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RESEÑAS


Nuestros colegas, los correctores

Pocos oficios hay tan complementarios como el de traductor y el de corrector. ¡Y son tan distintos! El primero, como un explorador en territorios ignotos, debe abrirse paso a machetazos entre términos desconocidos, inventar neologismos y exónimos, dar nuevas acepciones a viejos vocablos… en una palabra, innovar. El segundo, en cambio, debe ser el guardián de la pureza de la lengua, el que se sobresalta ante un término que no figura en los diccionarios oficiales, el que vela por la homogeneidad del texto y el respeto de la gramática normativa… la fuerza conservadora que equilibra los ímpetus innovadores, Vishnú frente a Brahma. Es muy importante, pues, que la Fundéu-BBVA dedique un número de su boletín Donde dice… a la labor de los profesionales de la corrección de textos.

El primer artículo es de Magí Camps, jefe de edición de La Vanguardia, que expone la tarea del corrector de una publicación diaria (más que diaria, diría que de rabiosa actualidad, pues nuestros Diarios Oficiales también son diarios, pero en general no exigen que el corrector esté al pie del cañón todos los días hasta altas horas de la madrugada). Nos dice que todo texto debería pasar (el condicional, obviamente, se debe a que ello solo es posible «en condiciones óptimas») por tres lecturas: la del autor, la de su superior (lo que en nuestras instituciones llamamos «revisión») y la del corrector. Cuando hay muchos correctores (lo que es imprescindible para llegar a publicar un gran periódico en condiciones) es necesario que existan unas normas comunes (lo que en general se llama manual de estilo). También cita la ayuda que puede conseguirse en internet, en obras como el Diccionario panhispánico de dudas o en la labor de la propia Fundéu-BBVA. Por último, alude al eterno problema de los exónimos y cita un ejemplo muy actual: el nombre del primer ministro de Palestina podemos (y debemos) escribirlo Mahmud Abas, pero el de un inmigrante marroquí quizá no tengamos más remedio que escribirlo Mahmoud Abbas, al figurar así en su pasaporte bilingüe…

El segundo artículo es una entrevista a Antonio Martín, presidente de la Unión de Correctores, cuya actividad a uno y otro lado del Atlántico le lleva a recordarnos la importancia de la tarea normalizadora del corrector como factor de cohesión de la lengua.

El último artículo es obra de María-Fernanda Poblet, correctora autónoma, que nos ofrece una imagen muy dura de la profesión, revelándonos que la primera cualidad para llegar a ser un buen corrector es la neurosis, pues hay que ser lo bastante maníaco (o, al menos, maniático) para pasarse la vida buscando (y encontrando) aquello que los demás no han visto. La segunda cualidad es la paciencia, que necesitarán, y mucha, no solo en el ejercicio cotidiano de su oficio, sino también en sus actividades colaterales: la autora nos cuenta cómo, al ir a apuntarse a Hacienda, vio que le decían: «¿Correctora? ¿Y eso qué es?», «¿Los libros se corrigen?», «¡Claro, con estas profesiones nuevas!», etcétera.

Sigue una nota de Yolanda Tejado y Carmen Herrera acerca del curso teórico-práctico de corrección y revisión que organizó la Fundéu-BBVA en la sesión veraniega de la Universidad de Cádiz, acompañada con una amplia reseña de las conclusiones de dicho curso.

El boletín monográfico acaba con una serie de recomendaciones formuladas por la propia Fundéu-BBVA acerca de diferentes dudas sobre el uso de varios términos.

Dado que quien suscribe es un ser rarísimo que ha desempeñado en el curso de una sola existencia las tareas de corrector y de traductor en las instituciones europeas, quisiera destacar un punto que este boletín no trata: el del poder del corrector. En efecto, sin desmentir que es una profesión dura (y cada vez más, pues es de las que se verán más afectadas por la crisis: será el primer puesto que suprimirán ciertos editores), no hay que olvidar que el corrector es el último eslabón de la cadena: el que está facultado para emitir el visto bueno para imprimir. El autor (en su caso, el traductor) debe mantener una comunicación fluida con el corrector y ser consciente de que este debe tratar muchas páginas al día y que la lectura es la única indicación que le muestra el grado de calidad de los textos. Esto es válido para cualquier tipo de publicaciones, pero sobre todo para las de la Unión Europea, en las que textos traducidos por varios traductores de distintas unidades (e incluso de distintas instituciones) pueden publicarse en un volumen único, y ahí el corrector representa la última oportunidad de unificar criterios, la mayoría de las veces sin el tiempo necesario para organizar las consultas pertinentes con los servicios de traducción afectados.

Muchas veces ha habido desencuentros entre unos y otros. Sobre todo en los años ochenta, cuando muchas de las traducciones que llegaban a los correctores eran de origen desconocido (llegó a acuñarse un eufemismo: traducciones grises) y estos debían evaluar la calidad general del texto antes de decidir si tenían que cambiar la mayoría de los términos; recordemos que entre lo sublime y lo ridículo solo hay un paso: un día les llegó una traducción nunca vista: «datería» por Data-shop, y los correctores sabían que solo cabían dos posibilidades: o bien era una atrevida innovación terminológica fruto de un profundo debate o bien era una chapuza improvisada. La única forma de salir de dudas era ponerse en contacto con la unidad de traducción, que tanto podía decirles que, en efecto, ese término era un acuerdo al que habían llegado tras sopesar las posibilidades ofrecidas por la lengua, como excusarse diciendo que ese texto había tenido que ser traducido con muchas prisas en el exterior (en ese caso concreto resultó cierta la primera opción).

Todavía quedan traductores que piensan que el corrector no debe tocar nada de su trabajo. Es esa una postura arrogante que puede resultar muy peligrosa: hubo una vez un traductor que, molesto por las correcciones que le hicieron, convenció al jefe de traductores de su institución para que fuera a la Oficina de Publicaciones a meter en vereda a los correctores díscolos. Cuando se hallaron en una mesa frente a frente, el jefe de los traductores le dijo al corrector que había cambiado palabras totalmente correctas, como «constatar». El corrector abrió su carpeta, sacó una hoja y se la entregó mientras le decía: «Cierto: en esta página, por ejemplo, habíais puesto “constatar” veinticuatro veces». El jefe miró a su traductor, vio que se le estaban poniendo las orejas de un color rojizo, dijo al corrector aquello tan bonito de «Estoy muy contento de ver que detrás de nosotros estáis vosotros» y todo fueron sonrisas.

Miquel Vidal
Comisión Europea

miquel.vidal@ec.europa.eu

 

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