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BUZÓN


«Monomarental»: neologismo prescindible

Encuentro espeluznante el neologismo monomarental, que me asalta desde la nota «Familias monomarentales», en la sección «Neológica Mente» del último número de puntoycoma.

Para Miquel Vidal, autor de la nota, «se trata de uno de esos términos innovadores que desatan las iras conservadoras, que ya le han aplicado los calificativos insultantes de turno». No insultaré, no, a la pobre palabra, pues considero que no tiene culpa alguna de que la hayan creado tan contrahecha y la hayan echado a rodar precipitadamente por esos textos y por esos mundos de Dios.

Reconozco sin problemas que el concepto que designa existe, es una realidad social creciente y pide un nombre. En los tres últimos decenios, el modelo de familia nuclear que más ha crecido en las democracias occidentales es, sin lugar a dudas, el de la familia monoparental, compuesta por un solo miembro de la pareja progenitora —varón o mujer— y uno o más hijos que, de forma prolongada, pierden en mayor o menor medida el contacto estrecho con el otro progenitor. Hasta donde yo sé, la distribución de estas familias monoparentales por sexos está enormemente desequilibrada; no dispongo de cifras exactas, pero yo me atrevería a asegurar que, en el momento actual, la proporción de familias monoparentales a cargo de la madre debe rondar el 90 %.

Las familias monoparentales con una mujer al frente buscan, cierto es, un nombre, pero, por favor, que no sea monomarental. Por más vueltas que le doy, que lo miro y lo remiro, por delante y por detrás, el vocablo de marras me exaspera, me horroriza, me quita el sueño. No me gusta nada, pero lo que se dice nada, ni su mono del principio ni, menos aún, su marental postrero.

Prefijo mono-

Las normas clásicas de la neología piden el recurso a los numerales latinos (uni-, bi-, tri-, cuadri-, quinque- ... multi-) para formar compuestos con raíces de origen latino, y a los numerales griegos (mono-, di-, tri-, tetra-, penta- ... poli-) para formar compuestos con raíces de origen griego. A partir de cellula, por ejemplo, que es vocablo latino, decimos unicelular, bicelular ... multicelular (y a nadie medianamente culto se le ocurriría formar híbridos como *dicelular o *policelular). Con sáccharon, en cambio, que es griego, hemos formado monosacárido, disacárido ... polisacárido (y nadie osaría escribir *bisacárido o *multisacárido). Por eso nos suenan bien tanto gemelos monocigóticos o univitelinos como gemelos dicigóticos o bivitelinos, pero nos sonaría a rayos si oyéramos a alguien decir gemelos *unicigóticos o *monovitelinos y gemelos *bicigóticos o *divitelinos.

Eso dice la neología clásica, ciertamente, pero luego el uso se ha encargado de imponer en la práctica híbridos de lo más chocante. En mi ámbito de actividad, el lenguaje biosanitario, no es ya raro encontrar médicos que usan numerales griegos donde deberían ir los latinos (y escriben, por ejemplo, vacuna *monovalente en lugar de vacuna univalente), o usan numerales latinos donde deberían ir los griegos (y llaman *cuadripléjico, en lugar de tetrapléjico, al paciente con parálisis de las cuatro extremidades). O que mezclan numerales al buen tuntún, según les suena, y vemos así en los textos de farmacocinética modelo monocompartimental (griego+latín, mal) junto a modelo bicompartimental (latín+latín, bien), o en los textos de traumatología, referido a un hueso, perforación monocortical (griego+latín, mal) junto a perforación bicortical (latín+latín, bien).

Pero, en fin, si los hablantes han dado por buenas las familias monoparentales —pese a que no sean pocos quienes, también en español, siguen escribiendo aún, con más propiedad, familias uniparentales—, pasaremos igualmente por alto ahora ese mono- anómalo de las familias monomarentales. Que es en realidad lo de menos; porque si el prefijo mono- hace al purista apenas alzar una ceja, el adjetivo marental le pone los pelos, literalmente, de punta.

De madre, ¿marental?

Cuenta Vidal que encontró el neologismo monomarental por primera vez en el texto de una declaración de un ayuntamiento catalán. Es posible que a partir del catalán mare (madre) no cante mucho —y yo diría que, pese a ello, choca también en la lengua de Pla—, pero en castellano causa espanto ver usado el adjetivo *marental para expresar relación con la madre.

Está, además, otro problema que ya apunta el propio Vidal en su nota: «si este neologismo acaba por imponerse, ¿qué va a pasar con el término monoparental? Lo lógico será que su significado se vaya desplazando, deje de indicar a cualquiera de los dos progenitores para señalar exclusivamente al padre». De producirse tal evolución semántica, que considero bien posible, todo el esfuerzo habría servido de bien poco, pues para cubrir una laguna semántica necesaria (la de las familias monoparentales a cargo de la madre), habríamos creado ahora otra no menos necesaria y que previamente teníamos bien cubierta (la de las familias monoparentales a cargo de uno de los dos progenitores, indistintamente). Para ese viaje no necesitábamos alforjas, me parece.

Mucho más lógico parece desechar por inútil ese novedoso *marental y echar mano de los adjetivos tradicionales de que disponemos en español para referirnos a los distintos miembros de la pareja progenitora: materno o maternal (del latín mater) para expresar relación con la madre, paterno o paternal (del latín pater) para expresar relación con el padre, y parental (del latín parentes) para expresar relación con ambos progenitores.

De esta forma, tendríamos familia unimaterna (o familia monomaterna) en lugar de familia monomarental, pero basta pensar un momento con sosiego para entender que el problema de fondo subsiste. Porque, en las sociedades monógamas, como la nuestra, la familia nuclear tradicional (compuesta por una madre, un padre y los hijos de ambos) es también unimaterna por definición, y unipaterna, puesto que consta de una sola madre y de un solo padre.

En definitiva, la solución más clara, lógica y sencilla pasa por mantener el término familia monoparental (o uniparental) con su sentido actual, y echar mano de los calificativos para precisar el significado cuando desee utilizarse en sentido restringido para referirse a un núcleo familiar formado solo por la madre y sus hijos (familia monoparental femenina) o a un núcleo familiar formado solo por el padre y sus hijos (familia monoparental masculina).

Eso parece lo más sencillo, sí, pero luego la comunidad de los hablantes —tirana y caprichosa como es— hará finalmente lo que mejor le plazca, ya lo sabemos. La lengua la hacemos los hablantes, se dice; pero los hablantes todos, también los traductores y los amantes de la lengua, por supuesto. No podemos asistir impasibles a cualquier evolución de la lengua; especialmente cuando las innovaciones, como suele suceder, no surgen directamente del pueblo llano, sino que se introducen desde arriba. Tal parece ser el caso de monomarental, que se está tratando de imponer —en la nota de Miquel Vidal queda bien patente— a golpe de BOE, de prosa ministerial y de ayuntamiento.

Lo dijo ya Pedro Salinas en su discurso «Aprecio y defensa del lenguaje», pronunciado en la Universidad de Puerto Rico en 1944; reproduzco solo un breve pasaje, y hago mías sus palabras:

¿Es lícito adoptar en ningún país, en ningún instante de su historia, una posición de indiferencia o de inhibición ante su habla? ¿Quedarnos, como quien dice, a la orilla del vivir del idioma, mirándolo correr, claro o turbio, como si nos fuese ajeno? […] Para mí la respuesta es muy clara: no es permisible a una comunidad civilizada dejar su lengua, desarbolada, flotar a la deriva, al garete, sin velas, sin capitanes, sin rumbo.

Abramos, sí, de par en par las ventanas de nuestra lengua y oxigenémosla con cuantos neologismos consideremos convenientes. Pero hagámoslo, por favor, sin dar patadas al idioma; o solo las menos posibles, porque duelen, ay, como golpe en la espinilla.

 

Fernando A. Navarro
Traductor médico. Cabrerizos (Salamanca, España)
fernando.a.navarro@telefonica.net

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