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COLABORACIONES


Cifras absolutas

Aunque a la mayoría de los traductores no nos importa demasiado ese aspecto estadístico de nuestro trabajo que es el número de páginas que traducimos por mes, existe cierta controversia con respecto a la validez de las cifras absolutas del recuento de páginas sin tener en cuenta el idioma del que se traduce. Por eso, y con la sana intención de arrojar un poco de luz sobre ese asunto, no me parece que esté de más sacar a colación, aunque sólo sea por aliviar posibles malas conciencias, algo que la relectura de un libro ya publicado en 1979 ha venido a recordarme.

En Uitnodigin tot de vertalwetenschap (Invitación a la traductología), Raymond van den Broeck y André Lefevre hacen referencia a seis «leyes de la traducibilidad» (espero que la palabra no produzca demasiadas denteras), mediante las que tratan de establecer unos criterios que sirvan para calibrar de alguna forma la facilidad o dificultad de una traducción.

De estas seis leyes, la primera se centra en la extensión (a mayor extensión, más facilidad, es decir, el texto es más traducible que la frase aislada, y la frase, que la palabra), la segunda en la cantidad de información que éste contiene (a más información, mayor dificultad) y en cómo ésta se ha estructurado (a mayor simplicidad estructural, más facilidad), y las tres siguientes se refieren a la relación existente entre las lenguas con que se trabaja. Así, la tercera ley establece que la traducibilidad es mayor en la medida en que exista un contacto entre la lengua fuente y la lengua meta; la cuarta, que la traducibilidad es mayor cuando existe una semejanza cultural o un nivel de desarrollo general equivalente; y la quinta, que la traducibilidad es mayor cuando existe un parentesco próximo entre las dos lenguas.

A estas leyes se añade una sexta en la que se defiende que la capacidad de una lengua como vehículo de traducción está relacionada con determinadas posibilidades expresivas de esa lengua que no tienen nada que ver con una predisposición o «capacidad natural» («ninguna lengua es mejor medio de traducción que otras por naturaleza, como tampoco una lengua es mejor medio de comunicación que otra»), sino con la medida en que ya se ha traducido a esa lengua. En este sentido, las lenguas con una gran tradición traductora, entre las que se cita el alemán y el inglés, ocuparían una situación privilegiada.

Es probable que al leer esto se piense que son verdades de perogrullo, pero es precisamente lo evidente de estas afirmaciones lo que a algunos nos hace sonreír con resignación, cuando oímos hablar de «cifras absolutas».

Manuel del Cerro

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