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RESEÑAS


I Congreso Internacional sobre Lenguaje y Asistencia Sanitaria

Los días 24, 25 y 26 del pasado mes de octubre el IULMA (Instituto Interuniversitario de Lenguas Modernas Aplicadas, nacido en 2005 con la muy loable misión de estimular el intercambio de ideas entre profesionales de la lingüística aplicada y otras ramas del saber) organizó en la Universidad de Alicante el I  Congreso Internacional sobre Lenguaje y Asistencia Sanitaria. En él se dieron cita profesionales de las distintas ciencias de la salud y traductores e intérpretes especializados en estas mismas áreas (para los que, además, TREMÉDICA organizó en la tarde del 26 la II Jornada Científica y Profesional de Traducción Médica, que lamentablemente no se anunció con la suficiente antelación para quienes ya teníamos el billete de vuelta).

El Congreso, con un programa apretadísimo, estaba estructurado en forma de conferencias y mesas redondas (dedicadas al lenguaje de la medicina, la enfermería y la farmacia) por la mañana, y comunicaciones y seminarios por la tarde. Fueron sus lenguas oficiales el inglés y el español; pero algunos asistentes que no hablaban la una o la otra se sintieron algo decepcionados al constatar que no había interpretación. En cambio, sí contamos con un nutrido y animoso equipo de intérpretes del lenguaje de los signos (seguramente estudiantes en prácticas).

La conferencia inaugural, que fue leída por Miguel Ángel Campos Pardillos en sustitución de Enrique Alcaraz Varó —fundador del IULMA e impulsor de este congreso, en el que no pudo estar presente—, sentó las bases de estas jornadas de reflexión y nos explicó por qué el lenguaje de la asistencia sanitaria ofrece al lingüista tan interesante materia de reflexión, y qué han hecho por él los distintos paradigmas lingüísticos (el estructuralismo, el generativismo, la pragmática y el cognitivismo).

A partir de ahí, del capítulo más directamente relacionado con la traducción (pues también hubo, por ejemplo, una parte dedicada a los trastornos del lenguaje o a la importancia de la comunicación verbal entre el médico y el paciente) cabría destacar unas líneas maestras en las que la gran mayoría de los participantes parecieron coincidir.

La primera es que en el mundo científico lo angloamericano ha adquirido una preeminencia tal que está afectando a los ámbitos más insospechados, ya no solo al lenguaje. Los científicos españoles leen cada vez más textos en inglés y, como afirmó en su intervención Fernando Navarro (autor de un diccionario que nunca agradeceremos lo bastante los traductores que un buen día nos dimos de bruces con la medicina), «cualquier médico que lee en inglés pero luego se va a dar clases o conferencias o a escribir textos de divulgación en español es en realidad un traductor médico». Lo cierto es que muchos médicos hispanófonos escriben hoy en español como si estuvieran traduciendo (mal) del inglés: cirugías mínimamente invasivas, potenciales evocados… Algunos ni siquiera se toman la molestia y llenan sus textos de células natural killer, ratones knock-out, anion gaps, lepras borderline, células T helper y odds ratio...

Sin embargo, que el inglés sea hoy por hoy la lengua franca no significa que lo vaya a ser para siempre. En tiempos de Ramón y Cajal, los médicos españoles trufaban sus textos con palabras como Diffusionsgefälle o Umstimmung des Stoffwechsels. ¿Quién los entiende ahora? ¿Entenderán nuestros textos nuestros nietos?

Los que eran hasta hace nada productos de traducciones poco concienzudas se han instalado (algunos con la bendición de la propia RAE): la «fiebre del heno», que ni cursa con fiebre ni la produce el heno; el «sistema inmune», que de inmune no tiene más que el nombre, o el concepto de «tasa de mortalidad infantil» (traducción de infant mortality rate, que es en realidad el número de niños que mueren antes de cumplir los 12 meses por cada 1 000 nacidos vivos), pese a que «infantil» en español no significa, como infant, «menor de 12 meses». O «controlar», que puede significar normalizar o medir periódicamente; en una frase como «En los pacientes hipertensos es muy importante controlar la tensión arterial» no todos los médicos entienden lo mismo.

Hay que andarse con pies de plomo, porque, al menos de momento, una matron no es una matrona, sino la jefa de enfermeras, tympanites no equivale a timpanitis, sino a timpanismo (meteorismo), la pituitary es la hipófisis y no la pituitaria, y la medulla no siempre es la médula (en neuroanatomía es el bulbo raquídeo).

¿Y habrá quien llame a esto purismo? ¿No será necesario poner coto en algún momento a las traducciones improvisadas y a granel —de médicos o de traductores— si queremos que los textos se sigan entendiendo? En palabras de Navarro, «el lenguaje es la única disciplina de la medicina donde se toleran las chapuzas, se jalean los disparates y se dejan las decisiones importantes en manos del menos preparado».

Y no solo una buena parte de la profesión médica está practicando sin saberlo la traducción (por suerte, la propiedad conmutativa no se aplica en este caso); muchos de ellos se aplican, por necesidad, a la traducción inversa. En efecto, en un mundo académico obsesionado por las cifras (por el factor peer review, el factor impacto o el índice H), parece no quedar más remedio que escribir en inglés, empezando por ponerse el guión entre los apellidos.

Francisco Cremades previno a quienes escriben sus trabajos en inglés contra el peligro del anisomorfismo: contra la tentación de llamar amygdalitis a lo que en inglés se llama tonsillitis (la forma de almendra o amígdala se asocia sobre todo a la del cerebro, y no a las de la faringe), o hablar de coronary cuando en inglés se habla sobre todo de heart disease, reservándose el concepto de «coronario» a otras estructuras en forma de corona. Y mucho cuidado con escribir emergencies y evidences: si las urgencias españolas parecen definitivamente transformadas en emergencias y las pruebas en evidencias por imitación de emergency y evidence, en el trasiego muchos se olvidan cuando las devuelven a su lugar de origen de que en inglés no suelen aparecer en plural.

Françoise Salager, de la Universidad de los Andes (Venezuela), quiso demostrarnos cómo el discurso científico-académico se está convirtiendo en un monocultivo, en el que lentamente se van borrando las fronteras culturales en favor de una organización mental del discurso angloamericana. Según ella, la proliferación de hedges o «mitigadores» en el discurso científico («Our results seem to suggest that», «It would seem somewhat unlikely that», «It seems reasonable to assume that»… por no hablar del «this product can help alleviate» que lleva a los traductores por la calle de la amargura) es un efecto secundario de esta angloamericanización, que no entró en los textos españoles (ni en los franceses) hasta los años 60.

A finales del siglo XIX todavía se encontraban en los textos científicos españoles afirmaciones como esta: «Terminantemente y sin vacilación alguna, no podemos estar de acuerdo con los resultados del maestro y eminente práctico Sr. Ribas Pujol» (1880): personalizadas, apasionadas, comprometidas. En la actualidad, en cambio, nos encontramos con un discurso lleno de modales, adverbios o frases condicionales, del estilo de «en este apartado, quizá se eche de menos una cierta evaluación crítica de dichas fuentes», seguramente también reflejo de una ciencia más escéptica, hipotética y humilde.

Pero el lenguaje de la escritura médica va a tener que empezar a cuidarse por prescripción facultativa: así lo dispone la Ley (española) 29/2006, que aplica la Directiva 2004/27/CE por la que se consagra el derecho a la información del paciente y con él el imperativo de inteligibilidad del lenguaje dirigido a no especialistas. Se ha empezado a simplificar el lenguaje de los prospectos, que adopta un formato de preguntas y respuestas (con el colofón de «si ha respondido sí a una de las preguntas, no se tome el medicamento»), y está cobrando relieve lo que Campos Pardillos considera un género híbrido médico-jurídico: el «consentimiento informado» (traducción que defendió y argumentó otra de las participantes), en el que se informa al paciente de lo que se le va a hacer y los riesgos que ello entraña, y este afirma entenderlo y consentir.

La propia Agencia Europea de Medicamentos ha cambiado el formato de sus informes de evaluación de los medicamentos (EPAR), que ahora dirige a un público no especialista:

The most common side effects are hypoglycaemia (low blood sugar levels), headache, upper respiratory tract infection (colds), nasopharyngitis (inflammation of the nose and throat), osteoarthritis (inflammation in the joints) and pain in extremity (in the arms and legs).

If convenient, it may also be given in the abdominal wall (tummy), the gluteal region (buttocks) or the deltoid region (shoulder).

En estos textos se encuentran cosas como «insomnia (difficulty sleeping)», «somnolence (sleepiness)», «fatigue (tiredness)» o «pharyngitis (inflammation of the throat)»; en tales casos, bien puede prescindirse en la traducción del contenido de los paréntesis, pues el origen grecolatino de la palabra que explican nos resulta mucho más familiar que a los lectores del texto original ¿o no?

He aquí, en efecto, otro ejemplo clásico de asimetría: el español médico ―incluso el de los profanos― es por norma general mucho más aristocrático que el inglés, que llama a nuestro otorrinolaringólogo ear, nose and throat specialist, y cotton-wool a nuestro algodón hidrófilo.

Durante el congreso pudimos comprobar cómo, ante el actual panorama de anarquía y sometimiento acrítico al inglés, algunos profesionales de las ciencias de la salud se activan para organizar la resistencia, y oímos voces que reclaman la creación urgente de una Academia encargada del lenguaje científico, que respete el español de ambos lados del Atlántico y trabaje en colaboración con editoriales y revistas científicas. Y de un observatorio de las lenguas científicas, y de un grupo de presión para conseguir que se publiquen en un mismo lugar todos los artículos en lengua hispana...

Por último, se trataron otros temas muy interesantes, como la interpretación en los hospitales, que se enfrentan a nuevas realidades derivadas de los movimientos migratorios (se reclamó la figura del mediador lingüístico-cultural, ante la constatación de que, en muchos casos, de la interpretación se encarga el personal de limpieza o la familia del enfermo, que son quienes hablan su lengua (!)). Se habló de la normalización del lenguaje de la enfermería: de las clasificaciones NANDA (diagnósticos de enfermería), NIC (intervenciones de enfermería) y NOC (resultados de enfermería) o de la ICNP® (Clasificación internacional para la práctica de enfermería), que, con ser de suma utilidad, presentan un inconveniente: al estar originariamente redactadas en inglés, a veces obligan a adaptar lo existente a nuevas conceptualizaciones o a pequeños, sibilinos e inevitables deslizamientos semánticos.

Para cerrar esta reseña, no podemos dejar de mencionar la presentación en sociedad del Diccionario Terminológico de las Ciencias Farmacéuticas de Alfonso Domínguez-Gil Hurle (académico de la Real Academia Nacional de Farmacia), Enrique Alcaraz Varó y Raquel Martínez Motos (investigadora del IULMA), con 15 000 términos en la parte inglés-español y 13 000 en la parte español-inglés agrupados en torno a 25 campos semánticos (bioquímica, farmacología, farmacoterapia, salud pública, fitoterapia, toxicología...), cuya segunda edición ya está en marcha y recogerá también los términos iberoamericanos.

En suma, un magnífico ejemplo del trabajo que el IULMA está realizando, como este congreso.

 

Carmen Torregrosa
Centro de Traducción de los Órganos de la Unión Europea
Carmen.Torregrosa@cdt.europa.eu

 

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