capítulo precedentecapítulo siguientePágina principal

TRIBUNA


Texto de la conferencia pronunciada por el profesor Baigorri en el Departamento de Lengua Española de la Dirección General de Traducción de la Comisión Europea, Bruselas y Luxemburgo, los días 15 y 16 de junio de 2009.

Historias de trujimanes

El título de este texto, que es infiel reflejo de una intervención hablada, responde a la intención de presentar algunas pinceladas sueltas no exentas de fundamento histórico, sobre trujimanes o trujamanes, es decir, sobre personas que en un momento histórico o en otro han trasladado un mensaje, oral o escrito, entre un emisor y un receptor que no se entendían entre sí. Considero, así, que los traductores y la traducción tienen peso como objeto de análisis histórico y no exclusivamente en un sentido metafórico.

[…] Rather than treat translation metaphorically, in the deconstructionist spirit of a “play of substitutions”, it must be treated as a specific and material event in history1.

Partiré de la imagen de los cuatro sabios ciegos a quienes, según el budismo, se les pide que palpen un elefante y que luego digan de qué ente se trata. Cada uno toca una parte diferente del paquidermo y, con la irrebatible convicción que dimana de su experiencia táctil, la identifica con un objeto distinto del de los otros tres. Sustituyamos ahora a los cuatro sabios ciegos por los usuarios de la traducción, que no solemos ser menos ciegos que los lumbreras de marras en lo que al objeto que tocamos se refiere. Si alguien me hubiera preguntado quiénes eran los autores de las novelas de Verne o de Salgari que leía de muchacho habría respondido que, lógicamente, eran Verne y Salgari. Si me hubieran hecho ver que ellos no escribían originalmente en español, el idioma en el que yo los leía, seguramente me habría quedado perplejo, porque para mí el autor era el que yo leía en español, es decir, el traductor. Pero nunca me fijé en quién traducía las obras que leía entonces y probablemente no habría conseguido averiguarlo aunque hubiera querido saberlo, porque en muchas ediciones no aparecían citados los traductores. El anonimato o la invisibilidad del traductor y del intérprete han hecho correr ríos de tinta entre las diversas trinidades de la investigación moderna y, sobre todo, postmoderna. Bien mirado, tal vez era mejor que fueran invisibles, porque el ejercicio de la traducción no carecía ni carece de riesgos —pero de esto tuve conciencia mucho más tarde—; a Fray Luis de León no lo encerraron en las cárceles de la Inquisición por lo que decían los autores considerados sagrados, sino por la versión que él daba en castellano de lo que aquellos decían en hebreo o en griego, es decir, por el texto del agustino y no por el original. En realidad, muchas obras literarias y muchos acontecimientos se conocieron y se conocen únicamente en su versión traducida y no en su versión original y los convenios y tratados se aplicaron y se aplican en función de lo que dicen en la lengua que cada cual entiende. De ahí la importancia que tuvo la traducción en la configuración del pensamiento de quienes fueron protagonistas de fenómenos tan importantes de nuestra historia como la revolución china.

The importance of translation is intensified by the fact that, as many modern political and intellectual leaders in China did not know a foreign language, Western knowledge was acquired largely through translated materials.2

Otros usuarios tocarían a ciegas al traductor y dirían que es un manipulador, un traditore; algunos verían en él a un adaptador; otros a un inventor de alfabetos y otros a un iniciador de las literaturas nacionales; otros al artífice de la lengua nacional. Otros ven a los traductores como elaboradores de diccionarios; a otros les parecen simples aliados del poder; otros los ven como propagadores de religiones; y otros como divulgadores de cultura... por citar algunos de los títulos de los capítulos del libro Translators through History (Delisle/Woodsworth eds., 1995). ¿Se puede ser cada cosa y su conjunto a la vez? No deseo entrar en disquisiciones físicas ni metafísicas al respecto ni tratar de diseccionar al pobre traductor o intérprete, que bastante tiene con lo que tiene.

Sencillamente pensemos que, de la misma manera que no somos conscientes del pulso o de la respiración cuando corazón y pulmones funcionan al compás de sus movimientos reflejos, tampoco solemos ver la traducción más que como algo latente, algo que sabemos o suponemos que está ahí, pero que no manifiesta su presencia salvo cuando hay algún sobresalto por la razón que sea, generalmente negativa (error, desliz ético), es decir, cuando salta la alarma y se nota que el traductor se ha equivocado o que al intérprete se le ha escapado algo o se le ha olvidado conectar el micrófono. De modo que a veces sí que se nota o se hace notar la persona que traduce. Prácticamente todas las representaciones del traductor y del intérprete en obras de ficción lo presentan como transgresor del código deontológico, a menudo —aunque no siempre— por una buena causa, en narraciones que se atienen al modelo maniqueo de héroes y villanos, donde no está mal retorcer un poco la trama y saltarse la ética para ayudar a que acabe victorioso el personaje que ha de salvar a la víctima. Pero, sea en la ficción o en la realidad, lo habitual es que pasemos por alto el propio hecho de la traducción, aun cuando esta sea errónea. Quienes tradujeran canal de la Mancha en vez de la Manga, Tullerías en vez de Tejerías, Brujas en vez de Puentes, se quedarían tan anchos, y la verdad es que nosotros, los receptores y, con el tiempo, usuarios de esos nombres propios, también, porque nos hemos acostumbrado a ellos y a estas alturas nos resultaría difícil cambiar algo tan enraizado en la costumbre.

Nous sommes tous des traducteurs, dice Ismail Kadaré en las primeras páginas de su libro Les quatre interprètes. Tal vez sea precisamente por ser todos (un poco) traductores por lo que existe una enorme indefinición de la tarea y una confusión tan generalizada en la opinión pública, que suele equiparar un conocimiento (somero) de dos idiomas con la condición suficiente para poder traducir. Escucho constantemente a los corresponsales en el extranjero de emisoras de radio españolas traducir extractos de los discursos de políticos o de figuras de la cultura de sus países de destino y con frecuencia observo los errores que cometen («efecto de sierra» por effet de serre, «entre los árabes y Occidente» por between Islam and the West, refiriéndose a Irán, son dos recientes que me vienen a la memoria). ¿Quiere esto decir que los corresponsales no se manejan en los idiomas de los países desde los que informan? Claro que no. Seguramente hablan —y sobre todo escuchan y leen— en esos idiomas todos los días y hacen la compra y van al cine. Lo que les falta es el «oficio» del traductor, el criterio de calidad, y sin embargo traducen todo el tiempo y su versión se difunde urbi et orbi. Serían, pues, periodistas profesionales pero traductores aficionados, como tantos de los que se introducen en este mundo con la soltura del ignorante. ¿Cuáles serían entonces los ingredientes necesarios para traducir bien?

Manuel Bretón de los Herreros escribía en un artículo publicado en 1831 lo siguiente:

Para traducir bien una comedia del francés al castellano no basta saber a fondo el castellano y el francés; es necesario no ignorar las costumbres de ambas naciones; es preciso haber estudiado al hombre no sólo en los libros, sino también en la sociedad; es forzoso haber observado el gusto del público; es imprescindible saber renunciar a muchas gracias del original, que no lo serían en la traducción por la distinta índole de las lenguas, saber crear otras que las sustituyan, sin traerlas por los cabellos; saber [...] Pero no nos cansemos. Dígase en una palabra que difícilmente podrá ser buen traductor de obras dramáticas quien no sea capaz de escribirlas originales.3

El elenco de condiciones que plantea para saber traducir parece incuestionable. No basta con conocer los idiomas, sino que es preciso tener un conocimiento de los países cuyas lenguas intervienen en el proceso, y ser consciente de que el humor suele ser muy específico y, por lo tanto, de difícil transplante. Es igualmente necesario el ingrediente del «conocimiento del mundo», esa madurez que los franceses llaman culture générale. También es importante —avanzadilla de la teoría del skopos— saber a quién va dirigida la traducción y conocerlo. Pero la conclusión en la que resume todo lo anterior es algo más discutible, porque llevada a sus consecuencias extremas significaría que para traducir cualquier texto uno ha de tener dos oficios a la vez, el de traductor y el de profesional —queda por aclarar cuán profesional y exactamente de qué parte de la profesión— del tema de que trate el texto. La conclusión de Bretón de los Herreros no está, pues, descaminada del todo. Pero, con la perspectiva de hoy, parecería apoyarse, por un lado, en la idea de que existen textos «puros» —jurídicos, médicos o matemáticos— y, por otro, en que para abordarlos uno tendría que ser respectivamente jurista, médico o matemático, además —naturalmente— de conocer a fondo los idiomas de que se trate. Esta visión parecería abogar por una concepción mecanicista en la que los términos de la ecuación funcionarían como un reloj y donde reinaría el dogma del bilingüismo más la hiperespecialización. ¿Qué sucedería si el médico, que sabe medicina y los dos idiomas, se encontrara con un texto en el que hubiera referencias no estrictamente médicas? ¿O si el texto por traducir contuviera elementos no directamente relacionados con su especialidad médica? O, lo que es aún más decisivo para mi argumentación, ¿qué sucedería si ese médico «bilingüe», sencillamente, no supiera traducir? Lo que sucedería es que haría muy bien en darle el encargo a un traductor, aunque no fuera médico.

¿Cuál sería entonces la formación necesaria del traductor o del intérprete? Puedo decir, sin temor a equivocarme, que durante la mayor parte de la historia y posiblemente de la prehistoria —pero si se llama así es porque carecemos de documentos— ha habido personas que han desempeñado la función de traducir oralmente —de manera mucho más infrecuente también por escrito—, entre dos o más idiomas que conocían por razones que podríamos llamar «naturales». Esa función no se ha ejercido con dedicación profesional hasta fechas muy recientes y su perfeccionamiento se fue produciendo, como suele suceder en los oficios, con la práctica. Así, la mayoría de los traductores e intérpretes de las generaciones que aparecen con esos títulos en la Sociedad de Naciones, en Núremberg y en los primeros decenios de vigencia de las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial, llegó a las profesiones por casualidad, a partir de un conocimiento natural de los idiomas y de un aprendizaje experimental in situ, y no por una vocación temprana ni mucho menos mediante una formación reglada, como la que podía existir para hacerse abogado o médico. Ese azar consistió a menudo en algún acontecimiento fundamental en sus vidas, como pudo ser la migración forzada causada por una guerra o una revolución. Así ocurrió con muchos de los intérpretes de las primeras hornadas de las Naciones Unidas, que aprendieron las lenguas casi por ósmosis y que aprovecharon esa circunstancia para prestar sus servicios en una institución que nacía con unas necesidades algo imprecisas pero que (más o menos) encajaban con los requisitos que ellos (más o menos) cumplían.

Cuando se empezó a hacer la selección de intérpretes para Núremberg, el responsable principal, el coronel Dostert, decía que el ADN del traductor y del intérprete que él buscaba consistía en la falta de raíces, como si las personas fuéramos árboles y como si con eso bastara para saber interpretar. La ausencia de sense of place y la rootlessness parecían ser la garantía de «madera» de traductor y, sobre todo, de intérprete. Esa trayectoria errante era la prenda que servía para homologar los conocimientos necesarios, una especie de «máster» de la vida, menos inmediato que el Pentecostés bíblico, —que convirtió a los galileos en políglotas instantáneos— pero igualmente eficaz. Elsa Haim me dijo una vez: les langues, la vie nous les a apprises —y haim quiere decir vida en hebreo—.

Sección de intérpretes de la Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra, 1961

Haim fue intérprete de las Naciones Unidas durante muchos años y, que yo sepa, sigue siendo, como durante toda su vida, orgullosamente apátrida. Ese componente de persona errante, muchas veces vinculado con guerras y cataclismos políticos y sociales, explica esta foto de la sección de intérpretes de la ONU en Ginebra de 1961. Hay en ella muchos judíos y muchos rusos (sobre todo blancos, aunque también algunos soviéticos) o las dos cosas a la vez. Hay muchos más hombres que mujeres. Pero quizás el elemento que más los une a todos es que si les hubieran preguntado a los 15 años qué iban a ser en la vida seguramente ninguno hubiera respondido que su profesión sería la de intérprete o traductor.

Esas circunstancias históricas explican tantísimas cosas más relacionadas con las vidas de traductores e intérpretes: los niños de la guerra civil española, la evacuación de Salónica, la invasión de Austria por Hitler, las tragedias de todas las guerras...

Niños de la guerra: desde Santurce a Leningrado

Begoña Lavilla y Antonio Herranz han regresado a casa desde Moscú para unirse a los «niños de la guerra» homenajeados esta semana. Ella era una adolescente cuando contempló hileras de prisioneros alemanes vestidos con harapos, después de que Stalin doblegara a Hitler en Rusia. Él fue intérprete de un general soviético destacado en Cuba durante la crisis de los misiles de 1962, y llegó a tratar fugazmente a Fidel Castro y a su hermano Raúl, aunque también se cruzó con el Che Guevara. 15.6.2008.4

La sociogénesis de quienes han ejercido profesionalmente la labor de traducir e interpretar no fue unívoca ni estática, sino que iría evolucionando. Por ejemplo, en la Sociedad de Naciones los británicos procedían de una trayectoria de administración imperial que pasaba por puestos civiles en el exterior y también por empleos militares en las guerras coloniales. El coronel Wade, que fue intérprete en la Sociedad de Naciones, había nacido en Pekín, deletreado precisamente de esta manera porque su padre, Thomas Wade, agente diplomático británico en China, fue el encargado, junto con Giles, de la transliteración del chino con la que hemos convivido hasta hace pocos años.

Wade-Giles, sometimes abbreviated Wade, is a Romanization (phonetic notation and transliteration) system for the Chinese language based on Mandarin. It developed from a system produced by Thomas Wade in the mid- 19th century, and reached settled form with Herbert Giles's Chinese-English dictionary of 1912. It was the main system of transliteration in the English-speaking world for most of the 20th century.5

En el caso de los de habla francesa, los traductores e intérpretes de la Sociedad de Naciones procedían más bien del itinerario académico, Escuelas Normales, enseñanza universitaria, como correspondía con el modelo universitario francés, tan distinto por cierto del alemán, que llevaba a los puestos de traductor a personas procedentes del mundo universitario, pero también a miembros de la función pública exterior, mediante escuelas asociadas al propio Ministerio de Exteriores.

Muchos intérpretes y traductores de los que conocemos hoy no han sido errantes, sino que han llegado a la profesión por otras vías. Para empezar, después de la Segunda Guerra Mundial proliferaron las escuelas de traducción e interpretación, que se convirtieron así en los talleres de formación para quienes sentían cierta vocación por ese quehacer. De modo que también es válida la vía del estudio sedentario de las lenguas, de la práctica paciente del oficio ante un texto, en un sitio tranquilo, con la compañía de otros textos y diccionarios y mediante la interacción con otros compañeros más veteranos en el oficio. Sempre chegamos ao sítio aonde nos esperam dice el Livro dos itinerários, que cita Saramago en su A viagem do elefante6 . Llegamos a ser traductores o intérpretes porque ese es el lugar donde se nos esperaba, aunque los caminos por los que hemos llegado sean muy distintos. Los que llegan son los que se adaptan al medio en el que se puede desarrollar la profesión, aunque a veces dé la impresión de que estamos ante un darwinismo algo peculiar, según el cual seríamos nosotros quienes adaptamos el medio a nuestras circunstancias. Pero esa adaptación no significa siempre la domesticación plena de nuestro entorno, que sigue lleno de peligros, a veces bien reales.

El riesgo de traducir nos remitiría a ejemplos como el citado más arriba de fray Luis de León, que sufrió reclusión en las celdas de la Inquisición por discrepancias de traducción en torno a ciertos textos supuestamente canónicos —lo que a su vez nos llevaría a aludir a la inamovilidad de la traducción una vez establecida como canónica del original e igual al mismo—. Esa fidelidad al original puede considerarse tal que —en ciertos casos— llega a suponer el riesgo de la propia vida, como le sucedió al traductor de The Satanic Verses de Salman Rushdie al japonés y, casi, también al traductor al italiano. La muerte nada metafórica de aquel traductor vino provocada por decir en japonés (casi) lo mismo que en inglés, y los ejecutores de la fatua la llevaron a efecto sin entender seguramente lo que decía la versión en japonés, es decir, sin poder verificar si todos los pasajes —incluidos los polémicos de la fatua— estaban allí o no. Si en un caso se puede decir que el traductor es visible es precisamente cuando paga con su vida por el hecho de traducir. Esto nos conduce —de manera natural— al asunto del monopolio que el traductor tiene sobre la transferencia entre las dos lenguas y a la imposibilidad de juzgar la traducción por quien no sea igualmente diestro que él en las lenguas y en las técnicas, lo que plantea inmediatamente un escollo de difícil solución, particularmente en el mundo de las organizaciones internacionales, donde además de traductores de a pie existen revisores capaces de corregir el trabajo realizado por los primeros. En último término, podría haber un segundo revisor —a veces lo hay— capaz de hacer enmiendas al texto ya revisado; y así podría suceder con un tercer revisor y un cuarto, sin solución de continuidad, porque no hay versiones definitivas perfectas, aunque unas se aproximen más que otras a la perfección. Es la eterna cuestión del quis custodiet custodes, más visible cuanto más se aleja de la traducción de a pie el encargado de juzgarla. Lo dice mejor fray Luis de León en la dedicatoria que hace de sus poesías a Portocarrero:

De lo que es traducido el que quisiere ser juez pruebe primero qué cosa es traducir poesías elegantes de una lengua extraña en la suya, sin añadir ni quitar sentencia, y guardar cuanto es posible las figuras del original y su donaire, y hacer que hablen en castellano y no como extranjeras y advenedizas sino como nacidas en él y naturales. No digo que lo he hecho yo ni soy tan arrogante, mas helo pretendido hacer y así lo confieso. Y el que dijere que no lo he alcanzado, haga prueba de sí, y entonces podrá ser que estime mi trabajo más.7

Podríamos entender la traducción en el sentido que Larra le da por boca de uno de sus personajes de Las Batuecas:

No estudio para intérprete: si voy al extranjero, en llevando dinero ya me entenderán, que esa es la lengua universal.8

Está cargado de razón en lo que señala sobre la barrera del dinero a la hora de disponer de quien nos ayude a entendernos. No hay más que ver la diferencia entre el enfoque con el que se mira en nuestro país al magnate petrolero del Golfo y el que se utiliza con el inmigrante magrebí. A uno se le entiende todo y, en cambio, se hacen oídos sordos a lo que el otro tenga que decir. No obstante, sabemos que Larra escribió otros textos más en la línea del que citábamos arriba de Bretón de los Herreros, de modo que la traducción que hoy asociamos con una profesión no es ni tan nueva en la historia ni tampoco tan homogénea como nos pueda parecer a juzgar por la detallada reglamentación de su ejercicio en determinados períodos de nuestro pasado. En la historia de la conquista y colonización de América y de otros territorios coloniales, existen muchas traducciones «de urgencia» (las que permiten saber sobre el otro lo imprescindible para sobrevivir), pero, con el tiempo, se convertirían también en traducciones de «planta», en las que se realiza ya un trabajo sistemático (las leyes, el trabajo de las Audiencias). Incluso se podría hablar tal vez también de traducción «de cuidados intensivos» (la traducción de textos religiosos que podían resultar conflictivos y derivar en situaciones graves para los autores). Pensemos en lo que dice Las Casas respecto a lo que saben los «indios» en castellano, que son cosas muy sencillas           —algunas frases nada más— frente a los procedimientos en las Audiencias con nahuatlatos profesionales y con legislación precisa sobre cómo traducir y con arreglo a qué código ético.

El Emperador D. Carlos y la Emperatriz Gobernadora en Valladolid á 12 de Septiembre de 1537.

Somos informados que los Intérpretes y Naguatlatos, que tienen las Audiencias, y otros Jueces y Justicias de las Ciudades y Villas de nuestras Indias al tiempo que los Indios los llevan para otorgar escrituras, ó para decir sus dichos, ó hacer otras autos judiciales y extrajudiciales, y tomarles sus confesiones, dicen algunas cosas, que no dixeron los Indios, ó las dicen y declaran de otra forma, con que muchos han perdido su justicia, y recibido grave daño: Mandamos que quando algunos de los Presidentes y Oidores de nuestras Audiencias, ú otro qualquier Juez enviare á llamar á Indio, ó Indios, que no sepan la lengua Castellana, para les preguntar alguna cosa, ó para otro qualquier efecto, ó viniendo ellos de su voluntad á pedir, ó seguir su justicia, les dexen y consientan, que traygan consigo un Christiano amigo suyo, que esté presente, para que vea si lo que ellos dicen á lo que se les pregunta y pide, es lo mismo que declaran los Naguatlatos, é Intérpretes, porque de esta forma se pueda mejor saber la verdad de todo, y los Indios estén sin duda de que los Intérpretes no dexaron de declarar lo que ellos dixeron, y se excusen otros muchos inconvenientes, que se podrían recrecer.9

Entre las de cuidados intensivos se podría mencionar la política de los jesuitas en las misiones paraguayas, con el ejercicio cuidadoso —de auténtico equilibrismo— de unas traducciones que han de tratar de preservar el dogma, optando a veces —es verdad— por utilizar conceptos de los propios guaraníes y aun palabras en su lengua, para explicarles cosas que, de todos modos, eran muy difíciles de entender para los habitantes de las reducciones.

Los chamanes no entienden que se puedan comer a su Dios todos los días pero que sea pecado comerse a un hombre de vez en cuando.10

Desconocer del todo al otro habría sido  —fue— miopía intelectual, como ha sucedido tan a menudo en la historia y como sigue sucediendo tantas veces. Si hay algo que sustenta la idea de la imposibilidad de traducir es que no podemos nombrar aquello que no conocemos porque no existe en nuestro entorno, en nuestra cultura. Veamos, por ejemplo, el glosario de Pigafetta de los indios del Brasil:

rey (cacich), bueno (tum), casa (boi), cama (hamac), peine (chipag), cuchillo (tabe), cascabeles (hanmaraca), tijeras (pirame), anzuelo (pinda), barco (canoe), mijo (maíz), harina (hui).11

A simple vista podemos observar que la traducción de rey por cacique o de cama por hamaca supone una vuelta de tuerca considerable en nuestra percepción de las diferentes realidades culturales, pero seguramente las funciones desempeñadas por tal institución y tal artefacto serían semejantes para quienes las denominaban respectivamente de aquella manera. Otra cosa es cómo llegaría Pigafetta a negociar con su informante el polisémico concepto de bueno y es casi seguro que el alcance de las dos palabras no era ni parecido. Porque son esas ideas abstractas las que plantean más dificultad a la hora de entenderlas.

Tenía interés en aprender a contar en lengua araucana [...]. Me dirigí, pues, a Mora [...] y le pregunté:

—¿Cómo se llaman los números en la lengua de los indios?

Mora no entendió bien la pregunta. Él sabía perfectamente lo que quería decir cuatro, pero ignoraba qué era número.12

Este acontecimiento sucede en el mismo subcontinente casi cuatrocientos años después de la primera circunnavegación del mundo en la que iba Pigafetta, y el intérprete indio que acompaña al coronel Mansilla en su expedición no es capaz de entender lo que quiere decir número, aunque sepa contar perfectamente, como si de algo ajeno a su horizonte cultural se tratara. Del glosario de Pigafetta al IATE han pasado muchos siglos y diversas revoluciones científicas, particularmente esa en cuya punta del iceberg estamos flotando nosotros en estos momentos, la de la informática. Cuando Miguel Sáenz de Sagaseta se refiere a este fenómeno en «Bajo la advocación de San Google» (2007), nos está queriendo indicar el enorme caudal documental con el que cuenta hoy el traductor para poder cumplir sus encargos. La revolución de las tecnologías de la información ha significado un paso gigantesco hacia delante para facilitar el trabajo de los traductores, empezando por la victoria sobre el espacio que suponen unas referencias y unas herramientas que no están atadas a un lugar concreto. Ahora bien, aún nos falta que emerja aún mucho volumen de ese iceberg para lograr hallar la piedra filosofal de la traducción automática perfecta que hace más de un siglo había encontrado ya un personaje de ficción de Pío Baroja con el traduscopio:

No contento aún con esto, Macbeth, siempre borracho e impasible, explicó al público un aparato de su invención, el traduscopio óptico y acústico. El traduscopio era un aparato muy sencillo, sencillísimo, fundado en el sabio y desconocido principio del doctor Philf, de que las palabras, así habladas como escritas, se van dilatando a medida que se aproximan a los trópicos, y contrayéndose a medida que se alejan. Así, para construir el traduscopio, no hay más que combinar un sistema de meniscos convergentes que van pasando a meniscos planos y luego a meniscos divergentes y colocarlos en un tubo. Los meniscos pueden ser ópticos o acústicos, según se quiera.

Si se habla por un lado del tubo en inglés, por el otro extremo del tubo salen palabras en castellano. Lo mismo sucede si se mira, porque el traduscopio lo traduce todo; la cuestión no está más que en la graduación de los tornillos.13

Solo tres años antes de la publicación de esta novela, Baroja, como tantos escritores del 98, había sido testigo de la liquidación de los retales del imperio español, en la paz de París que rubricaba la derrota española ante los Estados Unidos y la pérdida de las últimas joyas de la Corona, en particular la preciada Cuba. Las negociaciones de paz se celebraron entre las dos delegaciones sin que pudieran entenderse entre sí, a no ser por la presencia del intérprete Ferguson, miembro de la comisión estadounidense.

The Commissioners also say a high compliment was paid to Arthur Ferguson, the interpreter attached to the commission, by the Spaniards, who, although he was an American attaché, trusted him to represent both parties.

After the treaty was signed and when the farewells were being exchanged, Señor Montero Rios, President of the Spanish Commission, seized Mr. Ferguson’s hands, and in a courtly Spanish manner exclaimed:

“I am sure you must have a fellow-feeling for Spaniards, for you speak our language not only with the head, but with the heart.”

Mr. Ferguson is gifted with a remarkable memory. He would listen to a speech ten to twenty minutes long, and would then repeat its substance in the other language. The accuracy of his translations was never questioned.14

Esta nota de The New York Times es indicativa de la confianza respecto al «intérprete del enemigo» mostrada por la parte española, que siempre tuvo la certeza de que el mediador había sido lingüísticamente fiel al texto original y, de alguna manera, según el sentir de Montero Ríos, leal a los españoles, cuyos sentimientos de derrota no podría dejar de compartir, conociendo tan bien como conocía el idioma de Cervantes, en una identificación nada extraña de lengua y patria. Otra cosa son los comentarios del periodista, que, además de expresar la modalidad utilizada por Ferguson para la interpretación —la consecutiva larga— también se aventura a decir que nadie le corrigió la exactitud de las traducciones. Desde la lectura que podemos hacer hoy nos preguntamos quién podría haberle cuestionado las traducciones si el único que sabía los dos idiomas era él.

El siglo XIX había empezado con los episodios que significaron el aluvión de las repercusiones de la revolución francesa en nuestro país, entre otras el nombramiento por Napoleón de su hermano José I Bonaparte como rey de España. El discurso «programático» del recién instaurado monarca, pronunciado en Logroño, hubo de ser traducido para que el público asistente lo entendiera.

En presencia de numerosos representantes del clero y fieles en general, Bonaparte defendió desde el púlpito de la colegiata logroñesa su derecho a ceñir la corona. Pero como no dominaba la lengua de Cervantes, optó por hablar en italiano, ante la sorpresa del auditorio. El sermón tuvo que ser traducido al castellano por el patriarca de las Indias Occidentales, Ramón José de Arce.

De Arce, a la sazón también arzobispo de Zaragoza, era un prelado muy afecto al bonapartismo, afrancesado convicto y cercano a la masonería, pese a que, hasta ese mismo 1808, ostentara el relevante cargo de inquisidor general.15

Aquellos fueron acontecimientos de gran importancia en el péndulo de nuestra Historia que pasaron por la traducción para poder ser entendidos. Igual que lo fueron otros, más lejanos en el tiempo, como sucedió con los vaivenes de fronteras de las sociedades medievales, en las que la coexistencia de culturas, lenguas y religiones caracterizó a nuestros pueblos y ciudades durante siglos. El esfuerzo traductor del reinado de Alfonso X el Sabio merece ser apuntado aquí no solo por la tarea colosal de recuperar una cultura secular refinada, como la de los griegos, árabes y persas, sino también por la alquimia que fue necesaria para que lo que estaba en un idioma incomprensible pasase a otro que sí se entendía.

[…] Au XIIe siècle coexistent l’arabe, le romance, c’est-à-dire la langue vernaculaire espagnole, et le latin, ainsi que, dans une moindre mesure, l’hébreu. Une des particularités de certains travaux de cette époque, c’est que, entre l’arabe, la langue source, et le latin, la langue cible, intervient une langue intermédiaire, la langue vernaculaire espagnole. Elle permet à un arabisant juif ou mozarabe de transmettre dans une langue servant principalement à l’oral et qui est en général sa langue maternelle le contenu d’un texte formulé dans une langue qui est celle dont il se sert à l’écrit. Le destinataire, quant à lui, reçoit oralement, dans une langue qui est sa langue maternelle s’il est espagnol, un message qu’il transcrit en latin, langue dont il se sert toujours à l’écrit. Dans un certain nombre de cas, donc, la traduction est fondée sur une collaboration ayant pour point de départ un plurilinguisme collectif ainsi que deux diglossies individuelles. En sorte que celui qui écrit la traduction ne connaît pas forcément la langue du texte du départ. […]16

¡Y pensamos que las sociedades multiculturales o, más cabalmente, interculturales, fruto de los fenómenos de inmigración que estamos presenciando en las últimas décadas, son cosa de nuestros días...!

Citas

Baigorri Jalón, Jesús / Ana González Salvador eds. (2007). Entre lenguas: traducir e interpretar, Fundación Academia Europea de Yuste, Cáceres.

Baroja, Pío (1973 [1901]). Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, Caro Raggio, Madrid.

Delisle, Jean / Judith Woodsworth eds. (1995). Translators through History, John Benjamins, Amsterdam.

Foz, Clara (1998). Le Traducteur, l’Église, le Roi, Ottawa, Presses de l’Université d’Ottawa.

Haubert, Maxime (1999). Índios e jesuítas no tempo das missões: séculos XVII-XVIII, Companhia das Letras, São Paulo.

Howland, Douglas (2003). «The Predicament of Ideas in Culture: Translation and Historiography», 45-60 en History and Theory 42, 1.

Kadaré, Ismail / D. Fernández Recatalà (2003). Les quatre interprètes, Stock, París.

Lafarga , Francisco (1991). «¿Adaptación o reconstrucción? Sobre Beaumarchais traducido por Bretón de los Herreros», 159-166 en Francisco Lafarga Maduell / María Luisa Donaire Fernández, coords. Traducción y adaptación cultural: España-Francia, Universidad de Oviedo, Servicio de Publicaciones, Oviedo.   http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/46861607989153509754491/024581.pdf#search="Larra traducir teatro francés"&page=2.

Mansilla, Lucio V. (1959 [1870]). Una excursión a los indios ranqueles, estudio preliminar de Mariano Vedia y Mitre, Ediciones Estrada, Buenos Aires. http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/cronicas/ranqueles/ranqueles_00indice.html.

Pigafetta, Antonio (1988 [1522]). Primer viaje alrededor del mundo, ed. Leoncio Cabrero, trad. F. Ros, Historia 16 Madrid.

Sáenz Sagaseta de Ilúrdoz, Miguel (2007). «Bajo la advocación de San Google», 39-46 en Baigorri/González eds.

San José Lera, Javier (2003). «Fray Luis de León, “Salmo I”: traducción, poesía y hermenéutica», 51-97 en Bulletin Hispanique, junio. http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?portal=180&Ref=29318.

Tsuen-Hsuin, Tsien (1954). «Western Impact on China Through Translation», 305-327 en The Far Eastern Quarterly, 13, 3.

 

Jesús Baigorri Jalón
Universidad de Salamanca
baigorri@usal.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Howland 2003: 60.
2 Tsuen-Hsuin 1954: 305.
3 Correo Literario y Mercantil, 8 de julio de 1831, cit. por Lafarga 1991: 159.
4 http://www.elcorreodigital.com/alava/20080615/pvasco-espana/desde-santurce-leningrado-20080615.html
5 http://www.economicexpert.com/a/Wade:Giles.html
6 Caminho, Lisboa 2008.
7  Javier San José Lera, Fray Luis de León, «Salmo I»: traducción, poesía y hermenéutica.  http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/35715953903573506300080/p0000001.htm#I_0_
8 Mariano José de Larra (1832), «Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por el Pobrecito Hablador».
9 «Ley xij. Que el Indio que huviere de declarar, pueda llevar otro ladino Christiano, que esté presente.» Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias mandadas recopilar por Carlos III en 1776, Madrid, Consejo de la Hispanidad, 1943.
10 Haubert 1999: 144 (traducción del autor de este texto).
11  Pigafetta 1988 [1522]: 165.
12 Mansilla 1870: 202.
13 Baroja 1973 [1901]: 83.
14  The New York Times, 18 de diciembre de 1898.
15 Marcelino Izquierdo, diario La Rioja, Logroño, 24 de diciembre de 2008.
16 Clara Foz 1998: 95-96

capítulo precedentecapítulo siguientePágina principal