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BUZÓN


Uno de los cabos sueltos del número 102 de puntoycoma se refería al surgimiento del neologismo «flexiguridad». Enrique de Aresti, en un mensaje dirigido a la redacción, hace algunas observaciones acerca de la forma «flexiseguridad», más explícita, que se ha utilizado últimamente en la prensa española.

Flexiseguridad

En el diario El País se ha empleado el neologismo, correctamente castellano, «flexiseguridad», compuesto de «flexi-» y «seguridad», como se observa en un artículo de Rafael Recuenco titulado «Flexiseguridad»1, y en el pasaje siguiente de otro artículo posterior:

En 2007, el término flexiseguridad se hizo un hueco en la documentación oficial de la Unión Europea. El objetivo de sus defensores es ir hacia un modelo laboral en el que, en lugar de garantizar el empleo, se asegure la empleabilidad de las personas, es decir, se propicie la movilidad a base de grandes desembolsos en formación a lo largo de toda la vida, de tal modo que sea sencillo cambiar de trabajo sin traumas.2

Considero que «flexiguridad» es un barbarismo, pues no significa nada en castellano. En francés también se usa flexisécurité:

Puede que «flexiguridad» sea la terminología consagrada en la legislación europea, pero me parece lingüísticamente incorrecto.

Es lo mismo que sucedió con la palabra «cent» para designar legalmente en castellano al céntimo, centavo o centésimo de euro (que así se denomina la centésima parte de la unidad monetaria nacional en los distintos países hispanohablantes). No se hizo lo mismo en finés y sueco, lenguas en las que se optó por la palabra céntimo en sus idiomas respectivos.

Mi conclusión es que, a la hora de introducir nuevas palabras en el castellano para reflejar las nuevas realidades que van surgiendo, es muy conveniente procurar que las mismas sean claras en su sentido. Para ello deberían estar basadas en la medida de lo posible en raíces castellanas.

El adoptar préstamos directos de otras lenguas puede dar luego problemas para su comprensión a los hispanohablantes que no tienen familiaridad con esas lenguas, o bien conducir a usos lingüísticamente incorrectos. Tal es el caso del uso en castellano de palabras griegas, como «sicología», la ciencia de los higos, queriendo hablar de «psicología», la ciencia de la mente, o de palabras árabes que ya llevan el artículo al- por delante (con lo cual la expresión «el alguacil» sería un pleonasmo).

También se dan a veces construcciones híbridas desafortunadas por la premura en utilizar palabras no castellanas en castellano, que a veces no existen en la lengua original sino que son inventos que han sido introducidos en la lengua castellana.

Así por ejemplo la palabra supuestamente vasca «etarra», que no existe en la lengua vasca. En vasco el sufijo -rra corresponde a un gentilicio. Por eso el Orfeón de San Sebastián es «donostiarra» en vasco. En vasco el seguidor de una determinada idea es designado por el sufijo -tzale (de ahí la palabra abertzale, «patriota», con el prefijo aber, «patria», y el sufijo -tzale). Por ello, los seguidores de la organización terrorista ETA deberían ser llamados en castellano como los seguidores de otras doctrinas políticas con el sufijo «-ista», o sea «etista». Tal vez lo de terrorista etista no sea muy eufónico, pero sería lo correcto.

Tampoco existe en persa la palabra «talibanes», porque en persa «talibán» es un plural y su singular talib. Por eso el hablar en castellano de los «talibanes» no es correcto lingüísticamente. Lo correcto sería hablar de «islamistas».

Enrique de Aresti Gutiérrez
Dirección General de Empresa e Industria, Comisión Europea
Enrique.Aresti-Gutierrez@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

1  El País, 11.11.2007.
2 J. M. S., «El año en el que sacaron la "tarjeta azul"», El País, 30.12.2007 .

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