  
TRIBUNA
Diccionarios de especialidad y traducción
Sobre la terminografía del español
Con solo una somera revisión de la
historia de nuestros diccionarios de especialidad, deducimos de inmediato dos
de sus notas más características. La primera de ellas: la hermandad entre una
lexicografía original en lengua española y el desarrollo de una investigación
científica de calidad y avanzada; la segunda: la irrenunciable dependencia de
la producción lexicográfica extranjera cuando la ciencia se ha desarrollado
allende nuestras fronteras. La mayor parte de nuestra producción diccionarística,
a nadie se le oculta, se ha visto abocada a la traducción de obras editadas en
lenguas como la francesa, la alemana o la inglesa. La lengua de partida ha dependido
en cada momento de la hegemonía cultural de cada una de estas lenguas. Debemos
exceptuar de esta consideración general la Medicina y el Derecho por su propia
naturaleza. Esta apreciación vale solo cuando nos referirnos a los diccionarios
monolingües.
Cosa bien
distinta ocurre con los diccionarios de especialidad bilingües y plurilingües.
El conocimiento de la literatura científica en lenguas distintas a la propia —exigencia
incuestionable de todo buen profesional— da lugar a una constante demanda de repertorios
especializados tanto bilingües como plurilingües. Nuestro pasado lexicográfico
así nos lo demuestra. Y de nuevo se nos aparece la figura de Antonio de Nebrija
como hombre clave en los orígenes de este tipo de lexicografía del español.
Cuando en 1506 publica Iuris civilis
lexicon, le añade un extenso glosario («Latina vocabula ex iure civili in
voces hispanienses interpretata») de los términos del Derecho en latín con los
equivalentes o las correspondientes paráfrasis en español. Así comienza nuestra
lexicografía de especialidad, como una referencia para quienes están
consultando el diccionario de Derecho civil en latín y necesitan contar con su
traducción en español.
En los últimos
años la tendencia ha cambiado notablemente. A la producción bilingüe
tradicional de diccionarios disciplinares (Física, Química, Matemáticas, etc.)
se han unido de forma abrumadora los diccionarios temáticos bilingües (de
turismo y de ocio, del calzado y las industrias afines, de la piedra natural y
las industrias afines, etc.). Y desde que en 1983 apareciera al fin el Vocabulario científico y técnico de la
Real Academia de Ciencias, una prometedora lexicografía institucional que
parece atender a las exigencias de la sociedad de la información a la par que a
la del conocimiento. Se trata de una suerte de diccionario multifuncional que
ofrece conjuntamente tanto un repertorio monolingüe como el correspondiente
vocabulario bilingüe.
De la
lexicografía de especialidad original
«Assí que non se falla que del rey
Tolomeo acá ningún rey nin otro omne tanto fiziesse por ello commo él». Las
palabras del infante Don Juan Manuel sobre su tío Alfonso el Sabio, recogidas
en el prólogo a su obra El libro de la
caza (c. 1325), no son más que el
reconocimiento escrito a la incansable labor del monarca castellano por reunir
y divulgar la ciencia de su tiempo. Para mayor gloria nuestra, nos encontramos
ante la primera adaptación de una lengua moderna de Europa a la literatura científica.
«Et tanto cobdiçió quelos de sus regnos fuesen my sabidores, que fizo tralladar
eneste lenguaje de Castiella todas las ciencias, tan bien la teología commo la
lógica, e todas las siete artes liberales como toda la arte que dizen
mecánica».
El proceso de
adaptación del viejo castellano como lengua de la ciencia llevaba implícito,
cómo no, la redacción interna de un diccionario terminológico. Por experiencia
sabemos que la literatura científica se construye de esta manera. De un lado
los términos, del otro la teoría y la práctica científicas. Es preciso acudir a
la lengua para nombrar y renombrar el desarrollo de las ciencias. No es un
hecho que dispongamos de esta herramienta dentro de la extensa producción
alfonsí, pero sí ha sido posible reconstruirla desgranando cada una de las
páginas de cada una de sus obras, de cada una de las páginas de este magno
proyecto enciclopédico, que como tantos otros quedó inconcluso.
Para Américo
Castro no existe la menor duda. Cuando en 1936 edita los únicos tres glosarios
latino-españoles conservados de nuestra Edad Media, no vacila en considerar al
monarca como nuestro primer lexicógrafo: «en realidad, Alfonso el Sabio compuso
el primer diccionario greco-latino-español, solo que lo dispersó a lo largo de su inmensa producción». Hoy para conocer la adaptación terminológica desarrollada
por el monarca y su equipo de colaboradores disponemos del Diccionario de la prosa castellana del rey Alfonso X, publicado en
2002 bajo la dirección de Lloyd A. Kaste y John J. Nitti, un viejo proyecto que
hunde sus raíces, al igual que la obra de Castro, en el magisterio de Ramón
Menéndez Pidal en el antiguo Centro de Estudios Históricos. La recopilación
lexicográfica del rey sabio no es más que un primer apunte del futuro Dictionary of the Old Spanish Language,
actualmente bajo los auspicios de The Hispanic Society of America.
La
desinquietud de Juan de Estúñiga (Zúñiga), mecenas de Nebrija, dio al traste
con el proyecto original de nuestro primer lexicógrafo: una «obra grande,
copiosa i de cosas diversas, fraguadas casi de cuatrocientos mui aprovados
autores». Los dos diccionarios bilingües (latín-español y español-latín) que
hoy conocemos fueron el resultado de su precipitada salida a exigencias de su
protector. Con el paso de los años, Nebrija reorienta el proyecto primigenio en
la redacción de tres diccionarios latinos especializados: Derecho, Medicina y
Sagradas Escrituras. Los tres grados por excelencia de la universidad de su
tiempo. Solo alcanzó a conocer en vida la publicación en 1506 del léxico sobre
el Derecho civil y parcialmente en 1518 de los términos médicos españoles en la
edición del Dioscórides publicada en Alcalá. El «Latina vocabula ex iure civili
in voces hispanienses interpretata» y esta limitada y asistemática presentación
de nuestro léxico médico se constituyen en el acta de nacimiento de la
lexicografía de especialidad del español. Para conocer, sin embargo, aquel
«Vocabulario de medicina encuadernado en pergamino que se contenía en cierta
arca de la Universidad de Alcalá» habría que esperar a la edición del Lexicón latino-español publicada en
Amberes en 1545. La nueva edición del clásico nebrisense presentaba como
novedad la incorporación del léxico médico reunido por Nebrija. La novedad se
destacaba en la obra anteponiendo una cruz a cada uno de los casi dos mil
quinientos términos. Los orígenes de la lexicografía de todas las lenguas
modernas de Europa se adscriben a la lexicografía bilingüe, una lexicografía
cuya lengua de referencia no podía ser otra que el latín, hasta bien entrado el
siglo XVIII la lengua científica por excelencia.
El monopolio
comercial de España con el nuevo continente, la llamada carrera de Indias,
revoluciona por completo la concepción tradicional del comercio marítimo. En
los astilleros españoles se gestan, se desarrollan y se perfeccionan nuevas
técnicas de navegación. Una situación de desarrollo tecnológico tan próspera
genera una no menos importante literatura científica en lengua española. Los
primeros tratados marítimos de Europa se escriben y se difunden en español.
Primero, manuscritos; después, impresos. Y junto a ellos, los primeros
glosarios de términos marineros: Alonso de Chaves (1538), Juan de Moya (1564),
Nuño Verdugo (1582) y Andrés de la Poza (1585); así hasta la primera obra
impresa, la Instrución náuthica de
Diego García de Palacio (1587). De esta manera arranca nuestra lexicografía de
especialidad, generada palmariamente por una investigación de primer orden. El
panorama durante el siglo
XVII mejora
ostensiblemente. Entiendo que culmina todo este proceso, consciente el
pensamiento ilustrado de nuestra excepcional aportación, con la publicación en
1831 del primer Diccionario marítimo
español, dirigido por el también marino Martín Fernández de Navarrete. La
obra no es solo modélica en su concepción, sino también en el modo de dar a la
luz los materiales: una inusual y extensísima introducción de su director sobre
la historia de los diccionarios marítimos, sobre las fuentes empleadas, el proceso
de redacción y, además del cuerpo de la obra (se trata de un diccionario
monolingüe), tres vocabularios bilingües con el inglés, el francés y el
italiano.
El marco de
referencia para Fernández de Navarrete había sido una de las obras más
relevantes y originales de la historia de nuestros diccionarios, así generales
como para el conocimiento del léxico científico y técnico de nuestro siglo
XVIII. Me refiero al Diccionario
castellano con las voces de ciencias y artes (1786‑89) del padre Esteban de
Terreros y Pando. A diferencia del Diccionario
de autoridades (1726‑39), Terreros incorpora como fuentes para su
repertorio, de ahí el apellido «con las voces de ciencias y artes», tratados de
las siguientes disciplinas: Agricultura, Arquitectura, Albeitería, Cocina,
Danza, Sastrería, Toreo, Heráldica, Esgrima, Navegación, Numismática, Artes
Militares, Derecho, Medicina, Pedagogía, Ciencias Naturales y Matemáticas. El
diccionario monolingüe recoge tanto los equivalentes en latín como en francés e
italiano. Era este un recurso usual en los diccionarios que le precedieron,
pero originalmente él traduce los equivalentes del diccionario monolingüe en
tres glosarios bilingües: latín-castellano, francés-castellano e
italiano-castellano. Hasta que contemos con estudios contemporáneos sobre la
terminología científica y técnica de este siglo, el repertorio de Terreros será
fuente de referencia inexcusable, toda vez que se malogró, a propuesta de
Gregorio Mayans, aquel Diccionario de las
artes y ciencias en el que trabajaba su amigo Antonio Bordázar.
Ante la
invasión terminológica y neológica que acarreara la Revolución industrial, se
fragua en determinados sectores de la ciencia y la técnica nacionales una
conciencia clara de unidad lingüística. Se propugna la moderación en la
recepción de barbarismos y un esfuerzo común por acuñar una terminología acorde
con la naturaleza de nuestra lengua, así como un rechazo claro a la admisión
indiscriminada de cuanto se produce en aquellos países en los que se desarrolla
la investigación sin pasar previamente por una normalización. No faltarán
voces, entre los ingenieros y técnicos, que defiendan ardorosamente estas
propuestas. Puede ser representativa de este movimiento la edición (1832) y
reedición años más tarde (1863) del trabajo del ingeniero de minas gallego
Casiano de Prado y Vallo (1796-1866) «Sobre la adopción de voces nuevas en las
ciencias». Condena, por una parte, a «la oscuridad que merecen» a todos
aquellos colegas que sin necesidad alguna importan o inventan voces carentes de
justificación; y se suma, por otra, al casticismo reinante:
Fui últimamente
a perfeccionarme a Almadén en mi facultad, donde es y fue siempre
azogue y solo
azogue lo que los químicos y muchos pedantes llaman
mercurio, voz que solo se conoce allí en
las boticas; y esto me hizo conocer el desacuerdo que intervino en este error.
No se crea sin embargo que yo diría azogal
en el mismo sentido que se dice antimonial,
usaría mercurial, desviándome de la
raíz, como el que use argental por
platal. Del mismo modo diré
hidrarguro (siguiendo en este caso a los
químicos franceses), y no azoguro ni
mercururo, hablando de ciertos compuestos
en que el azogue entra como parte
principal o más importante.
No sería hasta la internacionalización de la ciencia cuando
asistamos a un proyecto de envergadura sobre la unificación y normalización del
español como lengua de la ciencia. En primera instancia, la lengua de la
Medicina con el frustrado empeño del doctor Tolosa Latour y la creación de la
Unión Médica Hispano-Americana (1903); años más tarde, el ingeniero Leonardo
Torres Quevedo y la creación de la Unión Internacional Hispanoamericana de
Bibliográfica y Tecnología Científicas (1910). En ambos casos se entendía
decisiva y crucial la redacción de sendos diccionarios (de términos médicos,
uno; terminológico general, el otro). En el caso de la Medicina, todo quedó en
una simple declaración de buenas intenciones en la pluma del doctor Tolosa
Latour; por lo que hace a la terminología general, y a pesar del apoyo
institucional de la Real Academia Española, apenas novecientas páginas y seis
cuadernos del Diccionario tecnológico
hispano-americano (1926-1930?). Se trataba de coronar con todos los
merecimientos una etapa de la ciencia española sin precedentes, ese segundo
período de nuestra Edad de Plata que se iniciaba tras la concesión del Nobel a
Santiago Ramón y Cajal y que se truncaría irremediablemente con la Guerra
Civil, primero, y con la Segunda Guerra Mundial, después.
Cuanto no se
ha podido llevar a cabo, con toda seguridad es ahora el momento de llevarlo a
efecto. La labor desarrollada por la Universidad de Wisconsin-Madison, primero,
y The Hispanic Society of America, después, con la obra de Alfonso el Sabio, no
puede ser otra cosa que un referente permanente del camino que siguen los cada
vez más numerosos grupos de investigación sobre el español como lengua de la
ciencia repartidos en las universidades españolas y en los distintos organismos
de investigación.
Valga como
muestra de esta labor de recuperación histórica el Diccionario español de textos médicos antiguos (1996) dirigido por
María Teresa Herrera, de la Universidad de Salamanca; el Diccionario de la técnica del Renacimiento que dirige la profesora
Mancho Duque en el seno del Centro de Investigaciones Lingüísticas de la misma
universidad; el proyecto Leneso:
Thesaurus del léxico de la navegación española del Siglo de Oro, de la
profesora García-Macho, en la Universidad Nacional de Educación a Distancia; o
bien el Diccionario histórico del español
moderno de la ciencia y la técnica (siglo
XIX),
de la Universidad Autónoma de Barcelona, bajo la dirección del profesor Garriga;
así como nuestro proyecto Base de datos
terminográfica «Torres Quevedo». Diccionarios terminológicos del español,
elemento esencial de la Estación de Trabajo Lexicográfico que estamos desarrollando
en el seno del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, constituida,
además, por un Tesoro terminográfico, un Corpus textual sincrónico (2001-hoy) y
un Observatorio de Neonimia. Los estudios sobre el español como lengua de la
ciencia y, en consecuencia, la terminología histórica y sincrónica de nuestra
lengua atraviesan hoy por una etapa de consolidación sin precedentes en nuestro
pasado.
El diccionario multifuncional
Desde que en
1983 publicara la Real Academia de Ciencias su Vocabulario científico y técnico, hemos asistido a un notable
desarrollo de la lexicografía de especialidad acogida a instituciones
científicas. El Vocabulario científico y
técnico ha mejorado ostensiblemente desde la primera edición. Y esto no solo
por el importante aumento en el número de entradas (de
13 000 en 1983 a 50 000 en 1996), sino por la incorporación al diccionario
monolingüe de una segunda parte con las equivalencias en inglés, y estas desde la doble vertiente español-inglés e inglés-español.
Intenta acomodarse esta útil variedad a la mayoritaria creación científica y
técnica anglosajona y a la habitual publicación en su lengua de las primicias
investigadoras mundiales.
Con parámetros muy similares se ha redactado, a mi
entender, el Diccionario español de la
energía (2004), bajo la dirección de Ángel Martín Municio y Antonio Colino
Martínez, que, si bien ha sido promovido por un grupo de instituciones y
empresas, cuenta con el aval de la Real Academia de Ciencias y de la Real Academia
de Ingeniería, no en vano sus directores son miembros de número de las correspondientes
academias. Se incorpora a la microestructura del artículo el equivalente en
lengua inglesa, información que se completa como era de esperar «Con un
vocabulario inglés-español».
Un paso más en
la configuración de una nueva lexicografía de especialidad lo ha dado el pasado
año la Real Academia Nacional de Farmacia. La corporación, en cuyo haber lexicográfico
solo se contaba un repertorio monolingüe en dos volúmenes publicado en 1865, ha
optado directamente por acogerse a la lexicografía bilingüe: Diccionario terminológico de las ciencias
farmacéuticas – A Terminological Dictionary of the Pharmaceutical Sciences. Inglés-Español / Español-Inglés (2007). El equipo formado por Alfonso
Domínguez-Gil, Enrique Alcaraz y Raquel Martínez ha sido el responsable, con la
sanción de los académicos, del nuevo diccionario. Me interesa destacar, amén
del ya mencionado carácter bilingüe, aquella innovación más relevante desde el
punto de vista de la técnica lexicográfica. Se trata de los nuevos elementos
incorporados a la tradicional microestructura del artículo lexicográfico. Para
el profesor Alcaraz, la sola presencia de los equivalentes en un diccionario
bilingüe es una de las insuficiencias que presentan los actuales diccionarios;
en consecuencia, «es preciso delimitar el significado con una explicación, una
frase contextualizadora, palabras relacionadas y sobre todo dónde se ubica la
palabra dentro de los 25 campos semánticos que para nosotros constituyen la
primera aproximación en el campo de las ciencias de la Farmacia». Así lo
resumía en el acto de presentación del diccionario el 10 de mayo de 2007 en la
sede de la Real Academia. Esta es la principal innovación de este diccionario,
que no dudamos apreciarán cuantos lo consulten, muy en especial los
traductores.
No para aquí
la actividad lexicográfica colegiada. Según mis noticias, bajo la dirección
académica de Hipólito Durán, la Real Academia Nacional de Medicina prepara un Diccionario terminológico de las ciencias
médicas, y, apenas hace un año, se iniciaron las labores de creación de un
corpus en la Real Academia de Ingeniería con el fin de redactar un diccionario
español de las distintas facultades, en este caso nuevamente bajo la dirección
académica de Antonio Colino Martínez.
Son muy
notables las diferencias que distinguen un diccionario monolingüe de otro
bilingüe, como aquellas que distinguen un diccionario general de uno
especializado. El diccionario general monolingüe, al tratarse del repertorio
lexicográfico por excelencia, se somete con una rigidez sin límites a la teoría
lingüística y a la metalexicográfica. Son muy pocas las quiebras que se le
toleran, especialmente en el campo de la definición y en de la normalización de
su microestructura. El diccionario bilingüe, sin embargo, debido fundamentalmente
a los consabidos problemas de equivalencia y en aras de una mayor precisión significativa,
permite al redactor una mayor operatividad a la hora de expresar el contenido.
Frente al diccionario especializado, el diccionario general no puede renunciar,
desde mi punto de vista, a la llamada definición lingüística, en tanto que el
diccionario de especialidad puede optar por una mayor diversidad definicional:
definición científica, terminológica o lingüística.
Las críticas a
un diccionario de lengua, escolar o de aprendizaje arrecian cuando pretende
cubrir un espectro de usuarios diverso. Los diccionarios de especialidad,
acabamos de verlo, persiguen no solo satisfacer las necesidades de los expertos
en esa disciplina, sino que parejamente se dirigen a los legos, de aquí el
marbete de pedagógicos, y, en última instancia, a los traductores al incorporar
un vocabulario bilingüe anexo al cuerpo de la obra. La lexicografía de
especialidad que acabamos de revisar apuesta decididamente por lo que llamamos
el diccionario multifuncional.
A modo de conclusión
Pelayo Vizuete
fue un almeriense afincado en Barcelona que coordinó el primer diccionario
enciclopédico del español con más visos de originalidad de nuestro siglo
XIX, a pesar incluso de que se pusiera en duda su completa originalidad
y fueran demandados sus editores por la Universidad de Cambridge, a la sazón
editora de la Encyclopaedia Britannica.
Me refiero al Diccionario enciclopédico
hispano-americano de literatura, ciencias y artes (1887-98) de los editores
catalanes Montaner y Simón. Leonardo Torres Quevedo lo trajo a Madrid, dada su
experiencia en obras de enjundia, para que coordinara el diccionario de marras.
En 1930 cuando aún no se habían cerrado las oficinas lexicográficas del Diccionario tecnológico hispano-americano,
publicaba su artículo «Viajando por el eter: la Radiovisión». Quiero traer aquí
sus palabras como ejemplo de la atención del lexicógrafo de especialidad a los
acontecimientos científicos de su tiempo, en un momento en el que la generación
de nueva terminología, al igual que en nuestros días, hace prácticamente
imposible su control total:
Debemos ir marcando lindes y señalando
nombres a los campos a fin de evitar confusiones. La ‘vista a distancia’ es televisión; pero esta comprende la telefotografía ‘transmisión de retratos
y dibujos’; la telecinegrafía ‘reproducción
lejana de películas cinematográficas’, y la radiovisión
‘envío de imágenes tomadas del natural’ […] televisor es el ‘aparato que reproduce
(que ve) a distancia los objetos’; radiovisor
es ‘el que da, que ve a distancia las imágenes de los objetos naturales, que
los reproduce directamente’…
Una consulta
al Corpus Diacrónico del Español (CORDE) nos podrá dar una idea de la
dispendiosa pero necesaria labor del lexicógrafo de especialidad. Hoy, con lo
medios a nuestro alcance, apenas si se documentan en ese corpus los términos televisión, radiovisión y televisor. La fuente es una obra de
carácter científico publicada en 1929 por Enrique Mata: La televisión. Fototelegrafía. No se registra, por el contrario, telefotografía, telecinegrafía y radiovisor. El lexicógrafo, como
siempre, ejerciendo de notario de su tiempo, en este caso de los últimos acontecimientos
en el área de las telecomunicaciones.
Ignacio Ahumada
Consejo Superior de
Investigaciones Científicas
iahumada@cindoc.csic.es
  
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