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En la sección «Colaboraciones» se recogen opiniones y propuestas firmadas por lectores o por miembros de la Redacción cuando intervienen a título personal. La responsabilidad de los cabos sueltos firmados y de las colaboraciones incumbe a sus autores. PUNTOYCOMA

COLABORACIONES


Traducir (o no) los topónimos

Permítaseme empezar con una nota personal: vivo en una localidad que tiene un nombre en francés (Helmsange), un nombre en alemán (Helmsingen) y otro nombre en luxemburgués (Helsem), y pertenece a un municipio que tiene un nombre en francés (Walferdange), un nombre en alemán (Walferdingen) y otro nombre en luxemburgués (Walfer): siempre me ha parecido excesivo que un pueblo tan pequeño tenga tantos nombres.

Lo primero que pensará cualquier ciudadano normal es: si esto es el cantón de Luxemburgo, del distrito de Luxemburgo, del Gran Ducado de Luxemburgo, lo lógico sería que el pueblo solo tuviera un nombre: el luxemburgués. Si tiene más, el problema ya trasciende de lo puramente lingüístico y pasa a ser un problema de orden jurídico-político.

Los mapas: qué significan y cómo deben traducirse

Hubo un tiempo en el que los mapas servían simplemente para que los viajeros no se perdieran, pero con el auge del nacionalismo adquirieron un incalculable valor simbólico y llegaron a convertirse en representaciones de las soberanías y de los conflictos nacidos de los enfrentamientos entre ellas.

En los tiempos coloniales, las cancillerías europeas cubrieron los mapas de todos los continentes con fronteras trazadas con tiralíneas: África (¡aquellas «provincias españolas del Sáhara y Río Muni» con casi todas sus fronteras terrestres rectas!), América (la frontera entre Canadá y los Estados Unidos es la mayor recta del globo político), Asia (en toda la península arábiga) y Oceanía (Papúa Nueva Guinea está separada de Papuasia Occidental exactamente por el meridiano 141 E de Greenwich). Esto en Europa sería inconcebible1: el territorio del Hombre Blanco no podía tratarse del mismo modo que el del indígena.

Aun hoy en día, ¡cuántas reuniones internacionales de alto nivel han debido suspenderse o interrumpirse para modificar los mapas!: una vez, para que Taiwán no apareciera como un Estado soberano2; otra, para que los territorios palestinos figuraran de forma «decorosa» para ambas partes3; una tercera, para que se viera claramente que el Alto Karabaj no forma parte de Armenia4... los mapas han llegado a ser más peligrosos que las propias banderas.

En la actualidad, en gran parte del mundo se mata -y se muere- por los mapas: para eso se hacen las limpiezas étnicas. Antes se vaciará un territorio de sus habitantes que se permitirá la más mínima alteración del mapa sagrado. Así pues, los mapas -y los nombres y leyendas que incluyen- constituyen un aspecto delicado cuando de traducir para una institución se trata: ante una realidad tan descarnada, ¿qué deberá hacer el traductor de un organismo público cuando se encuentre con un topónimo nuevo -u obsoleto-?: ¿mantener el antiguo, en nombre de la tradición de la lengua en la que escribe?, ¿o adoptar el nuevo, para ajustarse a alguna modificación política sustancial?

¿Hay topónimos inocentes?

Seguramente no, pues prácticamente todos los territorios del planeta han sido bautizados varias veces. Solo en el siglo pasado hubo miles de cambios; recordemos algunos de ellos:

1914

Nueva Pomerania

Nueva Bretaña

1920

Mesopotamia

Iraq

1925

Cristianía

Oslo

1930

Constantinopla

Estambul

1935

Persia

Irán

1937

Quintanilla de Abajo

Quintanilla de Onésimo

1939

Siam

Tailandia

1945

Königsberg

Kaliningrado

1957

Costa de Oro

Ghana

1964

Nyasalandia

Malawi

1966

Basutolandia

Lesotho

1966

Bechuanalandia

Botsuana

1973

Annobón

Pagalu

1975

Dahomey

Benín

1984

Alto Volta

Burkina Faso

 

También se han dado múltiples casos de topónimos de ida y vuelta: durante unos años, la ciudad de Saarlouis se denominó Saarlautern5, la capital de la República Dominicana dejó de llamarse Santo Domingo para ser bautizada Ciudad Trujillo6 y el antiguo Congo belga se denominó Zaire (y su provincia de Katanga, Shaba)7. En muchos otros casos, los cambios han sido múltiples -y estamos limitándonos a hablar del siglo xx-: en 1973, la isla de Fernando Poo pasó a llamarse Macías Nguema, pero seis años después tomó el nombre de Bioko. Estos tripletes fueron muy frecuentes en las tierras de la antigua urss: en 1932 y 1934, respectivamente, Kuznetsk y Bobriki fueron bautizadas Stalinsk y Stalinogorsk, pero en 1961 recibieron los nuevos nombres de Novokuznetsk y Novomoskovsk; la más célebre de estas fue Tsaritsin, llamada desde 1925 Stalingrado (nombre con el que adquiriría un gran valor simbólico) y Volgogrado desde 1961. Más complejos fueron los casos de San Petersburgo y Vladikavkaz, que recuperaron su antigua denominación después de haber llevado otros dos nombres (para el primero: Petrogrado hasta 1924 y Leningrado hasta 1992; para el segundo: Ordzhonikidze de 1931 a 1944, Dzaudzhikau de 1944 a 1954, y de nuevo Ordzhonikidze de 1954 a 1990).

Existen incluso inventos de términos totalmente originales para bautizar nuevos Estados: el caso más curioso es el de Pakistán, creado en 1948 como un acrónimo para que todas sus etnias estuvieran cómodas en él: la «p» de Punjab, la «a» de Afganistán, la «k» de Cachemira (Kashmir), la «i» de islam (el elemento aglutinador), la «s» de Sind y «tán» de Baluchistán.

A lo primero que debería atenerse el traductor de un servicio público que se enfrenta a estas alteraciones es a respetar la forma vigente. En efecto: si el traductor de una empresa privada podría en ciertos casos fingir que cierra los ojos ante los cambios que se suceden en el mundo exterior, es evidente que esta postura no es de recibo para nadie que trabaje para una institución política.

Los exotopónimos contraatacan

A efectos de traducción, los topónimos pueden desglosarse en dos categorías: endotopónimos (topónimos escritos en la lengua local) y exotopónimos (que pueden ser simples traducciones o adaptaciones del endotopónimo o incluso denominaciones totalmente distintas utilizadas en una lengua diferente). Por ejemplo, para muchas capitales de Estados miembros de la Unión Europea, en español se utilizan exotopónimos más o menos tradicionales: Praga, Bruselas, Copenhague, Tallin, Atenas, Nicosia, Luxemburgo, La Valeta, Viena, Varsovia, Liubliana, Estocolmo, Londres. En otros se respeta el endotopónimo: Roma, Vilnius, Budapest, Amsterdam, Lisboa, Bratislava, Helsinki. En ciertos casos, la diferencia entre ambos se limita a pequeños detalles diacríticos: Berlín, París, Riga.

El Grupo de Expertos de las Naciones Unidas para los Nombres Geográficos aconseja respetar los endotopónimos (que ellos denominan «endónimos»). Así, por ejemplo, los nombres en lengua inuit (Kalaallit y Nuuk) han desplazado a los exotopónimos daneses (Grønland y Godthåb) del Glosario de terminología toponímica de las Naciones Unidas.

Los servicios de traducción al español de las instituciones de la ue han debido hacer muchos equilibrios entre el criterio de respetar el endotopónimo y el de la hispanización. Inclinarse por una forma u otra depende, claro está, de la mayor o menor tradición en el uso de la forma hispanizada. Intentemos resumir los criterios que deben seguirse:

Reglas Excepciones Excepciones a la excepción
Alfabeto latino Utilizar el endotopónimo
Bujumbura, Detroit, Lisboa, Ottawa, Rocroi, Roma, Washington
Exotopónimo tradicional
Amberes, Estocolmo, Gerona, La Coruña, Londres, Nueva York
(o «tradicional asimilado»:
Chequia, Nuakchot, Ruanda, Uagadugu)
Razones jurídicas o políticas
(en textos oficiales)
A Coruña, Girona, Lleida, Ourense, República Checa
Otros alfabetos
y escrituras
Transliterar
o transcribir*
el endotopónimo
Novisibirsk, Osaka
Exotopónimo tradicional
Benarés, Bombay, Calcuta, El Cairo, Moscú, Nueva Delhi, Pekín
Razones jurídicas o políticas
(en textos oficiales)
Beijing, Kolkata, Mumbai, Varanasi
* Se transcribe si existe una transcripción tradicional en español; en caso contrario, se translitera. Recordemos que la transliteración consiste en transformar los grafemas de la escritura del original en letras del alfabeto latino, mientras que la transcripción es anotar los fonemas del original (así, Αθήνα: transliteración Athína, transcripción Atina, traducción Atenas [de la forma clásica Αθήναι]).

Si bien la regla general es evidente, las excepciones están menos claras: ¿cuándo es tradicional el exotopónimo?, ¿cuándo la razón jurídica es suficientemente imperativa? National Geographic publicó un atlas en el que aparecía el golfo Arábigo; Irán expresó su más enérgica protesta por ese cambio de nombre del golfo Pérsico. Querellas semejantes han tenido lugar entre Corea y Japón acerca de la denominación del mar que los une/separa. Ah, y recordemos aquí que la National Geographic Society no es más que una empresa privada, que en principio puede elegir el topónimo que prefiera sin someterse a obligaciones políticas explícitas8.

Afortunadamente, disponer de una lista de Estados y territorios única para todas las instituciones europeas puede servir de mucho como orientación para poder actuar por analogía con ella en los nuevos casos que vayan suscitándose.

La larga marcha hacia una lista única de Estados y territorios

Faltaría mucho espacio en este artículo para referir la ardua labor desarrollada por el Grupo Interinstitucional de Toponimia para lograr la lista que actualmente constituye la referencia para todos los servicios de traducción de la Unión Europea. Me limitaré a recordar el origen lejano del problema, pues es cierto que a menudo colegas de otras unidades lingüísticas se hacen cruces, y con toda la razón, al saber que en español existían varias listas de países.

El 24 de octubre de 1945 nacían las Naciones Unidas: los vencedores de la guerra mundial estaban presentes en esa creación, de la que cabe recordar la ausencia de la dictadura de Franco, alineada con el Eje. No obstante, el régimen lingüístico de la nueva organización incluirá el castellano entre sus idiomas oficiales (no hay que olvidar que Argentina, Chile, Cuba, Nicaragua, Paraguay y otros países del nuevo continente sí formaban parte de los Aliados), con lo que toda la documentación producida resultará de la labor de profesionales latinoamericanos, y uno de sus frutos será su lista oficial de países. En dicha lista había términos sorprendentes para un español peninsular: arcaísmos como Tabago, localismos como Zelandia, copias del topónimo francés o inglés, como Djibouti, Rwanda y tantos otros. Problema: esa era la lista oficial de las Naciones Unidas y fue aceptada como tal por los servicios de traducción de las instituciones más «políticas», como el Parlamento y el Consejo. El rechazo que suscitó en la Comisión condujo a docenas de reuniones interminables que, en abril de 2005, lograron desembocar en la aprobación de la lista única.

Hay traductores -incluso varios de nuestros colegas de la ue- que se preguntan: ¿merece la pena tanto trabajo para esto?, ¿qué más da poner Zimbabue o Zimbabwe, si no hay equívoco posible?, ¿qué importancia tiene?

Cambiar un nombre es variar la percepción de la realidad

Cuando la urss dejó de existir empezaron dos procesos paralelos de modificación de la toponimia, uno más político (la descomunistización), dirigido a borrar los nombres que el régimen soviético había dedicado a antiguos revolucionarios, y otro más lingüístico (la desrusificación), dedicado a marcar las diferencias entre las lenguas nacionales y el ruso: paso del alfabeto cirílico al latino o, en todo caso, modificación de la forma cirílica que provoca cambios en su transliteración (por ejemplo, en Ucrania, Jarkiv y Lviv sustituyen a Jarkov y Lvov)9.

Recordemos que los cambios masivos de topónimos no solo se dan en países exóticos. En 1937, por ejemplo, el Gobierno republicano catalán decidió suprimir todos los topónimos con nombres relativos a la monarquía, la aristocracia o la religión: els Prats de Rei se convirtieron en els Prats d'Anoia; la Parròquia de Ripoll, en Fontfreda de Ter; Santa Fe del Penedès, en la Torre del Penedès, etc. En la actualidad vuelven a llevar sus nombres tradicionales10.

Ya hemos visto que los topónimos no son inocentes; elegir uno u otro es casi siempre una opción política, y los traductores de un servicio público están sujetos a determinadas servidumbres, que muchas veces no tienen nada que ver con las cuestiones meramente lingüísticas.

La importancia del orden

Hay listas en muchas lenguas, y países que tienen la suerte de encontrarse siempre en el mismo lugar (al menos en el alfabeto latino): Argentina, Burundi, Laos, Nicaragua, Senegal, Singapur, etc. Parece lo lógico, pero en realidad solo algunos privilegiados gozan de esta situación (pensemos en España misma, que tantas veces hay que ir a buscar en la «s», incluso en textos aparentemente «españoles», que en realidad no son sino versiones procedentes del inglés realizadas por algún traductor que debía creer que su trabajo no tiene nada que ver con el orden alfabético...).

Costa de Marfil ostentaba una plusmarca mundial en estos problemas del orden alfabético: en español está en la «c», pero en alemán está en la «e»; en griego, en la «α»; en inglés, en la «i»; en finés, en la «n»; en polaco, en la «w»; en turco, en la «f»; en ruso, en la «б»; en indonesio, en la «p», etcétera. En 1986, el Gobierno marfileño decidió poner fin a este desbarajuste y estableció que a partir de entonces el nombre del Estado sería «Côte d'Ivoire» en todas las lenguas del mundo11. Las Naciones Unidas lo aceptaron (y, con ellas, los pocos organismos internacionales que pueden ufanarse de contar con más miembros aún: el coi y la fifa), así como instituciones privadas tan prestigiosas como The Economist o la Encyclopædia Britannica. En cambio, The Times, el New York Times y la bbc siguieron utilizando el exotopónimo «Ivory Coast». En esta línea se situó también nuestro Libro de estilo interinstitucional de la Unión Europea («Costa de Marfil»).

Como se ve, todas las soluciones se sitúan en una especie de cuerda entre dos fundamentalismos irrealizables: el de respetar a rajatabla los endotopónimos (Cumbre de London) y el de hispanizar todo lo que se encuentre (Reunión en Uásinton); cabe citar aquí la tradición portuguesa, que ha llegado a crear muchos exotopónimos castizos al cien por cien: Arcansas, Bangladeche, Catar, Gana, Helsínquia, Quénia, Quília12.

Los diez mandamientos de la traducción de topónimos en la UE

  1. Tener siempre presente la «Lista de Estados y territorios»13, incluida en el Libro de estilo interinstitucional14 y, por tanto, de obligado cumplimiento para traductores, correctores, revisores y terminólogos de los servicios de todas las instituciones y órganos de la ue.
     

  2. Estar al corriente de la evolución política general; tener el reflejo de no cambiar de forma automática un topónimo desconocido que pueda reflejar un cambio político que debe tenerse en cuenta. En tal caso, dar cuenta de tal modificación a los corresponsales de la institución ante el Grupo Interinstitucional de Toponimia15.
     

  3. Saber distinguir entre los documentos protocolarios y los textos de divulgación: un acuerdo pesquero puede exigir la forma «Côte d'Ivoire», mientras que en un folleto destinado al gran público la forma «Corea del Norte» es mucho más explícita que «la r.p.d. de Corea».
     

  4. Ante un topónimo desconocido, no tener ningún miedo a consultar los atlas y las enciclopedias que haga falta: primero es la geografía, y luego la traducción16.
     

  5. En caso de duda, no vacilar en acudir a los corresponsales de la institución ante el Grupo Interinstitucional de Toponimia.
     

  6. Si el endotopónimo se escribe en otro alfabeto o en cualquier forma de escritura distinta del alfabeto latino y carece de transcripción tradicional al español, tener en cuenta las normas establecidas para transliterar dicha escritura.

  7. Vigilar los diacríticos, aunque no sean propios del español: así, Munster (endotopónimo: An Mhumha) es una provincia irlandesa, mientras que Münster pertenece a Westfalia17.
     

  8. En la medida de lo posible, no inventar nunca un topónimo de nueva planta sin haber efectuado una consulta previa al Grupo Interinstitucional de Toponimia. En caso contrario, informarle a posteriori.
     

  9. En los topónimos menores (nombres de pueblos, aldeas o pequeños accidentes geográficos), la mejor solución acostumbra a ser ceñirse al endotopónimo.
     

  10. Utilizar lo menos posible los gentilicios (por ejemplo: preferir siempre «una iglesia de Jerusalén» a «una iglesia hierosolimitana») y recurrir a ellos solo en última instancia (para evitar la repetición o ganar en concisión, por ejemplo: al sustituir «un ciudadano de los Emiratos Árabes Unidos» por «un emiratounidense»).

Estos diez mandamientos se resumen en dos: usar bien las listas y los demás instrumentos terminológicos de los que disponemos y saber a quién hay que dirigirse para efectuar las consultas pertinentes.

Miquel Vidal
DG Traducción, Comisión Europea
Miguel.Vidal-Millan@ec.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Por ejemplo: a nadie le pasó por la cabeza coger el tiralíneas para trocear el Reich y hacer que la frontera entre la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana tuviera la forma de una perfecta «L».

2

Reunión ministerial del PNUMA en febrero de 2001: la República Popular China obligó a retirar el mapa en cuestión.

3 Fuente de conflicto en la Cumbre de la Tierra de Johannesburgo de 2002.
4 Reunión del Foro Económico Internacional en Praga, 2002: el representante azerbaiyano solicitó la interrupción de la sesión; el armenio se negó.
5 Durante el periodo nazi, entre 1935 y 1945.
6 Del 11 de enero de 1936 al 20 de noviembre de 1961.
7 Del 27 de enero de 1971 al 17 de mayo de 1997.
8 En cambio, las Naciones Unidas llegaron a contemplar la posibilidad de que el pnuma denominase a dicho golfo «ropme Sea Area», donde ropme significa «Regional Organization for the Protection of the Marine Environment».
9 Lo que no implica que automáticamente todas las demás lenguas deban cambiar a su vez: Kiev es una forma tradicional en español que se usa en lugar de la nueva transliteración Kiyv.
10 Salvo durante los años de la dictadura, que se dedicó a traducir los topónimos: así, Sant Boi de Llobregat pasó en 1937 a ser Vilaboi y, en 1939, San Baudilio del Llobregat.
11 Y las que no usaran el alfabeto latino debían transcribir la voz /kotdivuar/.
12 Aclaro: Quília es la capital del Estado federado alemán de Eslésvico-Holsácia.
13 http://publications.europa.eu/code/es/es-5000500.htm
14 http://publications.europa.eu/code/es/es-000300.htm
15 Hay corresponsales en el git del Consejo, la Comisión y el cese-cdr (en Bruselas) y del Parlamento, la Comisión y el Tribunal de Cuentas (en Luxemburgo). Los correctores de la opoce deben dirigirse a la persona responsable del Libro de estilo interinstitucional.
16 Se evita así el comportamiento de ciertos periodistas que hace tres años afirmaron que Guangdong era una «adaptación al español» de Guangzhou, ignorando olímpicamente que el primero es el topónimo de una provincia, y el segundo, el de una ciudad (y ninguno de los dos español, como hubiera debido ser aún más evidente).
17 En estos tiempos de uso generalizado de la informática ya no caben las excusas de que no disponemos de determinados caracteres. Es más, si se quiere que los textos escritos en otras lenguas respeten grafías particulares (como la eñe), procede obrar con arreglo al principio de reciprocidad y asumir los apóstrofos y otros diacríticos (Nuku'alofa, Åland).

 

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