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En la sección «Colaboraciones» se recogen opiniones y propuestas firmadas por lectores o por miembros de la Redacción cuando intervienen a título personal. La responsabilidad de los cabos sueltos firmados y de las colaboraciones incumbe a sus autores. PUNTOYCOMA

COLABORACIONES


La redacción de puntoycoma: una historia transardenesa

La niebla se había disipado y el ejército alemán se retiraba en enero del 45 bajo un cielo azul de invierno por unas llanuras esteparias y con un fondo de altas montañas nevadas. Esta es la imagen que tuve de las Ardenas durante años antes de descubrir que los exteriores de La batalla de las Ardenas se habían rodado en Segovia y que la realidad de aquella región belgo-luxemburguesa no tenía nada que ver con esas imágenes. Las verdaderas Ardenas, húmedas y boscosas, separaban las dos sedes del servicio de traducción de la Comisión, y cuatro años después de la entrada de España en la cee, la relación entre los colegas que trabajaban en Bruselas y los que lo hacíamos en Luxemburgo era prácticamente nula: algunas directrices comunes y poco más.

En 1990 una profunda reestructuración de nuestro servicio distribuyó a los traductores españoles en siete unidades pertenecientes a sendos grupos multilingües. Paradójicamente, lo que podía desembocar en la atomización definitiva de la traducción española de la Comisión iba a ser el punto de partida de un movimiento en sentido inverso. Por un lado, ese riesgo de atomización era tan evidente que los mismos responsables de la reestructuración crearon un extraño y bastante vaporoso cargo, la coordinación lingüística, cuyas funciones no administrativas podían diferir bastante de una lengua a otra, pero que se distinguía por una particularidad común: los coordinadores estaban solos ante el peligro y sin mando en plaza, y su misión lingüística se limitaba a proponer ideas y conseguir consensos que sirvieran para cohesionar el trabajo de sus respectivas comunidades lingüísticas. Por otro lado, tal como describe Luis González en su editorial, el ambiente de los pasillos empujaba a encontrar un medio que nos sirviera para debatir problemas y dudas comunes y para proponer y acordar las mejores soluciones.

puntoycoma tuvo su origen en Bruselas y fue el resultado del inmediato apoyo colectivo a una iniciativa conjunta de los dos terminólogos españoles, Luis González y Agustín Jiménez, y el primer coordinador lingüístico, Eugenio Rivière, que fue quien nos presentó en Luxemburgo el proyecto y quien organizó las primeras reuniones. Unas reuniones que, de paso, nos permitieron a más de uno adentrarnos un poco más en la modernidad porque la única manera de reunir al comité de redacción era por videoconferencia. Fuimos muchos los que entramos por primera vez en una sala de videoconferencia gracias a puntoycoma y pudimos así poner un rostro a compañeros que hasta entonces no habían sido más que un nombre y, a lo sumo, una voz.

Aunque la terminología y la coordinación lingüística han estado desde el principio vinculadas a puntoycoma, ni los cuatro coordinadores que se sucedieron en el cargo ni los terminólogos impusieron ningún tipo de tutela o dirección en cuanto al concepto del boletín y su línea editorial. El comité de redacción ha sido siempre autónomo con pleno poder decisorio sobre contenidos, formatos y periodicidad. Y la línea que predominó desde el primer momento fue la de dar prioridad a los aspectos prácticos de nuestro trabajo, evitando entrar en profundizaciones teóricas que, sospechábamos, habrían ahuyentado a más de un lector.

Componían el primer comité catorce personas, diez en Bruselas (Margarita Alonso, Victoria Carande, Berta Cordero, Luis González, Agustín Jiménez, Antonio López, Myriam Martínez, Eugenio Rivière, Mauricio Roca y Fernando Seral) y cuatro en Luxemburgo (Isabel Heimann, Germán Merinero, Manel Lobo y Amadeu Solà). Aunque el boletín tuvo, en general, una buena acogida, al cabo de tres años su comité, convertido ya en simple redacción, estaba formado únicamente por cuatro traductores: Luis González, Manuel del Cerro, Joaquín Calvo y yo mismo. No es que hubiera habido una crisis de fondo o una lucha sin cuartel por un poder inexistente. Hubo, eso sí, alguna carta de lectores que arremetían contra una línea editorial aún balbuceante y contra supuestas intenciones inquisitoriales de la redacción, algo que dejó perplejo e hizo desistir a más de uno de los primeros redactores. El caso es que tres años después de su primer número, el centro de gravedad de puntoycoma se había desplazado a Luxemburgo aunque el boletín seguía estando ligado esencialmente a la Comisión y aún podían leerse, junto a artículos de fondo, pequeñas notas exclusivamente centradas en la vida interna de la institución.

puntoycoma empezó muy pronto a distribuirse fuera de la Comisión. Las bastante olvidadas y por lo demás bastante caóticas Jornadas de Toledo de 1995, uno de cuyos hitos fue que se cumpliera la profecía del toledano Joaquín Calvo de que casi todos los participantes acabaríamos en la trepidante discoteca Sittons, sirvieron por lo menos para impulsar una colaboración interinstitucional que ya había empezado meses antes con la publicación de artículos de compañeros de las demás instituciones. Sirvieron también para que la redacción fichara a Beatriz Porres, del Parlamento, y a Miguel Ángel Navarrete, también del Parlamento pero que estaba a punto de venirse a la Comisión. Poco después, junto a Pep Bonet, entraría también María Valdivieso, del Consejo, y se reincorporaría Amadeu Solà, recién nombrado coordinador lingüístico.

En 1998 la redacción, que había consolidado su carácter interinstitucional, añadía complejidad a su funcionamiento integrando a María Barreiro, que por entonces trabajaba en Dublín, sede de la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo. A la vez que empezaba un periodo de improbables videoconferencias a tres bandas, la apertura a profesionales externos a las instituciones nos obligaba a adaptar los contenidos del boletín para evitar notas internas que resultaran incomprensibles para una parte importante de nuestros lectores. Esa es una de las razones por las que la periodicidad cambió y aquellos primeros números mensuales de muy pocas páginas dieron paso a la publicación bimestral de números cada vez más gruesos.

Unos años después María Barreiro se vino a trabajar a una unidad de la Comisión en Luxemburgo, Beatriz Porres pasó al Comité Económico y Social en Bruselas y Jesús Iglesias la sustituyó como representante del Parlamento en la redacción. Por primera vez se había alcanzado cierto equilibrio entre Bruselas y Luxemburgo, una circunstancia anecdótica si no fuera porque iba a propiciar una iniciativa que en adelante facilitaría, o por lo menos haría más agradable, el trabajo de la redacción. Y es que, cuando se ha de trabajar en equipo, las videoconferencias y los correos electrónicos no pueden suplir completamente el contacto directo. Creo que fue Amadeu Solà el que empezó a convocar reuniones de trabajo semestrales a medio camino entre Bruselas y Luxemburgo, siempre en el corazón de las Ardenas, en lugares tan sugerentes como Libramont o Daverdisse, cuyos paisajes evocaban sensaciones diametralmente opuestas a las de aquellas imágenes lejanas de la película de Annakin y que como por ensalmo inspiraban nuevos proyectos e ideas, que se debatían con rigor y respetando estrictamente el orden del día. Algo casi milagroso si se tiene en cuenta que la reunión siempre se programaba, con imprudencia más que temeraria, para después de almuerzos francamente muy recomendables.

Quizá lo único que no han podido resolver hasta ahora ni las cumbres de las Ardenas es la definición exacta de lo que era puntoycoma: aunque nunca hemos tenido dudas, ni siquiera ortográficas, sobre la peculiaridad (intencionada) del nombre del boletín, la discusión sobre su definición ha perdurado hasta el número cien, como si simbolizara uno de esos escollos de traducción que, por más que pasa el tiempo, nunca llegamos a resolver del todo. Así, en el número 1 era el boletín de las unidades de traducción de lengua española de la cce, pero enseguida pasó a ser el boletín de la traducción española de la cce y más adelante, en un prurito de precisión, boletín de las unidades españolas de traducción de la Comisión Europea, que se conservó bastantes años para acabar sucumbiendo hace algunos números ante Boletín de los traductores españoles de las instituciones de la Unión Europea, que respondía a la realidad interinstitucional pero dejaba descontento a más de uno y, si no, basta con observar la definición que figura en la portada del presente número y su sigiloso cambio de preposición. Incluso una vez se nos coló, en la portada de un número recopilatorio extraordinario, un boletín de las unidades españolas de traducción de la Comisión de la Unión Europea que aún ahora hace sonrojar a su responsable.

Así, entre videoconferencias, cumbres y muchos mensajes intercambiados, hemos llegado hasta ahora. Las últimas incorporaciones quedan reflejadas en la composición actual de la redacción. Ahí están hoy, además de algunos veteranos, José Luis Vega, Pollux Hernúñez, Isabel Carbajal, Victoria Carande (doce años después), Alberto Rivas, Carmen Torregrosa y Miquel Vidal. Lo que no ha cambiado en estos cien números es algo que ha caracterizado siempre a puntoycoma y que puede ser, en definitiva, uno de los secretos de su longevidad: una redacción en la que siempre ha prevalecido la responsabilización colectiva, ya fueran catorce o cuatro sus componentes. Esa ausencia de dirección personalizada ha sido curiosamente su seguro de continuidad en una época en que se potencian al máximo los liderazgos más visibles e individualizados. Los otros secretos son evidentemente el interés suscitado entre los lectores y la ayuda constante de los colaboradores, y aquí debe subrayarse el trabajo imprescindible de Isabel de Miguel, Tina Salvà y May Sánchez y la aportación de muchos traductores que sin llegar a formar parte de la redacción nos han proporcionado cientos de artículos. Espero que citar a José Bouzas, Miguel Candel, María Luisa Feliu, Mónica García Soriano, Ramón Garrido, Remigio Gómez, José Luis Martín, Fernando Navarro, Teresa Renales, José Tapia o Miguel Ángel Turrión no se tome como desdoro para otros nombres que no se citan sino como reconocimiento a unos y otros por su apoyo y fidelidad.

Llegar al número cien de una publicación no es nada fácil. Podría aducirse que cuando no hay riesgos financieros el mérito es menor. Quizá. Pero todos sabemos de muchas otras iniciativas de este tipo que se han quedado en el camino. Y aunque la inversión económica ha sido prácticamente nula, la inversión en ilusión y tiempo ha sido y sigue siendo considerable.

Lo cierto es que puntoycoma ha superado varias reestructuraciones de ida y vuelta del servicio en que se gestó y ha sabido adaptarse a las profundas transformaciones del entorno de trabajo del traductor y de las herramientas a su disposición. Como además ha conseguido asimilar sin mayores problemas los cambios habidos en su redacción, hay motivos suficientes para sentirse optimistas ante su futuro. O sea que celebremos como es debido este número cien y emplacémonos para seguir adelante con la misma ilusión.

Xavier Valeri
DG Traducción, Comisión Europea
Javier.Valeri@ec.europa.eu

 

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