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BUZÓN


Vida de traductor. Manuel Rivas Corral (1918-2007)

Cada vez que vuelvo a recorrer el largo pasillo del piso me viene el eco del teclear de la máquina de escribir, la más antigua, una portátil, negra y elegante, que años más tarde heredaría yo cuando una Olympia también mecánica sustituyó a su predecesora sobre la escueta mesa metálica de alas plegables. Es la música que acota el recuerdo de las tardes tediosas en casa después del colegio, cuando trataba de concentrarme en el problema de matemáticas o la lección de historia o encendía el televisor justo al principio de la carta de ajuste que daba paso a la sesión de tarde de la primera cadena. Una melodía enérgica y rápida, poblada de silencios, algunos breves, otros prolongados, en los que mi padre se levantaba a hacer una comprobación en un informe o en el viejo diccionario de tapas de tela deshilachada de color naranja, para después continuar el interminable monólogo alternado de los tipos contra el folio inserto en el carro. La conclusión de una hoja iba seguida de su rápida extracción para deslizar tras el rodillo la nueva hoja en blanco. La melopea monótona pero no carente de matices y meandros de la máquina de escribir está unida en mi recuerdo a la conjugación de los verbos griegos y a las láminas de dibujo lineal nunca del todo exentas de barbas o alguna gotita de tinta traicionera.

Mi padre solía utilizar papel carbón para calcar su traducción y poder guardar así una copia. Más tarde el uso de la fotocopiadora haría olvidar este procedimiento y facilitaría la conservación de la versión definitiva. El texto final acababa punteado de correcciones a mano, que, cuando eran largas, estaban escritas en una cinta adhesiva de papel pegada sobre el renglón inicialmente mecanografiado. Las fuentes de información se limitaban a los diccionarios, enciclopedias y libros de consulta que cabían en unos pocos estantes de la librería abarrotada del cuarto de trabajo, más los volúmenes de referencias oficiales que solían acompañar el envío por correo del texto original. A veces una visita a una librería del centro de la ciudad, siempre más rápida y eficaz que la consulta en una biblioteca pública, permitía completar las pesquisas acerca de un término difícil o nuevo en otras obras de publicación reciente, sin necesidad de adquirirlas. El resto de los recursos del traductor eran los que le proporcionaban su experiencia profesional y su cultura de lector empedernido, que debía ponerse en juego en el estrecho rincón de la máquina de escribir, delimitado por el haz de luz proyectada por el aplique adosado a la pared.

Estos recuerdos de mi infancia, que quieren ser un homenaje a mi padre, fallecido el 20 de diciembre de 2007, ofrecen un perfil del traductor aún no muy alejado en el tiempo, pero que puede antojársenos bastante ajeno al modo en que hoy se trabaja. Pese a que el traductor autónomo o el que trabaja en su domicilio realiza siempre un trabajo solitario por definición y en unas condiciones con excesiva frecuencia muy precarias, la radical transformación de la práctica profesional en los últimos años debido a la tecnificación y la accesibilidad de la información hacen que al evocar los procedimientos tradicionales del oficio nos invada una cierta sensación de extrañeza, aunque, en lo esencial, el oficio seguirá siendo siempre el mismo.

* * *

Manuel Rivas Corral (Madrid, 1918) ingresó a los quince años en la escuela de periodismo del periódico católico El Debate. En 1936 obtuvo la titulación de periodista y aprobó como alumno libre los tres primeros cursos del bachillerato. En septiembre del mismo año fue asesinado su hermano mayor Luis, de diecinueve años, en el antiguo convento de las Salesas. Poco tiempo después, Manuel fue movilizado y enrolado de manera forzosa en la 39 brigada del ejército republicano, de ideología anarquista, con la que combatió en el frente de Teruel. Tras la guerra, entre 1939 y 1941, superó los exámenes de los cuatro últimos cursos del bachillerato y el examen de estado y obtuvo el grado de profesor mercantil. En 1940 había comenzado a trabajar como redactor de la agencia Efe. En julio de 1941 se alistó en la División Azul como voluntario y combatió durante un año en Rusia, en los alrededores de Novgorod.

Tras su retorno a la vida civil en España en 1942, continúa trabajando en la agencia Efe, al tiempo que cursa estudios de Derecho, siempre como alumno libre, y de inglés y francés; en 1945 obtiene la licenciatura en Derecho. El año siguiente ingresa como funcionario por oposición en el Ministerio de Asuntos Exteriores, trabajo que simultaneará con el de redactor de Efe hasta 1954. En estos años amplía sus conocimientos de inglés y francés de forma autodidacta (por ejemplo, mediante la lectura compulsiva de novelas policiacas en inglés). Antes de cumplir los treinta años, pues, ha sido combatiente en dos guerras, ha realizado estudios de periodismo, comercio y Derecho, ha trabajado como periodista desde los 22 años, ha iniciado una carrera de funcionario del Estado y ha entablado con los idiomas una relación pasional que marcará el resto de su vida.

Su dedicación a la traducción se inicia en la agencia Efe, donde realiza traducciones del inglés y del francés desde la década de los cuarenta. En diciembre de 1955 aprueba la oposición de traductor-revisor de español de la UNESCO-Naciones Unidas, justo en el momento en el que España ingresaba en las Naciones Unidas (la entrada en la UNESCO había tenido lugar poco antes, en 1953). Desde el verano de 1956, en que trabaja durante dos meses en la sede de la UNESCO en París, hasta finales de los años ochenta, trabajará de manera casi continua para distintos organismos del sistema de las Naciones Unidas, sin abandonar su puesto en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Trabaja varios meses al año en la sede de la organización en Ginebra y en otros lugares del mundo (por ejemplo, en Alemania, Australia, Austria, Chile, la India, Italia, Japón y Zambia) y realizando traducciones desde su domicilio en Madrid el resto del tiempo. Trabaja para la UNESCO, la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC) y su Comisión de Derechos Humanos, la Comisión de Desarme, el Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas (CIME), la Conferencia sobre Ciencia y Tecnología para las Regiones Menos Desarrolladas (UNCSAT), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), la Conferencia del Derecho del Mar y el Tratado Antártico sobre recursos vivos, así como para las conferencias de los Estados no nucleares, los Estados no alineados y las relativas a Derecho humanitario, desarrollo comunitario rural, el plomo y el zinc y el azúcar.

En los organismos internacionales tuvo el privilegio de trabajar codo con codo con diversos escritores e intelectuales que se dedicaron a la traducción, como Julio Cortázar e ilustres exiliados republicanos españoles, como Alberto Jiménez Fraud (director de la Residencia de Estudiantes de 1910 a 1936), Rafael Martínez Nadal (amigo íntimo de Federico García Lorca, que le entregó el manuscrito de El público en vísperas de la guerra civil), José Rodríguez Olazábal, Alfredo Mendizábal, Gregorio Girbau y muchos otros, así como con traductores más jóvenes de la talla y el prestigio de Miguel Sáenz. También mantuvo una duradera relación profesional y de profunda amistad con Marcela de Juan, intérprete y traductora española de origen chino.

Desde 1973, año en que ingresó en la Oficina de Interpretación de Lenguas del Ministerio de Asuntos Exteriores, dedicó toda su actividad profesional a la traducción. Fue intérprete jurado de inglés, francés y ruso. Además tradujo varios libros, entre los que destaca Criticar al crítico, de T. S. Eliot (Madrid, Alianza Editorial, 1967), y distintos guiones para Televisión Española.

Su adscripción desde la adolescencia al catolicismo conservador se vio reafirmada por la trágica muerte de su hermano, apenas un año mayor que él, al que le unía una gran afinidad, y marcó su juventud, desde su actuación como soldado en las filas de una brigada anarquista, en una situación extrema de riesgo permanente para alguien de ideología opuesta y cuyo hermano había sido asesinado en la España republicana, hasta su enrolamiento en la División Azul. Su trabajo de periodista lo puso al servicio, prácticamente desde el final de la guerra civil, de la misión propagandística para la que se creó la agencia Efe. Sin embargo, la experiencia de la División Azul y en particular el conocimiento a partir de 1945 de los horrores cometidos por el régimen nazi para el que combatió la División le impulsaron a ir apartándose de la ideología oficial del franquismo, como se observa en su reiterada renuencia a ocupar todo cargo de responsabilidad en la Administración. Esta evolución personal se reafirmó a raíz de sus primeros viajes, en los años cincuenta, a París y Ginebra y su trabajo en el entorno multicultural de los organismos internacionales y le condujo definitivamente a una postura de liberalismo conservador. Por otra parte, la convivencia diaria durante largas temporadas y el intercambio de experiencias con los numerosos exiliados republicanos españoles que conoció le llevaron a una profunda reflexión acerca de la tragedia de la guerra civil y a la defensa de una reconciliación nacional que restañara las heridas de la confrontación.

La trayectoria de mi padre, como la de muchos otros de su generación, es un resumen de la historia de España en el siglo XX. Pero considero que, además, el ejercicio de la traducción, que fue una de las constantes de su vida, tuvo en esta un papel que trasciende el plano meramente profesional o la materialización de una vocación intelectual. La traducción le dotó de una particular lucidez y le abrió una vía de superación de tabúes ideológicos. Su encuentro con la traducción le permitió una apertura profunda al otro (íntimamente unida a la salida al exterior desde la España aislada del franquismo) en unas circunstancias personales y un contexto histórico que en nada la favore-cían. Esta es una vertiente más (que únicamente ahora, tras su muerte, descubro) del magisterio que ha ejercido en mí. Espero estar, como traductor, como persona, a la altura de ese legado.

Alberto Rivas Yanes
Comisión Europea
Alberto.Rivas-Yanes@ec.europa.eu

 

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