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BUZÓN


Monomarentalidad, híbridos y amor

Ante todo, debo confesar mi orgullo al ver que mi pequeña nota sobre el término «monomarental» (puntoycoma nº 113, p. 6) ha despertado el interés de un maestro de la talla de Fernando A. Navarro, que le dedica unos pertinentes comentarios (puntoycoma nº 114, p. 23) ante los que solo puedo intentar añadir algún dato más para explicar mi posición.

Espeluzno, exasperación y horror. Todo eso le produjo a Fernando Navarro el neologismo que nos ocupa. Lo lamento. No puedo negar que a mí tampoco me dejó indiferente cuando «mi primera vez», pero solo me provocó cierto asombro, porque el espeluzno y el horror verdaderos ya me los habían suscitado antes otras construcciones mucho más atrevidas, del estilo de la híbrida «familia monocelular»1 o la exenta de hibridación «familia unicelular»2, que más que en la monomarentalidad o la monoparentalidad me hacían pensar en el apasionante mundo de las bacterias, las arqueas y los pequeños eucariontes.

Clemencia para los híbridos. Navarro sabe bien con qué facilidad se cuelan en español los compuestos híbridos grecolatinos: son muchos, saben ocultarse y están muy arraigados, y no solo en el ámbito biosanitario y otras disciplinas especializadas, sino incluso en nuestra vida cotidiana (así como un ilustre académico quería viajar en un híbrido autobús y no en el entonces preceptivo ómnibus, ninguno de nosotros podría ir en «dicicleta», mal que les pese a los ortodoxos más estrictos). Imploro, pues, la misericordia también para ese «mono» que acompaña a «marental».

Insultos cavernícolas. Algunas mujeres homosexuales rechazan este adjetivo para huir de la confusión entre el homo griego («igual») y el homo latino («hombre», percibido como masculino). Y a partir de «homosexual» se creó «homofobia», término también ridiculizado en su día por la Brunete machista («¿Acaso tenemos fobia a lo igual?», se mofaban). Pero hoy «homofobia» figura en el mismísimo DRAE. ¿Es eso forzar el idioma? Tal vez, pero parece harto sospechoso que esos arranques de rabia ante ciertos neologismos vayan siempre en dirección única. Me explico: cuando en la hispana tierra se aceptó el «matrimonio» homosexual, hasta las tumbas se abrieron para denunciar tamaña violación de la lengua, pero cuando, treinta años antes, se había permitido que las mujeres pudiesen administrar su propio peculio, nadie se rasgó las vestiduras porque a esos bienes también se les pudiera denominar «patrimonio».

Sospecha de catalanismo. Es cierto que la primera vez que lo vi fue en el acuerdo que un municipio catalán envió a la Comisión Europea; luego llegaron otros parecidos que debían de formar parte de una campaña con motivo del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Al verlo en el BOE creí que eso ya le libraba de toda sospecha, pero al darme cuenta de que el texto iba firmado por la Directora General del Instituto de la Mujer, Rosa M. Peris Cervera, ciudadana valenciana natural de Benaguasil, comprendí que ese dato podría echar aun más leña al fuego.

Así que decidí proseguir la búsqueda hasta encontrar el término en ámbitos tan españolísimos como la Revista del Centro Psicoanalítico de Madrid (2008) o las Jornadas sobre Familias Monomarentales de León (2006). Por su parte, la Fundación Isadora Duncan documenta otras versiones lingüísticas, como la inglesa monomarental families o la francesa familles monomarentales, y la Xunta gallega habla de familias monomarentais. Allende el océano, existe en Montreal una «Fédération des associations de familles monomarentales et reconstituées du Québec». Espero con esto haber sabido mostrar que «marental» no presenta ningún vicio de origen ni procede de ninguna mala mare.

Servidumbres y alternativas. En otros textos, y especialmente en mis colaboraciones dedicadas a cuestiones de toponimia (puntoycoma nº 100, p. 57, y nº 106, p. 6), ya he llamado la atención acerca de las servidumbres de la traducción en el sector público, donde los tratados y los actos legislativos tienen igual peso (o más) que las gramáticas y los diccionarios, pero esto lo dejo para el final, para cuando hablemos del amor una vez más.

Pasemos a considerar las posibles alternativas. Si la propuesta de Navarro es familias uniparentales femeninas, familias uniparentales masculinas y (para ambas) familias uniparentales, no parece más sencilla que familias monomarentales, familias monoparentales y familias monomarentales y monoparentales, calcando esa doble forma tan extendida que ya adoptaron en su día las antiguas APA (Asociaciones de Padres de Alumnos), convertidas hoy en modernas AMPA (Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos). ¡Y eso sin contar lo impropio que sería llamar «familia uniparental masculina» a la formada por un padre con cinco hijas!

Conste que yo hubiera preferido una solución numérica, en la que la familia tradicional fuese 1/1; la homomarental, 2/0, y la homoparental, 0/2. ¡Sería tan fácil denominar a la monomarental «familia 1/0»! Incluso podrían indicarse casos de poliginia y poliandria, o utilizar decimales para las familias reconstituidas, señalando en un remedo de exponente el número total de miembros del hogar; así, una pareja heterosexual con tres niños en la que el adulto masculino tuviese dos hijos de una tercera persona que vivieran en otro hogar tendría la fórmula no aritmética (1/1,2)5, cuyos datos podrían servir también para calcular la prestación correspondiente. Lástima que esta solución se entienda en todos los idiomas y pueda interpretarse como señal de indiferencia lingüística, de tibieza filológica (o «filoglósica»).

El amor a la lengua, la fuerza del amor. Huelga decir que jamás me atreveré a poner en duda el amor de Navarro por la lengua, sobre todo en estos tiempos revueltos, pero el problema del amor es que admite el pecado tanto por defecto como por exceso: hubo guardianes de la pureza que amaron tanto a su lengua que llegaron al crimen pasional y la mataron porque era suya, momificándola y convirtiéndola en una retahíla de arcaísmos incomprensible para una sociedad en constante evolución. Eso me parece tan «ilícito» como la «indiferencia» que fustiga Navarro por boca de Pedro Salinas. Y el amor a la lengua presenta otros puntos oscuros que afectan a las personas inmigrantes, o políglotas, o que trabajan, como yo, en un entorno multicultural: ¿puedo amar varias lenguas a la vez y no estar loco?

Concluyo: si estoy defendiendo aquí el neologismo «monomarental», tras más de siete lustros como profesional de la lengua, cinco de ellos al servicio de la Comunidad, creo poder asegurar que no es porque ame a la lengua menos, sino porque tengo que amar al BOE más.

 

Miquel Vidal
Comisión Europea
Miguel.Vidal-Millan@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Alicia Giménez, El Mundo, 7.5.1996.

2 Conclusiones de los talleres de la Semana de la Familia de A Coruña (10.11.2004) http://www.archicompostela.org/pastoralfamiliar/Semana%20de%20la%20Familia%20A%20Coru%C3%B1a%202004%20Conclusiones%20talleres.htm

 

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