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En la sección «Colaboraciones» se recogen opiniones y propuestas firmadas por lectores o por miembros de la Redacción cuando intervienen a título personal. La responsabilidad de los cabos sueltos firmados y de las colaboraciones incumbe a sus autores. PUNTOYCOMA

COLABORACIONES


«Unionitario». Nuevas palabras para nuevas realidades

En 1992 nacía en Europa una nueva realidad política, la Unión Europea. El Tratado de Maastricht, que la instituía, convertía al mismo tiempo la Comunidad Económica Europea en la Comunidad Europea. La Unión complementaba a la Comunidad cubriendo una serie de ámbitos de actuación que hasta entonces habían sido de competencia estrictamente nacional, pero que aún no estaban maduros para entrar en el sistema decisorio de la Comunidad. Se trataba de la Política Exterior y de Seguridad Común -pesc- y de la Justicia y Asuntos de Interior -jai-. La naturaleza de la Unión era distinta de la de la Comunidad, y también lo eran sus métodos de trabajo. En efecto, mientras que la Comunidad es una entidad supranacional con personalidad jurídica formal, la Unión es una especie de marco de convergencia de políticas con carácter estrictamente voluntario. Por eso en ella es más determinante el papel del Consejo, foro intergubernamental de negociación y decisión, en el que cada gobierno nacional defiende sus propios intereses, y lo es menos la Comisión, que representa el interés común de los Estados miembros en su conjunto. Por eso también las políticas de la Unión suelen estar más sujetas que las de la Comunidad a la votación por unanimidad (que equivale al derecho de veto de cualquier Estado miembro), mientras que el llamado «método comunitario» hace un uso más general de la votación por mayoría cualificada (es decir, con una ponderación de voto que refleja la población de cada Estado).

Para lo que a nosotros nos ocupa y nos preocupa, que es la traducción, la entrada en escena de la Unión Europea conllevó inevitablemente su aparición también en nuestros textos, en los que hasta entonces ya proliferaban «Comunidades» y «comunitarios». Teníamos las políticas comunitarias, los programas comunitarios, el marco comunitario... La organización para la que trabajábamos tenía un topónimo1, «Comunidad», y al topónimo le correspondía el obligado adjetivo-gentilicio, «comunitario», que no era sino el adjetivo derivado del sustantivo «comunidad» en su uso genérico.

Ni que decir tiene que traducir este neotopónimo no planteaba problemas (seguramente ésta fue una de las razones de su alumbramiento, el contar con un vocablo de fácil comprensión y traducción en todas las lenguas oficiales): Union, tanto en francés como en inglés, era en español «Unión».

Pero la cosa se complicaba al intentar adjetivar (convertir en adjetivo) el nuevo vocablo. En inglés, como suele ocurrir, no había más que anteponerlo al sustantivo (Union's policies, European Union's external relations...) y ya teníamos un adjetivo perfecto por el mismo precio. En francés, que también carecía de un adjetivo ya hecho, se optó por la solución sintagmática: de l'Union. En español, de hecho, ocurrió lo mismo. Los textos institucionales vieron florecer y proliferar las políticas «de la Unión», las relaciones exteriores «de la Unión», los Estados miembros «de la Unión», la aportación «de la Unión», etc. Lo más osado que podía verse era esta elisión de «Europea», y aun eso tardó bastante en implantarse con cierta soltura.

La elisión, en efecto, simplificaba ya algo la expresión. Pero no era suficiente. Lo que en inglés no planteaba problema alguno se había resuelto en francés con una fórmula -el sintagma preposicional- que esa lengua admite bien en función adjetiva. Pero el español difiere del francés en este aspecto; tolera peor la solución sintagmática, o mejor dicho, tiene una mayor tendencia a usar la forma adjetiva «compacta»2. Al traducir textos en los que menudeaba la expresión, su frecuencia se hacía sentir en español como reiterada y machacona. Así, ya en los albores del hoy centenario puntoycoma3, Antonio Ballesteros lanzaba el guante y pedía un adjetivo para la Unión. Pero hay que reconocer que el debate solo llegó a abrirse de manera episódica, cierto tiempo después y de la mano de Pep Bonet4. Sería que el adjetivo no era tan necesario... En efecto, los traductores hemos seguido traduciendo «de la Unión», y los redactores escribiéndolo, y parece que todos sin demasiados traumas.

...Y, sin embargo, una servidora sigue echando en falta algo más ligero, manejable y discreto. Es cierto que la lengua no siempre responde a la lógica, y que las casillas de formas lingüísticas posibles no siempre están ocupadas por una forma real, existente. Pero cabe preguntarse si no sería útil que un ente político que tiene una existencia formal y una denominación acuñada tuviera también un adjetivo-gentilicio. Si lo de España es español, lo de Cabo Verde es caboverdiano, lo de Guatemala es guatemalteco y lo de la Comunidad es comunitario, ¿qué es lo de la Unión?

No todos los países cuentan con un gentilicio acuñado en español, ciertamente. En bastantes casos hay vacilación entre los distintos sufijos (-ano, -ense, -eño, -és, -í...) u otros tipos de variante. Y si no, que se lo pregunten a nuestros compañeros del Grupo Interinstitucional de Toponimia, que han tenido que lidiar con este dilema al confeccionar la Lista interinstitucional de Estados y territorios. Claro que, en último término, si nos falla la imaginación o la memoria, o si la morfología se nos resiste, optamos por el socorrido sintagma preposicional («de Cabo Verde»), y ya está.

Pero en un texto en el que el adjetivo aparece de forma recurrente, esta solución puede resultar pesada y requerir, si no un sustituto, al menos una variante más compacta de recambio en aras de la variación estilística. Así, efectivamente, en 2001 Pep Bonet se lanzó al ruedo para recordarnos el uso del inevitable «europeo» y abogar por su generalización como adjetivo-gentilicio de la Unión. Pero esta solución, a mi entender, tampoco resolvía el problema totalmente, además de entrañar algunos riesgos claros.

Sin adentrarnos aquí en la problemática de lo que es Europa, de sus raíces, su devenir histórico y cultural y sus futuras fronteras políticas, hemos de reconocer que tanto la denominación como la realidad que representa han atravesado múltiples vicisitudes y nunca se han asentado de forma estable. No parece que nunca se haya sabido a ciencia cierta qué es Europa ni qué es exactamente «lo europeo».

Esta indefinición o inestabilidad puede ser irrelevante en contextos informales, en un discurso de tipo divulgativo o periodístico, en textos sobre historia, sociología y hasta geografía. Por el contrario, al traducir o redactar en el marco formal de las instituciones de la Unión intervienen factores políticos y jurídicos fundamentales que se reflejan en convenciones diplomáticas difícilmente soslayables. Podríamos así decir que, si bien la Unión Europea es, por supuesto, «europea», ante todo es «unión», de la misma manera que la Comunidad Europea es también «europea» pero ante todo es «comunidad». Ambas constituyen entes políticos que han tomado forma y tienen existencia dentro de Europa, pero que no la agotan. Por eso no se puede decir que lo de la ue es, simplemente, «europeo», sino en contextos informales y no protocolarios. Prueba de ello es que en nuestros textos institucionales rara vez se utiliza este adjetivo aplicado restrictivamente a la Comunidad o a la Unión. Y difícilmente podría un traductor optar por «europeo» cuando en su original francés, por ejemplo, se encuentra con de l'Union européenne, ya que en este caso estaría yendo más allá que el autor del texto al dar un uso restrictivo a «europeo». Sería equivalente a llamar «ibérico» a lo español, «americano» a lo estadounidense, etc. Hay países que son innegablemente europeos desde el punto de vista histórico y cultural y que no pertenecen a la ue: Suiza, Islandia, Noruega, los estados balcánicos, Liechtenstein, Mónaco... Los redactores, efectivamente, suelen preferir atenerse a la realidad formal. Y lo que hace falta es, pues, un vocablo formal, que funcione en contextos institucionales y protocolarios como sinónimo exacto del sintagma «de la Unión Europea».

Ahora bien, ¿por qué no habríamos de acuñar un vocablo para cubrir una laguna léxica que no fuera sentida como tal laguna en la lengua inicial? Pensemos un instante en lo que habría pasado si nos hubiéramos empezado a encontrar unionitary en inglés, o unionitaire en francés. Sin duda habríamos acuñado el calco correspondiente sin grandes titubeos, tal como lo hemos hecho con otros neologismos que ha ido generando en otros idiomas la jerga comunitaria o la de la política internacional en general (comunitarizar, comitología, mayoría cualificada, codecisión, cooperación reforzada, troika, acervo comunitario, Estado adherente, gobernanza, género...). Cabe preguntarse por qué la «iniciativa» neológica en español es con tanta frecuencia reacción a la creación en otro idioma...

Si optamos, pues, por acuñar nuestro propio adjetivo-gentilicio, podemos acudir a las listas de terminaciones posibles: por una parte, las de adjetivos relacionales generales: -ista, -nario, -tario... Por otra, las de gentilicios propiamente dichos: -ano, -ense, -eño, -és, -í.... Las primeras podrían dar formaciones como unionista, término derivado regularmente de unión, pero que podría asociarse a otras realidades políticas como el conflicto de Irlanda del Norte o la Guerra de Secesión de Estados Unidos5 (el sufijo -ista, además, expresa más la idea de «partidario de algo» que de «perteneciente a algo»). Unitario: no sería una forma regular, ya que derivaría más bien de unidad, no de unión. Unionario, o unional, o formas parecidas, serían correctas y quizás útiles, pero suenan extrañas y carecen de identidad suficiente como para prosperar.

Yo propondría un adjetivo «unionitario». Unio... ¿qué?, me parece estar oyendo ya. Sí, ya sé que «no se dice», que no está formado con arreglo a los cánones gramaticales, que suena algo raro, etcétera. Aun así, creo que podría valer. Expresaría algo relativo a una unión, pero a una unión íntimamente relacionada con una comunidad. Y así como la Comunidad dio «comunitario», la Unión podría dar «unionitario».

Se trata de una formación por un procedimiento afín a la etimología popular, pero que en este caso supondría una infracción deliberada (y no inconsciente, como suele ser la etimología popular en sentido estricto) de los mecanismos regulares de formación léxica en aras de una mayor expresividad, de una transparencia de la palabra resultante. Sería un cruce léxico entre un posible unionario y el existente comunitario, por el que se introduciría en la nueva palabra un componente de la raíz semántica de la palabra modelo. En efecto, ese infijo «salvaje» -it- que distinguiría unionitario de un regular unionario constituiría un elemento no meramente gramatical, sino con carga semántica. La carga vendría dada por la procedencia del infijo: el -it- de comunitario. Al insertarlo «ilegítimamente» en unionitario se establece por analogía fónica una asociación mental con comunitario que da una pareja de vocablos relacionados cuya mera relación mutua sirve para aclarar o enriquecer su significado. Dicho más sencillamente: unionitario se entiende como algo relacionado con comunitario porque recuerda a esta palabra gracias precisamente a esa secuencia fónica agramatical -it-.

Aunque al principio resultara extraño encontrarlo en nuestros textos, el oído y la vista se acostumbrarían a unionitario con cierta rapidez. Veamos algunos ejemplos de lo que podría resultar de su uso:

Union's policies

las políticas unionitarias

Union's strategy

la estrategia unionitaria

European Union's revenue

los ingresos unionitarios

les citoyens de l'Union

los ciudadanos unionitarios

droit de l'Union européenne

el Derecho unionitario

d'autres initiatives de l'Union européenne

otras iniciativas unionitarias

The exact amount of the Union's contribution shall be...

El importe exacto de la contribución unionitaria será de...

The Commission began implementing the Union's social policy agenda...

La Comisión ha empezado a ejecutar el programa unionitario de política social...

Pour assurer la cohérence de l'action extérieure de l'Union européenne...

A fin de garantizar la coherencia de la acción exterior unionitaria...

Les États membres et les institutions de l'Union européenne peuvent proposer...

Los Estados miembros y las instituciones unionitarias pueden proponer...

Aceptar este razonamiento y la palabra resultante supone varias cosas:

- reconocer (o pensar, simplemente) que el español tiene en este caso una laguna expresiva; no fundamental, es cierto, pero sí algo enojosa;

- estar dispuesto a mostrar cierta creatividad como hablante, es decir, a reaccionar de forma activa ante una necesidad expresiva, haciendo uso de la innegable soberanía que el hablante ejerce mediante el uso;

- estar dispuesto, también, a infringir ciertas reglas gramaticales en aras de una mayor claridad del discurso cuando ello resulta útil, es decir, a lanzarse a jugar con el lenguaje y a innovar libremente.

Todo esto puede considerarse innecesario, ciertamente. Y, sin embargo, a mi entender una de las tareas urgentes del hablante hispano contemporáneo es recuperar el ímpetu de creación léxica y terminológica. La tan trillada hegemonía actual del inglés y sus omnipresentes interferencias en el español no van a cesar en un futuro próximo, no son un mero fenómeno de moda pasajera. Si bien procedimientos neológicos como el calco y el préstamo están a veces justificados y hasta pueden llegar a ser inevitables, su generalización actual como mecanismos únicos para hacer frente a las necesidades expresivas derivadas del contacto con el inglés revela una claudicación del hablante, su negativa a utilizar y cultivar los recursos regeneradores de su propia lengua.

No tenemos por qué resignarnos a que sean «otros» quienes inventan. Ya es bastante preocupante que la innovación en la propia realidad (conceptos, objetos, etc.) provenga de manera sistemática de otra cultura. Seamos al menos capaces de llamar a esas nuevas realidades ajenas, cuando indefectiblemente terminan por ser también nuestras, con nuestras propias palabras. «Unionitario» no es sino una humilde propuesta en este sentido, que quiere ser también una invitación a perdernos el miedo a nosotros mismos y a la lengua que podemos crear. No nos sintamos como el doctor Frankenstein, o como aprendices de brujo que van a terminar metiendo la pata si se adentran en los berenjenales de la creación neológica. Sintámonos más bien nombradores de cosas, artesanos léxicos, orfebres de la lengua.

María Valdivieso
Consejo de la Unión Europea
maria.valdivieso@consilium.europa.eu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Por utilizar de manera laxa el término habitual para los nombres de los entes geográficos (en este caso, geopolítico).

2

Recordemos ejemplos como las correspondencias de l'État - «estatal», de la pêche - «pesquero»...

3 puntoycoma n.º 6:
http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/06/pyc062.htm#union
4

«El gentilicio de la Unión Europea», puntoycoma n.º 69 http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/69/pyc693.htm

5

Bien es verdad que esta posible confusión no tendría por qué ser motivo suficiente para dejar de utilizar el vocablo.

 

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