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TRIBUNA


Responsables de la lengua

Para introducirnos en la exposición, busquemos una excelente compañía. George Orwell1 resume algunos vicios propios del lenguaje político inglés de su época. Entre otros principales: las imágenes trilladas, la falta de precisión o inconcreción, el recurso a las frases hechas, la escritura compleja y dicción pretenciosa, el uso de palabras sin sentido, etc.

Más en particular, nos dice primero que ese idioma adolece de un afán imitativo y maquinal: «La ortodoxia, cualquiera que sea su color, parece exigir un estilo imitativo y sin vida [...]. Un orador que emplea esa fraseología ha tomado distancia de sí mismo y se ha convertido en una máquina. De su laringe salen los ruidos apropiados, pero su cerebro no está comprometido como lo estaría si eligiera sus palabras por sí mismo...». Añade después que esa lengua recurre al eufemismo a fin de no decir la verdad: y es que las purgas y deportaciones rusas o el lanzamiento de bombas atómicas sobre Japón solo pueden defenderse «con argumentos que son demasiado brutales para la mayoría de las personas y que son incompatibles con los fines que profesan los partidos políticos». De ahí los eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. Y Orwell denuncia en el uso de su lengua, por fin, un estilo inflado, que ya es otra forma de eufemismo: «El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que suelta tinta para ocultarse».

Me temo que mucho de todo esto también podría decirse hoy del lenguaje político español. Si cabía pensar que, al igual que el alemán, el ruso y el italiano, el español se deterioró por culpa de la dictadura, hoy se deteriora por culpa de un ejercicio democrático deficiente. Porque «si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento». ¿No nos convendrá, para así entrar en materia, darnos un buen chapuzón?

1. Algunos fenómenos lingüísticos en la España actual

Tópicos

Habría que recordar que «al principio era la palabra, no la frase hecha»2. Sí, pero al final el riesgo es que triunfe la frase hecha. Porque los lugares comunes, nos dirá Kafka, son «el estiércol de las palabras e ideas gastadas, más fuertes que un grueso blindaje. Los hombres se esconden tras ellas del paso del tiempo. Por eso la verborrea es el baluarte más fuerte del alma. Es el conservante más duradero de todas las pasiones y estupideces»3. El recurso al tópico en nuestras conversaciones se nutre de la pereza y del ahorro reflexivo que permite, pero no menos de la imperiosa necesidad de «ser de los nuestros»; en definitiva, del gregarismo: «Mi lema es "grita siempre con los demás". Es el único modo de estar seguro»4. Es el mismo mecanismo que da lugar a la «tiranía de la mayoría» o a la opinión pública: el temor a quedarse solos5.

Pues bien, por mencionar los de una sola especie, los españoles disponemos hoy de una amplia colección de tópicos acerca de la política y de la democracia. Mostremos una lista representativa, en modo alguno exhaustiva6. Ahí están, por ejemplo, los socorridos clichés acerca del presunto buen ciudadano, esos que se desgranan a la hora de su funeral. El finado era una persona excelente: solo vivía para su familia: De casa al trabajo y del trabajo a casa / No se metía con nadie / Él iba a lo suyo / No era político... No son menos frecuentes otros lugares comunes que degradan sin saberlo el significado de la política: Una cosa es la teoría y otra la práctica / Hay que dejarse de filosofías e ir al grano / La política es cosa de los políticos (que para eso les pagamos) / Todos los políticos son iguales / Tenemos los políticos que nos merecemos, etc.

Hay otros que denotan graves deficiencias en la comprensión de la democracia e implican una conducta ciudadana cargada de relativismo. Verbigracia: No hay que politizar las cosas / Condenamos la violencia venga de donde venga / La violencia engendra violencia / La violencia es inútil / Con la violencia no se consigue nada / Sin violencia todos los proyectos son legítimos / Desde que llegó la democracia... / Algo es perfectamente legítimo / Fulano está en su perfecto derecho / Lo diferente, lo diverso es bueno / No es ni mejor ni peor, sino simplemente distinto... Merecería mención especial el tópico tan omnipresente como nefasto de que Todas las opiniones son respetables, que se acompaña de otros tan aceptados —pese a su carácter nihilista— como que No hay que juzgar a nadie, que Esa será su opinión y yo tengo la mía, que La suya es una opinión muy discutible (si bien no voy a tomarme el trabajo de discutirla) y, por poner fin a esta serie, eso tan indicativo de la confianza que depositamos en la argumentación como que No querrá usted convencerme...

Algunas modas relativamente recientes

Podríamos aquí incluir, entre otras modas, los términos que he llamado archisílabos para designar a esas palabras ampulosamente alargadas con las que pretendemos obtener algún prestigio ante los demás hablantes7. Se habrá observado asimismo la no menos creciente inflación de términos técnicos, mercantiles, etc. que traspasan su ámbito de origen e invaden lo que pillan. Me refiero a esa lengua del mercado que se empeña en llamar clientes a los que hasta hoy mismo recibían el nombre preciso de viajeros, pacientes, asegurados y otros tantos; o bien denominar genéricamente producto a todo lo que se produce con vistas al mercado, lo mismo sea de carácter material o espiritual; y, por supuesto, que infecta la conversación de activos, a fecha de hoy, maximización, input o output. Que los políticos solo se dediquen a apostar por una acción determinada, en lugar de escogerla y adoptarla por las razones que la justifican, es otro síntoma de adelgazamiento normativo en la tarea pública.

Asistimos también a un desplazamiento de términos prestigiosos desde sus espacios propios para aplicarlos en otros. Así se observa el vaciamiento del sentido originario, por ejemplo, en el uso prevalente hoy de filosofía (para señalar el estilo de un equipo de fútbol), excelencia (referida a calidad empresarial), personalizado (por individualizado). Naturalmente, no cabe olvidar los perezosos y abundantes contagios o mimetismos del inglés. Inclúyanse en este apartado el uso común de las mayúsculas en las iniciales de las palabras de los carteles, rótulos, etc.; las desinencias en -al: educacional, ficcional, organizacional, etc.; los términos nacidos de la ignorancia y pedantería pedagógica: habilidades, fortalezas, debilidades...; las malas traducciones, sin más (evidencias, el día después...). Y es escandaloso que no se haya denunciado aún la entonación de los corresponsales de televisión, azafatas, locutoras de supermercados, etc., que han creado de la nada una nueva y exclusiva fonética del español. Contra las reglas y el uso ordinario de todos los demás, parece como si estos distinguidos hablantes se propusieran ante todo mostrar su diferencia de categoría en la administración de la lengua.

Ofensivas ideológicas para dominar o secuestrar el lenguaje

La lección de Victor Klemperer8 no ha perdido actualidad entre nosotros. Tendríamos bastantes ejemplos del modo como el igualitarismo y el más romo «progresismo» manipulan el sentido de palabras tales como elitismo, discriminación o prejuicio. El vocabulario «abertzale» en particular pretende encubrir la barbarie en la que está embarcado. Así, un atentado terrorista es una ekintza, esto es, una «simple acción»; ETA queda definida como una organización armada y su terrorismo no pasa de ser violencia como otra cualquiera. Ya habrán observado que, entre nosotros, los políticos cometen errores (casi nunca faltas o delitos), que hace tiempo que España y español han sido sustituidos por Estado y estatal, que no hay manera más fácil de insultar al adversario que calificarle de fascista. Todo esto sin contar con la presión de lo «políticamente correcto».

Los medios de la perversión

Seguramente son muchos los nuevos instrumentos que hoy fomentan esa degradación del lenguaje. El envío masivo de e-mails y de sms sin control ni corrección; o el cómodo recurso a la función de «cortar y pegar» en internet, cuando se lleva a cabo sin la comprensión suficiente; la continua exposición a las letras de canciones de rock, rap y otras... serían algunas muestras de ello.

Parece obligatorio apuntar a los medios de comunicación en general, así como a los protagonistas habituales de la cultura de masas, a los discursos de muchos políticos profesionales, como los principales responsables del deterioro lingüístico. Pero la enseñanza en todos sus grados y los dogmas pedagógicos reinantes no contribuyen menos al desastre. Como se sabe, hoy las escuelas enseñan más filología que gramática (fonemas, morfemas... y mememas) y los niños adquieren conocimientos lingüísticos sin la afición por la lectura que debería ir aparejada. Los demás profesores pueden pronunciar con buena conciencia que la suya «no es una clase de Gramática» y aprobar a los alumnos más ágrafos con la excusa de que «ya les suspenderá la vida». Las pruebas regulares demuestran hasta la saciedad que en el Bachillerato apenas llegan a entender textos de filosofía o de idiomas, pero se solicita de los alumnos un «comentario personal». Y la evaluación ordinaria no se basa tanto en amplias exposiciones, donde el manejo de la lengua es crucial, como en tests que suman los aciertos entre diversas respuestas telegráficas.

2. Frente a ello, deberes con la lengua

No estaría de más ofrecer todavía unas aclaraciones al título de esta charla, que es lo mismo que centrar el objeto de nuestra reflexión. Ser responsables de la lengua quiere decir tener cuidado con mis/nuestras palabras, con la forma y contenido de mi habla, ser responsable del uso de mi lengua. En suma, significa que tenemos deberes para con la propia lengua. Pues nuestra condición de hablantes nos otorga derechos lingüísticos, sin duda, pero nos impone asimismo deberes.

Sentido de esos deberes

1. En rigor, no son deberes hacia una lengua, porque solo tenemos deberes para con las personas. Son deberes hacia sus hablantes (mis co-hablantes), con la comunidad de habla a la que pertenecemos. Habría que añadir con mayor precisión que nuestros deberes son con la comunidad viva de habla; que no hay deberes hacia los antepasados en el sentido de que estos nos impusieran obligaciones a los contemporáneos. De manera que —para referirnos a una reivindicación nacionalista capital— tampoco hay deberes hacia un Pueblo que hoy no hablara ya esa lengua o al menos no en parecida medida. Ni, por tanto, tampoco deber institucional ni personal de mantenimiento del patrimonio, de buscar venganza hacia un presunto culpable, de recuperación de lo que en el pasado los padres se dejaron arrebatar, etc.

Hay otro sentido de tales deberes, al que se refiere Kafka, que es preciso tener en cuenta: «...en realidad [el lenguaje] solo nos ha sido prestado a quienes estamos vivos por un tiempo indeterminado. Solo se nos permite emplearlo. En realidad les pertenece a los muertos y a quienes aún no han nacido. Tenemos que tratar esta posesión con mucho cuidado...»9. Lo que significa que no podemos disponer de la lengua a nuestro antojo, como si la tradición no estuviera ya contenida en el presente, como si pudiéramos prescindir de ese pasado incluso cuando nos proponemos superarlo.

2. Decimos que solo pueden ser deberes hacia los hablantes, o sea, respecto de sujetos reales y de derechos reales. Pero, por cierto, tanto hacia uno mismo (en virtud del habla interior de cada cual) como hacia los demás. Según Kant, los deberes con uno mismo consisten en la perfección de las propias facultades10; en este caso, de las lingüísticas. Una manera de ejercer este deber sería el que, en palabras de H. Arendt, expresaba un aspecto fundamental de la reflexión socrática. La conciencia (o sea, el «conocer consigo mismo») es el desdoblamiento de uno mismo en que consiste el pensamiento.

Otra forma básica de explicitar esos deberes hacia uno mismo es el deber de llegar a ser sujetos del habla, no sus objetos, sus portadores o sus transmisores automáticos y acríticos. Que nuestra lengua sea la lengua que hablamos, no la lengua que nos habla; que logremos expresar nuestro propio pensamiento y no sea la sociedad la que hable por nosotros sin pasar por nuestra conciencia.

3. No se trata solo de deberes negativos, es decir, de que nadie interfiera en los derechos lingüísticos de los ciudadanos. Se trata sobre todo de deberes positivos, como hablar y escribir bien. A ellos estamos obligados todos los hablantes de la misma lengua (deberes positivos generales), pero también y más particularmente algunos ciudadanos en virtud de su función política, cometido profesional o prestigio social (deberes positivos especiales o de garantía). Ser hablantes nos vuelve responsables de nuestro hablar, quiero decir, del modo como hablamos y de la riqueza o pobreza de nuestra comunidad lingüística.

4. Los entenderemos en primer lugar como deberes morales, claro está, y no legales. Y esos deberes morales incluyen además la obligación de pulir la lengua de uno (que es la de su comunidad) lo mejor posible, de pedir cuentas a quienes trafican con sus significados, o los confunden, o deforman su construcción sintáctica, o mimetizan una lengua extranjera, etc. No es el empobrecimiento de la lengua lo que más importa, sino el que deriva de la degradación de las funciones primordiales de la lengua que enseguida veremos: el empobrecimiento de la comunicación social o la simplificación del pensamiento común.

5. Pero también han de entenderse, al final (y ante todo en el caso de comunidades bilingües), como deberes políticos en tanto que hablantes de la lengua común. De ello se hablará más adelante.

Prejuicios contrarios, objeciones habituales

1. A quien pregone esos deberes se le recordará en primera instancia nuestra libertad individual de expresión, el conveniente fomento de la creatividad y cosas semejantes. La expresividad, arguyen muchos, es cosa de cada cual, hay que ser uno mismo, no imitar a nadie, etc. Y es que

la pedagogía contemporánea, completamente habitada por el deseo de redención, da la palabra antes y aun en vez de dar la lengua. Suéltense, se pide ahora a los alumnos [...]. ¡No sean tímidos, sean ustedes mismos! ¡Aumenten su asertividad, actualicen su potencial, desarrollen sus propias capacidades! Contra todo amaestramiento, digan quiénes son y lo que sienten con las palabras que le pertenecen...11

Ya sabemos que, en esta época que entroniza la diferencia, lo diverso es valioso no ya por tener el mismo valor, sino tan solo por ser diverso.

2. Contra aquel osado muchos lanzarán también el cargo de pedantería, purismo o elitismo.

Mientras resisten como pueden al enrarecimiento de las palabras, se fustiga su purismo, su integrismo, su malthusianismo. Mientras se niegan a dejar desaparecer los detalles de lo innombrado, se los trata de extirpadores. Mientras se preguntan cuántos adjetivos, es decir, cuántos matices o cualidades sensibles ha desechado del mundo la incorporación de la palabra cool en nuestra lengua, generalmente se los percibe como los enemigos obsesivos y paranoicos de los matrimonios mixtos entre diccionarios. Mientras su principal preocupación es proteger el paisaje de los sentimientos morales de la indiferenciación planetaria y quieren liberar el pensamiento de las dicotomías sumarias a las que lo condena un lenguaje esmirriado, se denuncia sin parar el autoritarismo con el que hacen entrar en el lecho de Procusto del buen uso el abigarramiento cálido y desordenado de lo vivido...12

3. No faltarán quienes argumenten que la lengua es un organismo vivo, que evoluciona en la historia y que, por tanto, carece de sentido pretender acotar sus usos o imponer normas que la regulen... Pues claro que la lengua evoluciona y debe evolucionar. Pero no está mandado que sus transformaciones procedan por fuerza de la pereza, la ignorancia o el puro descuido de los hablantes. Bien sabemos que la lengua es un producto colectivo, pero no por ello se borra la responsabilidad individual de cada uno de sus productores.

4. «Pero si es solo cuestión de palabras...», se escudarán todavía algunos reacios a admitir ninguna obligación hacia su lengua. A lo que habrá que responder lo de Kafka: que «eso es precisamente lo peligroso. ¡Las palabras son las precursoras de acciones futuras, las chispas de futuros incendios! [...] las palabras son fórmulas mágicas. Dejan huellas dactilares en los cerebros que en un abrir y cerrar de ojos pueden convertirse en pisadas de la historia. Tenemos que tener cuidado con cada palabra que pronunciamos»13. Y es que, para centrarnos en el terreno moral y político, seguimos desconociendo la función práctica de las ideas prácticas. O, lo que es igual, cómo las palabras determinan las emociones y, por medio de ellas, asimismo la acción o conducta del individuo en la esfera privada y pública.

5. Habrá muchos que lamenten de antemano la inutilidad de la batalla, la irreversibilidad de la devaluación de la lengua. Según el parecer de Orwell (en aquel ensayo citado al comienzo), casi todas las personas que de algún modo se preocupan por el tema admitirían que el lenguaje va por mal camino, pero por lo general suponen que no podemos hacer nada para remediarlo mediante la acción consciente. Toda lucha contra el abuso del lenguaje sería un arcaísmo sentimental. Lo que a su vez lleva implícita la creencia semiconsciente de que el lenguaje es un desarrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros fines.

Pero añade —y creo que debemos concordar con él— que el proceso es reversible. Lo mismo el inglés de entonces que el español contemporáneo están plagados de malos hábitos que se difunden por imitación y que cabría evitar si nos tomáramos la molestia. Si nos liberamos de estos hábitos podemos pensar con más claridad, y pensar con más claridad es un primer paso hacia la regeneración política. En realidad, concluye, bastaría con «la acción consciente de una minoría».

3. El porqué de esos deberes: presupuestos de partida

Pero ya es hora de recordar con brevedad la naturaleza y funciones básicas de la lengua, que es lo mismo que proclamar ese valor que debemos proteger.

1. El instrumento del pensamiento y conocimiento del mundo

Pensamos mediante el lenguaje. Toda la actividad mental, incluso la inconsciente, está referida al lenguaje. Pensar no es sino un modo de hablar; si alguien dijera tener un pensamiento sin lenguaje, hay que pedirle que «diga» cuál. Todo nuestro maravilloso mundo mental vive solo gracias a este artilugio modesto que es el lenguaje. «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo», dejó sentado Wittgenstein (Tractatus 5.6), ya sea el mundo exterior como el interior o de uno mismo. De ahí, si se me permite sacar una lección entre muchas, que a los nacionalismos pequeños y a sus lenguas mínimas habrá de corresponder un mundo reducido.

«Rem tenere, verba sequentur», resumió Catón: si captamos la cosa o el concepto, las palabras seguirán. Pero hay una interrelación recíproca entre pensamiento y lenguaje: lo que es efecto puede volverse causa, reforzar la causa original y producir el mismo efecto de manera más intensa. Como Orwell pudo decir del idioma inglés, también el español cotidiano «se ha vuelto tosco e impreciso porque nuestros pensamientos son disparatados, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos disparates». Ya sabemos que la lengua es asimismo la depositaria del saber, de la historia. Y por eso, la constructora de nuestra humanidad, del desarrollo intelectual y moral del individuo. Degradarla es, a fin de cuentas, degradar el pensamiento, infantilizar al hablante, impedir la resolución de los problemas.

2. El vínculo de la comunidad

En la vida real el lenguaje no es ante todo comunicación, sino más bien comunidad: compartimos el mismo mundo, aunque cada uno lo vea a su manera. Todo acto de comunicación está basado en la expectativa mutua de cooperación entre el hablante y el oyente14. Somos seres que, por necesitar el uno del otro, necesitamos por encima de todo hablar. Así se ha dicho que incluso estamos dispuestos a sacrificar el instinto de conservación al instinto de conversación. Pues bien, la devaluación de la palabra traería consigo la desvinculación entre los individuos, la soledad en compañía, la comunicación vacía o estereotipada o, en fin, la ruptura del grupo.

El lenguaje nunca es desinteresado, sino que pretende enseñar, captar y subyugar (convencer, influir, seducir) a los demás, animado por su propia «voluntad de poder». Por eso mismo, y contra el tópico, con la lengua no puedo hacer lo que quiera. Lo que ante todo quiero es comunicarme con los otros para entenderme con ellos, a fin de satisfacer mis deseos. En pocas palabras, la lengua no es mía, sino de todos. No es objeto de propiedad privada, sino pública: es un bien público primordial.

Más todavía, incluso es el fundamento de la comunidad que cada uno forma consigo mismo. El silencio es imposible, porque hasta en soledad estamos hablando con nosotros mismos. La palabra interior supone un desdoblamiento entre el yo actor y el yo espectador. La primera función del lenguaje es hablarse a sí mismo15. Ya nos lo enseñó Sócrates: «es mejor que mi lira esté desafinada y que desentone de mí [...], y que muchos hombres no estén de acuerdo conmigo y me contradigan, antes de que yo, que no soy más que uno, esté en desacuerdo conmigo mismo y me contradiga»16. En cuanto me hago consciente de mí mismo, yo soy dos en uno que se hallan en permanente diálogo silencioso. Pensar sería, pues, la actualización de esa diferencia que se da siempre en la conciencia. Es así como la condición misma del pensar, el acuerdo del sujeto consigo mismo (el hábito de vivir explícitamente con uno mismo), se erige a un tiempo en el principio lógico de no contradicción y en el principio moral del imperativo categórico.

3. La lengua común, condición de la ciudadanía compartida

Uno de los desastres más escandalosos de la cruzada nacionalista en España es que hayamos olvidado esos deberes hacia nuestra lengua común —el español, claro— y los hayamos sustituido por obligaciones hacia otras lenguas, aunque no sean las de la mayoría ni siquiera las de muchos hablantes del territorio de que se trate. O sea, que aceptemos someter la propia lengua a la llamada «lengua propia» de nuestra comunidad. Y, en verdad, se echa en falta esta línea argumental en la disputa acerca de las políticas lingüísticas en nuestro país. A fin de cuentas, en el caso de comunidades bilingües, hay deberes hacia la lengua común (de estudiarla, de rotularla, etc.) no solo porque esa lengua hace posible la igualdad de los ciudadanos en cuanto tales, sino por ser requisito de la deliberación democrática y porque explicita una unidad profunda de sus ciudadanos, por encima de cualesquiera otras divisiones particulares.

Un pensador contemporáneo como Appiah lo deja bien claro:

La ciudadanía, podemos concordar, es uno de los medios básicos para el desarrollo de la vida en el mundo moderno. El ejercicio de la ciudadanía requiere la capacidad de participar en la discusión pública del sistema político; en consecuencia, es preciso que haya una lengua que sea uno de los instrumentos de la ciudadanía: podemos llamarla la lengua política [...]. La educación pública debería tener como objetivo la enseñanza de la lengua política a todos los ciudadanos; y allí donde se permitiera la educación privada debería exigirse, para el bien del niño que se transformará en ciudadano, que uno de sus elementos fuera el dominio de la lengua política.17

4. Algunas conclusiones

¿Por qué somos «responsables de la lengua»?

Por ser lo más importante que los humanos tenemos en común, el instrumento de lo más valioso que podemos lograr (la conciencia y con ello la libertad, nuestra dignidad). Su desprecio es desprecio de lo mejor, un producto de la inconsciencia de lo que nos une. Cuidado de la palabra equivale a cuidado del pensamiento propio, de la comunicación con el otro, del acuerdo, y contra los conflictos nacidos de malentendidos, de la amplitud de nuestro mundo interior y exterior, de la verdad a nuestro alcance, de la belleza literaria, etc. «No se profana la palabra, que era el principio, sin profanar el espíritu, la fe, la dignidad, la libertad. Solo los esclavos esclavizan la palabra. Solo los mentirosos la tergiversan. Solo los enajenados perturban la lengua. Solo quienes cometen el mal la socavan. No por casualidad los criminales profieren la consigna siguiente: "Nada de palabras, ¡acciones!". Esa exclamación los delata»18.

El poder y el riesgo del lenguaje

La tragedia y al mismo tiempo la belleza que hay en todo hablar radica en una paradoja: queremos captar y salvar de la huida del tiempo algo único, irrepetible, pero lo único de que disponemos para ello son las palabras, que valen por su pretensión de universalidad... Pero el lenguaje tanto sirve para captar el mundo como para oscurecerlo, para entendernos como para malentendernos, para acercarnos como para separarnos y enfrentarnos... Por estar dotado de lenguaje, el hombre lo mismo se eleva que se corrompe; no puede quedarse en la simple naturalidad inocente. Solo los más sobresalientes pueden soportar esa ventaja, el poder de hablar. La mayoría, y en numerosas ocasiones, caemos en la cháchara. «De toda palabra ociosa darás al Señor cuenta rigurosa» (Mateo 12, 36-37).

Unos males de mayor calado

1. La consagración del lenguaje del «experto»

Es bueno percibir el contraste entre lengua científica y lengua ordinaria. Nos conviene sin duda distinguir entre la exigencia de impersonalidad, rigor, precisión, exactitud, demostrabilidad, etc. de la una, respecto de la habitual espontaneidad, confusión, imprecisión, emotividad, etc. de la otra. Es decir, entre la sujeción a normas lógicas y su pretensión de verdad frente al primado de la simple comunicación y de lo aparentemente arbitrario...

Pero el riesgo es que —por imitación al del científico— se entronice el lenguaje del (presunto) experto como el modelo a seguir para todo conocimiento. Se trata de un modelo hecho de números, cuentas, diagramas, etc., más bien propio del saber instrumental, cuyo único horizonte es la adecuación entre medios y fines, pero carente del análisis normativo acerca de los fines mismos. O, lo que es igual, un conocimiento puramente técnico que solo se atiene a criterios de eficiencia, ciego para las dimensiones prácticas de su objeto de estudio y, por ello, falto también de vocabulario y categorías morales adecuadas. La jerga pretenciosa y vacía de los departamentos comerciales, de las «relaciones humanas», de la psicotecnia y pedagogía, etc. sería una muestra de lo que trato de exponer. En definitiva, es el descrédito total de la palabra práctica (moral, política): de su sentido y su quehacer. Así desembocamos en el punto que culmina nuestra reflexión.

2. El triunfo de la palabrería19.

a. Naturaleza

Lo más característico de este lenguaje hoy instalado entre nosotros, tal como subraya H. Frankfurt, es su desconexión con la verdad: «Esa falta de conexión con una preocupación por la verdad —esta indiferencia respecto de cómo son las cosas en realidad— es lo que yo considero la esencia del bullshit»20. Se trata de la charla como pura palabrería, en que lo que sale de la boca del hablante es meramente eso. Son solo palabras, se trata de un discurso vacío, sin sustancia ni contenido. De ahí las semejanzas entre la palabrería y el excremento: «como el excremento es una materia que ha perdido todo el contenido informativo, la palabrería es un discurso vaciado de todo contenido informativo...».

No es que la mentira haya perdido su lugar preeminente en la sociedad. Joseph Roth sigue teniendo razón en su denuncia de que «el más sensacional invento de las modernas dictaduras consiste en haber creado la mentira estridente, basándose en la hipótesis, acertada desde el punto de vista psicológico, de que al que hace ruido se le concede el crédito que se niega a quien habla sin levantar la voz...»21. Pero seguro que ese propósito de mentir ha quedado desplazado por ese hablar por hablar. Lo propio de ese modo de hablar no es que incurra en falsedad, sino en falsificación, porque se produce sin preocupación alguna por la verdad. No tiene la menor intención de engañarnos ni de tergiversar. Al contrario, la persona que miente cree conocer la verdad y en esa medida la respeta. El que chapotea en la palabrería solo pretende obtener su objetivo de cada momento, llenar el vacío o el silencio, salir del apuro, etc.

b. Las causas del bullshit o palabrería

Según Frankfurt, se trata de algo inevitable cuando las circunstancias requieren que alguien hable sin saber de qué está hablando; cuando las obligaciones u oportunidades de una persona para pronunciarse son más amplias que su conocimiento de los hechos relevantes sobre ese tema. Otra de sus raíces sería la convicción general de que los ciudadanos de una democracia deben de poseer una opinión acerca de todo o, al menos, de todo lo vinculado con la conducción de los asuntos del país. Pero reviste más interés detenerse en la última de las causas que nuestro pensador señala: «La proliferación contemporánea del bullshit también tiene fuentes más profundas en diversas formas de escepticismo que niegan que podamos tener un acceso confiable a una realidad objetiva y que, por tanto, rechazan la posibilidad de saber cómo son las cosas en realidad...». Se pasa así del ideal de la corrección al ideal de la sinceridad. Convencido de que la realidad no tiene naturaleza inherente que pudiera identificarse como la verdad de las cosas, el individuo se dedica a ser fiel a su propia naturaleza22.

Y por aquí se apuntan algunas cuestiones cruciales que merecen nuestra última atención si queremos entender el descrédito actual de la palabra práctica, esa que está infectada de palabrería. Hagamos el esfuerzo de repensar con Aristóteles la diferencia entre conocimiento teórico y conocimiento práctico, esto es, entre el saber de lo que es y el saber de lo que debe ser. El conocimiento teórico trata de lo que es siempre de la misma manera, de lo regular y necesario y, por tanto, de lo que cabe precisión, exactitud y demostración; en una palabra, de lo que puede ser conocido como verdadero. Por el contrario, el conocimiento práctico tiene por objeto lo que puede ser de otra manera y es contingente o libre, es decir, eso de lo que cabe persuadir más que convencer porque solo puede ofrecerse como aproximado y verosímil. Requiere deliberación y elección por parte del sujeto y, en definitiva, se mueve en el ámbito de lo opinable.

Que este saber solo alcance a ser opinión, un conocimiento no demostrativo y por ello particular y no universal, en modo alguno quiere decir que sea desdeñable. Al contrario, esta clase de conocimiento práctico que no presupone la necesidad de sus proposiciones resulta el conocimiento más necesario para orientar nuestra conducta individual y la colectiva. Que no alcance la verdad práctica no nos ahorra el deber de acercarnos en lo posible a ella, es decir, a la opinión mejor fundada y argumentada. En resumidas cuentas, no es cierto que en cuestiones morales y políticas quepa decir cualquier cosa, como si todas las opiniones fueran igual de valiosas e idénticamente respetables. Es decir, como si en estas materias ni tuviera sentido formar nuestras opiniones ni cuestionar las del prójimo, y que lo único importante fuera el derecho a expresar la nuestra pero no el deber de contrastarla con las de otros. No existe acuerdo más universal en nuestro tiempo que el de que no hay que juzgar, y por eso nos refugiamos en el mero «comentar», que es como un decir que no nos compromete. Al fin y al cabo, se rechaza con indignación el mero intento de un razonamiento práctico que lleve a la persuasión: ¿quién no ha escuchado en mitad de una conversación eso de que «No querrá usted convencerme»? Así se expresa el lenguaje contemporáneo de la falsa tolerancia. Ahora bien, habrá que repetir con Camus que «o persuasión o terror»: porque «un hombre a quien no se puede persuadir es un hombre que da miedo»23.

Aurelio Arteta
Universidad del País Vasco
arteta@can.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 «La política y el idioma inglés», Letras Libres, junio de 2004, pp. 12 y ss.
2 J. Roth (2004), La filial del infierno en la tierra (trad. B. Vias Mahou), Acantilado, Madrid, p. 78.
3 G. Janouch (1997), Conversaciones con Kafka (trad. R. Sala), Destino, Barcelona, p. l23.
4 G. Orwell (1979), 1984 (trad. R. Vázquez Zamora), Destino, Barcelona, p. 132.
5  E. Noelle-Neuman (1995), La espiral del silencio (trad. J. Ruiz Calderón), Paidós, Barcelona.
6 Se recogen en A. Arteta ed. (2008), El saber del ciudadano, Alianza, Madrid, pp. 21-30.
7 Véanse mis tres artículos dedicados a los archisílabos en El País: 21.9.1995, 10.8.2005, 16.12.2008.
8 V. Klemperer (2001), LTI. La lengua del Tercer Reich (trad. A. Kovacsics), Minúscula, Barcelona.
9  G. Janouch, op.cit., p. 123.
10 E. Kant (1999), Metafísica de las costumbres (trad. M. García Morente), Tecnos, Madrid, p. 311 y ss.
11 A. Finkielkraut (2002), Una voz viene de la otra orilla (trad. M. Montes), Paidós, Buenos Aires, pp. 97-99.
12 A. Finkielkraut, ibidem.
13  G. Janouch, op.cit., p. 117.
14 S. Pinker (1995), El instinto del lenguaje (trad. J. M. Igoa), Alianza, Madrid, pp. 248-49.
15 G. Steiner (2005), Después de Babel (trad. A. Castañón), F.C.E., México, p. 143.
16 Gorgias, 482 (cfr. H. Arendt (2007), «El pensar y las reflexiones morales», en Responsabilidad y juicio, trad. F. Birulés y M. Candel, Paidós, Barcelona, pp. 178 y ss.).
17  K. A. Appiah (2007), La ética de la identidad (trad. L. Mosconi), Katz, Buenos Aires, pp. 164-166.
18  J. Roth, op.cit., pp. 139-140.
19  H. Frankfurt (2008), «On Bullshit», en La importancia de lo que nos preocupa (trad. V. I. Weinstabl y S. M. de Hagen), Katz, Buenos Aires.
20 H. Frankfurt, op.cit., p. 182.
21 J. Roth, op.cit. p. 40.
22 H. Frankfurt, op.cit., pp. 192-193.
23  A. Camus (1996), Crónicas 1944-1948, en Obras II (trad. A. L. Bixio), Alianza, Madrid, p. 780.

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