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EDITORIAL


100 números, 15 años

Hace poco más de quince años se publicaba el primer puntoycoma en el Servicio de Traducción de la Comisión Europea. Las pocas páginas de aquel número se hicieron recortando y pegando «de verdad», con tijera y barra de pegamento, y el diseño se limitaba a unos toques de rotulador gordo, como en los murales del colegio. La tirada, destinada en principio a los traductores de la Comisión, podía adaptarse elásticamente a la demanda gracias al uso intensivo de la fotocopiadora, lo que irritaba sobremanera a quien, al final de la jornada, esperaba pacientemente su turno para fotocopiar una receta de spaghetti alle vongole. Esta capacidad de adaptación a la demanda nos daba ya, sin que lo supiéramos, un cierto toque de modernidad, pero era el único.

Los redactores intentábamos compensar nuestra más que visible inexperiencia con una motivación basada en el convencimiento de que era necesario un canal de comunicación interna en un servicio de traducción joven, grande y repartido en dos sedes, que tenía que vérselas, además, con textos de nuevo cuño repletos de términos no necesariamente conocidos y no siempre claros.

En estos quince años puntoycoma ha cambiado la forma, pero no tanto el fondo. A finales de los ochenta y principios de los noventa, antes del auge de internet, era todavía frecuente que, después de varias horas rumiando un texto, el traductor saliera del cubículo para pedir ayuda o contrastar pareceres en el pasillo. El boletín quiso ser una especie de prolongación de esas conversaciones de pasillo (solo de las que tenían por objeto cuestiones profesionales, claro). Aquellas charlas solían ser productivas, rara vez se quedaba uno peor que estaba, pero tenían un alcance limitado. Se organizaron desde el principio reuniones de terminología en las que se tomaban decisiones más razonadas y vinculantes, al menos para el grupo que las había aprobado. Se avanzaba, pero no lo suficiente ante la velocidad con la que se reproducía la jerga europea que (a pesar de estar en gran medida fosilizada en el llamado acervo comunitario) se ramificaba sin freno en la Comisión, en las demás instituciones y en los medios en general. Eran tiempos de gran actividad política (y por lo tanto discursiva) en las instituciones europeas.

Sabíamos, o quizá solo intuíamos, que cualquier método para compartir dudas y hallazgos contribuía a la consolidación del «discurso comunitario» en español, tarea para la que disponemos ahora de más experiencia y de mejores medios. Tal vez por haber nacido en aquella época todavía magmática, puntoycoma encontró pronto su hueco y su aceptación entre los traductores, aunque fuera también objeto de críticas acerbas de quienes consideraban que el boletín iba a dar fuera una imagen poco profesional del traductor comunitario como ser dubitativo y falible.

Poco a poco, de manera natural, puntoycoma fue desbordando el ámbito de la Comisión, su institución de origen y todavía hoy su principal apoyo, para dar cabida en la redacción a compañeros de otras instituciones de la ue con los que compartimos gran parte de los quebraderos de cabeza que nos proporciona nuestra común materia prima: la literatura gris de los documentos y actos legislativos de la ue; una prosa administrativa peculiar, fruto de complicados compromisos y equilibrios políticos, salpicada de términos, tecnicismos, expresiones y fórmulas a veces abstrusas (la llamada «jerga comunitaria») y expuesta muchas veces a interferencias lingüísticas que pueden desafiar la sagacidad detectivesca del más avispado traductor.

Al rebasar los límites de la institución comprobamos que nuestras tribulaciones no eran exclusivamente nuestras: problemas y soluciones similares a los que nos ocupaban se debatían a diario en las demás instituciones de la ue y en los organismos internacionales, pero esta información se encontraba muchas veces en documentos inaccesibles o de difusión restringida.

A los dos años del primer número y al tiempo que aumentaba hasta los 500 ejemplares la tirada en papel, ya a cargo del servicio de reprografía de la Comisión en Luxemburgo, empezamos a intercambiar información con el exterior utilizando distintos medios y soportes: por ejemplo, enviando disquetes por correo certificado o recurriendo a fórmulas que hoy nos parecerían igualmente anacrónicas. En definitiva, hacíamos lo que podíamos para mejorar la comunicación con el exterior. Afortunadamente, la progresiva generalización de internet facilitó enormemente el propósito de apertura de puntoycoma.

Imaginábamos, fieles a nuestros comienzos, un pasillo interminable, al que iban a dar miles de puertas en sitios remotos. Esta visión primaria y quizás idealista del ciberespacio se acercaba bastante a lo que poco después sería una realidad muy productiva, pues sobre este principio de cooperación voluntaria se han creado cientos de foros y comunidades virtuales en la red, gracias a la generosidad de colaboradores desinteresados. Sobre algunos de estos foros y proyectos dedicados a la traducción hemos hablado ya en estas páginas.

Hace ocho años, coincidiendo con la publicación del número 50, quisimos dar prioridad a las versiones electrónicas del boletín. Un millar de suscriptores, en su mayoría traductores o profesionales relacionados con la traducción, reciben hoy la versión en formato pdf y son muchos los que la consultan en la red. De esta manera hemos conseguido limitar la tirada en papel a unos 100 ejemplares y tener lectores en los cinco continentes, lo que no tiene nada de particular en estos tiempos de comunicación planetaria e instantánea.

Sin rehuir ocasionalmente alguna reflexión de tipo teórico, siempre nos han interesado más los aspectos prácticos de nuestro trabajo porque la traducción es un oficio (quizás el segundo más viejo del mundo) que requiere formación, pero también aprendizaje y práctica. No somos, por lo tanto, una revista teórica (¡la sección que abre nuestro boletín se llama «cabos sueltos»!), ni una publicación oficial, stricto sensu, ni tampoco una revista «cultural» para uso interno. Si internet hubiera existido cuando empezamos, quizás habríamos adoptado la forma de una bitácora o blog de redacción colectiva.

El índice analítico global1 que presentamos en la edición electrónica de este número puede dar una idea del carácter práctico del boletín: ofrece una panorámica de los temas tratados y puede consultarse como una base de datos para acceder a los artículos completos a partir de los enlaces.

Como dato anecdótico, que puede ilustrar parte de sus peripecias en la institución, podríamos mencionar que puntoycoma ha sobrevivido a dos reestructuraciones del Servicio de Traducción y a un intento de integración, a modo de «apéndice español», en un proyecto de boletín oficial multilingüe, redactado principalmente en inglés (of course!), que hubiera supuesto su muerte segura. Sabemos que la suerte de puntoycoma va ligada al mantenimiento del multilingüismo en las instituciones. Las solemnes declaraciones políticas en defensa del multilingüismo se sirven recurrentemente de la frase de Umberto Eco: «la lengua de Europa es la traducción», que queda redonda como preámbulo o conclusión de un discurso; pero no basta con predicar, hay también que dar trigo porque la tecnología, que sirve para difundir mejor la información, hace también más evidente su ausencia. Garantizar la comunicación con los ciudadanos en su propia lengua (la razón de ser de los traductores de las instituciones europeas) es, a pesar de la evidente y creciente complejidad de la gestión del multilingüismo en la ue, un compromiso originario y siempre reiterado de las instituciones.

Si la comunicación entre traductores siempre es deseable, en el caso de los traductores al español lo es más aún, por el carácter internacional de nuestra lengua, soslayado a menudo en Europa, pero del que cada vez somos más conscientes los hispanohablantes y particularmente los profesionales de la traducción. El hecho de que los destinatarios de nuestras traducciones sean, prioritariamente, ciudadanos de un Estado miembro de la ue no debe hacernos olvidar que el español está presente en otros foros internacionales. Este boletín, que se creó para sumar esfuerzos y compartir información lingüística, intenta tener en cuenta esta dimensión internacional del español.

Presentamos en este número algunos cambios duraderos, como la nueva cabecera, de la grafista Elena Suárez Cueto, y un diseño renovado gracias al trabajo de toda la redacción y, en particular, de Isabel de Miguel y Pollux Hernúñez, coordinador de este número. A cuantos amigos se han sumado a la celebración de este número especial con sus colaboraciones les expresamos nuestro más sincero agradecimiento. En particular, es un gran honor para una publicación como la nuestra contar con las firmas excepcionales de Valentín García Yebra y Eugene Nida, cuyos trabajos teóricos y prácticos destilan la regla de oro de la traducción que ha de servir tanto para los textos elevados, a los que ambos se han dedicado con maestría, como para la literatura prosaica y funcional que nos toca desentrañar a diario. Si, como dice García Yebra, «el modo más fácil y seguro [de traducir bien] es dejarse guiar por buenos maestros», es una suerte para la profesión poder seguir disfrutando de las enseñanzas de estos dos maestros de traductores.

Cien números y quince años: gracias al apoyo de colaboradores y lectores seguimos convencidos de la utilidad de la empresa. Entre el traductor «personaje apocado» del que hablara Ortega y el excesivamente osado, cuyo atrevimiento ha criticado García Yebra, hay un amplio margen para ejercer la traducción responsable. Ayudar a ventilar las ideas de vez en cuando, contrastándolas con opiniones diferentes, a compartir descubrimientos por insignificantes que parezcan, a «circular» por ese imaginario pasillo que hemos ido alargando poco a poco entre todos es nuestro objetivo. Para eso esperamos servir algunos números más.

Luis González

 

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