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TRIBUNA


El servicio de lenguas en Amnistía Internacional: reconstrucción de la Babel de una ONG

Dos estudiantes habían sido condenados a siete años de cárcel por brindar en favor de la libertad en el Portugal salazarista.  A 1 500 km de allí, un joven abogado inglés llamado Peter Benenson se indignaba al leer la noticia. Corría el año 1961. Benenson decidió enviar a The Observer un artículo que tituló The forgotten prisoners (Los presos olvidados)1. El texto espoleaba a los lectores a aunar capacidades de indignación y actuar en favor de quienes permanecían encarcelados en todo el mundo por la expresión pacífica de sus ideas.

La campaña de envío de cartas de protesta a los gobiernos Llamamiento por la Amnistía 1961 cuajó a nivel internacional. Las peticiones de liberación y los nuevos casos de los llamados «presos de conciencia» se multiplicaron y terminaron alumbrando el movimiento de activistas y simpatizantes de la causa de los derechos humanos que hoy es Amnistía Internacional.

Pero la génesis de esta ONG bien podría contarse desde otro punto de vista: el de sus traductores. En un alarde de ficción, imaginemos a un personaje, de nombre Almeida, en la redacción de un periódico de la Lisboa de la dictadura:

«Sostiene Almeida que un traductor británico le había telefoneado al periódico aquella mañana de invierno. Almeida —periodista y también traductor ocasional— había redactado la noticia sobre la condena de siete años de cárcel impuesta a los dos estudiantes de Coímbra.

Por lo visto, una agencia de noticias inglesa necesitaba la traducción del teletipo en portugués, y el traductor llamaba a Almeida para preguntarle por el significado exacto de un término jurídico que Almeida había empleado. El traductor entendía el concepto, sí, pero no sabía cómo verter al inglés esa figura del derecho procesal luso sin equivalente en el sistema anglosajón. ¿Quizá debía parafrasearlo y añadir el término original en cursiva y entre paréntesis?

Tiempo después, alguien encargó a Almeida la traducción de un artículo de un abogado inglés que se había publicado en la prensa británica. El artículo promovía la movilización de la gente contra la vulneración del derecho a la libertad de opinión y expresión. Almeida empezó a leerlo. Sobrecogedores, los casos de todas esas personas encarceladas. Enviar cartas al gobierno... ¿de qué podía servir? El texto no era especialmente técnico, así que introdujo el folio en la máquina de escribir y se puso manos a la obra.

El primer escollo, el título: Write for rights. Reproducir el juego de palabras del inglés no era fácil: ¿escribir para exigir (derechos)? ¿Cartas con hechos por los derechos? ¿Escriban por derecho...? O fondo o forma. Algo había que sacrificar. En fin, más tarde. Al fin y al cabo el título es lo último que se traduce...

Rotó dos veces el rodillo de la máquina y siguió traduciendo. Hasta el siguiente tropiezo. El artículo se refería ahora a la denuncia pública de los casos: naming and shaming. Estaba seguro de haberlo visto traducido. Algo así como… ¿poner en evidencia? ¿cubrir de oprobio? Pero ¿dónde había oído hablar de una estrategia parecida? Quizá en algún informe institucional un prócer lo había acuñado ya en portugués. Estaba claro que tendría que salir en busca de la fuente, por si existiera traducción oficial.

Sostiene Almeida que, una vez más, le pareció que la traducción era cosa de virtud antes que oficio y lamentó que internet no estuviera aún inventado. Camino de la hemeroteca, pensó que también podría traducirlo sin más y añadir el término original en cursiva y entre paréntesis. Y se acordó entonces del traductor británico que le había llamado al periódico aquella mañana de invierno.»

Cuatro lenguas básicas = una lengua de partida

Quienes traducimos los textos de Amnistía Internacional al español a menudo nos identificamos con las disquisiciones solitarias del amigo Almeida: una de las dificultades que afrontamos es verter de forma convincente los lemas que la organización idea en inglés para seguir denunciando y moviendo a la acción.

La organización trabaja actualmente con cuatro lenguas que definió en su momento como básicas: el inglés, el francés, el español y el árabe. Su Secretariado Internacional, con sede en Londres, se encarga de coordinar el trabajo de investigación —que luego se materializa en informes públicos susceptibles de traducción— y pone en marcha la mayoría de las campañas que llevan a la práctica sus activistas en todo el mundo.

Así pues, el inglés es lengua de partida para la traducción en un 90 por ciento de los casos y también herramienta de comunicación interna.

Llegar saludable a los 50

En la actualidad, Amnistía Internacional cuenta con varios servicios de lenguas asumidos por estructuras descentralizadas en el caso del francés (EFAI), el español (EDAI) y el árabe (ARABAI), por programas para la lengua portuguesa y las lenguas asiáticas y por servicios de traducción a otras lenguas (non-core languages) —como el hindi, el bengalí, el persa, el hebreo, el turco o el guaraní—, que pueden ser gestionados desde la sede londinense o en las oficinas locales. Las Secciones que cuentan con un número de socios que lo justifique financian la traducción con sus propios recursos; es el caso de idiomas como el neerlandés, el sueco, el italiano o el alemán, y del catalán, el gallego y el vasco.

La cuestión de las lenguas se enmarca dentro de una estrategia de comunicación que Amnistía ha revisado recientemente. Con intención de alcanzar llena de vitalidad la cincuentena en 2011, Amnistía ha definido un marco lingüístico más flexible, que reivindica el uso de las lenguas como herramienta de comunicación para la implementación de sus planes a medio y largo plazo, y que asigna las prioridades y los recursos de acuerdo con una visión más estratégica del uso de las lenguas.

Mejor, mejor... mi reino por un mundo mejor

La idea de ver en el traductor al reconstructor de Babel, ese faro gigantesco que pretendía llegar hasta el cielo y alumbrar una senda de paz y entendimiento, parece aún más alegórica en el caso de las ONG.

Como en el mito de Babel, Amnistía Internacional persigue un sueño: construir un mundo mejor. Felizmente, esta dimensión del trabajo transita por los vericuetos mentales de quienes se enfrentan a diario a testimonios horripilantes de violaciones de derechos humanos: «Ver el lado más oscuro del mundo, todos los días, no es fácil. Quienes mejor lo saben son los activistas, pero también lo sabemos los traductores. Cada día corremos el peligro de pensar que eso es el mundo. [...] Resulta fácil perder la perspectiva en medio de tanto horror2.»

Símbolo ambivalente, la torre a medio construir también representa el fracaso de la vanidad humana. Aun así, a los traductores de Amnistía nos gusta creer que somos privilegiados, y que nuestras horas de trabajo no caen en saco roto porque tienen una repercusión directa en lo humano, sea o no humanitario.

Todoterrenos, frailes cartujos y corsés

La labor de denunciar, ejercer presión, captar apoyos o poner en evidencia la comisión de abusos de los derechos humanos genera materiales de alcance y destinatarios bien distintos.

El traductor de textos de ONG ha de ser a la fuerza un «todoterreno» que se bandea con soltura entre comunicados de prensa, cartas con recomendaciones a jefaturas de Estado o de gobierno, informes técnicos de índole jurídica o económica, informes consultivos que presentar ante organismos como Naciones Unidas, textos divulgativos para la web o llamamientos a la acción urgente en favor de casos individuales. Los autores de estos textos son mayoritariamente abogados y periodistas cuya lengua materna no siempre es el inglés.

Si algo distingue los informes públicos de Amnistía Internacional son sus incontables referencias a otros textos, en forma de citas de instrumentos de protección de los derechos humanos. Ante una cita, solo cabe la búsqueda de la traducción oficial en español, una tarea que puede exigir la paciencia de un fraile cartujo cuando el autor no ofrece la fuente en el texto o aporta al respecto una pista falsa.

El mayor riesgo lo hemos asumido los traductores en nuestros intentos de ofrecer soluciones felices en ámbitos terminológicos nuevos, cada vez que la organización ha decidido abarcar nuevas áreas de trabajo. Por ejemplo, en 2001 decidió ampliar su mandato y abogar por la universalidad de todos los derechos humanos, es decir, abarcar también el espectro de los descritos en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. La investigación terminológica de entonces es deudora de conceptos que hoy engrosan la base terminológica de EDAI, tales como la efectividad progresiva (progressive realization) o la naturaleza exigible y justiciable de esos derechos (enforceable and justiciable rights).

En todos estos casos, el traductor cuenta con la ayuda del autor del texto. Pese a todo, los textos más comprometidos de una organización pueden presentar dificultades no salvables mediante la ayuda de especialistas. Captar el sentido de la proporción justa para redactar en un español fluido, claro y neutro, respetuoso con la ambigüedad a veces deliberada del original, coherente con la función del texto y escrupuloso con la distinción entre suposiciones y hechos puede obligar a encorsetamientos o concesiones en la redacción con las que no todo profesional de la traducción llega a sentirse cómodo.

AITERM: la joya de la corona

La investigación terminológica es parte fundamental del trabajo de cualquier equipo de traducción. AITERM, nuestra base de datos bilingüe (inglés < > español) tiene ya una larga trayectoria y hoy contiene cerca de 17 000 entradas.

Su fin último es garantizar la calidad de los contenidos que la organización difunde en español. El equipo de traductores y revisores es hoy el principal usuario de una herramienta que permite compartir conocimiento y también agilizar los procesos de traducción gracias a su integración con internet y el procesador de textos.

Las propuestas terminológicas se filtran a partir de una serie de criterios de pertinencia y validación. A menudo, el reto en esta etapa consiste en discernir si una palabra compete verdaderamente al ámbito de la terminología o solo se circunscribe al plano del léxico. Por ejemplo, nos hemos preguntado si la «moratoria de las ejecuciones» (moratorium on executions) a la que se refieren las últimas resoluciones de Naciones Unidas en materia de pena de muerte —y no la «suspensión de las ejecuciones», de textos anteriores— responde a la elección intencionada de un «calco» necesario para conceptualizar una nueva realidad en el campo semántico relacionado con la pena de muerte, o solo obedece a una preferencia léxica del traductor.

¿Chabolas? ¿Pueblos jóvenes? ¿Tugurios? ¿Villas miseria?

La mayor parte de los usuarios del servicio de traducción al español de la organización vive en Latinoamérica; es, pues, necesario redactar en un español neutro o «internacional», por más que a los traductores nos resulte difícil definir con precisión las características de esta variante.

Nos preocupa que la traducción sea ante todo vehículo de comunicación, así que a menudo optamos por sacrificar el potencial expresivo de una palabra en favor de otra quizá menos precisa, pero comprensible para un espectro mayor de hablantes. Por ejemplo, traducimos shanty towns como «barrios marginales» evitando variantes locales como «pueblos jóvenes» (Perú), «tugurios» (Colombia), «villas miseria» (Argentina), o «chabolas» (España), menos transparentes. Tan solo las «favelas» brasileñas parecen haber salvado con éxito las barreras idiomáticas para adquirir en varias lenguas el mismo significado restringido.

Piruetas no discriminatorias

A menudo los activistas de la organización hacen recomendaciones concretas a los traductores sobre distinciones léxicas y de conveniencia de uso, a fin de que los materiales en que apoyan su trabajo presenten el lenguaje y tono adecuados. Una publicación de impecable factura lingüística puede servir de muy poco si su redacción no hace honor a la noción que los activistas tienen del lenguaje no discriminatorio.

Por ejemplo, se nos ha recomendado evitar la expresión «violencia doméstica» (domestic violence) al referirnos a una de las manifestaciones de la «violencia contra las mujeres» (violence against women), arguyendo que no visibiliza al colectivo que más la padece y que está en desuso en países como España. La alternativa sugerida, «violencia contra las mujeres en el ámbito familiar», se explica por sí misma, pero es larga y algo académica; no triunfa en otros países como Venezuela, donde es usual la primera.

Algo similar ocurre con el uso del sustantivo «menor». En opinión de activistas pro derechos de la infancia, «menor» es en algunos países de América un término jurídico socialmente discriminatorio, porque se asocia con quien delinque, con quien es víctima o agente de la violencia.

Cuestiones de este tipo suscitan debates encendidos entre los traductores cada cierto tiempo. La dificultad de encontrar soluciones simples que satisfagan las distintas necesidades del activismo y que, por otro lado, liberen al traductor del recurso a la pirueta lingüística nos hace a veces «envidiar» el éxito de la «localización» de la doctrina Microsoft.

Translation as an acid test of cogency3

En palabras del equipo de intérpretes que asistió a una reunión internacional de la organización (y se quejó de la opacidad del lenguaje allí empleado), la traducción es la prueba de fuego de la consistencia de un enunciado.

Si el traductor es a la vez destinatario y emisor de un mismo mensaje —que primero descodifica en una lengua (o código) y luego codifica en otra—, nadie como él para detectar y eliminar cualquier «ruido» que distorsione la buena comunicación.

Amnistía Internacional parece empezar a captar la existencia de este valor añadido. Sin ir más lejos, las consultas enviadas por traductores y editores del equipo multilingüe que traduce a una veintena de lenguas su Informe anual4 reciben un trato editorial exquisito, ya que generan correcciones que mejoran muy ostensiblemente la calidad del original. En otras palabras, la traducción puede ser una herramienta imprescindible para reforzar la eficacia de acción de una ONG.

En la era de las comunicaciones, de la sobreinformación y también de la información de mala calidad, parece más necesario que nunca dedicarle desvelos al idioma propio si el mensaje ha de llegar alto y claro a su destinatario. Peter Benenson lo logró y puso en marcha una red de acción internacional que se empeña a diario en seguir creyendo que la capacidad de indignación de muchos mueve voluntades políticas de pocos para repercutir en la mejora de la vida de algunos. Indignarse, dejar el periódico sobre el sofá y hacer algo.

Laura Turrau
Departamento de Traducción y Edición, Editorial Amnistia Internacional (EDAI)

lturrau@amnesty.org

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 http://www.guardian.co.uk/theobserver/2001/may/27/life1.lifemagazine5
2 Wang, Berna. Boletín Red de Acción Urgente, julio de 2005. Berna traduce para Amnistía Internacional desde 1984.
3 Smith, Phil y Hill, Phillip, «Words for Amnesty», http://www.aiic.net/ViewPage.cfm/page1328.htm.
4 http://thereport.amnesty.org/esl/Homepage
 

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