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COLABORACIONES


Las tres caras del traductor institucional

En la Unión Europea hay traductores de varias clases; valgan unos ejemplos de lo que podrían considerarse las tres categorías principales: unos estarían elaborando una guía para ofrecer directrices comunes a sus colegas; otros podrían preparar una conferencia sobre determinados términos del Derecho europeo, y los últimos estarían traduciendo tranquilamente en su despacho. Para eliminar todo malentendido hay que aclarar que esta clasificación no es jerárquica; ningún traductor de una clase tiene por qué ser superior o inferior a los de otra: en todas ellas podemos hallar —y hallamos— excelentes profesionales.

Es cierto que los dos primeros tipos de traductores que hemos citado son muy creativos, mientras que, a primera vista, el tercer tipo parece pasivo. Por ello vale la pena referirse a la teoría de Von Donat, antiguo funcionario de la Comisión Europea que señaló hace ya treinta y cinco años que hay dos clases diferentes de funcionarios: los primeros serían los «creativos», individualistas audaces y dinámicos que formulan ideas innovadoras y que no temen experimentar. Quieren que las cosas avancen, por lo que no esconden su ambición bajo una falsa modestia. A su lado están los «estrictos», personas serias y meticulosas, con una gran inteligencia y mucho talento para adaptarse, que nunca se hallan en posiciones peligrosas y dominan el arte de evitar los conflictos. Entre ambos nace una polaridad que, por inducción, crea una corriente de energía que se desplaza en la misma dirección y acaba por deformar a todo el servicio. Las unidades recién creadas atraen en su etapa de desarrollo a agentes del tipo creativo. Ahora bien, aunque un servicio se componga casi únicamente de estos, con ganas de hacer avanzar un proceso innovador, al cabo de un periodo determinado solo contará con agentes del tipo estricto1.

Tantum ergo documentum

La mayoría de los traductores de la UE pertenecen a la Comisión Europea. Cuando tienen frente a sí un original (un «manuscrito», según la jerga paleocomunitaria) saben que, en virtud de la iniciativa legislativa de la Comisión, el texto que salga de su mano será seguramente el que figure en el acto definitivo. Es un desafío para su trabajo, que además está enmarcado por las características (léase la calidad) del original. El traductor novel, al enfrentarse al primer documento que deba tratar, va a enfrentarse con una duda fundamental: ¿qué me es dado hacer?, ¿qué puedo cambiar y qué debo dejar?

El 6 de enero de 1986, mi primer día de trabajo en las instituciones europeas, me puse a corregir un montón de folios. A medida que los iba terminando pasaban a otro servicio para su composición (ahora puede parecer increíble, pero entonces la informática era algo prácticamente desconocido). A primera hora de la tarde vino alguien que me dijo: «Has puesto acento en "télex". Nosotros siempre lo escribimos sin acento». Por un momento me asaltó la sombra de una duda: «¡Cielos, aquí siempre lo han puesto así!, ¿pensarán que se trata de una paroxítona acabada en ese?, ¿qué hago?, ¿lo dejo sin acento y ya veremos?», pero me repuse de inmediato y respondí: «Pues a partir de ahora vamos a hacerlo bien».

¿Qué les ocurrió a los profesionales que se enfrentaban a problemas mucho más delicados? ¿Cómo es posible que una palabra como «directiva» pasara a denominar un acto legislativo? A alguien debieron de faltarle los reflejos cuando le dijeron: «Aquí siempre lo ponemos así». Solo cabe imaginar que trabajar en algo que aparecía tan solemne como «las Comunidades Europeas» debía de imponer mucho a los recién llegados de la periferia.

Traductor creativo, traductor estricto

En la primera etapa de su carrera, los traductores creativos están pletóricos de energía, crean manuales de estilo, debaten sobre cuestiones terminológicas y elaboran glosarios especializados. Van a hacer tanto trabajo y tan deprisa que es muy posible que en un momento dado vayan a caer en algún error. Y aquí no pueden cometerse errores. Entonces surge la reflexión siguiente: «Si no se hace nada innovador, tampoco se cometen errores; entonces, ¿para qué arriesgarse?». Así, muchos traductores creativos se convierten en traductores estrictos, que se limitan a coger los originales y traducirlos sin más.

Al llegar a ese punto, como ya hemos señalado, el servicio ya no podrá desarrollar nuevas iniciativas, lo que no significa que haya perdido todo su valor, sino solo que deberá contentarse con traducir juiciosamente. En el fondo (y esto ya lo observó Von Donat), podríamos llegar a concluir que la evolución común de los distintos tipos de funcionarios es incluso positiva: al principio, el sistema funciona de manera correcta gracias a la dialéctica entre el progreso y la corrección. Sin embargo, cuando finaliza esta fase preliminar, las demás innovaciones solo provocan problemas. Si la administración europea es ya de por sí algo enormemente pesado, el hecho de que empiece a agitarse solo puede provocar graves movimientos sísmicos. Así pues, esta coevolución puede garantizar un funcionamiento tranquilo. Y eso puede verificarse en la práctica cotidiana de los traductores, que trabajan mucho mejor con unas normas establecidas y a los que las presuntas innovaciones solo traen quebraderos de cabeza (baste con recordar los problemas que suscita cada modificación del Libro de estilo interinstitucional, como la del «nuevo modo de citar las direcciones», hace poco más de un año).

Siguiendo con la teoría de Von Donat, este calculó en unos siete años el «semiperiodo de extinción» de los funcionarios creativos, aunque consideraba que podía variar en función de la creatividad, la responsabilidad y otros factores personales. También introducía otro parámetro: que una parte importante (que llegó a estimar en un 50 %) de los funcionarios creativos acabarían abandonando en ese mismo lapso el servicio público europeo; puesto que ahora nos centramos en los traductores, si llamamos a los «creativos» TX y a los «estrictos», TY, la fórmula de Von Donat sería:

2 TX + 2 TY ® 3 TY [+ 1 Txé]

El «traductor funcionario» y el «agente que hace de traductor»

En la administración pública de la Unión Europea, traductores, revisores, terminólogos y filólogos en general se agrupaban hasta hace poco en un «servicio lingüístico» separado del marco administrativo general. Se repartían en seis grados (de LA8 a LA3) equivalentes a otros tantos de los administradores (de A8 a A3): en aquellos tiempos ya había un tipo de traductores que percibía esa diferencia de modo negativo, mientras que otro la veía positiva. Había quien se consideraba ante todo funcionario (y abominaba de esa «L») y quien se consideraba ante todo traductor (y veía dicha letra casi como un timbre de nobleza).

Esa separación se hizo más permeable hace quince años, cuando se permitió el paso de un marco a otro sin necesidad de un concurso previo, aunque no desapareció completamente hasta la reforma administrativa que tuvo lugar con motivo de la penúltima ampliación de la Unión Europea (a mediados de 2004), pero es obvio que sigue habiendo un grupo de traductores que se presenta exclusivamente como tal y otros que se consideran ante todo agentes de un servicio público. De ahí la segunda diferencia entre las «clases» que hemos definido al principio. Eso tiene varias repercusiones sobre el trabajo cotidiano, pero también disminuye las conversiones de traductores «creativos» en traductores «estrictos», pues una parte de los primeros puede acogerse a la «movilidad» entre los servicios y desplazarse a cualquier otra dirección general de la Comisión o a otra institución de la UE (en la que posiblemente nunca se le solicitará que traduzca ni una sola frase).

Si queremos plantear esta distinción de manera que podamos incorporarla luego a la fórmula de Von Donat, podemos denominar TF (con la efe de «funcionario») a los traductores que actúan ante todo como agentes, y TT a los que se presentan solo como traductores, lo que, considerando la posibilidad de movilidad de los primeros, nos daría:

2 TF + 2 TT ® 1 TF + 2 TT [+ 1 TFè]

Un agente de la UE es ante todo un funcionario

Los traductores que consideran que su labor es únicamente traducir actúan como si trabajaran para una editorial privada. En el servicio público europeo, la diferencia básica entre funcionarios es su categoría y su grado, y cualquiera puede aspirar a cubrir un puesto totalmente distinto mientras sea de su nivel.

Hubo un caso real hace unos veinte años de un agente de categoría B en Bruselas que, por motivos personales, quería trabajar en Luxemburgo; la primera vacante publicada era para un corrector de pruebas; cuando la vio, llamó a la Oficina de Publicaciones. Su primera pregunta fue: «Eso de corrector, ¿qué es?» Cuando se lo explicaron, soltó un bufido y respondió: «¿Y los acentos? ¿Hay que ponerlos todos

En teoría, ese funcionario, que ignoraba si los acentos «había que ponerlos todos», hubiera podido llegar a trabajar de corrector por estar clasificado en la categoría B. Valga este ejemplo extremo como botón de muestra de que un traductor de la UE es ante todo un agente, como lo prueba la movilidad que hemos mencionado, que existe y que incluso se fomenta. A todo esto, los TT pueden responder: «Cierto, podemos intercambiarnos con otros agentes, pero mientras estemos aquí solo somos traductores». No es cierto: son funcionarios de la UE y su misión es producir textos de calidad; por eso el traductor debe impugnar todo original que contenga errores o incorrecciones, o se aparte de las normas establecidas en los manuales de estilo y las guías internas.

―Oye, que has puesto que el PNB de Luxemburgo asciende a tres billones de euros al año…

―Ah, eso es lo que ponía el manuscrito. Yo no soy nadie para cambiarlo.

Pero sí que puede cambiarlo, porque el traductor de una institución es ante todo un agente (y un agente, cabe señalarlo, de igual categoría que el administrador que ha redactado ese original): de hecho, debe cambiarlo, pero sabe que, si no hace nada, nadie va a reprochárselo, pues pocos se quejan de que no se les corrijan sus errores.

Ahora, si combinamos las dos diferencias (TX y TY para creativos/estrictos y TF y TT para agentes/traductores), la fórmula de Von Donat se adapta del modo siguiente:

4 TXF + 4 TYF + 4 TXT + 4 TYT ® 3 TYF + 6 TYT [+ 2 TXFé + 1 TXFè + 2 TYFè + 2 TXTé]

(presuponiendo siempre una igualdad de volumen entre los distintos tipos en el momento de la contratación).

¿Y por qué el presente artículo se refiere a las «tres caras» del traductor, si acabamos de definir cuatro? Pues porque no hay una diferencia sensible en el caso de los agentes estrictos, que se limitan a cumplir con su trabajo en silencio y sin estridencias; podríamos decir que TYF y TYT tienen prácticamente el mismo «fenotipo» y, por tanto, muestran una única cara de la traducción institucional; así, simplificando la fórmula anterior:

4 TXF + 4 TXT + 8 TY ®
9 TY
[+ 2 TXFé + 1 TXFè + 2 TYè + 2 TXTé]

Consecuencias de las ampliaciones de la UE

En 1986, varios profesionales de la lengua de España y Portugal (traductores, revisores, correctores, etc.) se incorporaban a unos organismos que pasaron de trabajar con siete lenguas a trabajar con nueve. Durante casi veinte años, el servicio de traducción de la Comisión Europea contó con una estructura revolucionaria en comparación con todos los demás servicios internacionales similares; los traductores, en lugar de organizarse según la lengua a la que traducían, se reunían en «grupos temáticos» en función, en principio, de las disciplinas en las que estaba especializado cada cual: recordemos que entonces la mayoría de los traductores se contrataban en función de sus conocimientos en algún sector concreto; así, al lado de los «lingüistas» había también licenciados en ciencias, ingeniería, humanidades, medicina, con un componente elevado de juristas y economistas. Pero la perspectiva de la ampliación a los países de la Europa central y oriental iba a significar una transformación de gran envergadura que podía duplicar el número de lenguas de trabajo de las instituciones: ¡siete grupos temáticos por veintitrés lenguas hubieran significado más de ciento sesenta divisiones de traducción! Las consabidas restricciones presupuestarias propugnadas por las nuevas mayorías políticas hicieron dar marcha atrás a la organización del servicio y volver a las viejas estructuras tradicionales. Entonces se consideró que también era excesivo el número de traductores de determinadas lenguas y, entre otras medidas, cesó la contratación de nuevos traductores. Eso nos sitúa ante un campo idóneo para comprobar sobre el terreno la teoría de Von Donat, pues entonces los funcionarios iban siendo contratados en diferentes momentos, lo que hacía que su periodo de evolución fuera desplazándose, obligándole a introducir en sus cálculos otras variables que nosotros podemos permitirnos ignorar.

En ese punto ya no había recién llegados, pero sí había veteranos. En efecto, a principios de siglo, cuando se cerró la espita de la contratación, había traductores que llevaban más de quince años en la Unión Europea. Eran ya antiguos funcionarios y habían hecho tantas cosas que creían saberlo todo. Aquí cabe recordar la célebre frase de Montherlant sobre los escritores que pasan muchos años de su vida cambiando unos comme por unos ainsi que hasta que se dan cuenta de que los verdaderos maestros no habían hecho eso jamás. Por eso habría que matizar el supuesto equilibrio al que podría haberse llegado una vez cumplido el ciclo de Von Donat: tal vez su segunda fase fuera más peligrosa de lo que parece para el cuadro lingüístico y pudiera llevar o bien a un anquilosamiento o bien a una estéril autosatisfacción.

¿Crepúsculo del traductor creativo?

Si asumiéramos tal cual la fórmula inicial de Von Donat, todos los traductores «creativos» deberían convertirse en traductores «estrictos». ¿Es esa la realidad?

Por un lado pudiera parecer que sí, pues los conferenciantes actuales son casi siempre expertos externos, y hay una esclerosis de los grupos de trabajo especializados creados hace años: el propio Grupo Interinstitucional de Toponimia ya solo funciona a remolque de la coordinación central del Libro de estilo interinstitucional (cabe recordar que dos de los anexos de dicho Libro están constituidos por listas de unidades territoriales), hasta el punto de que se ha convertido de facto en una especie de organismo consultivo de la Oficina de Publicaciones. Sin embargo, no es menos cierto que siguen funcionando otros grupos en torno a diversas actividades, ya sean «lingüísticas» (como la revisión o el control de la calidad) o no (como la gestión de la traducción externa), y la existencia misma de puntoycoma es una prueba fehaciente de que sigue habiendo traductores institucionales que dedican su tiempo (su tiempo libre, en general) a actividades paralelas. Por ello habría que completar la fórmula revisada de Von Donat, introduciendo en ella algún tipo de constante de conservación del traductor creativo.

Si asignáramos a esa constante un valor equivalente a 0,2, obtendríamos el resultado siguiente:

20 TXF + 20 TXT + 40 TY ® 6 TXF + 6 TXT +
37 TY
[+ 8 TXFé + 5 TXFè + 10 TYè + 8 TXTé]

que puede ajustarse bastante a la realidad; según ella, de ochenta traductores contratados en el momento inicial, al cabo de los años, seis podrían presentar conferencias sobre el funcionamiento de las instituciones, seis podrían elaborar glosarios terminológicos y treinta y siete estarían traduciendo en su despacho. No parece ser este un balance de la situación que se aleje excesivamente de la realidad.

Miquel Vidal
Comisión Europea
miguel.vidal-millan@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
1 Marcell Von Donat (1975), Brüsseler Machenschaften: dem Euro-clan auf der Spur, Nomos Verlagsgesellschaft mbH, Baden-Baden

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