaba que a pesar de que mis compañeros llegaban del otro extremo del mundo había cierta afinidad que flotaba en el aire. En sus chistes, en sus albures, en su ironía, en sus referencias culturales, en su melodramatismo, en la cursilería de ciertas niñas.

En eso abro un paréntesis para decirles cuatro frases que nunca olvidaré. Le pregunté a una muchachita, que nada más había venido a París acompañando a su marido becario, qué estudiaba y me contestó muy seria: «Francés y mi doctorado: el matrimonio». Yo entendí que hacía una tesis sobre la institución del matrimonio y volví a preguntarle: «¿En derecho o en sociología?». La segunda fue en la película Las abandonadas de Emilio Fernández (1944), donde Dolores del Río le dice a Pedro Armendáriz algo como «Desgraciadamente mis padres me enseñaron que Dios existe; si no, creería que Dios eres tú.» La tercera fue en un culebrón argentino: «No existe divorcio que nos pueda separar a nosotros». Y la última en un culebrón peruano esta vez: una señora cuyo marido le pone los cuernos con varias, le dice a su hermana: «Yo soy la catedral, ellas no son más que capillas».

Ese melodramatismo que por exagerado que fuera se me hacía bastante familiar, no lo podía imaginar en el contexto de la sociedad parisina extremadamente politizada y con exacerbaciones feministas del post-mayo del 68 en la que vivíamos.

Años después Octavio Paz en el Laberinto de la soledad me aclaró a medias esa afinidad que yo sentía, con su frase: «Hijos pródigos de una patria que ni siquiera sabemos definir, empezamos a observarla. Castellana y morisca, rayada de azteca». Y solo en el año 2000 Carlos Fuentes, tras recibir el título de doctor honoris causa por la Universidad de Gante, en un discurso en que abarcaba todo, dijo: «México es indígena, español, mestizo; España es griega, fenicia, árabe, musulmana»; y siguió explicando que la cultura europea que llevó España a México y a toda América Latina fue una cultura grecolatina y árabe. La hazaña del descubrimiento empieza acabada ya la Reconquista. Ese melodramatismo, esa pasión que notamos en el arte, en la música, en la literatura, en el cine mexicano, por supuesto que no son indígenas, son mediterráneos. América Latina no es solo europea, es también mediterránea en el amplio sentido de la palabra. No hay que impresionarse de que películas mexicanas de gran éxito como Principio y fin de Arturo Ripstein, o El callejón de los milagros de Jorge Fons, estén basadas en novelas de Naguib Mahfuz, el premio Nobel egipcio2.

Tampoco hay que impresionarse de que en los años 30 y 40 el «maestro de generaciones y generaciones», el egipcio Mohamed Abdel Wahab, compusiera rumbas, ni de que el marroquí Salim Hilali y los argelinos Abdel Gobansi y Lili Boniche con sus rumbas, tangos y pasodobles hicieran bailar a todo el Magreb, desde Túnez hasta Marruecos3, ni de que el primer contacto de Turquía con la música occidental fueran los tangos argentinos. Y no hay que impresionarse tampoco cuando nuestras clases medias, y no solo ellas, se enganchan tan fácilmente a las telenovelas que nos llegan de América Latina. «Ese torrente de adulterios, suicidios, pasiones, encuentros, herencias, devociones, casualidades y crímenes», como dice Vargas Llosa en La tía Julia y el escribidor, se ha convertido ya en un «puente de lágrimas que une a los dos lados del Atlántico», según la expresión de un periodista de Libération que comentaba el éxito que tiene en algunos países de Europa esa versión moderna de las novelas por entregas de Balzac, Alejandro Dumas, Víctor Hugo y Carlos Dickens.

Pero volvamos a aquella primera época de mi experiencia mexicana en París.

Después de las primeras impresiones de afinidad y tratando de profundizar un poco, ya que el contacto era diario, empecé a notar que había muchas cosas que yo no podía descodificar y que, al aplicar modelos de mi propia realidad griega, llegaba a conclusiones equivocadas. Lo que parecía similar era completamente distinto. Por ejemplo, notaba que había una distinción de clases sociales entre los estudiantes pero que yo como extranjera tenía acceso a todas ellas. Años después me di cuenta de que mucha gente, aunque se trató circunstancialmente mientras estaba en París, nunca lo hizo cuando volvió a México.

Yo, con la ingenuidad de los veintidós años y con el legado democrático de mi país, que acababa de salir de una dictadura, pensaba que un país producto de una revolución como México había abolido las diferencias de clase. Más tarde entendí que la propia sociedad francesa, que pretendía ser de las más democráticas, era también clasista, solo que el espacio concedido a la clase media era bastante amplio.

Mis dudas sobre la sociedad mexicana crecieron aún más cuando visité México por primera vez en 1982 y me di cuenta de que la clase social que me correspondería por mi nivel económico y cultural no coincidía con la clase media griega a la que pertenezco. Solo años después en un curso de socioeconomía mexicana en París pude entender las peculiaridades de la estructura social y económica de México, que son mucho más complejas de lo que pueda imaginar un europeo; que la sociedad salida de la Revolución está estratificada no solo en clases sociales bien definidas y bien delimitadas sino que, lo que es peor, mantiene todavía un sistema de economía dualista, lo que quiere decir que dos pueblos distintos conviven en el mismo territorio pero con dos sistemas económicos diferentes.

En el examen del mismo curso le dije al profesor —y lo saqué de onda— que en México no había clase media. Ahora que lo pienso me asusto con tal disparate, pero entonces me costó una nota mediocre en el examen que con más empeño había preparado. ¿Qué quiere decir eso? Que yo también cometí el clásico error que cometen tantos europeos: querer explicar otras realidades aplicando sus propios criterios.

Me acordaré siempre de la perplejidad que me provocó el saber que el PRI, el partido salido de una revolución, fue por un lado responsable de la represión estudiantil en Tlatelolco, en 1968, algo equivalente a los eventos en el Politécnico de Atenas, y que por otro lado no solo mantenía un discurso oficial revolucionario sino que mandaba aviones de la Pemex, compañía nacional de petróleos, en ayuda de los sandinistas de Nicaragua. A la primera impresión de afinidad sigue luego la perplejidad frente a un mundo hermético e imposible de descifrar.

Se da uno cuenta de que México ha sido el escenario de una mundialización avant la lettre, que tiene una sociedad plural, multiétnica, multirracial y multicultural, y que tiene sus propias normas y su propio equilibrio inestable, sus propios problemas raciales y económicos todavía no resueltos y de extremadamente difícil solución, sobre todo en el contexto actual.

Por el otro lado el pueblo mexicano es un pueblo tan rico y tan fuerte culturalmente que la «experiencia mexicana marca para siempre a los que la viven», según la expresión de Antonin Artaud. Es un pueblo que durante siglos está resistiendo al bombardeo de «basura cultural» que recibe de su vecino del norte. (Sé muy bien que estos términos de Fernando del Paso no son nada politically correct, pero en mi opinión lo politically correct es un concepto ridículo e hipócrita inventado para crear todavía más confusión en un mundo ya bastante confundido de por sí.) Y no solo ha podido resistir, sino que ha podido imprimir sus propias huellas culturales y difundir su idioma en vastos territorios de los EE.UU. ¿A poco no es cierto que muchos intelectuales y artistas de América y Europa han buscado refugio en México con la misma ilusión e ingenuidad con la que en el siglo XIX tantos alemanes, franceses y anglosajones buscaban en Oriente una razón para su existencia, algo verdadero, algo más auténtico de lo que les ofrecían sus opulentas, organizadas y sofocantes sociedades de Occidente?

Pero México, igual que nosotros, ya no quiere ser víctima de lo que José Guillerme Melquior (citado por G. Sheridan) llama el «"síndrome Waldo Frank", el de la "beata", acrítica aceptación de [su] retrato como cultura(s) irracional(es) pintado por el irracionalismo barato de renegados de la modernidad».

Igual que nosotros no somos «uzo y sirtaki» México tampoco es «pistola y sombrero de charro». Es una lástima que culturas tan ricas y tan cercanas a la nuestra nos lleguen como en el caso de la mexicana mal digeridas y simplificadas vía EE.UU. Es una lástima que nuestro conocimiento se limite a la cerveza Corona, al tequila, a los tortilla-chips y a La bamba de los Lobos. Es igual de simplista y falso que la imagen que tenían nuestros padres del mexicano perezoso que duerme bajo el cacto, tapado con su sombrero y que saca la pistola para arreglar cuentas «a lo macho».

Es redundante decir que México es mucho más que eso. Y es nuestro deber acercarnos a una cultura que, por la comunidad de referencias y valores, nos puede enseñar mucho más que los modelos nórdicos que siempre hemos adoptado como supuestamente superiores. No confundamos desarrollo económico con desarrollo social. En un mundo que se vuelve cada día más confuso, es muy importante tener un espíritu crítico. Tenemos que definir de nuevo nuestros modelos. Saber si lo que admiramos merece de veras admiración.

México, por su complejidad racial y cultural, por su originalidad y primitivismo, por un lado, por su ultramodernismo a la gringa junto con su tradicionalismo rígido, por el otro, constituye un enigma digno de estudio que puede abarcar toda una vida.

Un idioma como el español, de aprendizaje bastante fácil para nosotros, nos abre el camino hacia mundos y culturas lejanos y exóticos y a otros cercanos y familiares como ninguno otro de los idiomas que normalmente aprendemos.

Para mí el contacto con México fue veneno y remedio. Veneno porque ese contacto marcó toda mi existencia. Ya nunca pude sentirme tranquila y aceptar la falta de sensibilidad y el racionalismo calculador del supuestamente «desarrollado» norte en donde vivo como una «simple posibilidad científica». Remedio porque a nivel humano encontré una madurez sentimental, unas pruebas de tolerancia, de buena fe (ούτε μαγκιά, ούτε μπλαζεδισμό: ni chulería, ni displicencia), de optimismo contagioso, que para un pueblo tan trágico y exagerado como el nuestro constituirían una lección de vida.

Diana Bobolou
Comisión Europea
constantina.bobolou@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
1 Texto de una conferencia pronunciada el 17 de mayo de 2002 en el Centro de Estudios de Lengua Española «Abanico» de Atenas y el 13 de enero de 2004 en las «Jornadas propedéuticas para los cursos de formación de profesores de idiomas», organizadas por la Universidad Nacional Autónoma de México, Comisión Técnica de Idiomas Extranjeros
2 Tanto de Principio y fin como de El callejón de los milagros existen las correspondientes versiones egipcias: la primera con el título Bidâyah wa nihâyah (1960; Mort parmi les vivants en francés), de Salah Abu Seif, con Omar Sharif como protagonista, y la segunda con el título Zouqâq al Midaqq (1963; Passage des miracles en francés), de Hassan al-Imam.
3 Lili Boniche tuvo enorme éxito cantando en árabe el famoso bolero de Carlos Almarán Historia de un amor (Ana fil houb).
 

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