capítulo precedentecapítulo siguientePágina principal

 

RESEÑAS


De traductor bíblico a biblia de traductores

Emilio Ortega Arjonilla, Juan Pedro Monferrer-Sala y Vicente López Folgado (eds.)
Eugene A. Nida. Pionero de la traductología contemporánea
Ed. Atrio, S.L. (en colaboración con la Universidad de Córdoba), Granada, 2006

 Nos encontramos ante una monografía nacida al calor del congreso-homenaje que en diciembre pasado dedicó la Universidad de Córdoba (España) a Eugene A. Nida, lingüista insigne que empezó trabajando con traducciones de la Biblia y ha acabado convirtiéndose en biblia de traductores.

Se abre el libro con una semblanza, a cargo de María Elena Fernández Miranda, de la trayectoria vital de Nida y los avatares de su dilatada y fructífera vida profesional. A lo largo de los capítulos se irá renovando y afinando el retrato de este maestro en múltiples disciplinas: su formación en lingüística, clásicas y patrística; su ingente trabajo de campo en contacto directo con los misioneros de África y Sudamérica y los traductores indígenas de los Evangelios a cientos de lenguas, primero en el Summer Institute of Linguistics, al que tanto debe la lingüística de campo americana, y más tarde en la American Bible Society, que en 1943 requirió sus servicios para averiguar por qué los destinatarios indígenas de las traducciones de la Biblia no la entendían, y donde se dedicó a analizar las traducciones bíblicas del griego y el hebreo y a revisar textos traducidos a más de cien lenguas, principalmente amerindias y africanas.

Así, por ejemplo, instalado en la península del Yucatán, donde no se conoce la cultura del trigo, los indígenas no podían entender la parábola del sembrador, un loco que esparcía semillas al aire, y consideraban a San Pablo un brujo, pues había amenazado de muerte a los apóstoles, prerrogativa esta de los brujos en la cultura de los mayas. Al traducir al zapoteco, el traductor tenía que decidir, cuando Jesucristo va a Cafarnaún, si es o no la primera vez que la visita, pues de esta forma se diferencia la acción verbal, y no según su ubicación en el tiempo. En otros lugares, los destinatarios insistían en que no podían decir «Dios mío» porque nadie puede poseer a Dios.

Esta «lingüística misionera» continuaba, por cierto, la iniciada por los misioneros españoles en el siglo xvi, que se esforzaron por evangelizar en las lenguas nativas, con lo que «las órdenes religiosas acumularon un enorme caudal de información lingüística sobre lenguas exóticas que serviría para que filósofos y sabios europeos se plantearan cuestiones lingüísticas de más alto nivel y, en última instancia, se llegara a la conciencia de la diversidad y diferencias evidentes a todos los niveles entre lenguas como el latín y el griego, por un lado, y otras lenguas del mundo como la lengua china o las lenguas americanas por otro» (Juan de Dios Luque Durán, p. 115).

La diferencia estriba en la orientación claramente eurocéntrica —difícilmente reprochable por la época— de los lingüistas españoles. El artículo de Luque Durán describe con detalle esta época precursora para ofrecer a continuación una visión clara y prolija de los inicios de la lingüística americana, tan distinta de la europea, y de sus figuras más relevantes: Boas, Sapir y Bloomfield. En este contexto forjó Nida su teoría, una teoría sociolingüística que habría de permitir a la traducción escapar del cerrojo lingüístico que la atenazaba hasta los años 60, como señala Christian Balliu, quien nos recuerda que los mejores teóricos de la traducción no vinieron del campo de la lingüística: Mounin era semiólogo, Savory aracnólogo, Whorf químico y el propio Nida antropólogo.

Al capítulo de introducción biográfica siguen dos capítulos de carácter básicamente bibliográfico o informativo, ambos de Emilio Ortega Arjonilla: en «Eugene A. Nida, lingüista, traductor y humanista» presenta un repertorio de la ingente obra de Nida debidamente clasificada. En «Aportaciones de Eugene A. Nida a los estudios de traducción en España», por su parte, hace un recorrido histórico por las tres décadas de existencia de los estudios de traducción en la Universidad española, y por la evolución de la literatura traductológica en nuestra lengua.

Tres artículos de índole más bien teórica abordan la influencia de las teorías traductológicas de Nida, que este desarrolló fundamentalmente en dos libros: Toward a Science of Translation (1964) y Theory and Practice of Translation (1969, en colaboración con Charles R. Taber), obras que marcaron la traductología con el sello de la «equivalencia dinámica» en oposición a la mera correspondencia formal («dynamic equivalence is therefore to be defined in terms of the degree to which the receptors of the message in the receptor language respond to it in substantially the same manner as the receptors in the source language»).

En el primero de los tres, Christian Balliu hace un interesante repaso de la influencia de Nida en la traductología francófona: en Mounin (que considera la lingüística como un obstáculo para la traducción), Ladmiral (padre de la distinción entre sourciers y ciblistes), o Seleskovitch (que introduce las tres fases del proceso traductivo: comprensión, desverbalización y reexpresión).

Vicente López Folgado hace lo propio con la traductología anglófona y contextualiza el surgimiento de la teoría de Nida, en un momento en que la etnología y la antropología eran el centro de atención de la investigación en las ciencias sociales, la lingüística incluida. Nida proclama que no hay comunicación eficaz sin el respeto por la lengua receptora, insistiendo en que el griego y el hebreo de la Biblia eran lenguas de comunicación normales y no esotéricas, y haciendo suyo el principio de la relevancia comunicativa, según el cual la interpretación de la intención del escritor debe figurar en lugar preeminente. O lo que es lo mismo, que time flies like an arrow no significa que las moscas del tiempo amen a una flecha.

Ortega Arjonilla, por último, lo pone frente a frente con Luis Alonso Schökel, que es al mundo católico y de la traducción de la Biblia al español lo que Nida al mundo protestante y de la traducción al inglés (aunque el primero no dio el salto a la traductología).

El pragmatismo de Nida impregna también algunos de los capítulos. Juan Pedro Monferrer-Sala, por ejemplo, dedica su artículo a hacer una exhaustiva e interesante disección traductológica, hermenéutica, exegética y lingüística de unos versículos del Libro de Ruth en los que esta come pan mojado en vinagre (que algunas versiones traducen por leche) y unos versículos de Marcos (15, 23) y Mateo (27, 34) donde a Jesucristo, antes de crucificarlo, se le ofrece vino, incensado o mezclado con hiel respectivamente, que algunas versiones traducen por vinagre. Lo acompaña una curiosa y exhaustiva lista de las distintas versiones (siríaca, aramea cristiana-palestinense, copta sahídica, copta bohaírica, árabe sinaítica... así como varias lenguas modernas).

Lucía Luque Nadal procede asimismo a una disección, pero esta vez de Morphology. The Descriptive Analysis of Words (1946), una de las obras capitales de la lingüística, que Nida elaboró a partir de ejemplos reales tomados de cientos de lenguas, componiendo una fascinante entomología de prefijos, sufijos y transfijos desconocidos en las lenguas europeas. Muchas de sus observaciones rebasan el campo simplemente morfológico para entrar de lleno en el de la tipología léxico-semántica. Un ejemplo clásico: la multitud de soluciones de las diferentes lenguas para segmentar el espectro del color o de las captaciones sensoriales: en totonaca, explica Nida, existen ocho raíces básicas para diferentes tipos de olores; una, por ejemplo (mu-), forma palabras como las que significan «olor agradable como el de flores o comida», «olor de pasta de maíz que tiene demasiada lima», «olor a menta, perejil, tabaco o linimento Sloan», «olor a fríjoles crudos y fruta verde con un significado relacional de gusto áspero»; otra, en el campo contrario (pu-), nos da palabras como las que significan «olor a mofeta, a perro muerto, a carne podrida, a estiércol», «olor a moho o champiñones» u «olor a excremento humano y a cosas podridas». Ahí es nada.

Por último, Nobel Augusto Perdu-Honeyman hace un repaso de «A Sample Set of Principles» (en Theory and Practice of Translation), donde Nida y Taber explican paso a paso cómo organizar en la práctica un proyecto de traducción, mostrando el autor cómo tales principios se siguieron fielmente en la traducción del libro sagrado de la fe bahaí, el Kitáb-i-Aqdas, al español. Tal vez no hubiera estado de más abrir el artículo con una breve introducción sobre esta fe para los legos: es necesario, por ejemplo, leer siete páginas para enterarse —de pasada— de que la lengua original del libro es el árabe (y la de la traducción española el inglés).

Para terminar, si el contenido del libro es correcto, no puede decirse lo mismo de la forma, a la que puede hacerse más de un reproche: un descuido imperdonable en el uso de la puntuación (constantes comas entre sujeto y predicado, por ejemplo), así como en el uso de las mayúsculas, a lo que se suma una cantidad de erratas nada desdeñable. No deberían encontrarse en una publicación de estas características faltas del calibre de «se hayan» (por «se hallan») o frases tan herméticas y necesitadas de exégesis como las siguientes:

A partir de 1957 se produce una ruptura en la lingüística americana dos tendencias opuestas [...] Las diferencias entre ambos piensan sobre la naturaleza del lenguaje y como el lenguaje deberá ser estudiado son radicales (p. 131)

[...] en combinaciones múltiples si al menos en una de las cuales la unidad con la cual está combinada ocurre en aislamiento o en otras combinaciones (p. 163)

El «Camp Wycliffe» como nombre duró hasta 1942, que sólo se utilizó el nombre de SIL (p. 120)

Tampoco es de recibo que se cite una obra y no aparezca el nombre del traductor de la misma: no se menciona, por ejemplo, a Adolfo Castañón en ninguna de las citas de Después de Babel. ¿A dónde vamos a ir a parar si al traductor no se lo cita ni siquiera en una publicación como esta? Tal vez para contrarrestarlo, alguno de los autores se cita profusamente a sí mismo.

En suma, creo que Nida se merecía un poco más de aliño y esmero en la presentación; pero el libro no deja de ser un buen aperitivo para ir abriendo boca. Lo más recomendable, leer a Nida: 50 libros y más de 300 artículos son material más que suficiente.

 

Carmen Torregrosa
Centro de Traducción de los Órganos de la Unión Europea
Carmen.Torregrosa@cdt.europa.eu

 

capítulo precedentecapítulo siguientePágina principal