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BUZÓN


El tormento de optar

Hace unos días, en Salamanca, escuché una brillante conferencia de Fernando Navarro sobre uno de mis temas favoritos en traducción: los nombres propios. Defendía a capa y espada la necesidad de traducirlos, y lo hacía con tanta vehemencia, imaginación y riqueza de argumentos que uno no podía por menos de coincidir con él.

A mí siempre me ha interesado el asunto. Me interesó, de hecho, desde que hace años estuve traduciendo un volumen que afectaba a la Historia de Alemania, y en el que aparecía mentada una serie de emperadores teutones, que Dios confunda —más adelante se verá por qué— cuya enumeración prometía no dar ningún problema: Guillermo I, Guillermo II, Carlos V, Fernando II, Otto I…

¿Otto? ¿Cómo que Otto? ¿Cómo se dice Otto en español? Acudí a mis fuentes —benditas fuentes de turbias aguas—, y me arrojaron —a la cara— el nombre Otón.

Algo en él me fue hostil desde el principio. Tan construido como el rey Canuto. Tan falso como una moneda de tres euros.

Reparé entonces en que el castellano tenía de hecho un nombre que muy probablemente, aplicando las leyes de la mutación consonántica, viniera de un origen más que germánico, y que no era otro que el Odón de nuestra Villaviciosa.

Eureka, me dije, y lo añadí a la lista, pero nada más verlo en ella me resultó, y discúlpese el término tan coloquial en artículo tan culto, más bien jodón que odón. Por más esfuerzo que hacía, no me podía imaginar a aquel Odón con el pelo rubio, ni creía que se lo tragaran mis lectores. Se trataba de una naturalización tan poderosa que sobrepasaba los límites de lo —ay— aceptable.

Dejé a Otto. Lo siento. No siempre se puede ser coherente. Nadie lo es. Ninguno de los que me leen, por defensor de la traducción de los nombres propios que sea, ha leído jamás un cuento titulado Pepe Pérez y los 40 ladrones, ni defendería que así se tradujera, ¿no? De hecho, yo defiendo que no se traduzcan los nombres propios… salvo en tres o cuatro casos.

Por cierto, en la conferencia del profesor Navarro se aducía como prueba una página del Hola.com en la que  aparecían  numerosos  ejemplos  de  familias  reales,  por  supuesto  traducidos  al  español.  Nadie
—tampoco el conferenciante— reparó en una esquinita en la que se informaba de la visita de los reyes de Jordania, Abdalá y Rania, a nuestro país.

Qué le vamos a hacer. Es preciso elegir. De vez en cuando.

 

Carlos Fortea
Universidad de Salamanca
fortea@usal.es

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