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TRIBUNA


La impronta de la traducción sobre el discurso científico: toda una historia1

No hace falta explicar que la traducción ha permitido a lo largo de los siglos la transferencia de saberes técnicos y científicos entre unos pueblos y otros, facilitando así que algunas de las ideas más notables de las diferentes culturas hayan terminado por convertirse en patrimonio de la humanidad2. En esa transferencia la misión de los traductores ha sido fundamental, pues su tarea no se ha limitado a verter ideas ―y con ellas, palabras― de una lengua a otra, sino que han actuado como copartícipes de la construcción y la difusión del conocimiento, gracias a sus distintos trabajos de adaptación, recopilación, síntesis y divulgación de los textos3. No son pocos los autores que han dedicado sus trabajos a resaltar la importancia de la traducción en la transmisión de las ideas y a destacar los hitos fundamentales del camino recorrido y los nombres más importantes que jalonan esa historia; por lo que no vamos a ocuparnos aquí de ello.

En lo que quizá no se ha insistido tanto es en el modo en que las traducciones han actuado sobre el discurso científico, modificándolo, tanto en su forma como en su contenido. En eso es en lo que nos centraremos ahora, particularmente en el papel desempeñado al respecto por el traductor, aunque sin olvidarnos de otros personajes que han intervenido también en la historia, entre los que destacan el público destinatario, así como los promotores de las traducciones, mecenas y editores, cuyos intereses e intenciones han dejado también su huella sobre los textos y sobre el propio discurso científico.

Quisiéramos, por último, que los ejemplos del pasado de que en general nos serviremos ―aunque haya también algunos actuales― nos ayudaran a relativizar algunas de las situaciones del presente. Precisamente esa es una de las funciones que tiene la historia: dejarnos conocer que mucho de lo que nosotros vivimos ya lo vivieron otros antes que nosotros, lo que nos permite valorar y situar en su justo lugar algunos de los problemas que tanto nos molestan y nos preocupan y a los que a veces no sabemos cómo enfrentarnos.

1.  El traductor ante el problema terminológico

Si traducir no ha sido nunca una empresa fácil, en el caso del lenguaje y de las obras de especialidad, la labor se complica todavía más, no solo por lo enrevesado que puede llegar a ser el contenido del texto que se quiere traducir, sino también por los términos que contiene, especialmente si estos no cuentan con equivalentes en la lengua hacia la que se traslada; algo que ha obligado a los traductores de todos los tiempos a buscar diferentes soluciones, más o menos acertadas, que han servido tanto para ir creando y configurando el vocabulario especializado, como para ir sembrando y multiplicando en él el caos terminológico. Inevitablemente tiene que ser así, pues esas soluciones adoptadas por parte del traductor guardan una estrecha relación con su formación y el conocimiento adquirido sobre la materia que traduce, así como de las lenguas con las que trabaja; con las capacidades y medios con los que cuenta para realizar su tarea; y, por supuesto, con su sensibilidad y pulcritud para llevarla a cabo. Factores todos tremendamente variables de unos traductores a otros.

1.1. Posibilidades de actuación

Como acabamos de señalar, no ha sido infrecuente que el término que debía traducirse correspondiera a una noción nueva; por lo que, lógicamente, la lengua hacia la que se estaba traduciendo careciera de un equivalente para él. En este caso, si el traductor conocía lo que significaba con exactitud, podía dar con una buena traducción, bien mediante una palabra o bien rodeándola por medio de una perífrasis. En cambio, si desconocía su significado, tenía que conformarse con introducirlo en la otra lengua ―más o menos adaptado―; e, incluso, cuando se trataba de lenguas con sistemas alfabéticos y gráficos distintos, limitarse a transliterarlo.

 Así sucedió, por ejemplo, con quienes iniciaron las traducciones de los textos científicos del griego al siríaco y, desde ambos, al árabe, en los siglos VII, VIII, IX, etc.; algo, que volvería a repetirse cuando, a partir del siglo XII, quisieron volcarse esos mismos textos, ahora desde el árabe hacia el latín. Y no digamos cuando, desde el latín, se iniciaron las primeras versiones hacia el castellano, el catalán, el provenzal, etc., en los últimos siglos medievales. Los dos procedimientos a los que recurrieron básicamente fueron el préstamo o el calco, que serían monedas de uso corriente también entre los traductores del mundo moderno, pues esa falta de términos en la lengua de llegada con los que traducir los provenientes de la de partida ha tenido lugar de manera constante en la historia de la traducción. En algunos momentos ha sido especialmente llamativa, como ocurrió en los siglos XVIII y XIX, cuando nuestros profesionales españoles, en ausencia de obras científicas originales en muchos ámbitos, se vieron obligados a traducir de forma imparable las procedentes de otros países como Inglaterra, Alemania y, fundamentalmente, Francia, chocando en su trabajo una y otra vez con el mismo obstáculo: la falta de términos con los que traducir los existentes en aquellas lenguas, como lo pone de manifiesto su queja continua tanto en la prensa especializada como en los prólogos de los libros que traducen4.

Muy distinto a lo señalado hasta aquí es cuando el uso de transliteraciones o adaptaciones ha respondido, no a la falta de equivalentes en la lengua de llegada, sino al deseo explícito del traductor de que la palabra utilizada mantuviera el sentido propio del original, por la posibilidad de confusiones que produciría la polisemia del vocablo equivalente en la lengua hacia la que se traducía. Esa es la razón de que, por ejemplo, los traductores medievales hebreos escribieran siempre la palabra original, tras la utilizada para traducirla5. Como afirma Montero Cartelle, a veces se toma un tecnicismo de otra lengua, no porque corresponda a un concepto nuevo, sino por su carácter unívoco, específico y puramente denotativo, como ocurrió con epilepsia, frente a los tradicionales latinos morbus sonticus, morbus comitialis o morbus caducus, que estaban cargados de fuertes connotaciones políticas y sociales6.

Abundando en lo anterior y extendiendo el fenómeno desde lo puramente léxico hacia otros planos lingüísticos, Álvaro Galmés señala que los arabismos sintácticos o estilísticos encontrados en algunas traducciones medievales no deben valorarse siempre como un rasgo negativo, debido a la incompetencia del traductor o de su método de traducción, sino que algunos pueden considerarse como fruto de una intención más o menos expresa de dejarse influir por un modelo preexistente de mayor alcance cultural. Y añade que la prosa de las traducciones científicas estuvo más arabizada que la de las obras literarias; algo que no tiene mucho sentido explicar por las mayores dificultades que ofreciera la versión de un texto científico en relación con uno literario, sino más bien por el afán de fidelidad al original, que quizá fuera más exigente en una traducción científica que en una literaria7.

Pero, más allá de la falta de términos adecuados en la lengua de llegada o de la opción del traductor por querer mantener el supuesto carácter unívoco y específico del tecnicismo en la lengua de partida, la historia de la traducción nos muestra otras situaciones bien diferentes, que tienen que ver con las dificultades de interpretación del texto por parte del traductor, bien porque no comprende su contenido o bien porque se le escapan las palabras con las que está escrito o, incluso, por ambas cosas a la vez. Algo a lo que han contribuido también, en otros momentos históricos, los numerosos errores existentes en los manuscritos debidos a las malas lecturas y escrituras de los copistas, que en nada han ayudado al ya de por sí difícil trabajo del traductor.

Es lo que sucedió, por poner solo un ejemplo, con el apéndice xifoides, cartílago con que termina el hueso esternón, denominado durante la Edad Media cartílago epiglotal o laríngeo, a partir de la traducción realizada por Gerardo de Cremona del Canon de Avicena. Un nombre que no tiene demasiado sentido, pues topográficamente están muy distantes la laringe y el apéndice xifoides, como para que a este se le pueda llamar epiglotal o laríngeo. El origen de la confusión parece encontrarse en un error de traducción: Avicena utilizó para referirse a este cartílago la palabra aljanÿyar, que es la que servía para designar una «daga ancha», muy usada en Siria, porque este cartílago tiene forma de espada o de daga ancha. Es decir, él lo llamó «cartílago con forma de daga». Pero Gerardo de Cremona, el traductor de Avicena al latín, quizás no conocía esa palabra aljanÿyar, o quizás pensó que en un texto médico estaba fuera de lugar, que debía de ser un error del copista y supuso que lo que estaba allí escrito era otra palabra muy parecida ―cuando se escriben en caracteres árabes― alhanÿyar, con «h», no con «j», que significa «laringe». Por eso, en lugar de traducirla por «cartílago con forma de daga», que era lo que allí estaba escrito, la tradujo por «cartílago laríngeo», que allí no figuraba así de ninguna manera8.

A quien pensara que estas cosas solo sucedían en épocas remotas, podríamos contraponerle innumerables ejemplos actuales9: ¿qué decir de ese «calvario» empleado como bóveda craneal, de esa terrible fecha esperada de «confinamiento», en lugar de fecha probable del parto, o de esas bonitas enfermedades que «debutan» como si fueran primeras bailarinas del ballet nacional? Nada comparable con ese incalificable «arresto» respiratorio, en lugar de la parada respiratoria o, todavía peor, con la maduración «arrestada» porque se ha portado mal. Y ¿qué pensar de los tumores que se «remueven», como nos dicen muchos textos quirúrgicos, como consecuencia claro del to remove, es decir, que se agitan, dándoles vueltas para que sus elementos se mezclen y se diseminen bien por todo el organismo...? Solo lo igualan las magníficas «distracciones» óseas y los no menos magníficos «disruptores» endocrinos. ¿Cómo puede un médico hablarnos de un dolor exquisito y quedarse tan fresco? Quizá los que tuviera Mme Bovary, tumbada en su chaise longue lo pudieran ser, o para el Marqués de Sade lo fueran, pero para cualquier hispanohablante difícilmente los dolores son exquisitos...

1.2. Las huellas de lo anterior sobre el discurso científico

Cualquiera de los casos anteriores, la creación terminológica por falta de equivalentes en la lengua de llegada, por deseo expreso del traductor o por error o desconocimiento, puede juzgarse y valorarse desde una perspectiva estrictamente lingüística, con mayor o menor dureza, de acuerdo con los criterios que rigen la neología, la adopción de préstamos, etc. Y así se ha hecho en numerosas ocasiones, por lo que no seguiremos por esa vía. Lo que nos interesa destacar es cómo esa creación terminológica ha podido influir sobre la elaboración del propio discurso científico, desencadenando en ocasiones que este se haya tenido que adaptar a aquella; especialmente, cuando se trataba de un término erróneo que ha obligado a cambiar los conceptos, haciéndolos, de esta forma, erróneos también; o ha llevado a buscar explicaciones ad hoc, que permitan justificar su existencia. A nadie se le escapa que esto choca frontalmente con las pretendidas características que se les asignan al lenguaje y al discurso de la ciencia y que va, por supuesto, en detrimento del famoso rigor científico.

Esto sucedió, por ejemplo, con la mal llamada Prensa de Herófilo, que tendría que haber sido en realidad el «tonel de Herófilo» y que obligó a inventar una función de prensa inexistente tan solo para adaptarse a esa designación10. O cuando se empezó a considerar ―y así se mantuvo durante un tiempo― al «amor vehemente» entre las enfermedades producidas por bilis amarilla, todo porque un traductor confundió la palabra árabe que designa ese tipo de amor, «vehemente», con la que significa «desvanecimiento»11. Lo mismo que ocurrió con las curiosas características atribuidas a las avispas a partir de Alberto Magno, supuestamente de origen aristotélico, aunque, en realidad, Aristóteles se las adjudicara a las plantas. Aquí lo que sucedió es que en la traducción siria de las obras de Aristóteles, la palabra phyton («planta») se tradujo correctamente por nesb, pero Ibn al-Bitriq, cuando trasladó del siríaco al árabe, no sabemos por qué, mantuvo nesb en su versión, en lugar de traducirlo por la palabra árabe equivalente, que es nabat. Cuando Escoto, en el siglo XIII, hace la traducción al latín, como no entiende la palabra nesb, simplemente la latiniza en nespa. Y Alberto Magno, que utiliza esta versión de Escoto para elaborar sus comentarios de Aristóteles, confunde nespa con vespa, momento en que las avispas le «roban» sus características a las plantas y se las quedan durante un tiempo; es decir, el discurso se adaptó para tratar de explicar esas funciones en las avispas, hasta que se consiguió aclarar y corregir el error12.

Ojalá estas cosas que les pasaban a aquellos atribulados traductores medievales, con sus consiguientes explicaciones renacentistas y barrocas a nosotros no nos pasaran. Lamentablemente, no hace falta ir tan lejos para buscar esos errores y esas explicaciones ad hoc de las que estamos hablando y son muchos, demasiados, los casos que podemos allegar procedentes de traducciones actuales. Solo traeremos dos a colación: el conocidísimo lío de traducción de emergency y de urgency, cuyo equivalente en español no era emergencia, sino urgencia en los dos casos, pudiendo esta ser más o menos grave por comprometer o no la vida del paciente. Como esta diferencia no se tuvo en cuenta en su momento y se «tradujo» erróneamente emergency por emergencia, ahora nos encontramos con que existen en algún lugar servicios de emergencias y servicios de urgencias, cuya diferencia es tan peregrina como que «las urgencias no son tan urgentes como las emergencias». Sobran los comentarios.

Lo mismo sucede, por ejemplo, con la «severidad» de las enfermedades sobre las que han corrido ríos de tinta: severo, mal «traducido» por grave es en sí un error importante. Pero podemos cerrar los ojos y aceptarlo ya como sinónimo de «grave» y olvidarnos del asunto. Pero que desde hace un tiempo haya quien nos hable de enfermedades de severidad leve, severidad moderada y severidad severa, es demasiado llamativo como para mirar para otro lado. Es decir, no se trata ya de errores meramente lingüísticos, que se quedan en ese plano y que nos pueden molestar más o menos según nuestro grado de purismo, sino que van más allá, alcanzando al discurso, a nuestra organización del conocimiento. Y la única base que tienen es un simple fallo de traducción cometido en un momento dado, que no se ha querido reconocer como tal y al que ha habido que buscar una explicación ad hoc para poderlo justificar; explicación que obliga a adaptar el sistema conceptual para darle entrada, aunque sea con calzador, como si se tratara de algo diferente. Como lo señalaba Bonet, si el traductor malo es un peligro, hay una especie más nociva: el traductor malo con recursos. Porque es capaz de camuflar su ignorancia o sus carencias con florituras e inventiva. Es como el reparador que hace una chapuza, pero después la despista tan bien con cuatro paletadas de yeso y dos pinceladas de color, que el desaguisado solo se descubre cuando ya es demasiado tarde13.

No digamos nada cuando en la lengua de partida, o mejor dicho, en el país de partida, se mezcla esa corriente a la moda, que se conoce como «de lo políticamente correcto», y el traductor, a sabiendas o por pura ignorancia o desidia, la introduce subrepticiamente en nuestro lenguaje y a través de él, en nuestro pensamiento. Así sucede con las «personas viviendo con hepatitis», como si hepatitis fuera el nombre de nuestra mejor amiga, o «viviendo con VIH», como si se pudiera vivir con un virus, etc., todo por esa manipulación constante en nombre del eufemismo, que conlleva el inglés people living with... VIH, hepatitis, etc.

2.  La finalidad de la traducción y su influencia sobre los textos traducidos

El afán extremo de fidelidad al original del que se hacía eco Galmés para explicar la presencia de numerosos arabismos sintácticos o estilísticos en algunas traducciones no ha sido incompatible, sin embargo, con que muchas de las traducciones científicas llevadas a cabo a lo largo del tiempo se hayan adaptado a los intereses del posible público al que iban destinadas o a los de los editores o de los mecenas que estaban detrás de ellas, financiándolas o posibilitándolas del modo que fuera; igualmente, la ideología y creencias de todos ellos han desempeñado un papel importantísimo, del que un ejemplo extremo, como veremos enseguida, sería que de una obra quedaran sin traducir capítulos enteros por considerarse su contenido inmoral o inadecuado.

Esos intereses de los que hablamos son los que han impulsado la transmisión de unas determinadas obras y no de otras y de unos determinados géneros discursivos, favoreciendo unos usos en detrimento de otros. Por ejemplo, siempre se alaban las importantísimas traducciones medievales desde el árabe hacia el latín llevadas a cabo en las penínsulas Itálica e Ibérica y la cosa no es para menos, por supuesto. Lo que no se suele subrayar tanto es que hubo una auténtica selección por parte de los traductores ―o más bien de quienes estaban detrás de ellos― de las obras que había que traducir y por supuesto no se tradujo todo. Así, se trasladaron preferentemente los tratados transmitidos por la ciencia árabe relacionados con los grandes autores de la Antigüedad clásica, mientras que se restringieron los libros de autores árabes herederos de la ciencia india o china, también asimilados por los sabios musulmanes. Por ejemplo, en el caso de la medicina, en las primeras etapas traductoras se escogieron en general textos teóricos y filosóficos, más ligados a la medicina clásica, eludiéndose los de tipo clínico, práctico, que habían recibido sin duda una mayor influencia de la ciencia oriental. No en vano, Constantino y Gerardo, los dos grandes traductores de medicina de esas primeras épocas, ni eran médicos ni debían sentir interés alguno por la práctica de la medicina. Más tarde, sin embargo, las cosas fueron justamente al revés, particularmente en lo que se relaciona con las obras vertidas desde el árabe y desde el latín a las lenguas vernáculas e, incluso, al hebreo: ahí la atención se centró justamente en los textos prácticos, aplicados. No cabe duda de que los intereses de quienes estaban detrás de todas esas traducciones no eran los mismos14.

Pero no es solo que esos diferentes intereses hayan llevado a lo largo de la historia a que se traduzcan unos libros y no otros, sino que la motivación por la que se ha llevado a cabo cada traducción concreta ha determinado el producto final conseguido. Algo que les puede resultar difícil de entender y de aceptar a los traductores actuales de textos científicos, tan absolutamente apegados al texto que van a traducir. Sin embargo, la historia nos demuestra que así ha sido a lo largo de los siglos y, al menos, hasta épocas muy recientes.

En algunas ocasiones es muy fácil detectar cómo cambia el contenido de un texto, de acuerdo con el público al que se dirige, aunque no sea más que porque el propio traductor nos anuncia dicho cambio. Sucedió así, por ejemplo, en el Sefer ha-Shimmush (Libro de la práctica), traducción realizada por Sem Tob ben Isaac de Tortosa a mediados del siglo XIII, del Kitab al-Tasrif de Abulcasis. El libro 29 de este compendio constaba en su forma original de cinco capítulos, de los que Sem Tob decidió adaptar los dos primeros al uso de los judíos, porque según él mismo lo explica, estos no iban a sacar provecho alguno de dos capítulos dedicados a los nombres de las plantas en griego, siríaco y persa. Por el contrario, le pareció más útil sustituirlos por un glosario de nombres de plantas medicinales en hebreo y sus equivalentes en árabe, latín y romance15.

Muchos siglos después ―por traer solo dos casos, muy distantes uno de otro en el tiempo― les ocurría lo mismo a los encargados de traducir en España los diccionarios médicos enciclopédicos del siglo XIX, procedentes de otros países europeos. Eran varias las entradas que sufrían pequeñas o grandes modificaciones, de acuerdo con el posible futuro lector. Así, por ejemplo, en el Diccionario de Ciencias Médicas, traducido desde el francés, los editores advierten de la sustitución que han hecho de las aguas medicinales de Francia por las de España. Del mismo modo, donde se encuentra el artículo «doctrina», advierten de que, como el texto original francés se compuso en 1814, no pudo incluir la doctrina de Broussais, de aparición posterior; razón por la que ellos, los traductores encargados de la versión española, han pensado que tenían que «llenar esa laguna» incluyendo la traducción de un extracto de dicha doctrina16.

Hoy día, este comportamiento sería impensable, pues el traductor de un texto científico intenta mantener como sea la fidelidad al original. Se han escrito ríos de tinta al respecto y el asunto es recurrente en los foros de traducción. Sin embargo, esa adaptación del contenido no carecía del todo de sentido, pues no era infrecuente que el texto traducido no pudiera cumplir totalmente la función para la que se escribió y, sobre todo, para la que después se tradujo, dado que el contenido no se adaptaba al público al que, en teoría, estaba destinado.

Quizá esos cambios de los que hablamos se acepten mejor cuando no tienen tanto que ver con el contenido ―los más evidentes―, sino con las elecciones lingüísticas del traductor y su método de traducción. Cambios estos últimos más difíciles de detectar, por ser más solapados, pero importantísimos también, ya que reflejan unos intereses que van más allá de los del público destinatario. Françoise Micheau nos brinda un magnífico ejemplo a partir del trabajo desempeñado por una de las figuras más importantes de la historia de la traducción médica: Hunayn ibn Ishaq, médico siríaco del siglo IX, asentado en Bagdad, a quien debemos, además de su propia obra original, la traducción de diversos tratados médicos desde el griego al siríaco y, desde ambos, al árabe. En las traducciones de este excelente profesional se pueden detectar estilos diferentes, según quién se las hubiera encargado y con qué fines. Hunayn era tan consciente de que las cualidades e intereses del destinatario tienen en una traducción la misma importancia que las capacidades del traductor que la realiza, que dejó recopilado en uno de sus escritos el listado de las personas que le encargaron los diferentes trabajos, con indicación, en muchos casos, de sus gustos, sus motivaciones, etc.17. Entre sus traducciones encontramos, de un lado, las que efectuó desde el griego hacia el siríaco, cuyos destinatarios eran en su mayoría las grandes personalidades del mundo médico bagdadí: estas fueron mucho más fieles al contenido, al texto griego, aunque pudiera con ello resentirse la forma, en el sentido de que los textos se hicieran más obscuros, más difíciles de entender. De otro lado, en las que realizó hacia el árabe, a petición de funcionarios, letrados y sabios de la corte, en buena medida de origen persa y sin relación directa con el ejercicio de la medicina, se esmeró en la forma, buscando la claridad y la belleza del texto, siendo menos cuidadoso, en cambio, con el contenido.

Siglos más tarde, tras el llamado «descubrimiento» de la imprenta, su aprovechamiento económico desencadenó la búsqueda de un público más amplio que el que habitualmente leía o adquiría los manuscritos. Esto determinó la puesta en marcha de muchas «estrategias» editoriales, entre las que se encontraban las ediciones de textos vernaculares que venían a competir con los escritos en lenguas clásicas: los editores y los traductores fueron capaces, como es sabido, en las sucesivas ediciones y traducciones de un texto, de cambiarle el título, de alterar parte de su contenido o de su estructura; e, incluso, de modificar el nombre de su autor, sustituyéndolo por otro más conveniente o, simplemente, silenciarlo..., todo ello con el fin de aumentar el número de ventas, o, en algunos casos, de eludir la censura. El Liber de homine de Girolamo Manfredi, por ejemplo, ilustra a la perfección esto que decimos, tanto en sus sucesivas ediciones latinas ―cuya comparación revela todo este juego de injerencias―, como en las traducciones que de él se hicieron a otras lenguas. En el caso de la traducción castellana, realizada en 1567 por Pedro de Ribas, vicario de la parroquia de San Nicolás de Bari de Zaragoza, este, además de cambiar la distribución del texto original y de ocultar el nombre de su autor, suprimió 72 preguntas de las incluidas en la obra, de las que cuarenta tenían que ver con la sexualidad. En su condición de teólogo, el buen vicario ejerció a conciencia la autocensura con el fin de adecuar el texto que traducía a los ideales de la Contrarreforma y evitarse de este modo posibles problemas en el momento de publicarse18.

3.   La violencia sobre el discurso derivada de los instrumentos de ayuda a la traducción

Hasta aquí nos hemos referido, sobre todo, a la función que la traducción ha desempeñado en la historia como facilitadora de los intercambios entre culturas, impulsora de transmisión de conocimientos, de obras, de géneros, etc. Con ser importantísima esa función, de sobra conocida, más lo es aún el que haya actuado como germen de la aparición de determinados instrumentos y tipos textuales, directamente relacionados con la traducción. En lo que a la científica se refiere, el caso más evidente es el de la lexicografía especializada, cuyo nacimiento estuvo absolutamente ligado a la tarea de la traslación y cuyo desarrollo, a su vez, ha tenido repercusiones importantísimas sobre ella: es decir, por un lado, fueron los trabajos de traducción de textos especializados los que marcaron el surgimiento de una serie de instrumentos lexicográficos, a partir sobre todo del periodo medieval, periodo crucial en que se idearon, definieron y perfeccionaron muy diferentes géneros e instrumentos, monolingües y plurilingües, con distintas finalidades19. Pero, por otro lado, el desarrollo de estos instrumentos, fundamentalmente a lo largo del mundo moderno, ha permitido que finalmente el traductor cuente hoy con una serie de herramientas lexicográficas y terminológicas sin las que le resultaría impensable ponerse a traducir: glosarios, vocabularios, diccionarios especializados, bases de datos lexicográficas o terminológicas, etc.

Para llegar a esta situación actual, que parece tan natural y lógica, ha sido preciso recorrer una larga historia jalonada por las quejas continuas ante la ausencia de repertorios especializados y por las justificaciones de su utilidad. Unas quejas y justificaciones, especialmente frecuentes entre los autores españoles dieciochescos y decimonónicos, ante la avalancha de textos que se vieron obligados a traducir y el imparable desarrollo experimentado por la ciencia de la época; circunstancia que aprovecharon editores e impresores para potenciar la traducción en España de diversos diccionarios especializados publicados en otros países. Por ejemplo, en el caso concreto de la medicina, en la España del XIX se intentaron publicar 18 diccionarios médicos enciclopédicos, de los cuales solo cuatro eran de factura original española, mientras que catorce eran resultado de la traducción de sus correspondientes originales extranjeros, doce franceses y dos alemanes20. Enlazamos así con lo que presentábamos en el punto anterior, pues este ejemplo constituye una muestra excelente de cómo estos profesionales a los que aludimos ―editores e impresores― han marcado la pauta de la realización de muchas traducciones, dependiendo tan solo de los beneficios económicos que intuyen poder obtener; aunque no siempre acierten en sus elecciones y no siempre se esmeren en la calidad de los productos finales que ofrecen.

De este modo, los editores e impresores que operaban en España en el XIX veían el estupendo negocio que se había montado en Inglaterra, Alemania, pero sobre todo Francia en torno a la publicación de diccionarios médicos enciclopédicos y lógicamente, pensaron que en su traducción rápida al español habían encontrado un filón de oro. La verdad es que se estrellaron, porque en España no tuvieron tanto éxito como imaginaban; pero lo que nos inte-resa ahora es que las versiones españolas de esos textos, al igual que sucedía con otros muchos tratados y manuales traducidos por entonces, no brillaban precisamente por su calidad ―particularmente, en lo que al ámbito lingüístico se refiere―, pues había que traducir deprisa para vender lo más posible y lo antes posible. Así lo prueba la actitud de muchos médicos españoles del momento, que todavía conservaban algo que ha sido característico en los profesionales de la medicina hasta el siglo XX, que era el gusto por la lengua y la preocupación por ella. Esos médicos, desesperados porque veían cómo se estaba desvirtuando y destrozando el lenguaje médico en español, especialmente gracias a esas traducciones «masivas», indiscriminadas, sin ningún tipo de control, además de escribir continuamente en la prensa especializada del momento denunciando la situación de peligro que corría nuestro lenguaje médico y llamando al resto de los compañeros a hacer algo al respecto, además de eso, algunos llegaron hasta a agruparse y a lanzarse a la ardua tarea de elaborar diccionarios médicos terminológicos, con los que ―ingenuamente― pensaban iban a poder hacer frente a esa avalancha de magma terminológico venido de más allá de los Pirineos21.

En el siglo XX, esa situación de traducción imparable se ha mantenido, pero lo que no se ha mantenido lamentablemente ha sido la actitud combativa, emprendedora de nuestros médicos, de nuestros científicos en general. A lo largo de la centuria es muy difícil encontrar diccionarios especializados elaborados por profesionales que tengan el español como lengua materna. Hay excepciones, pero la inmensa mayoría de los repertorios con los que contamos en español son traducciones desde el francés, el alemán o, sobre todo, desde el inglés. Muchas de ellas no están mal, son aceptables. Pero muchas otras son fruto de la improvisación, de la desidia, de la urgencia, de los malos sueldos, de la falta de preparación, en fin, de una serie de factores que llevan a que en esos repertorios se incluyan términos o expresiones terminológicas erróneas, sin sentido, etc. Únicamente traeremos a colación dos ejemplos bien conocidos: las célebres glándula «pituitaria» y hormonas «pituitarias» que aparecen en un difundido diccionario médico supuestamente en español; expresiones que no utilizaría el profesional sanitario de habla española, quien se referiría a ellas mediante los términos hipófisis y hormonas hipofisarias. O esa igual de célebre «artritis deformante», que aparece en ese y en otros diccionarios, tan desconocida para nuestros médicos como para nuestros pacientes: todos ellos sin distinción usarían «artrosis» para hablar de lo que ahí se denomina «artritis deformante». Lo que se deriva de este tipo de situaciones es que si un traductor de textos médicos, pero que no es profesional de la medicina, encuentra esos términos en estos diccionarios, evidentemente pensará que son adecuados y los utilizará en sus traducciones convencido de que están bien empleados y sin saber que en realidad está poniendo en circulación una serie de términos, como decía antes, erróneos, sin sentido o, incluso, aberrantes.

El caso es particularmente peliagudo cuando entran en juego los terribles epónimos, es decir, las designaciones construidas a partir de nombres propios de investigadores, científicos, etc. Aquí las cosas se complican más, si cabe, pues aunque se van homogeneizando cada día más, «a la inglesa» obviamente, todavía hay grandes diferencias entre unas lenguas y otras. Diferencias que son viejas conocidas de los traductores de textos científicos por los problemas que les dan, pero que muchos editores y traductores de diccionarios olvidan, con lo que ofrecen como equivalentes unos epónimos por otros, que en realidad no lo son22.

Todo esto evidentemente se agrava en el caso de los repertorios bilingües, en los que se intenta simplificar al máximo, por lo que se hacen aparecer como sinónimas palabras de distintas lenguas, cuando no siempre es posible. No digamos nada en los multilingües, en los que por razones tipográficas y de maquetación se pretende hacer equivaler cuatro lenguas, por ejemplo, intentando disponer las palabras en columnas de igual longitud, lo que en nada refleja las posibles diferencias entre unas y otras lenguas.

Hasta aquí el problema es puramente terminológico, de índole lingüística, como señalábamos más atrás, y nos podrá molestar más o menos, según nuestro grado de purismo, etc. Pero puede dar un paso más y hacerse también conceptual, afectando al plano del discurso, al de la organización del conocimiento. Esto sucede, por ejemplo, en algunas bases de datos, especialmente en las grandes bases de datos internacionales, que, desde el punto de vista que estamos adoptando ahora, no carecen de problemas, de difícil diagnóstico y peor tratamiento: nos referimos al hecho de que no se parta del español para introducir los términos que luego estarán presentes en estas bases, sino que el punto de partida sea lo ya existente en ellas, generalmente en inglés o en algunas ocasiones en francés, y desde ahí se traduzca al español. Muchas veces, ciertamente, esto no causa mayor problema; pero, en otras ocasiones, nos obliga a adaptar lo nuestro a lo que ya hay, pudiéndose originar términos, por así decirlo, ficticios, que acompañan a conceptos para nosotros inexistentes. Solo un ejemplo: en nuestra anatomía las regiones de la cabeza clásicamente se dividían en craneales y faciales y estas, en superficiales y profundas. Se trataba, por tanto, de una división longitudinal. Pero en las anatomías procedentes de otros lugares la cabeza se clasifica en compartimento superior, medio e inferior. Es decir, es una sección transversal. ¿Cómo traducir, entonces, algo aparentemente tan fácil de traducir como étage inférieur de la face si no tiene equivalente en la anatomía española, si nosotros no tenemos un «compartimento inferior de la cara»?

Evidentemente todo esto hace que se reduzcan al máximo o simplemente se aniquilen las diferencias de conceptualización de unos sitios y otros, situación que agrava el hecho de que no se proponga una definición por cada lengua. Está claro que de seguir esto así, dentro de 15 o 20 años el problema no existirá: habrán terminado por completo con nuestras diferencias conceptuales y estaremos todos homogeneizados. Pero lo traemos a colación porque hoy sí es todavía un problema, que podría plantearse e intentar resolverse. Estas situaciones se relacionan, lo decíamos antes, con la desidia, la improvisación, la mala formación, el mal hacer de muchos. En este caso concreto tiene que ver especialmente con el marcado desinterés que por estos asuntos manifiestan nuestros políticos, así como los encargados de velar por nuestra lengua en el nivel institucional, poco o nada preocupados porque a una lengua internacional tan importante como la española se la trate en las grandes bases de datos internacionales como si fuera una lengua residual.

4.  Para concluir: traducción, mestizaje y dominación

Dos son, a nuestro juicio, las lecciones fundamentales que se pueden extraer de esta breve historia: por un lado, la traducción ha permitido a lo largo de los siglos la transferencia de conocimientos entre unos pueblos y otros, actuando a favor de la universalidad y de la mezcla de culturas, así como de estímulo para el estudio y la renovación de las ideas; algo deseable y necesario, que debe seguir potenciándose. Por otro, la traducción ha servido también ―ahora, más que en cualquier otro momento― para que los países hegemónicos se impongan al resto. En lo que a las disciplinas científicas se refiere, las lenguas en las que se escriben los textos de los que se parte para realizar traducciones en cada momento suelen corresponder a los lugares donde la ciencia alcanza sus mayores cotas, por la razón que sea: no fueron casuales las traducciones realizadas desde el griego al siríaco y, desde ambos, al árabe; como no lo fueron tampoco las que se llevaron a cabo después, desde el árabe hacia el latín. La vivacidad conseguida por la ciencia en la parte oriental de la Península Ibérica a finales del periodo medieval estuvo en la base de las varias traducciones que se hicieron desde el catalán al castellano; como la excelencia de algunos de los textos renacentistas castellanos promovió su traducción tanto hacia el latín como hacia el alemán, francés, holandés, inglés o italiano... Todo esto es innegable y es una fuente de riqueza cultural que así sea. Pero, aunque entre esos textos haya muchos que, por su relevancia, merezcan que se los traduzca, no son pocos los que, de analizarse previamente de forma crítica su contenido, no se traducirían, pues su único mérito descansa en proceder de tal o cual lugar, donde suponemos que todo lo que se hace es extraordinario, aunque no sea así. El complejo de inferioridad de algunos países lo aprovechan a la perfección aquellos otros que no tienen reparos en extender su colonización cultural, alentados por el mundo editorial, que ejerce su presión para que los mercados de la edición y de la traducción se mantengan vivos... Si a lo anterior se añade el desconocimiento de la historia, la ignorancia pura y dura, el desprecio de lo propio o la falta de espíritu crítico, entonces la traducción deja de ser motor de mestizaje para trabajar simplemente a favor de la dominación.

Sirva como resumen de lo que acabamos de decir el ejemplo protagonizado por F. Home, médico escocés que, en 1765, finales del siglo XVIII, describía una «nueva», entre comillas, enfermedad consistente en «dificultad respiratoria y sofocación mortal», a la que por razones en las que ahora no entraremos, decidió denominar crup23. Se trataba, según él, de un proceso completamente distinto a la angina sofocante, con la que no guardaba relación y, además, se presentaba de forma esporádica y no en el curso de una epidemia, como ocurría con aquella. La obra de Home24 obtuvo gran éxito y rápida difusión, introduciéndose enseguida en Francia y, desde allí, en el resto de Europa; junto al concepto, pasó también el término crup desde el inglés al francés y, a través de este, a las otras lenguas europeas. El médico de Edimburgo no supo darse cuenta de que lo que él presentaba como una «nueva» enfermedad no era sino una fase de un proceso bien conocido desde antiguo, cuyas epidemias y mortandad, tan importantes y frecuentes a partir del Quinientos, produjeron una eclosión de textos médicos centrados en el problema. Fue precisamente en España, sitio en que esta enfermedad adoptó una especial frecuencia y gravedad, donde a principios del siglo XVII, los médicos, especialmente familiarizados con ella, lograron dejar en sus excelentes trabajos perfectamente descrita la enfermedad y asentado su cuadro clínico25.

Nos referimos a lo que hoy conocemos como difteria, cuya manifestación más llamativa es la aparición, a partir de las amígdalas, de unas formaciones pseudomembranosas que se extienden por el paladar y que, en su progresión, cierran el canal respiratorio dificultando la respiración, lo que puede llevar al paciente hasta la asfixia. Esta última posibilidad es la que le valió durante mucho tiempo en España la denominación de garrotillo o garrotejo, precisamente porque la obstrucción respiratoria recordaba a los que morían por el procedimiento de garrote.

Desconocemos la razón del éxito de la obra de Home; pero sí sabemos que cuando una idea se expande y prende y, mucho más, si se acompaña de un término que hace fortuna, es muy difícil acabar con ella y desterrar del uso ese nombre; antes, se inventará todo tipo de explicaciones para tratar de justificar su existencia. Y eso es lo que ocurrió a lo largo del XIX en toda Europa, donde se sucedieron las publicaciones que recogían el caos conceptual y terminológico sembrado por Home y su crup, a pesar de que, ya en 1826, Bretonneau demostrara de forma incontestable que las entidades conocidas como angina gangrenosa, croup o crup, úlcera maligna, etc., eran manifestaciones diferentes de un mismo proceso morboso, para el que adoptó el nombre de difteritis, del griego diftéra («membrana»), por las peculiares membranas con que cursa la enfermedad26.

Los ecos de la polémica alcanzaron, desde luego, a España, donde proliferaron los manuales de medicina que trataban la difteria y el croup como enfermedades diferentes y donde, salvo honrosas excepciones, ningún médico fue capaz de reconocer la enfermedad que tenían delante y de identificar el famoso crup de Home con nuestro popular garrotillo27. Es triste constatar cómo en la falta de consideración que históricamente se ha tenido hacia la ciencia española fuera de nuestras fronteras han intervenido los propios españoles y con no poca eficacia: cerrar las páginas de lo bien conocido y descrito, como podía ser el garrotillo, para extasiarse ante la supuesta novedad del crup, es lamentablemente un comportamiento bastante frecuente entre nosotros...

Por eso, a la vez que le deseamos una larga vida a la traducción especializada, que, por cierto, goza de envidiable salud en estos momentos, debemos intentar reforzar también nuestro espíritu crítico, nuestro conocimiento de la historia y nuestro lenguaje especializado, para cuando tengamos que hacer frente a los que, a diario, nos quieren engatusar con tantos «nuevos» descubrimientos.

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Bertha M. Gutiérrez Rodilla
Universidad de Salamanca
bertha@usal.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Para elaborar este trabajo nos hemos servido de algunas de las ideas y ejemplos que utilizamos en el artículo «La traducció i el discurs mèdic: llums i ombres d´una relació històrica», 191-210 en Caplletra nº 40, 2006.
2 J. A. Cordón García (1997), p. 746.
3 Vid., por ejemplo, H. Fischbach (1993) o V. Montalt (2002).
4 Vid. varios ejemplos sobre esto que decimos, en J. Gómez de Enterría (2003) o en B. Gutiérrez Rodilla (1999), por ejemplo.
5 J. J. Barcia Goyanes (1983), p. 125.
6  E. Montero Cartelle (1997/1998), p. 229.
7 Vid. A. Galmés de Fuentes (1996), pp. 19-20 y 22. En muchas ocasiones se respetó tan escrupulosamente la frase árabe en detrimento de la sintaxis latina, que se llegaba al extremo de no poder reconocerse las expresiones idiomáticas: D. Jacquart (1989).
8 Tomamos el ejemplo de J. J. Barcia Goyanes (1982).
9 Quien lo desee puede encontrar, para el caso de la traducción médica desde el inglés, una excelente recopilación de estos errores en F. A. Navarro (2005).
10  Ejemplo tomado de J. J. Barcia Goyanes (1980), p. 380.
11   Vid. G. Beaujouan (1968), p. 147.
12 Vid. W. F. Daems (1993), pp. 15-16.
13  J. Bonet (2002).
14 Vid. B. M. Gutiérrez Rodilla (2007).
15  Sobre este glosario de Sem Tob, vid. G. Bos y G. Mensching (2001); y sobre sus motivaciones para llevar a cabo la traducción y otros pormenores de la misma que se encuentran en el prólogo del Sefer ha-Simmush, vid. E. Feliu y J. Arrizabalaga (2000-2001).
16  Diccionario de Ciencias Médicas (1821-1827).
17 Se trata de la famosa Misiva sobre las obras de Galeno, donde, además de otras informaciones, recoge, como decimos, buena parte de los nombres de los que le pidieron las traducciones. Vid. F. Micheau (1997). Sobre la gran figura que fue Hunayn, su vida y su obra, vid. L. Leclerc (1876), I, pp. 139-152; sobre su peso en la creación del vocabulario médico árabe, a través de las traducciones desde el griego y el siríaco, vid. G. Troupeau (1996). Para la relevante función desempeñada en general por los siríacos, a través de sus traducciones, en la transmisión de la herencia griega, vid. G. Troupeau (1991).
18 Así nos lo cuenta Antònia Carré en la interesante introducción con que acompaña su edición crítica de la traducción catalana del Liber de homine de Girolamo Manfredi, donde hace referencia a todos estos aspectos a los que aludimos: el mecenazgo de la producción de obras originales y traducidas; los traductores y su oficio; y el negocio editorial y los cambios que podía sufrir una obra (A. Carré (2004), pp. 46-60).
19  Vid. al respecto B. M. Gutiérrez Rodilla (2007).
20 Vid. B. M. Gutiérrez Rodilla (1999), pp. 34-63.
21  Vid. B. M. Gutiérrez Rodilla (1999), pp. 69-81.
22 Nos ocupamos de ello en B. M. Gutiérrez Rodilla (2007).
23  Lo que resumimos aquí muy brevemente fue el objeto de uno de nuestros trabajos, donde el lector que lo de-see podrá encontrar todos los detalles, que ahora no podemos ofrecer. (Vid. B. M. Gutiérrez Rodilla (1998)).
24  F. Home (1765).
25  Vid. L. Sánchez Granjel (1978), pp. 175-179.
26  P. F. Bretonneau (1826).
27  Vid. los ejemplos que proporcionábamos en B. M. Gutiérrez Rodilla (1998).

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